Fiestas funerarias de las tribus cahitas en Sinaloa, México

 

Fiestas, tradiciones, cultura y costumbres de Sinaloa

 

 

FIESTAS FUNERARIAS DE LAS TRIBUS CAHITAS EN SINALOA MÉXICO

 

Por: Filiberto Leandro Quintero

 

Las fiestas funerarias, como son las velaciones y los entierros, las hacen con apego a su mentalidad y a sus tradicionales costumbres, pero bajo formulismos católicos, con celebración de misa, responsos y comelitones y bailes de matachines, pascola o venado. Son de ritual. Empiezan a celebrarse ocho días antes del día de muertos, durante los cuales se reza el novenario, con el laudable objeto, en el sentir de los indios, de disponer favorablemente la llegada de los espíritus de sus difuntos.

El responso se hace cada día en casa distinta de las de la vecindad, ante una especie de tumba o túmulo que se levanta al aire libre en el patio, donde el MAESTRO reza, empleando los respectivos latinajos, y entona salmos que le acompañan las cantoras durante al acto de la celebración de las honras; haciéndose todos los gastos que demanda el responsorio, puesto que, por lo menos, hay regalo de comida, a prorrata, por los caseros que han tornado a su cargo la celebración.

Tienen antiquísima costumbre los indios, el día 1 de noviembre o sea el de Todos los Santos y por el término de tres días, colocar a partir de las cinco de la tarde en sus casas, en el patio y sobre un pequeño tapanco, velas encendidas, vasos con agua, flores y algunos comestibles (mazorcas de maíz, tortillas, pan, corichochis, o bizcochos de maíz, tamales, fruta y hasta cigarros), en realidad no como ofrenda o sufragio por el alma de sus difuntos, sino porque supersticiosamente creen que las ánimas al llegar, allá por la hora del amanecer, habrán de necesitar sustento alimenticio. Al pie de ese tapanco o altar de ofrendas y velaciones llegan a rezar por la liberación de las animas las gentes devotas: el MAESTRO, las cantoras y rezadoras de oficio y algunas otras personas de la adhesión de los deudos.

En el camposanto durante estos tres días colocan igualmente sobre la sepultura o montículo de tierra con que recubren a sus difuntos, ofrendas de velas y comestibles, de los que obsequian en concepto de gracias por sus votos y oraciones a toda persona que acude a rezar por el ánima del ser ahí yacente. En una cruz grande, llamada la Cruz del Perdón, que hay en los panteones de los pueblos, y que en días luctuosos como éstos los indígenas engalanan con flores e iluminan con profusión de velas, por la noche el MAESTRO oficia ante ella haciendo rezos o sufragios por todos los finados y en particular por los de los deudos que lo solicitan, y cantando salmos con el auxilio de dos o más cantoras, revistiéndose así de mayor solemnidad las honras fúnebres que con apego a cierta liturgia tributan a las ánimas

Cuando se trata del enterramiento de un difunto, por ser su obligación, él o los padrinos de pila se encargan de amortajar el cadáver a su costa, colocándole una túnica o especie de hábito ceñido con una cuerda; además le ponen un rosario para que el finado tome un buen camino y pueda desde luego ser bien acogido por Dios. Después de que envuelven el cadáver en un petate (ya se ha generalizado el uso del ataúd) lo tienden para velarlo, ante una cruz rústica de madera en el patio de la casa tributándosele ahí católicamente las honras póstumas, pasadas las cuales lo llevan a enterrar conduciéndole en unas angarillas o en un tapextle. En el trayecto de la casa a la iglesia de trecho en trecho por el camino corren con el cadáver sus conductores y acompañantes, haciéndolo también al llegar a la cruz del camposanto. Durante estas carrerillas suben y bajan y luego desplazan horizontalmente el cadáver, haciendo en el espacio el signo de la cruz, con lo cual se ha de lograr que salgan del cuerpo los malos espíritus.

Otro detalle muy singular y de significación es que los dolientes no forman parte de la comitiva del entierro, sino que se apartan de ella como ocultándose o huyendo, por ser muy temida la influencia del espíritu del difunto. Van los deudos siguiendo al cortejo siempre a distancia y con cierto recogimiento y prevención, y vuelven la espalda al llegar a la sepultura, mirando hacia el oriente, mientras se efectúa el entierro y los otros parientes y acompañantes han echado en la fosa el punado de tierra que es de ritual.

Si el difunto es un niño, el padrino de pila lo lleva a enterrar conduciéndolo en hombros o sobre la cabeza, y sufraga los gastos del sepelio, pues los vínculos del compadrazgo entre los indios son formales y obligan a las partes a deberes recíprocos. Si se trata de un judío, de un matachín, de un pascola o de un fiestero, concurren, por deber de compañerismo y por una obligación ya entendida, los que pertenecen al gremio u oficio respectivo, tributándosele al extinto las honras que le corresponden con bailes y ceremonias, por los de su misma grey.

Ocho días después del fallecimiento, y también al año de ocurrido, los deudos del difunto le hacen su responso y para el efecto levantan en el patio, junto a la enramada de la casa, una tumba o túmulo al pie de una cruz, en la que, por costumbre y como adorno y acto de trascendencia religiosa, colocan una ofrenda de comidillas, con lo que además se consigue, lo cual es para ellos detalle de gran significación, que el MAESTRO se incline más, o sean más pronunciadas sus reverencias al hacer sus oraciones por el finado en aquel sitio.

 

 

Fragmento del artículo Apuntes de la Vida Indígena, por Filiberto Leandro Quintero; Tomado del libro: Antología Histórica Sinaloense, Bonilla Zazueta, Marta Lilia (compiladora), Gobierno del Estado de Sinaloa, AHGES, 2008.

 

Fiestas funerarias de los cahitas de Sinaloa, México
Fiestas funerarias de los cahitas en Sinaloa, México

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