El Rosario, ex real de minas

Sinaloa histórico, sus pueblos, sus ciudades

 

EL ROSARIO, EX REAL DE MINAS

 

Por: Francisco Gil Leyva

Quien por primera vez visita el antiguo mineral de El Rosario, recibe la impresión de estar jugando consigo mismo a las escondidas. Las calles -algunas conservan el empedrado- con sus laberintos caprichosos parecen bromear con el visitante al colocarlo de nuevo en el punto de partida, cuando él, confiadamente, creía haberse alejado en sentido contrario.

Rosario es una ciudad y las ciudades son como las personas. Conservan en la madurez, y aun en los estados de postración, rasgos que revelan su pasado; que ponen de manifiesto si la mala o buena estrella brilló en su existencia, que delatan si la vida de pasados años fue grata o, por el contrario, fue penosa, gris desvaída. Y El Rosario, por sus edificios, por sus casas y por sus habitantes dice con voz clara y sonora que tuvo su esplendor económico y cultural, quedando de este último aspecto pruebas palpables.

Es una ciudad que se ufana de haber sido el puente para que la obra colonizadora se extendiera por todo el estado; ahí tiene a Chametla que, por una paradoja histórica, primero fue madre y hoy es la hija -demasiada entrada en años- que posee, de acuerdo con las informaciones de los aborígenes, teñidas por el rojo vivo del localismo, la primera cárcel construida por los españoles en lo que hoy es el Estado de Sinaloa. ¡Chiametlan!!Así se pronuncia! Es una reconvención amable que se escucha a cada momento.

Del Real de Minas El Rosario sólo quedan vestigios. Hay ruinas. La firmeza de los cimientos se vio socavada por los trabajos subterráneos que La Guadalupana y Minas del Tajo llevaron a cabo por un período que se aproxima a las tres centurias (1665). Y hay ruinas… Ellas determinan en quien las contempla un estado de ánimo especial. Inconscientemente el observador de esos pilares tirados a lo largo, de los bloques de pared diseminados por el suelo, de trozos de pisos que como lagunas se divisan entre la hierba avasallante, piensa en sí mismo, en el hombre, en su historia, en la humanidad, en los valores, en lo sobrenatural. Son dos individuos distintos: el que llegó ante las ruinas y el que se aleja de ellas. Éste lleva prendido de los hilos del alma un racimo donde se aúnan la añoranza, la duda, la nostalgia, una impresión de haber visto un vaticinio o escuchado una profecía. Ello resulta de la primera visita ante los restos de otras magníficas construcciones. Después, va germinando el deseo de levantar el pilar caído, de remozar las fachadas amarillentas por el polvo y el sol, de enderezar la verja retorcida, de arrasar la hierba que cubre las baldosas, de completar los peldaños de la escalera de cedro que conduce al segundo piso, de limpiar las inscripciones que adornan los arcos. Y este deseo se adentra y se transforma, ya inquilino, en obsesión. Una obsesión que martillea día tras día, de calle en calle, porque ahí están las ruinas. Y vivir contemplándolas es como dormir noche a noche al lado de un ser del cual se ha ido la vida, pero que ahí está para recordar que vivió y que estuvo a nuestro lado y que compartió con nosotros los altibajos de la existencia. Ahí están las ruinas… Y ahí están los solares baldíos donde antes se erguían mansiones de graves resonancias. La iglesia con su atrio; sí, la iglesia se vino abajo porque estaba asentada en una rica veta de oro. Y el oro se extrajo. Y la iglesia ya no existe. La plazuela, la típica plazuela con jardín y con verde kiosko siguió a su compañera inseparable. El Palacio Municipal ya no cobija a la Autoridad, ésta ha construido un nuevo refugio, llevando consigo el viejo reloj que adquirió don Enrique Castañeda durante su Prefectura.

Si hurgamos en la historia de Rosario, encontraremos cofres repletos de hechos y datos que explican por qué Rosario dirige su vista al viajero con desplantes de matrona.

Demos un vistazo hacia los hijos que la honraron:

Viven aún descendientes de Don José Teófilo Noris, Sargento 2°. Alumno del Colegio Militar y quien participo en forma heroica en la defensa del Castillo de Chapultepec durante la intervención norteamericana. Aun podemos contemplar la casona donde vio la luz primera y donde la gratitud rosarense colocó una placa conmemorativa en el primer Centenario de la epopeya. Además, el H. Ayuntamiento expidió un decreto según el cual la calle Guanajuato perdía su nombre para ostentar en lo sucesivo el del héroe. En el archivo de la Parroquia y en el libro de Bautismos -período 1823-1831- página 177, don Pepe López Portillo, con el cúmulo de recuerdos que lleva consigo en las alforjas de sus 80 anos, encontró una partida que, respetando su ortografía, dice así:

«Al margen, José Teófilo.- Al centro: En esta santa Iglesia Parroquial del Rosario, a nueve de Enero de mil ochocientos veintinueve, yo el Vicario Foráneo Cura Párroco Presbítero Manuel Rojas bauticé solemnemente puse el Santo Óleo y Sagrada Crisma a un niño que nació hoy a quien puse por nombre José Teófilo, hijo legítimo del Ciudadano Joaquín Noris Jefe Político del Departamento de San Sebastián y de Doña Victoriana Sibrían; fue Madrina Doña Prudencia Sánchez; a quien advertí su parentesco espiritual y obligaciones.- Manuel Rojas O.- Rubrica».

En enero 23 de 1845, El Rosario se transforma en una unidad política, mediante el Decreto que crea el Ayuntamiento de Rosario, Mazatlán, Cosalá, Sinaloa, San Sebastián (hoy Concordia) y El Fuerte, pues al integrarse el Estado de Sinaloa (mediante la separación de Sonora, realizada el 13 de octubre de 1830, sólo hay tres Departamentos: San Sebastián, Culiacán y El Fuerte.

Pero siguiendo nuestra pesquisa entre los militares, encontramos un rosarense que en forma brillante participó en la defensa de la Patria: don Antonio Gadea Fletes. Activo y ferviente partidario de la causa republicana, durante la Guerra de Intervención, organizó una guerrilla armada y sostenida económicamente por su patrimonio personal, la cual obtuvo por sus participaciones en la lucha, la denominación de Escuadrón Gadea. Como se tornara crítico y difícil el curso de los acontecimientos para los Juaristas en el Sur de Sinaloa, el Gral. Don Ramón Corona deseando mantener vivo el fuego de la rebelión, ideo la estratagema de hacer que varios jefes de sus fuerzas solicitaran el indulto para que, amparados en él, continuasen viviendo en esta región esperando el momento oportuno y propicio para reanudar la lucha. El Comandante Gadea recibió el 30 de abril de 1865 la orden de que «con la fuerza que tiene Usted a sus órdenes le prevengo se indulte al bando de los traidores por convenir a la defensa de los intereses de la República», orden que acató presentándose ante el Tigre de Álica, del cual obtuvo el documento que a continuación se transcribe textualmente:

«MANUEL LOZADA Gral. del Primer Cuerpo de Auxiliares del Ejército -En nombre de S. M. Macsimiliano 1°. Concedo la gracia de indulto a Don Ignacio Gadea Fletes, de conformidad con la solicitud que ha hecho con fecha 3 del presente, por haber prestado sus servicios a los Juaristas, en calidad de Comandante de la Guerrilla de su nombre; en el concepto de que cumplirá fielmente la protesta que hace de vivir pacíficamente bajo la obediencia del Supremo Gobierno de S. M. I.- Y para su resguardo extiendo el presente en el Rosario a doce de mayo de mil ochocientos setenta y cinco. – El Gral. en Gefe de la División de Operaciones. – Mnl. Lozada. – Rúbrica. -Queda aprovado el presente para que obre toda seguridad de conformidad con el último acuerdo que tuve con S. E. El General. – Rosario Mayo 14 de 1865. – El SubPrefecto Político y Comandante Militar del Distrito. – Mauricio Castañeda. – Rúbrica.

Posteriormente, el licenciado. Benito Juárez le extendió un diploma (agosto 5 de 1867) certificando los buenos servicios prestados contra el invasor. Además, le confirió la condecoración de Segunda Clase por el concepto indicado.

Antes de solicitar el indulto, y mientras don Anto¬nio Gadea Fletes hostilizaba al enemigo con su Escuadrón, en El Rosario tuvo lugar una junta el día 6 de octubre de 1864, de «ciudadanos, jefes y oficiales que componen las brigadas unidas en jefe de las expresadas», con el fin de pronunciarse en contra del Gobernador y Comandante Militar, el C. Jesús García Morales con el propósito de «poner un término a la marcha débil, desacertaba y ruinosa de la administración». El pronunciamiento se llevó a cabo, y para el día 15 ya había sido hecho prisionero el Gobernador García Morales y el 19 Don Antonio Rosales fue nombrado Gobernador Provisional del Estado, con asiento en Mazatlán.

Dejando en paz a las gentes de espadas, polainas y charreteras, retrocedamos a fines del siglo XVIII para anotar que el 27 de enero de 1792 nace en Rosario Pablo de Villavicencio, mejor conocido como «El Payo del Rosario», a quien recordamos siempre en unión de Don Joaquín Fernández de Lizardi, El Pensador Mexicano, par de hombres recios que lucharon por la efectiva independencia del pueblo mexicano. El Sr. José Palomarez nos asegura que aun existen las ruinas de la casa donde nació «El Payo». Al esfuerzo por el Sr. Palomarez, cuando fue Diputado al Congreso Local se debe la construcción de una escuela que está ubicada en Estación Rosario y la cual ostenta el nombre del criollo batallador y patriota.

Antes de ascender por la escala del tiempo, debemos dejar apuntado que en El Rosario tomaban posesión de su diócesis los obispos que debían atender las necesidades espirituales de la Provincia Interna de Occidente. Años más tarde llegaría a ser considerada como Ciudad Asilo porque en ella fue a refugiarse la Cámara de Diputados en diversas ocasiones en que peligró su existencia. No debemos dejar de señalar que en las Bellas Artes también tiene antecedentes que le honran. Don Juan M. Riesgo y Don Antonio J. Valdés en 1828 dejan anotado lo siguiente en la Memoria Estadística de Estado de Occidente: «La música se halla en estado más atrasado, no obstante que se nota mucho gusto por ella; en Rosario es donde se ha aventajado un algo más; pero se entiende que hablamos de la música por principios, pues dondequiera se encuentra un violín, la guitarra y la jaranita, instrumentos propios para los cuantos criollos que, sin tener la elegancia de los de Europa, tienen para nosotros un encanto arrebatador».

Ya que tocamos las Bellas Artes, anotemos desde luego que en el último cuarto del siglo XIX aparecen en Rosario los periódicos «El Progresista», «El Sur de Sinaloa», «El Anunciador» y otros órganos periodísticos que recogen las noticias del día, los cuales informan de los trabajos de la misma y acogen entre sus páginas las primicias literarias de los rosarenses inspirados.

Ya en nuestro siglo, y siguiendo a los que manejaron la tinta y la pluma, evocaremos la recia figura del crítico, poeta, novelista, diplomático y ensayista Don Genaro Estrada quien dio sus primeros pasos en las calles retorcidas de Rosario. Su «Archivo Histórico y Diplomático» (40 tomos) y sus «Monografías Bibliográficas Mexicanas» (29 volúmenes) demuestran su talento político y profundo. Rosario aun no ha rendido homenaje al hijo que honró a su patria en múltiples aspectos del saber. En política tiene vigencia y actualidad su doctrina para con los regímenes (¡nuestra pobre América!) emanados de los cuartelazos, las asonadas y las sediciones y que se conoce internacionalmente bajo la denominación de «Doctrina Estrada».

En la Banca y en la Diplomacia tiene actualmente Rosario un puesto distinguido en la persona de don Antonio Espinoza de los Monteros, hasta hace poco Embajador de México ante la Casa Blanca. La ciudad que hoy contempla sus ruinas, espera de Don Antonio un recuerdo, un recuerdo que provoque un impulso, un impulso que lo lance a la acción; una acción que se traduzca en alguna obra benéfica para su ciudad natal. Espera y confía.

Por todo lo dicho se puede apreciar que ha sido fructífera nuestra inmersión en el pasado y nuestro atisbo en el presente. Muchos otros datos quedan en espera de aflorar en ocasión más propicia. Este solo ha sido un escarceo.

Hay ruinas. Sí, pero el ex-Real de Minas del Rosario no se considera derrotado. De sus ruinas ha extraído el empuje y la fuerza moral necesaria para buscar nuevos horizontes y labrar un porvenir venturoso. Hoy busca en la agricultura y en el comercio el bienestar económico que antaño le diera la minería. Será canalizado el Río Baluarte y 25,000 hectáreas serán irrigadas para calmar la sed de sus tierras. Y de ahí surgirá una economía fuerte y estable.

 

Hay ruinas. Sí. Pero Rosario está escribiendo el segundo capítulo de su historia.

¡Animo y buena suerte!

Rosario, Sin. Enero de 1949.

 

Tomado de la revista: Letras de Sinaloa No. 11, Universidad Autónoma de Sinaloa, abril de 1949.

 

El Rosario, Sinaloa, México
Ruinas del antiguo El Rosario, Sinaloa, México

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