Francisco Ramírez; gente sinaloense

 

Gente de Sinaloa

 

FRANCISCO RAMÍREZ

 

Por: Enrique Félix Castro

 

1864. El pintoresco pueblecillo de San Pedro, con sus casitas de teja más y más colorada por el temblor de los claros días de diciembre, anido, como en un nicho, voces de gloria.

Los zuavos, esos soldados franceses que en 1864, dirigidos por el comandante Gazielle, vinieron a pisar la soberanía de nuestra patria, fueron vencidos en la Batalla de San Pedro por el general Antonio Rosales, con un heroico puñado de soldados mexicanos.

El romántico cañón repúblicano de aquella época —asomando al poniente—, sobre los viejos cercos de los caminos de San Pedro, paseó severamente su rugido de león sobre la frente audaz de los soldados europeos.

El «Mixto» y el «Hidalgo», batallones de la izquierda y la derecha, con empuje de alas de águila, ensayaron su ímpetu de patriotismo bajo las espadas brillantes de Jorge Granados y el coronel Correa.

José María Bucheli, José Palacio, Lucas Mora, Pedro Betancourt, Evaristo González, Jesús Vélez, Pedro Pérez y Francisco Tolentino constituyen el juego de nombres que se tejieron milagrosamente —como en una leyenda antigua— para rubricar el acto más heroico que se conoce en los anales de nuestra historia provinciana.

En el ancho solar de Sinaloa —cual un escenario griego— se hizo añicos la gloria de Francia, como una flor de mármol y se irguió dramáticamente, con el duro gesto de una odisea, la épica figura de Rosales.

Antonio Rosales es un héroe epónimo porque dio nombre a nuestro pueblo, en sus calles y plazas. El viejo portalón rosalino perpetuó su recuerdo en 100 arcos de piedra. Es la figura más amplia y alta del estado de Sinaloa. Por eso, cada 22 de diciembre, los hijos de Sinaloa festoneamos nuestros corazones de alegría!.

Para el niño sinaloense, tiene una parte viva el recuerdo de esa fecha que anega nuestras almas.

Ese día venerable, derrotadas las huestes francesas a la hora tierna del crepúsculo decembrino; cuando el río estaba más quieto y el polvo y la sangre soldadesca entristecían más la hora; en los momentos en que iban cayendo las charreteras francesas junto a los huaraches de tres puntadas de los valientes soldados mexicanos, un niño sinaloense estremeció, con un canto de gloria, los pechos macizos de nuestros soldados.

Fue Francisco Ramírez, a la risueña edad de los 11 años —esbelto, moreno, bello— el que empinando su corneta encintada y brillante, con la cara al cielo, anunció con su voz de metal el triunfo legítimo de nuestra patria.

Él, temblando de emoción como una hoja de triunfo —sonriente, jovial—, enjugo su corazón en una llamada triunfal, en honor de varios cientos de soldados que colmaron el ímpetu heroico del general Antonio Rosales.

Fue Francisco Ramírez el vocero inocente, el pequeño corneta sinaloense que arrancó de su pecho un hondo grito de amor —la buena nueva— que conserva nuestra Patria en una de sus más bellas sonrisas.

Como en uno de esos cuadros del pintor italiano Boticello —de líneas angélicas, de trazos ensortijados— debe haber estado nuestro héroe mínimo, ceñido de claridad.

Estoy seguro de que Rosales mojó de lágrimas sus enjutas mejillas, al contemplar escena tan conmovedora.

Los soldados franceses, oyendo la voz de triunfo, transparente y purísima, de los labios inmaculados del niño, deben haber sentido más todavía la tragedia de su derrota.

¡Como temblarían las manos de nuestros soldados! El mismo cielo debe haberse conmovido. Seguramente fue más nítido el primer parpadeo de las estrellas de aquella hora.

He ahí un bonito recuerdo que deben conservar los niños de Sinaloa, como un juguete nuevo. Bello ejemplo a cuya sombra deben cobijarse los niños de mi tierra, con el rico propósito de repetirlo. De pie —como en un dibujo egipcio— debe hacerse caber en todos y cada uno de los corazones pequeños, que seguramente están siempre abiertos.

El resplandor de la bellísima acción de Francisco Ramírez ha de cernirse sobre los coros de niños descalzos de nuestras escuelas y ha de florecer, en los labios del maestro amoroso, como una parábola de Jesús.

Ejemplo que debe jugarse, a modo de símbolo, en las manos de los niños.

Es la nota blanca —como el silencio de las flores— que se colgó inocente, como frágil adorno, de la más hermosa y significativa de nuestras epopeyas.

Francisco Ramírez es el héroe juvenil y bello de Sinaloa. El héroe predilecto de nuestra historia acogedora. El recuerdo azul.

Ojalá que, después de leídos estos renglones, el nombre de Francisco Ramírez —como una gota de miel— ande en la boca de los niños de Sinaloa.

 

Francisco Ramírez, héroe niño sinaloense
Niño Francisco Ramírez, héroe en la Batalla de San Pedro, Sinaloa, México el 22 de diciembre de 1864

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