El hombre religioso y guerrero, historia de Sinaloa México

Historia de Sinaloa México

 

EL HOMBRE RELIGIOSO Y GUERRERO

 

En muchos pueblos prehispánicos de Sinaloa se creía que un dios había hecho todo lo que estaba sobre la tierra, y los indígenas le llamaban «el que está en lo alto». Pensaban que tenía su casa tras la sierra y entendían que cuidaba de ellos pero ese cuidado no lo relacionaban con sus propias acciones. De ahí que, aunque le temían y respetaban, no lo invocaban ni buscaban aplacar su ira ni le pedían algo.

Por esa razón, cuando los conquistadores españoles y los misioneros llegaron a tierras sinaloenses no encontraron altares ni templos, aunque sí uno que otro ídolo, como es el caso de los acaxees, quienes tenían un ídolo de piedra que estaba en un cerro alto, debajo de un árbol, y al cual le ofrecían pan y flechas para que les diera a cambio maíz y victorias en las guerras. No tenían ritos ni ceremonias religiosas.

Acostumbraban a quemar los cuerpos de los muertos y a echar las cenizas en los ríos.

Así, la religión de estos pueblos se limitaba al miedo casi sagrado que profesaban a los hechiceros. Los indígenas respetaban religiosamente las pláticas que estos ofrecían sobre asuntos de interés común y confiaban en ellos para que curaran sus enfermedades. Los hechiceros curaban soplando muy fuerte la parte lastimada o adolorida del cuerpo, o bien chupándola.

La ingestión de bebidas embriagantes se llevaba a cabo en los actos religiosos, que eran de carácter público, pues los indígenas convocadas por los pueblos que habían hecho el vino. El vino se hacía de varias plantas y frutas, como tunas o pitahayas; otras veces era hecho con mezquites o con la planta del mezcal. Todo dependía del tiempo en que se daban los frutos, los cuales eran molidos y puestos en agua varios días para su fermentación.

A las ceremonias religiosas no asistían ni las mujeres ni los muchachos, sino que estaban reservadas a los hombres, quienes en esas ocasiones solían resolver cuestiones vinculadas a la guerra contra algún otro pueblo. También acostumbraban a ingerir estas bebidas el mismo día en que iban a pelear, como una forma de adquirir nuevas fuerzas.

Entre los pueblos prehispánicos era muy común la guerra, ya fuera a campo abierto o bajo la forma de asaltos a las siembras; asaltos practicados por lo general en las madrugadas. Estas guerras se hacían para ganar esclavos y para apoderarse tanto de las cosechas como de las tierras de otros pueblos.

Estas mismas guerras impedían a unos pueblos comerciar con otros.

Las armas que generalmente se usaban eran el arco y la flecha.

Además untaban una yerba o ponzoña en las puntas de las flechas que las hacían mortales.

Los indígenas también acostumbraban pintarse la cara, los brazos, los muslos, las piernas y el pecho cuando entraban en una batalla. Quizás lo hacían con el objeto de parecer más fieros, pues se hacían rayas azules, negras, verdes y coloradas en todo el cuerpo.

Cuando tenían noticia de que los enemigos estaban cerca, se pintaban, se ponían plumas de guacamayas y de urracas en la frente y se colocaban en los labios unas lengüetas de plata o de huesos. Con estos arreglos empezaban a pelear lanzando muchos gritos.

Cuando regresaban de la guerra colocaban en las puntas de las lanzas el pie, cabeza o brazo de sus enemigos muertos y bailaban con música de tambores alrededor de este despojos, lo que formaba parte de un rito ceremonial.

 

Tomado del libro: SINALOA, tierra fértil entre la costa y la sierra, Monografía Estatal, SEP, México, 1982.

 

 

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