Enrique González Martínez, gente en Sinaloa

Gente en Sinaloa

Enrique González Martínez

 

Por: Amado Medina Jiménez

Enrique González Martínez nació en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, el 13 de abril de 1871 y nimbado por la fama falleció en la ciudad de México el 19 de febrero de 1952.

Al hablar de Enrique González Martínez no podemos menos que evocar esa época romántica de principios de siglo que vivieron nuestros abuelos, y lanzando una mirada retrospectiva sentimos esa sensación de admiración hacia ese hombre que dejó huella indeleble en las letras mexicanas y al que Mocorito consideró como hijo adoptivo.

Enrique González Martínez se inició en la poesía a los catorce años de edad. Estudió en la Facultad de Medicina del Estado de Jalisco, donde obtuvo el título de médico. Ejerció en Mocorito su profesión desde el año de 1902 a 1909 donde, alternando con la ciencia de Hipócrates, escribió sus primeros cuatro libros. Fue designado miembro de la Academia de la Lengua y en 1910 salió del Estado de Sinaloa para dirigirse a la capital de la República, donde se dedicó al periodismo, al mismo tiempo que impartía las cátedras de Literatura Francesa, Española y Literatura General en los más elevados planteles. En 1920 fue Ministro Plenipotenciario de México en Chile, cargo que ocupó después en Argentina, en España y en Portugal. Abandonó sus actividades diplomáticas y retornó a la enseñanza hasta que lo sorprendió la muerte.

El recuerdo de Enrique González Martínez, uno de los más destacados poetas nacionales y uno de los más firmes pilares de la poesía latinoamericana, quedó plasmado en los anales de la historia de Mocorito. Durante los siete años que vivió en este rincón del Évora, donde sintió la inspiración que puso de relieve su vocación y donde escribió el preludio de su obra excelsa, tuvo como compañeros a Sixto Osuna y José Sabas de la Mora, quienes haciendo honor a su vasta cultura erificaban veladas literarias, razón por la cual Mocorito fue calificado como el Centro Cultural de Sinaloa. El lugar de reunión era el llamado Casino Mocorito, del que González Martínez era presidente y que se encontraba en el local donde estaba la Oficina de Teléfonos de México. González Martínez tuvo su residencia en la casa marcada con el número 47 de la calle «Francisco I. Madero» y que recientemente fué el Hotel Mocorito. Este insigne poeta era de color moreno claro, de regular estatura, bigote recortado, de cejas pobladas, de charla amena, inteligente y gentil en sumo grado. Era afecto al juego de carambola y fumaba copiosamente del cigarro negro canela pura. Desempeñó el cargo de Prefecto de Mocorito, siendo su Secretario Sixto Osuna, y posteriormente fue Secretario General del Gobierno del Estado. Durante su estancia en Mocorito publicó sus primeros cuatro libros: «Preludios», «Lirismos», «Silenter» y «Senderos Ocultos», siendo el impresor el señor Crescencio Corona, que tenía a su cargo la imprenta propiedad de José Sabás de la Mora, que editaba el periódico «La Voz del Norte» y se encontraba instalada en la casa donde actualmente se halla el Hotel Zavala. Entre los colaboradores de ese periódico, del que era Director el ilustre Profesor Sabás de la Mora, estaba el Doctor González Martínez.

Un dato que ha quedado oculto al público fue el hecho de que nada menos que los versos de sus primeros cuatro libros fueron corregidos por su compañero, el inteligente Sixto Osuna, lo cual no mengua el nombre de González Martínez, que sobresalió en las letras por su vena poética. Cuando González Martínez se dirigió a la capital de la República sus primeros cuatro libros estaban aún en impresión, habiéndole dejado la encomienda al señor Corona de que se los enviara cuando se terminaran de editar.

Entre las anécdotas que se cuentan acerca de Enrique González Martínez, está aquella de cuando lo consultó un paciente al que le indicó que no fumara; éste al verlo que fumaba en forma abundante y que de un cigarro encendía otro, le preguntó: i «Doctor, y si como dice que el tabaco es dañino, ¿entonces por qué fuma usted?». A lo que González Martínez repuso: «Fumo, porque ya está dicho que el hombre ha de buscar su mal». En una ocasión encontrándose González Martínez en el Casino, se acercó un individuo afecto a la bebida de nombre Marcos Osuna y que había sido Profesor, y dijo: «Ruego a ustedes me permitan hacer uso de la palabra», a lo que asintieron los presentes. Osuna, dirigiéndose a González Martínez, le espetó:

«Deje este billar v este Casino

Y deje esta baraja que inventó Birján

y pase por Altata y Mazatlán,

y tome ese camino que conduce a la gran Tenochtitlán

y vaya y salude al Ministro Mariscal».

Al oír aquello, González Martínez repuso: «No merezco tanto, compañero», y Osuna replicó: «¡Váyase de estos pueblos, Doctor, un talento como el suyo debe estar en la capital!». Un dato que demuestra la bondad y la generosidad de González Martínez y la admiración que sentía por Marcos Osuna, por ser éste un versificador despierto, fue que le asignó una pensión a Osuna hasta su muerte y que rigurosamente le enviaba a Mocorito.

La obra de González Martínez fue profusa, «La Muerte del Cisne», «El Libro de la Fuerza, la Bondad y el Ensueño», «Parábolas y otros Poemas», «El Romero Alucinado», «La Palabra al Viento», «Las Señales Furtivas», «Poemas Truncos», «Ausencia y Canto», «El Diluvio de Fuego», «Esbozo de un Poema», «Poemas», «Villano al Viento», «Babel», «El Hombre del Buho», «Misterio de una Vocación» y «La Apacible Locura». Fue crítico literario y conferenciante.

En sus primeros poemas que escribió en Mocorito y los que lo impulsaron hacia su consagración, se advierte la influencia de Manuel José Othon y de Manuel Gutiérrez Nájera. A éste último admiraba y lo consideraba como el precursor de la lírica moderna entre los poetas mexicanos. Sin embargo, González Martínez tuvo su propia personalidad y ello se manifiesta cuando escribió:

Resignado el espíritu, no formula un reproche por el mal ni la muerte la quietud de la noche los impulsos refrenan y las ansias mitigan

Y la vida se acepta sin saber si la mansa palidez en que el pecho se adormece y descansa es virtud u holocausto, o desdén y fatiga.

Enrique González Martínez, a quien Mocorito contemplara en el despertar de su brillante carrera literaria y lo cobijara con el manto amoroso de esta tierra generosa y pródiga, legó su obra preñada de gran profundidad de espíritu y con esa exquisitez que sólo él sabía imprimirle a sus poemas. Influenciado en su primera época por tendencias extrañas, se fue liberando poco a poco para dar paso a su obra peculiar y única. Supo imprimirle a sus poesías esa gran musicalidad en el verso y una manera especial de versificar con un ritmo poco frecuente. ¿Quién alguna vez no se ha deleitado con esos magníficos versos donde aflora el sentimiento del poeta y resalta la creación estética:

 

Quiebra el ritmo, corazón

que un tumulto de campanas

rompa el concertado son

de aquellas albas lejanas,

de aquel toque de oración…

¡Enloquece sus campanas, corazón!

 

Que aulle el alma a la luna

como el perro de la muerte,

y maldiga tu fortuna

cada una

de las lágrimas que vierte…

¡Aulle el alma a la luna

como el perro de la muerte!…

 

Que escape al monte la fiera

que a su voz adormecía…

y que afuere,

la destroce en su carrera

el furor de la jauría…

i Ya se fue quien la tenía

domeñada y prisionera!

Que en la paz de mi clausura,

entre la ráfaga impura

que dé muerte a la razón…

¡Sal de tu cárcel, locura!

¡Quiebra el ritmo, corazón!

 

 

Nota: Enrique González Martínez fue padre de otro reconocido poeta nacional, Enrique González Rojo, este nació en Culiacán, Sinaloa el 25 de agosto de 1899, el cual perteneció a la generación de poetas mexicanos conocida como Los Contemporáneos.

 

 

Texto tomado de; 18 Encuentros con la historia, revista cultural Presagio, 2000.

La ilustración es obra del artista Roberto Montenegro, tomada de: Enrique González Martínez, Homenaje Nacional, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, D.F., 1995.

 

 

Enrique González Martínez
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