Culiacán, desarrollo de una ciudad

 

Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

 

 

CULIACÁN, DESARROLLO DE UNA CIUDAD

 

 

Por: Antonio Nakayama

 

Fundación de la ciudad

¿Dónde y cuándo se fundó Culiacán? Sabemos que su fundador fue Nuño Beltrán de Guzmán, pero necesitamos conocer en qué lugar y en qué fecha la originó. Una gran mayoría de personas tienen la idea de que nuestra ciudad se levantó desde un principio en el lugar que ahora ocupa, pero están en un error.

 

La Villa de San Miguel —que éste fue su nombre original—, se erigió en un punto del que se desconoce el nombre y se ubicaba posiblemente a la altura del actual poblado de San Lorenzo, en las riberas del río de esa designación, conocido entonces por Ciguatán; pero al poco tiempo —muy poco—, se le cambió a otro sitio que estaba frente al pueblo de El Navito. Es posible que por el hecho de que allí el terreno es completamente piano y sujeto a las fuertes inundaciones del río, los colonos se vieron obligados a cambiarla de nuevo, aunque de este suceso no se tiene una noticia concreta, y probablemente para el año de 1533 se la traslado al lugar donde ahora se asienta por ofrecer mayor seguridad.

No cabe la menor duda que la fundación de la ciudad fue en 1531. Tradicionalmente se ha aceptado el 29 de septiembre, fecha en que se celebra la festividad de San Miguel Arcángel, lo cual se corrobora con el hecho de que al poblado se le llamara San Miguel, como era costumbre de los conquistadores de dar el nombre del santo del día a los poblados que fundaban.

Hay que aclarar que Guzmán no fundó la población con el nombre de Culiacán, pero es curioso constatar que estando aquella frente a El Navito se le llamara ya San Miguel de Culiacán.

La fundación de poblados era protocolaria, y la de San Miguel debe haber sido espectacular, dada la tendencia de Nuño a la grandeza y al aparato.

A la sombra de algún árbol corpulento se levantaría el altar para la celebración del santo sacrificio, y a su alrededor se congregarían los aguerridos soldados castellanos, los aliados tlaxcaltecas y mexicas, y, mirando todo aquello sin saber de qué se trataba, los antiguos dueños de la tierra.

Luego, el atronar de los roncos atabales y el clamor de las trompetas anunciarían la llegada del muy magnífico señor y capitán general don Nuño Beltrán de Guzmán, a quien acompañaba su escolta personal formada por lucidos caballeros. Al frente, haciendo caracolear su corcel, iría Juan de Oñate flameando al viento la encendida sangre del pendón real donde brillaban los leones de Castilla. Otro caballero traería el guión del capitán general, bordado de armiños y calderos, y tras de él un jinete llevaría la imagen de la Virgen María que Nuño había hecho pintar en una lámina de oro de más de media vara, rodeado de un espléndido marco formado por más de ciento ochenta plumas que fulgían al sol con la gaya magia de sus colores.

Ya con la presencia del primer actor en el escenario, el escribano leería el acta respectiva y, acto seguido, el capitán general cortaría hierba con su espada y se entraría en el río, dando grandes voces de que tomaba posesión de la tierra en nombre de su cesárea y sacra majestad. Y como la traza de la villa y la repartición de solares se había hecho con anticipación, el P. Álvaro Gutiérrez, cura del novel poblado, celebraría la misa del Espíritu Santo. Quince días después, don Nuño emprendería su regreso al sur para fundar la capital de su gobernación, dejando al puñado de hombres que habían cargado con el porvenir de San Miguel. Poco tiempo después, como ya lo vimos, se iniciaría el peregrinar de la villa hasta llegar a la confluencia de los ríos Orabá y Batacudea, conocidos ahora por Humaya y Tamazula, respectivamente.

 

La vida en aquellos tiempos

La vida de los poblados españoles se centraba en la plaza y en el templo, así que al asentarse San Miguel en el sitio que habría de ser el definitivo, al verificar su traza, lo primero que se acotó fue la plaza, y en su extremo sur, el lote para la iglesia; mientras que en lado norte se medía el solar de las casas consistoriales, y alrededor de este primitivo centro cívico se agruparon los lotes de los colonos.

En un principio, el templo haría una rústica enramada, y las casas del vecindario se edificarían siguiendo el patrón de las de los indígenas, que eran muy similares al jacal sinaloense hecho de vara y lodo, con techos de zacate o palma, que todavía se mira en nuestras rancherías. La villa era diminuta y consistía en unas cuantas chozas desparramadas alrededor de la plaza que era un extenso baldío, y las calles se reducirían a las cuatro que circundaban su cuadrilátero.

Es fácil suponer cómo se iniciaría la vida de la nueva villa, las privaciones que sufrirían sus habitantes en una zona aislada, tan lejana de la ciudad de México, infestada de mosquitos, y en donde sólo miraban monte, ríos y cielo, aguantando calores intolerables y aguaceros huracanados y torrenciales. Pero el español había venido al Continente Americano persiguiendo una fortuna que en su nativa península no podría alcanzar, y soportaba todo con la ilusión de conquistarla con el menor esfuerzo posible, pues para eso tenía a los indios.

La oportunidad no tardó en llegarles a los castellanos pues Diego de Proaño, soldado a quien Nuño dejó por alcalde mayor y que era un sujeto cruel y codicioso, vio en la carne de los nativos un lucre; ni tardo ni perezoso se dedicó a la cacería de ellos para venderlos como esclavos, y, siguiendo su ejemplo, muchos de los colonos se entregaron a la misma tarea. El negocio empezó a florecer, mas como no hay felicidad completa, los indígenas reaccionaron poniéndose a la ofensiva, y Guzmán, que supo de las infamias de Proaño, lo destituyó y condenó a muerte, pero al fin y al cabo eran amigos y le conmutó la pena para que apelara ante la real audiencia.

La decisión del gobernador sacudió al pequeño poblado y todos esperaron con ansia conocer quién sería el nuevo alcalde mayor, recayendo el nombramiento sobre el capitán Cristóbal de Tapia, extremeño vecino de la villa, y hombre valiente que tenía sentido político, cuya línea de conducta no se hizo esperar, pues, en la plaza, la voz del pregonero se dejó oír anunciando que el alcalde mayor disponía que en lo sucesivo, los habitantes deberían trabajar la tierra y abstenerse del tráfico de esclavos. El estupor fue grande, y ante la grave amenaza de tener que trabajar, los colonos se reunieron para hablar con Tapia, sólo que la entrevista no fue muy cordial, ya que el capitán se sostuvo en su decisión, haciendo que la inconformidad fuera en aumento y asomaron connatos de rebeldía, amenazando los pobladores con abandonar la villa; pero ni con esto lograron ablandar a Tapia quien permaneció inflexible. En esos días no se hablaba de otra cosa que del río de oro que se había descubierto en el Perú, y esta lejana región fue la meta que se fijaron los habitantes, sin embargo, la razón se impuso en la mayoría y sólo unos cuantos desertaron para ir en busca de nuevos horizontes.

 

Ignoramos en qué fecha dejó Tapia la alcaldía y por qué motivos, aunque tal parece que como Guzmán era un esclavista empedernido no quedaría muy satisfecho con la actitud de su subordinado, y para 1536 era alcalde mayor el capitán Melchor Díaz.

 

En ese tiempo un suceso conmocionó a San Miguel, tal y como habría de conmocionar a toda la Nueva España. Sucedió que un al¬ma negra llamado Diego de Alcaraz andaba por la zona de Petatlán en cacería de esclavos y Lázaro de Cebreros, que era uno de sus subordinados, se topó con unos seres extraños vestidos con pieles y cubiertos por una pelambrera que les ocultaba las facciones. Cebreros se quedó perplejo, mas su perplejidad se convirtió en asombro cuando uno de aquellos seres le habló en perfecto castellano, y en esta forma, Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, Alonzo del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza y el negro Estebanico entraron a los límites del mundo civilizado después de haber atravesado el continente, tras de ocho años en que habían naufragado en La Florida. Melchor Díaz fue a recibirlos al Valle de Pericos y de allí los llevó a Culiacán, donde permanecieron varios días en medio de la curiosidad y el asombro de los habitantes que no podían creer la fantástica historia de los náufragos, los que, después de tantos años de estar alejados de la civilización, no resistían vestir la ropa española ni podían dormir en cama.

Las cacerías de esclavos continuaban pues Nuño acuciaba a los habitantes para que le enviaran mercancía, pero los indígenas, que ya habían perdido el respeto a las armas europeas, no desistieron de su actitud rebelde. La destitución y el encarcelamiento del muy magnífico señor distrajeron momentáneamente a los pobladores, que luego tuvieron que hacer frente al problema de los naturales, pues cuando éstos encontraron al caudillo que necesitaban la gravedad de la situación tomó perfiles muy difíciles. El caudillo se llamaba Ayapin, y bajo su mando los nativos iniciaron una ofensiva que poco a poco fue haciendo que los castellanos se encerraran en la villa y ya no tuvieron otra alternativa que enviar emisarios a Compostela, donde residía el gobernador de Nueva Galicia, Francisco Vázquez de Coronado, quien se puso en camino a marchas forzadas para llegar a Culiacán justo cuando Ayapin estaba a punto de sitiarla. La llegada de los refuerzos lo hizo retirarse a las montañas, adonde fue seguido por hombres al mando de Melchor Díaz. Tras de algunas escaramuzas los nativos fueron totalmente derrotados y el caudillo hecho prisionero y llevado a Culiacán. Allí, en una pantomima de juicio, fue condenado a muerte por el gobernador. El día de la ejecución la plaza estaba circundada por colonos y soldados que vieron cómo Ayapin se dirigía sereno y altivo al centro de la misma, donde ataron cada una de sus extremidades a un brioso corcel. Al poco rato só1o se miraba en el polvo el torso ensangrentado del infortunado caudillo.

 

Las siete ciudades de oro

Coronado permaneció algún tiempo en Culiacán tratando de poner en paz a los indios por medios conciliatorios. Fue durante su estancia cuando llegó Fray Marcos de Niza, que había sido comisionado por el virrey Don Antonio de Mendoza para reconocer la ruta que llevaría hasta Cíbola y Quivira. El franciscano aprovechó su estadía para predicar, y como algunos picarones españoles se habían dado a la terea de iniciar el mestizaje, los caso «in facie ecclesiac» con las doncellas morenas, y tras esto reanudó su viaje al norte, mientras que el gobernador retornaba a Compostela.

La pequeña villa volvió a entrar en ebullición con la noticia de que saldría una expedición al mando de Vázquez de Coronado para conquistar Cíbola y Quivira. Algunos de los vecinos se dispusieron para tomar parte en ella, siendo los más distinguidos don Pedro de Tobar, emparentado con la alta nobleza española; Diego López, Regidor de la ciudad de Sevilla y Pedro Castañeda de Nájera, sobre quien recaería el honor de ser el historiador de la expedición. El punto de reunión fue la ciudad de Compostela y de allí salió el ejército el 1° de marzo de 1540; pero ya con anticipación, Melchor Díaz había partido hacia el norte para reconocer la ruta, habiendo alcanzado hasta el río Gila, de donde se devolvió para unirse a la hueste en las cercanías de Chametla. Los expedicionarios llegaron a Culiacán en la víspera de la pascua, pero no entraron en el poblado debido a que los vecinos así se lo pidieron a Coronado con el fin de hacer un simulacro de combate con los hombres que traía, lo cual se hizo con gran regocijo, habiendo salido todo bien, salvo que al artillero le estalló la pólvora destrozándole una mano.

 

Allí descansaron los expedicionarios unos días, y en ese lapso ocurrió un caso curioso. Un joven soldado, apellidado Trujillo, contó que habiendo ido al río a bañarse se le apareció el diablo, quien le dijo que si mataba a Coronado le daría riquezas y por esposa a doña Beatriz de Estrada, mujer de aquél. La versión corrió por toda la villa, haciendo que Fr. Marcos predicara que todo era un subterfugio del demonio para que no se llevara el evangelio a los indios de Cíbola y Quivira, todo lo cual hizo que Coronado cortara por lo sano indicándole a Trujillo que no siguiera adelante y que no se quedara en Culiacán, lo que, como dijo un historiador «era lo que aquel pícaro quería».

El día de la partida de la expedición la plaza presentaba un aspecto poco común: soldados, colonos e indios pululaban por todos lados. Se oían relinchos de caballos y de mulas y el gruñir de los cerdos que servirían de alimentación durante el viaje, y en medio de aquella barahunda se dejó oír la voz del pregonero anunciando que el gobernador nombraba alcalde mayor de Culiacán a Hernando Arias de Saavedra en lugar de Melchor Díaz, que también iba a Cíbola.

La conquista de las siete ciudades resultó un fracaso y en 1542 arribó a la villa un grupo de desertores que fue aprehendido por Arias; al poco tiempo llegó la totalidad de los expedicionarios que de aquí se desbandaron al darse por terminada la aventura.

No tenemos noticias de lo que haya ocurrido en Culiacán desde esa época hasta el año de 1564 en que llegó de Durango y en completa derrota el capitán Francisco de Ibarra, quien por temor de que sus hombres cometieran algunos excesos en la villa, no quiso aposentarse en ella, haciéndolo en el vecino poblado de Moloviejo. Allí fueron a visitarlo connotados vecinos de Culiacán, encabezados por don Pedro de Tobar, que se había convertido en la figura más prominente de la Provincia, y quien, merced a su ayuda económica, hizo posible que don Francisco fuera a conquistar el norte de Sinaloa, y posteriormente la provincia de Chametla.

El capitán fundó la Villa de San Juan en las márgenes del río Fuerte; pero no tardó mucho en que empezaran las tribulaciones de sus habitantes, que en dos ocasiones demandaron auxilio de la villa de Culiacán, que en las dos ocasiones envió gente armada, una al mando de Diego de Guzmán y otra al de Pedro Ochoa de Garralaga; pero a pesar de todo, al poco tiempo los pobladores y dos franciscanos que los acompañaban abandonaron la región. Los frailes permanecieron algún tiempo en una casa que tenían en San Miguel, para después marchar a Guadalajara. Con el final de esta aventura cae un velo de silencio sobre la vida de nuestra ciudad que se descorre hasta 1583, cuando en los días del mes de enero entró en medio de una gran algarabía el capitán Pedro de Montoya acompañado de gente armada, la que pregonó por todo el poblado que iban a la reconquista del norte y a fundar una villa, y que los que quisieran enrolarse tendrían muchos privilegios y prerrogativas, lo que hizo que varios de los habitantes se dieran de alta. Infortunadamente la aventura terminó en un fracaso más doloroso que el de los pobladores de Carapoa, ya que en esta vez fueron más los españoles que murieron a manos de los indígenas; los supervivientes pudieron regresar a Culiacán sólo después de pasar varias peripecias.

 

Los siglos XVII y XVIII y el primer censo

De acuerdo con una relación levantada en ese mismo año de 1583, la población de la villa se componía de unas 66 familias, muchas de ellas descendientes de los fundadores, y otras que habían venido a avecindarse, además de 8 viudas.

Las familias más connotadas eran la de los Tobar, formada por Álvaro, Isabel y Pedro, todos hijos de don Pedro de Tobar; siguiéndole en importancia la Cebreros, integrada por Domingo Cebreros, Juan Pérez de Cebreros y Miguel de Cebreros, hijos de Lázaro de Cebreros; del primero de ellos se originaría la familia Verdugo, que casi durante dos siglos seria el árbitro de los destinos de la villa.

La situación de los vecinos de San Miguel de Culiacán no era muy bonancible que digamos. Cierto que había familias que gozaban de un sólida posición económica, pero, en cambio, vivían otras que tenían que ser sostenidas por la audiencia de Guadalajara, siendo todo resultado de la pobreza en que se debatía la región, tan alejada de los centros populosos de la altiplanicie, reducida a una economía raquítica que se basaba en las salinas y en precarias siembras de maíz, frijol y chile. Así que la producción agrícola era similar a la de toda la Nueva España, y con el agravante de no poder competir con la de otras zonas por falta de comunicaciones, todo lo cual trajo consigo un estancamiento de siglos en la vida de la región.

En aquel mundo remoto de lo que ahora es nuestra ciudad cualquier acontecimiento despertaba una gran emoción y curiosidad, y no era para menos. La villa era visitada ocasionalmente por contadas gentes y el que llegaran personas de categoría era una rareza. En 1591 arribaron los padres jesuitas Gonzalo de Tapia y Martin Pérez que iban a la Villa de Sinaloa para fundar las misiones; su llegada fue algo inusitado que vino a levantar el espíritu religioso de los habitantes, pues en los días en que estuvieron dieron ejercicios y pláticas que no eran muy frecuentes de disfrutar, ya que los eclesiásticos que se enviaban para ejercer su ministerio eran por lo regular curas de misa y olla. Los vecinos deseaban que los padres se quedaran, e inclusive les narraron —tal vez exageradamente— las atrocidades cometidas por los indios que irían a civilizar; pero esto fue un incentivo para los jesuitas que sintieron más deseo de llegar a su destine Así los habitantes los vieron partir en medio de una gran pena; sin embargo, como no hay mal que por bien no venga, tuvieron la satisfacción de que cuantos misioneros iban o venían de Sinaloa, llegaran a la villa obligadamente.

Uno de los personajes más notables que visitó Culiacán fue el obispo de Guadalajara don Alonso de la Mota y Escobar cuando andaba practicando la visita pastoral. Su ilustrísima llegó en 1602, y desde luego que recibió una acogida apoteótica. Las calles se adornarían con arcos triunfales y la plaza debe haber presentado un magnífico espectáculo, repleta de españoles, mestizos y mulatos ataviados con las mejores galas, mientras que grupos de indios bailaban sus danzas rituales. La pequeña iglesia parroquial sería insuficiente para albergar a las personas que llevaban niños a recibir el sacramento de la confirmación, o para escuchar la palabra de Dios en labios del señor obispo. El júbilo era grande y justificado, ya que se trataba de la visita del primer obispo que llegaba a la región.

El prelado partió después a visitar pueblos y rancherías y más tarde se encaminó hacia la sierra de Durango donde le cogió la gran rebelión de los Acaxce; pero esto no le importó y arriesgando la vida se dedicó a la pacificación de los indios, a quienes, para que no abrigaran recelos, envió en prenda su mitra blanca. Cuando la paz floreció la mitra del ilustrísimo señor fue llevada a Culiacán y se le colocó en el presbiterio del lado del evangelio, donde estuvo expuesta por largos años.

Incidentalmente es a Mota y Escobar a quien debemos la primera descripción de Culiacán, y una de las muy contadas que conocemos. El prelado recogió las impresiones de su visita pastoral en un manuscrito que se publicó muchísimos años después de su muerte, con el título de Descripción de Nueva Galicia. Por él sabemos que las casas eran todas de adobe, bajas, sin altos; que las calles eran anchas y rectas; que la plaza era muy grande y que allí estaba fundada la iglesia parroquial. Infortunadamente la descripción no es muy explícita y no tenemos idea de cuántas calles habría, pero lo que sí es seguro es que el burgo se había extendido hacia el río. En las casas ya se notaba una mejoría, aunque fueran de adobe, y es de pensar que la plaza, que con toda seguridad seguiría siendo un gran baldío, estaba circundada por las casas de las familias más destacadas, como las Tobar, Cebreros, Ochoa de Garralaga, la de Amador López, que trabajaba las minas de Cosalá, y las de los oficiales de la Corona.

Por lo que respecta al templo parroquial, existe la duda de si era el mismo que fue demolido en 1887, u otro que se levantó en lugar del primitivo, edificado al fundarse la villa. El archivo eclesiástico se inicia en 1690, y en él no se halla ningún dato sobre la construcción de la iglesia; entonces, salvo alguna noticia que apareciera, no sabemos si la que conoció Mota y Escobar haya sido la que sirvió como casa de oración durante siglos, o bien que se haya construido en el lapso comprendido de 1602 a 1690.

En cuanto al número de vecinos, encontramos una gran discrepancia entre los que anota el obispo y los que anota el censo de 1583, ya que su ilustrísima anota treinta y en la Relación de aquel año se registran sesenta y seis familias.

De los hábitos de vida de los culiacanenses de entonces Mota y Escobar nos dice que se sustentaban principalmente con pescado y tortilla y que, sesenta y un años después de que se erigió la villa, vestían los mismos trajes que los fundadores habían introducido. Manifiesta también que los varones eran excelentes caballistas, aptos para la guerra y que criaban muy buenos caballos. Por lo que respecta a las mujeres, dice que eran sumamente hermosas y dotadas de una honesta sencillez. Lo único lamentable era que en la villa solamente el escribano usaba papel.

En la época en que el obispo visitó Culiacán, destacaba entre el vecindario una gran dama. Grande por su alcurnia y por las virtudes que la adornaban. Se llamaba Isabel de Tobar y Guzmán, y era hija de don Pedro de Tobar y de doña Francisca de Guzmán, hija de Gonzalo de Guzmán, gobernador de Cuba. Tal vez nació en 1563 o en 1564, y casó con don Luis de los Ríos Proaño, del que tuvo un hijo al que dieron el nombre de Hernando de Tobar. Como enviudó muy pronto se vio precisada a cargar con la educación del niño, quien, tras de haber aprendido los rudimentos de la instrucción, entró a estudiar en la Compañía de Jesús. En 1602, la señora invitó a un joven sacerdote y poeta llamado Bernardo de Balbuena para que pasara unos días en Culiacán, y como pensaba en ir a radicar en la ciudad de México para estar cerca del hijo, rogó a su huésped que la pusiera al tanto de la vida en la gran ciudad, lo que aquel le prometió e hizo, pues en 1604 le envió Grandeza Mexicana, primero de los grandes poemas americanos, en el que se fusionan la gloria del poeta, la hermosura de Isabel, y el nombre de Culiacán. La señora dejó su ciudad natal para dirigirse a México, y ya en ella entró a un convento, mientras que su hijo Hernando se entregaba de lleno a misionar entre los indígenas, habiendo muerto en 1616 a manos de los tepehuanes. Se ignora la fecha en que falleció la dama, que fue la primera belleza criolla nacida en Culiacán de que se tiene noticia.

 

La noche de la historia

Después de lo sucedido en el siglo XVI, hay una densa oscuridad en el avatar de la Villa de Culiacán. La carencia absoluta de documentación no nos permite ahondar en lo que pasó en ella durante los siglos XVII y XVIII, dejando un vacío que esperamos algún día pueda llenarse. Sólo conocemos que en la segunda mitad de la primera de esas centurias, junto a los apellidos de los Verdugo, López de Siqueiros u Ochoa de Garralaga, aparecen los de otras familias que se avecindaron en la villa, como las Fernández Rojo, Amarillas, Urrea, Quiroz y Mora, Zazueta, Cabañillas del Castillo y otras más, y que en el siglo XVIII aparecen los apellidos de Espinoza de los Monteros, Ramos de Aguilera, Gómez de la Herrán, Iturríos, Tellaeche, Díez Martínez, De la Vega y varios otros, que se constituyeron en la elite, y dada la pequeñez de la población y las presunciones de sangre azul de todas aquellas familias, nacieron discrepancias y rencillas por preeminencias sociales y económicas.

 

La villa se convierte en ciudad

Una circunstancia fortuita de gran importancia para Culiacán, fue el que los obispos de Sonora fijaran en ella su residencia. La diócesis fue creada en 1779, señalándosele como sede la ciudad de Arispe, pero sus prelados advirtieron los inconvenientes de residir en un punto tan lejano, pequeño y expuesto a los ataques de los apaches, así que los dos primeros obispos optaron por vivir en Álamos, pero el tercero prefirió a Culiacán, y desde entonces, hasta 1883, Culiacán fue de facto la sede episcopal.

Al fundar el poblado, Nuño de Guzmán le dio la categoría de villa, mas los años transcurrieron y la corona española no se la ratificó; así que, en 1793, los vecinos solicitaron a su majestad le concediera el nombramiento y con ese motivo se levantó una relación de los habitantes que vivían en la villa, dando como resultado 549 familias, que sumaban 2 660 personas; pero lo más probable es que en el censo no entraran indios y mestizos, pues para esas fechas el Barón de Humboldt le asignaba al poblado 10 808 habitantes, que también es muy posible no haya alcanzado.

Los años transcurrieron. Pasaron la lucha por la Independencia, el movimiento de Iguala y el Imperio, que fueron etapas en que la villa no contó para nada, y llegó 1823 con su lucha de federalistas y centralistas. Las provincias de Sinaloa y Sonora habían estado unidas durante el Imperio, pero el 21 de julio del año mencionado, el Supremo Poder Ejecutivo las separó por el decreto núm. 107, declarando a Culiacán capital de la Provincia de Sinaloa, dándole al mismo tiempo la categoría de ciudad, por lo que tuvo la distinción de ser la segunda población del noroccidente que alcanzó ese rango, ya que la primera fue Arispe cuando se le designó capital de las Provincias Internas de Occidente.

 

La vida política del siglo XIX

El asesinato es un acto que conmociona a los habitantes de un burgo pequeño y tranquilo, pero cuando el crimen tiene carácter político y se comete en una persona de alta posición social, achacándosele a personas de la misma clase, adquiere perfiles de un gran escándalo. Esto sucedió en Culiacán el 23 de marzo de 1824, año en que el Lic. Manuel Gómez de la Herrán fue cosido a puñaladas por don Manuel de Iturríos. La situación política en la ciudad era tensa, ya que las dos facciones imperantes eran enemigas irreconciliables, tanto por motivos ideológicos como por la enemistad que existía entre las familias. Los parientes del muerto acusaron concretamente al obispo Fr. Bernardo del Espíritu Santo y a los Pbros. Miguel María y Carlos Espinoza de los Monteros de ser los autores intelectuales del crimen, más nunca se pudo comprobar su culpabilidad y el asunto quedó en el misterio.

 

Con la erección del Estado de Occidente la ciudad no alcanzó mayor relevancia, e inclusive en la Asamblea Legislativa hubo oposición a que se trasladara a ella la capital de la entidad, dada la preponderancia que en ella había adquirido la familia De la Vega que no ocultaba sus ambiciones de dominación. Occidente era una olla de grillos. La idea de la división de la entidad, de la que era el campeón don Francisco de Iriarte, mas la destitución de éste como vicegobernador, agitaron intensamente a los habitantes, y el 9 de junio de 1829 los culiacanenses, que eran partidarios de la división, sostuvieron un encuentro con las fuerzas gubernamentales acampadas en El Palmito, a las que derrotaron obligándolas a retirarse del lugar.

 

El Estado de Occidente desapareció el 14 de octubre de 1830, y la Asamblea Constituyente de Sinaloa se instaló el 13 de marzo de 1831, declarando capital del estado a la ciudad de Culiacán, que de esta manera adquirió preponderancia política sobre el resto de las poblaciones de la nueva entidad; pero su nueva categoría no cambió para nada su ambiente mustio y callado de pequeño burgo de provincia. Sin embargo, acaecen sucesos que alteran la tranquilidad de los vecinos, y Culiacán se conmovió con un nuevo asesinato. Don Joaquín de Iturríos, hermano del asesino del Lic. Gómez de la Herrán, se encontraba preso en la cárcel, de la cual se fugó el 23 de julio de 1833, y de acuerdo con lo que se dijo, un soldado le acertó un balazo de cuyas resultas murió. El escándalo fue mayúsculo, ya que la opinión pública señalo unánimemente a los De la Vega como responsables del crimen. Iturríos era acérrimo enemigo del clan, y es indiscutible que el móvil de su asesinato fue una venganza nacida de las enemistades que existían entre la víctima y la famosa familia.

 

El año de 1832 se había hecho cargo del Poder Ejecutivo el vicegobernador Manuel María Álvarez de la Bandera, y apenas habían transcurrido ocho meses de su gestión cuando Culiacán vio cómo se verificaba un pronunciamiento en el que tomaron parte soldados y civiles, y la sangre corría por sus calles, aunque las cosas no pasaron a mayores debido a que el gobierno controló la situación. Dice Buelna que se ignoraron los motivos de la revuelta, mas la realidad fue que la promovieron los De la Vega, como pudo verse más adelante.

El gobierno cometió la debilidad de amnistiar a los que tomaron parte en el pronunciamiento y el resultado de esto fue que Culiacán se convirtiera de nuevo en escenario de guerra, pues en febrero de 1834, fuerzas federales al mando del teniente coronel Carlos C. Echeverría atacaron a las del gobierno, obligando al vicegobernador y a los miembros de la Legislatura a huir rumbo al sur; de esta manera la familia De la Vega se apoderó del poder, pero para guardar las apariencias se hizo cargo del Ejecutivo un triunvirato integrado por sus corifeos.

En 1838 llegó a la ciudad el nuevo obispo de Sonora, Dr. y Lic. don Lázaro de la Garza y Ballesteros, y su presencia marcó un jalón en la historia de Culiacán por los beneficios que habría de prestarle, siendo su primer acto de apertura del seminario, acto que tuvo lugar el 8 de octubre de 1838 en la casa de don Rafael de la Vega y Rábago, ubicada al lado poniente de la plaza de armas. En ese mismo año Culiacán volvió a agitarse con los prolegómenos de una guerra civil, ya que el gobernador don Francisco de Orrantia y Antelo y las demás autoridades secundaron la rebelión profederalismo encabezada por el general José de Urrea, pero tras de unos combates el movimiento fracasó y Culiacán volvió al poder de los centralistas.

En 1846 el centralismo cedió el campo al federalismo, lo que causo desconcierto a los De la Vega que tomó el partido del primero. Gobernaba don Rafael, pero, aprovechando un movimiento subversivo de la guarnición de Mazatlán, el prefecto de Culiacán don Mariano Diez Martínez tomó preso al gobernador, si bien lo dio libre al día siguiente, y Vega huyo hacia Tamazula, Dgo., de donde regresó pronto para tomar venganza. Las casas de los Díez Martínez y los Vega estaban situadas frente a frente, y son las mismas que todavía se ven en el crucero de la avenida Obregón y la calle Rafael Buelna. La de los primeros es la que se encuentra en la esquina noroeste, y la de los Vega la situada en la noreste —en la que todavía no hace muchos años podían verse troneras—, y ambas fueron escenario de una tremenda balacera que se suscitó entre los hombres del prefecto y los de don Rafael, habiendo muerto el jefe de la escolta de Díez Martínez.

Vega recapturó la gubernatura, pero encontró al frente dos peligros, la intervención norteamericana y la presencia del coronel Rafael Téllez, quien usurpó la comandancia militar de Mazatlán y principió a autonombrarse gobernador.

Se edifica para los vivos. . . y para los muertos

La década de 1840 fue positiva para el aspecto urbanístico de la ciudad. En esa etapa se empezaron a acusar los perfiles de lo que habríamos de conocer transcurrido casi un siglo. El año de 1839, el Excmo. señor De la Garza y Ballesteros inició la construcción del edificio del Seminario, adquiriendo un solar ocupado por una huerta cercana a lo que hoy es la calle Hidalgo, límite entonces de lo habitado por la parte sur, ya que como se ha dicho, el crecimiento del poblado se encauzó hacia la ribera del Tamazula, y por los rumbos oriente y poniente. El edificio, construido en su totalidad de cantería, se inauguró el 8 de octubre de 1842; fue el primero de dos plantas que se levantó en Culiacán; también el más extenso. Y por el señorío de sus claustros y de su escalinata se le consideró el mejor de la ciudad, y para muchos lo sigue siendo. En la actualidad, sirve para albergar las oficinas del Poder Ejecutivo. El 22 de mayo de 1842, el señor obispo puso la primera piedra de la actual iglesia catedral, que a su partida se levantaba dos varas del suelo, y enseguida atacó la fabrica del Colegio de San Juan Nepomuceno y Santo Tomás de Aquino en la misma calle Hidalgo, en el tramo comprendido de Obregón a Paliza, mas infortunadamente no logró terminarlo, y el solar tal vez fue rematado al aplicarse la Ley de Desamortización de Bienes del Clero.

El primer cementerio de la ciudad se localizaba contiguo al templo parroquial y allí duró trescientos años, pues en 1831 el Congreso Constituyente legisló sobre panteones y se abrió el que estuvo en el área donde ahora se cruzan las calles Obregón y José Aguilar Barraza, antes Guatemala; y todavía, no hace muchos años, al hacerse excavaciones en la zona se encontraron numerosos restos humanos. El señor de la Garza, que buscaba fondos para el Colegio de San Juan, decidió abrir un cementerio y se agenció un lote alejado de la ciudad, donde se fundó el panteón con el nombre de San Juan, habiéndose abierto al servicio público el 13 de mayo de 1844, para formar parte de la historia de nuestra ciudad.

No tenemos noticia de los portales que hayan existido en todo el poblado, y solamente sabemos que frente al templo, es decir, en la esquina noroeste del cruce de Ángel Flores y Obregón, donde actualmente se localiza la oficina matriz del Banco del Noroeste de México, había uno, en donde el año de 1833, con motivo de la epidemia de cólera morbus, se celebraba la misa para evitar contagios en el pequeño templo. Era un ejemplar de la Colonia, posiblemente de finales del siglo XVII.

En 1846, gobernando don Rafael de la Vega, se inició el hermoseamiento de la plaza, y bajo la dirección de un italiano apellidado Tranquilini, se levantaron los portales que la circundaban. Es posible que la plaza ya haya estado arbolada y contara con asientos para las personas que iban a ella a descansar, pues tenemos noticia de una alameda, que solamente allí pudo haber estado. En ese tiempo se edificó también la fábrica de hilados y tejidos El Coloso, cuyas ruinas todavía se levantaban en 1957. Igualmente, en 1846 se edificó la casa de moneda en la esquina noreste de las calles Rosales y Rubí. Era de mampostería y de dos pisos, con amplios portales, y cumplió con el objetivo para que fuera levantada hasta llegar al año de 1905 en que desaparecieron las casas de moneda que operaban en los estados. El edificio sirvió después para albergar las oficinas de correos y telégrafos, y fue demolido para fabricar el que aloja al primero de esos servicios.

 

Renace la violencia

Desde 1847 a 1851 Culiacán recobró el clima de tranquilidad que le distinguía, mas en el último de esos años sufrió uno de los mayores desastres de su historia con la presencia de la epidemia del cólera morbus, que la azotó en forma inmisericorde. La enfermedad entró en la ciudad el 10 de julio haciendo su primera víctima en la persona del gobernador don José María Gaxiola, para enseguida terminar con la vida del Párroco Fr. Antonio Fernández Rojo. Los estragos causados por el terrible mal fueron tremendos. Sin médicos, hospitales ni casas de beneficencia, la gente moría por centenares, y los cadáveres eran apiñados en carretas para llevarlos al panteón y enterrados en largas zanjas. La ciudad era un cuadro de muerte y desolación, y puede decirse que no hubo familia que no sufriera la pérdida de alguno de sus miembros, calculándose que por lo menos murió la mitad de la población.

Se dice que un mal nunca viene solo, y a Culiacán le sucedió esto cuando aún no salía de la traumatización que le causara la epidemia. Gobernaba el coronel Francisco de la Vega, quien quiso aplicar la contribución directa para suprimir las alcabalas, acto que contrarió a los comerciantes extranjeros radicados en Mazatlán, que instigaron escandalosas manifestaciones de protesta, haciendo que el gobernante saliera rumbo al puerto con fuerza armada. Pero la traición de un jefe militar comprado por los comerciantes le hizo fracasar, y poco después salieron tropas del puerto rumbo a Culiacán, la cual atacaron y tomaron, entregándose después los soldados al saqueo, y para rematar, quemaron los archivos oficiales. Cuando parecía que la calma volvía a renacer se realizó un nuevo asesinato, tan escandaloso como los cometidos en las personas del Lic. De la Herrán y don Joaquín Iturríos. El comandante Eraclio Núñez, neogranadino de nacimiento, fungía como prefecto de Culiacán. El 11 de enero de 1853 cuando se encontraba descansando en una banca en la plaza de armas, fue asesinado por un tal «Güero Nicho». El crimen causó gran conmoción no sólo por su móvil político, sino también por tratarse de una venganza, ya que el occiso era enemigo acérrimo de los De la Vega, a los que el pueblo atribuyó la responsabilidad intelectual. A lo anterior hay que agregar que era muy popular y querido, pues en los aciagos días del cólera presto relevantes servicios a la comunidad, habiendo muerto en plena juventud, ya que apenas contaba con treinta años de edad.

En el año en que fue asesinado Núñez llegó a la ciudad el nuevo obispo de Sonora, Mons. Pedro Loza y Pardavé, que fue objeto de una gran recepción, tanto por haber hecho toda su carrera eclesiástica en Culiacán, como por su don de gentes. Al año siguiente el obispo reanudó las obras de la construcción de la catedral, las que luego se volvieron a interrumpir debido a los sucesos que empezaron a desarrollarse en el país.

En 1855, con motivo de la revolución de Ayutla, el pueblo de Culiacán se enfrentó a la autoridad del prefecto y comandante militar José Inguanzo y puso en la prefectura al Lic. Eustaquio Buelna, quien ejerció el mando tres días, ya que Inguanzo ordenó su aprehensión y lo mantuvo tres días en la cárcel. El triunfo arrollador del liberalismo sacó del poder a los conservadores, pero el golpe de estado de Comonfort volteó las cartas en favor de los reaccionarios, que de nuevo se apoderaron del gobierno. Sin embargo, el 20 de agosto de 1858, los liberales de Culiacán se pusieron en plan de rebelión encabezados por don Ignacio Martínez Valenzuela y don Eustaquio Buelna, solamente que un día antes don Plácido Vega y Dasa se sublevó en El Fuerte, y con el auxilio del Gral. Ignacio Pesqueira, gobernador de Sonora, arrolló a los conservadores, que ya no volvieron a levantar cabeza en el estado.

En 1864, el coronel Francisco de la Vega se rebeló contra el gobierno del Gral. García Morales, proclamando el Plan de Culiacán. Partió para El Fuerte, y perseguido por las tropas republicanas, fue derrotado y pasado por las armas.

El 13 de noviembre de ese mismo año los franceses ocuparon Mazatlán y enviaron una expedición marítima cuyo objetivo era tomar Culiacán, pero fueron derrotados en San Pedro por el Gral. Antonio Rosales en medio del pasmo de todo el mundo. El Gral. Rosales entró triunfalmente en la ciudad, para susto de los imperialistas que habían preparado un banquete para los galos. El héroe acuarteló sus tropas en el edificio del Seminario, que, aparte, sirvió de hospital de sangre y para prisión de los franceses capturados en San Pedro.

Ya en la etapa de la restauración de la República, Culiacán fue escenario de revueltas como la de los coroneles García Granados y Jesús Toledo, que sacaron $70 000.00 de la casa de moneda; la de Adolfo Palacio, que liberó a los presos para que le acompañaran en su aventura, y la de Francisco Cañedo en favor del Plan de La Noria. En esta revuelta la principal figura fue la del general Manuel Márquez de León, que el 27 de marzo atacó a Culiacán al frente de 1 400 hombres. La lucha fue enconada por ambos lados y el sitio duró hasta el 6 de mayo siguiente, cuando los rebeldes se retiraron ante la llegada del Gral. Sóstenes Rocha a Mazatlán. Ya restaurado el orden, la capital del estado, que había sido cambiada a Mazatlán en tiempos de don Plácido Vega, fue restituida a Culiacán por decreto del 20 de septiembre de 1873, en medio del regocijo de los habitantes.

 

 

El Porfiriato

La paz porfiriana marcó una etapa para México, mas en Culiacán la vida siguió igual. Las márgenes de sus ríos ofrecían un aspecto muy pintoresco con la gran cantidad de ropa lavada que se ponía a secar al sol, y a esto se agregaba el cúmulo de personas que totalmente desnudas tomaban su baño. El servicio de agua se hacía por medio de burros cargados con botas de cuero, que la llevaban a las casas en las que los asnos se metían hasta la cocina. El alumbrado se hacía en las casas por medio de candiles, y en las calles se utilizaban los servicios de la luna, cuando la había; así que cuando un abogado norteamericano visitó la ciudad, escribió que Culiacán era «el lugar más primitivo de América, pues en ella se hacían las cosas co¬mo cien años atrás»; pero, después de todo, ya se miraba un ligero apuntamiento de progreso, pues se contaba con el Ferrocarril Occidental de México que planeado para correr de Altata a Durango, su vía solamente llegó a las proximidades del panteón civil, que en ese tiempo se abrió al servicio público. La tendencia de no edificar hacia la zona sur seguía de manifiesto, pues la ciudad terminaba en donde se habían tendido los rieles del ferrocarril; en cambio se había poblado un poco más por los rumbos oriente y poniente. Las rúas ostentaban nombres pintorescos: del Pescado, de la Sirena, del Comercio, del Refugio, del Seminario, de San Isidro, del Oro, de los Artesanos, del Águila, de la Barranca, de la Tenería, y los callejones del Beso, de los Pajaritos y del Indio Triste.

Por esos días, el Excmo. Sr. obispo don José de Jesús María Uriarte edificó el Hospital del Carmen, levantándolo de su peculio en la esquina de las actuales calles Hidalgo y Aquiles Serdán, siendo el primer centro asistencial que hubo en la ciudad. Con anterioridad, allá por los años de 1867 y 1868, siendo gobernador de la mitra construyó el edificio del obispado, que ya no existe, en el crucero de la Obregón y la Hidalgo; y a este respecto, cabe recordar una graciosa anécdota del Excmo. Sr. Pedro Loza y Pardavé: al edificarse el obispado, la parte donde había estado la improvisada capi11a del Sr. De la Garza se transformó en un pequeño corral donde pastaba el asno que se utilizaba para traer agua del río, y cuando Mons. Loza recordaba su ordenación sacerdotal, decía que se había ordenado «en el chiquero del burro».

 

Culiacán se convirtió en sede episcopal de jure en 1883 en que se erigió la diócesis de Sinaloa, siendo su primer obispo Mons. Uriarte, que lo era de Sonora, y quien tomó posesión al 8 de diciembre de ese año. Una de las tareas de este prelado fue concluir las obras de la catedral, iniciadas por el Excmo. Señor De la Garza, y desde luego se puso en obra, habiéndolas terminado en 1887; pero no tuvo la satisfacción de verla abierta al culto, ya que la muerte le sorprendió el 20 de mayo de ese año, y el que la inauguró fue el Pbro. Saturnino Campoy, vicario capitular. La vieja parroquia, testigo de la vida de los culiacanenses durante casi tres centurias, fue demolida por una de esas aberraciones que tanto se repiten. Era una pequeña construcción de piedra y mezcla; de una nave con dos cruceros, coro y un reloj paralítico. La torre era de dos cuerpos en forma de cubos, en la que pendían tres campanas y una esquila. El cuerpo del templo estaba techado con madera, ladrillo y mezcla, con tres puertas de clavazón de cobre, siendo la principal, o mayor, la que daba a lo que hoy es la avenida Obregón, y las otras dos en los costados. Contaba con cuatro pilas para el agua bendita, una grande y tres chicas adosadas a la pared; un púlpito; tres confesionarios; un viacrucis pintado en láminas de hojalata, y dos bancas de cabildo, así que por este último dato nos damos cuenta de que los fieles tenían que llevar en qué sentarse.

Los altares principales eran tres. El del centro, el mayor, con su colateral de madera, viejo, pintado y dorado, donde se veneraba la imagen del patrón de la ciudad, el Arcángel San Miguel; en uno de los cruceros el de Nuestra Señora de los Milagros, cuya imagen no era otra que la de nuestra Señora del Rosario que aún se conserva en catedral, y en el otro, la capilla del Señor San José. En el cuerpo de la iglesia se hallaban el de Ánimas, en el que se miraban imágenes de San Francisco, San Pedro y San Antonio, el de Jesús Nazareno y el de San Nicolás, pudiéndose advertir también la pila bautismal.

 

El siglo xx

Fue en los finales del siglo pasado cuando Culiacán tomó la fisonomía que habría de conservar hasta la década de 1940 pues en la etapa mencionada se construyeron el palacio municipal, el edificio del Colegio Rosales, la cárcel, y el teatro Apolo; se puso en servicio la plaza de Rosales y se hermoseó la de armas con jardines, bancas y el kiosko que ahora se halla en la de Quilá. En la calle de Rosales, entre Rubí y Morelos, se levantaba una casa que debe haber datado de principios del siglo XIX, en que estuvo el Estanco, o Tercena, es decir, donde se custodiaban los naipes, el tabaco y el mezcal, que eran monopolio del estado. El inmueble fue adquirido por particulares, y más tarde el gobernador Francisco Cañedo lo adaptó para oficinas del gobierno del estado; en la actualidad todavía aloja dependencias del Poder Ejecutivo. También por ese tiempo se introdujeron los servicios de luz eléctrica y agua potable; esta última se almacenaba en un gran depósito en forma cilíndrica hecho con lámina de hierro pintada de rojo, que fue uno de los puntos distintivos de la ciudad.

En los últimos años de la década de 1900, estando vivo todavía el general Francisco Cañedo, se iniciaron las obras del puente que llevó su nombre, y en 1909, llegó a la ciudad el Ferrocarril Sud-Pacifico de México; fueron estas obras las que marcaron el final del lento progreso de Culiacán, ya que en 1910 se desató la lucha revolucionaria que paralizó las actividades de la vida nacional.

En mayo de 1911 los maderistas sitiaron la ciudad, la cual tomaron; y al año siguiente se rebelaron algunos grupos enarbolando la bandera de Emiliano Zapata cometiendo saqueos en Culiacán, pero a la postre fueron derrotados. Tras esto vino la Revolución constitucionalista, y el 10 de noviembre de 1913, las fuerzas del general Álvaro Obregón sitiaron Culiacán, habiéndola tornado el 14 siguiente.

Al restaurarse el orden constitucional se hizo cargo de la gubernatura el Gral. Ramón F. Iturbe, quien, entre las obras materiales que llevó a efecto, remozó la fachada del edificio del seminario, destinándolo para hospicio, y levantó el extenso mercado Gustavo Garmendia, terminando así con el asqueroso zoco que servía como tal. Sin embargo, el regreso a la vida institucional no fue ningún aliento para que Culiacán saliera de su marasmo ancestral, el cual, por lo contrario, se agudizó, ya que en la lucha maderista la fábrica de hilados y tejidos El Coloso fue incendiada, perdiendo la ciudad la única fuente de trabajo que tenía, por lo que los habitantes se concretaban a vivir de escasos empleos burocráticos, de los estudiantes que venían al Colegio Rosales y de un comercio raquítico que en nada favorecía a los nacionales porque se hallaba en poder de chi¬nos. No había servicios sanitarios, ni drenaje, tampoco pavimento; fue hasta en el primer gobierno del Prof. Manuel Páez en que se pavimentaron las calles Ángel Flores y Antonio Rosales, en una extensión que iba de la plaza de armas hasta la de Rosales. ; La vida en Culiacán seguía siendo tan primitiva como siempre!

 

Ciudad de Culiacán, en Sinaloa, México
Ciudad de Culiacán, estado de Sinaloa, México; dibujo

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