El connubio de los ríos, poesía sinaloense

Poesía sinaloense

 

EL CONNUBIO DE LOS RÍOS

 

De: José Ramón Sato Parra

 

Bajando de las cumbres allá do el Tarahumara,

las aguas que en «Y» griega un trazo se formaron,

en aras de ilusiones por las campiñas van;

por amplias sementeras, por la esmeralda alfombra,

muy juntas conjugaron, del álamo en la sombra,

el verbo «amar” eterno del Río Culiacán.

 

En Cíbola y Quivira fincaron sus quimeras,

y emprendieron veloces frenéticas carreras

como conquistadores que buscan lo irreal;

montando infatigables magníficos corceles

los eriales cruzaron, rompieron los doseles,

y erigieron con puentes un gran arco triunfal.

 

Descendió las vertientes de Topia, de la Sierra,

el Río Tamazula, y se volcó en la tierra…

en Sanalona hizo alto, sus ímpetus frenó;

su Presa es el sudario del sol que lleva lumbre,

y almacenó torrentes llegados de la cumbre,

con válvulas de escape, las mieses germinó.

 

De Chihuahua, el Humaya, de Cumbres de Chorreras

pasiva permanece cubriendo las esteras,

su apacible corriente por siglos meditó;

sus aguas silenciosas por el pinar umbrío

o bajo los manglares helados por el frío,

desde el Varejonal, al mar se dirigió.

 

Ayer, a la princesa viajera del Humaya,

el viril Tamazula librando cruel batalla

con rocas y barrancas un lecho le formó

dentro de florestales abruptos y desiertos;

y, la Hija del Cacique, con dúlcidos acentos

al ver sus manantiales, su sangre le brindó.

 

En tálamo florido debajo de los sauces

así juntas sus vidas, felices los dos cauces

en noche epitalámica un amor floreció,

y sellaron sus bodas, en fluidos esponsales,

bajo linterna enorme de soles provinciales

con sacro juramento, el Tiempo atestiguó.

 

Unidos sus caudales que aumentan los estíos,

su cita concertaron gigante, los dos ríos,

y en perenne connubio las aguas siempre están.

 

Ayer en dulces tardes ya el sol en el ocaso

al sumar sus corrientes, se levantó a su paso,

la señorial y antigua y ritual Huey- Colhuacán.

 

Los cúmulos y nimbos en bellos arreboles,

crepúsculos de fuego contemplan sus amores

dejando amplias fenestras al azul celestial,

a insondables abismos, al domo de la selva,

que esperan a los soles cuando la aurora vuelva,

reflejan sus hogueras en aguas de cristal.

 

Las riberas pobladas por hermosas mujeres

son réplicas modernas de Diana ó de Citeres

que aroman el ambiente convertidas en flor;

derraman el perfume sus húmedas corolas

sobre el movible espejo de las temblantes olas

y flechan los espacios con dardos del amor.

 

Desgaja las nubes y provoca su llanto,

el agua en finas perlas extiende regio manto

y en lluvias torrenciales el rayo trae pavor;

en las estribaciones serranas, los crisoles,

que forman los afluentes, debajo de los soles,

aumentan sus caudales, aumentan su esplendor.

 

Allá en la lejanía refulgen los espejos,

regando a todo el valle, el agua allá muy lejos,

su canto «río abajo» tremola la humedad,

con su arpa melodiosa cantando sus amores,

bajo del «Puente Negro»

se ausenta para siempre del tálamo de flores;

el agua hacia los surcos, ¡se va, de la Ciudad!.

 

Tomado del libro; NOCTURNO A CULIACÁN, poemas, Sato Parra, José Ramón, Talleres de Artes Gráficas Sinaloenses, Culiacán, Sinaloa, México, 1991.

 

 

Poesía sinaloense
Puente Negro sobre el río Culiacán, donde se unen el Humaya y Tamazula

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