Francisco I. Madero, poesía sinaloense

Poemas de Sinaloa

MADERO

De: Manuel Estrada Rousseau

 

Miedo, sombras, densa calma;

en el alma

nacional,

enorme y perenne duelo:

ni un señuelo, una ilusión,

mostraban en lontananza

la esperanza

de cercana redención.

 

! Ah, la estepa distendida

sin un asomo de luz!

¡La gran planicie adormida!

¡La nación, envilecida,

llevando a cuestas su cruz!

 

Arriba el amo, el negrero,

el patrón, el capataz,

y el mandarín altanero,

sostenes de aquella. . . paz.

Y abajo, lo que palpita

lleno de acerbo dolor;

la grande, la enorme cuita;

el terror

que las protestas acalla,

impuesto por la gentualla

del anciano dictador.

 

Mas el broche

de la noche

se rompió,

y en la bruna

perspectiva, oportuna

maravilla de destellos refulgió.

Surgió, erguido, el doctrinario,

el severo lampadario

del honor,

invocando conculcadas libertades

y agitando las dormidas tempestades

del dolor.

¡Verbo grande! ¡Verbo fuerte!

¡Verbo ingente de la muerte

prometida por Madero a la opresión!

¡Roja y fúlgida saeta

del asceta

que nos trajo redención!

 

Y estalló, sangriento, el choque;

vibró un grito como toque

de clarín,

y el apóstol de semblante nazareno,

franco y bueno,

fue un bizarro paladín.

 

Tremoló con santas iras el pendón de los derechos;

tornó en hechos

sus arengas rebosantes de verdad,

y en la estepa distendida

fue la vida

de un gran pueblo que anhelaba libertad.

 

Pero vino el cataclismo

vomitada del abismo

la hidra múltiple se alzó,

y el chubasco de la envidia

con perfidia

resopló.

¡Espectáculo siniestro!

Con las carnes del Maestro

los chacales pretorianos celebraron su festín,

y sus cómplices odiosos

aplaudieron jubilosos

la suprema desventura del bizarro paladín.

 

iSalve! A veces, son precisos los calvarios;

necesarios

los vejámenes tremendos que supiste resistir;

eras digno de ser mártir, y lo fuiste:

sucumbiste

cual debías, por tu grandeza, sucumbir.

 

¡Loada sea, para siempre, tu memoria!

Ya, la Historia,

con su dedo justiciero te apuntó;

ya subiste los peldaños de la escala prodigiosa;

ya una rosa

de frescura inmarcesible, para ti se eternizó.

 

Del Anáhuac bajo el cielo,

el anhelo

de tu verbo —tu locura, tu ansiedad—,

cristaliza en tres palabras:

patria, tierra, libertad!

 

Tomado de: Antología Sinaloense, Higuera, Ernesto, Ediciones Culturales del Gobierno del Estado de Sinaloa, Volumen I, 1958.

 

 

Francisco Madero
Francisco I. Madero (1873-1913)

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