Fray Agustín José Chirlín y Tamariz, precursor y libertador, gente en Sinaloa

Gente en Sinaloa

 

FRAY AGUSTÍN JOSÉ CHIRLÍN Y TAMARIZ, PRECURSOR Y LIBERTADOR

 

Por: Antonio Nakayama

Nativo de la Puebla de los Ángeles, Agustín José Chirlín y Tamariz estudió en el Seminario Tridentino de México donde su inteligencia hizo que se le agraciara con el título de colegial de honor, y después le ganó un bachillerato por la Pontificia Universidad capacitándolo para inscribirse en la Facultad de Sagrados Cánones.

Se ignoran los motivos que tuvo para cortar su carrera en la Universidad, pero es el caso que un buen día se llegó al convento de San Agustín, donde vistió el hábito. Los agustinos, seducidos por el talento y las dotes como orador del joven Chirlín, le dieron el título de predicador del convento y maestro de púlpito, y pasado algún tiempo lo comisionaron para reducir los cargos de la orden en Atlixco, Oaxaca y Guatemala, habiendo desempeñado su encargo con el tino y la sabiduría de un hombre maduro. Su porvenir en la orden se adivinaba halagador, pero quién sabe qué causas lo impulsaron a pedir un permiso ilimitado para estar separado del claustro, y se unió a la comitiva de Alejo García Conde que había sido nombrado intendente de las provincias de Sonora y Sinaloa.

Ya en la primera de ellas misionó en Sinóquipe, Banámichi y Baviácora, en las que desarrolló un verdadero apostolado y se distinguió por su generosidad, pues regalaba la pensión que el gobierno le tenía asignada, y en gran número de casos no cobraba obvenciones parroquiales. La ciudad de Arizpe también supo de sus sudores misionales, y entre los infantes que allí recibieron de sus manos las aguas del bautismo, estuvo uno llamado Pedro García Conde.

Los aires de fines del siglo XVIII y principios del XIX estaban saturados de ideas de libertad, pero en el noroccidente los habitantes no las sentían bullir dentro de su intelecto, ni aun aquellos que pertenecían al sector social más preparado. Fray Agustín José Chirlín era tal vez el único de los sacerdotes del obispado de Sonora que sentía latir los deseos de independencia cuando la tormenta se cernió sobre los campos de la Nueva España en 1810; pero Alejo García Conde mató los brotes libertarios al despedazar frente a San Ignacio de Piaxtla a las huestes del coronel José María González de Hermosillo, así que el agustino se conformó con mantener vivas de manera teórica las ideas de la insurgencia, ya que los habitantes no dieron trazas de lanzarse al campo a sostenerlas con las armas en la mano.

Las autoridades coloniales tenían mil ojos y mil oídos, y un día de 1814 les llegó la denuncia de las actividades subversivas del padre Chirlín; pero como a éste no le faltaron conductos para enterarse de lo que esperaba, puso muchas leguas de por medio; se internó en las agrestes regiones de la Sierra Madre, y permaneció escondido en una cueva durante 19 días, durante los cuales se alimentó de raíces, pitahayas y del sagrado peyote. Los sabuesos no perdieron la huella de la presa, y poco después, los habitantes pudieron ver a un fraile agustino que demacrado y macilento caminaba en medio de soldados ópatas que lo llevaron en desesperante peregrinación de 200 leguas por el desierto candente e inhóspito hasta la ciudad de Chihuahua. Mas como en esos días el comandante de las Provincias Internas se encontraba en Durango, el fraile se dio el lujo de andar otras tantas leguas hasta esa ciudad, en la que fue encarcelado. El paredón era la meta del fatigoso viaje, y allí hubiera terminado de no haber sido por su amistad con Alejo García Conde quien interpuso su influencia para que se le absolviese. Ya en libertad se dirigió a Culiacán. No contaba con bienes ni dinero alguno, y solamente le restaba el recurso de que la mitra de Sonora le admitiera de nuevo entre sus sacerdotes, cosa al parecer no muy fácil, pues gobernaba en ella el Br. José Joaquín Calbo, que en 1810 había fulminado en sus circulares a Hidalgo y sus simpatizadores. Pero el agustino era hombre de mucho temple y contaba con la influencia de García Conde, así que no solamente se le admitió, sino que se le destinó a la parroquia de El Rosario, una de las más importantes de la diócesis en aquellos tiempos.

Comenzó a servir su curato con el desinterés y la actividad que le caracterizaban, y todo hubiera ido bien, pero un día se disgustó con un teniente de justicia en ocasión en que este último se presentó en la iglesia parroquial para presidir una junta de electores, y el agustino se negó rotundamente a que la efectuase, dándole con la puerta del templo en la nariz. El escándalo fue mayúsculo y fray Agustín fue confinado en Pánuco; tuvo que intervenir el obispo de Sonora para conseguir su libertad y poner fin al incidente.

Pasaron los años, y la Nueva España parecía estar en paz pues los insurgentes se concretaban a mantener viva de manera simbólica la chispa libertaria que quedaba de la hoguera encendida por Hidalgo. Una tarde se encontraba fray Agustín en la sacristía del templo cuando se le presentaron el capitán Francisco de la Viña y el teniente Joaquín Noris para comunicarle que había llegado la noticia de que el coronel Agustín de Iturbide se encontraba en franca rebelión contra el gobierno virreinal, y que el teniente coronel Fermín de Tarbé, jefe militar de la plaza, había decidido secundarlo. Se encontraban en esta plática cuando irrumpió el alcalde, que accidentalmente se había enterado de la noticia y había ido a comunicarla al cura y a consultarle sobre qué hacer ante los sucesos que se desarrollaban en el poblado. Fray Agustín José Chirlín no dudó un momento: la metrópoli estaba lejos y las noticias llegaban con gran retraso; tal vez a esas horas el gobierno español había dado cuenta de Iturbide. Por otra parte, la zona de Jalisco lindante con Sinaloa estaba contra la idea de la libertad, pero había que tomar el camino de la independencia. Si una vez había recorrido cientos de leguas en calidad de preso por externar ideas, bien valía la pena caminar hasta la eternidad por tomar parte directa en la lucha. El alcalde se mostraba indeciso, pero al fin lo convenció y lo hizo convocar al ayuntamiento. Tan luego estuvo en pleno, lo hizo jurar el nuevo plan. A continuación mandó llamar al teniente coronel Tarbé y le tomó el juramento en unión de su oficialidad, y esa noche, la fachada barroca del templo de El Rosario lució esplendorosa y fantástica con la iluminación costeada por el bolsillo de su párroco. Al día siguiente, el agustino celebró una solemne misa y pronunció un sermón que tuvo muy poco de religioso y sí mucho de subversivo y de político, y ante la concurrencia que llenaba el templo, hizo que Tarbé, sus oficiales y el ayuntamiento, repitieran públicamente el juramento. El sermón lo envió a Iturbide, quien manifestando su satisfacción lo devolvió para que fuera impreso.

Fray Agustín José Chirlín secundó el Plan de Casa Mata, y cuando llegó la hora de que el país escogiera entre federalismo y centralismo, fue alma del movimiento gestado en El Rosario para que las provincias de Sonora y Sinaloa ingresaran a la Federación formando un estado que se denominaría de Sonora. El 14 de julio de 1823, los ciudadanos más destacados de El Rosario se reunieron en el edificio de las Cajas Reales para pugnar porque ambas provincias adoptaran el sistema federativo, siendo el padre Chirlín el encargado de dar forma a las bases que deberían regir provisionalmente al nuevo estado. Mas el Congreso de la nación separó a Sonora y Sinaloa por decreto del 21 de julio; los rosarenses protestaron airadamente, pero ante la presión del comandante militar coronel Mariano de Urrea, doblaron las manos y dieron su conformidad al nuevo estado de cosas. Pero el padre Chirlín rehusó sancionar con su firma esta medida.

El agustino solicitó su secularización, la cual le fue concedida, y ya libre de las ataduras que le ligaban a la orden, empezó a trabajar para lograr una posición que le permitiera pasar su vejez en mejores condiciones. En la capital del país se le reconocieron sus méritos, y recomendaron a las autoridades eclesiásticas locales que se le dieran mejores destinos; pero sus enemigos lucharon obstinadamente para impedirlo, y un día, viejo y cansado, fue enviado a la parroquia de Escuinapa. Todavía en sus últimos años pugnó por conseguir un curato en propiedad, y se presentó a concursar por el de San Sebastián, o el de Cosalá, pero el concurso fue nulificado, y a poco, fray Agustín José Chirlín y Tamariz abandonó esta vida.

La figura de este singular sacerdote, al igual que las de una gran mayoría de personajes que pasaron por el noroccidente mexicano, es poco conocida a pesar de los relevantes méritos que conquistó en la lucha por la independencia nacional. Su actuación la confirma Hardy en la obra Travels in the Interior of Mexico, diciendo que lo conoció en El Rosario; que era un fraile estrafalario que estuvo metido en negocios de minas con Alejo García Conde en la Alta Sonora; que gustaba de concurrir donde había damas y era amante de contar graciosos chascarrillos. Pero Hardy le rinde un homenaje muy justiciero al expresar que había sufrido bastante por la causa de la independencia.

El tiempo pasó raudo dejando solamente una visión cinematográfica de reyertas entre federalistas y centralistas; de altezas serenísimas de pantomima; de luchas entre mochos y chinacos, y de ensayos de imperio de opereta, para situarnos en tiempos de don Porfirio. Cierta ocasión nombraron párroco de Escuinapa a un novel sacerdote. Se encontraba éste en el despacho de la casa cural, cuando sin previo aviso entró una persona que tenía todas las trazas de ser viajero. Saludó, y previas las cortesías de rigor le expuso que era presbítero e iba de paso: que tenía unas misas pendientes de aplicar y le suplicaba que las celebrase, y poniendo sobre la mesa una cantidad de dinero que cubría los estipendios, salió apresuradamente. En esos momentos entró el viejo sacristán de la parroquia, y el cura, que recordó que el forastero no le había dado los nombres de aquellos por quienes debía celebrar el santo sacrificio, le ordenó que saliera tras del padre que acababa de encontrar en la puerta y se los preguntase. Ante el asombro del párroco, el sacristán contestó que no había topado con sacerdote alguno al entrar; insistió el cura, y el sacristán volvió a negar. «Pero si hasta su nombre me dio. Aquí lo tengo escrito», dijo el sacerdote. El sacristán leyó el papel, y pálido, dijo con voz temblorosa: «¡mposible, Padre, Fray Agustín Chirlín murió hace como cincuenta años!»

Fray Agustín José Chirlín y Tamariz es el único y autentico precursor de la independencia en Sinaloa, y también uno de sus emancipadores. Por eso, el Congreso Mexicano de Historia en la II Mesa Redonda de su XI Sesión celebrada en Culiacán los días del 22 al 27 de mayo de 1955, aprobó una ponencia para que oficialmente se le declare por tal, pero aparte de este honor, merece con toda justicia que se le designe padre del federalismo en el noroeste de México.

 

 

Fray Agustín José Chirlín, precursor y libertador
Fray Agustín José Chirlín y Tamariz

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