General Salvador Alvarado, biografías sinaloenses

 

Biografías de sinaloenses

 

 

SALVADOR ALVARADO

UN HOMBRE Y UN LIBRO

 

Expresa Herman Hesse en El Lobo Estepario, al comentar las anotaciones de Harry Haller, el extraño personaje, inadaptado social, filósofo de la disolución, enfermo de la voluntad, sonador y poeta, que esas páginas del diario significan literalmente un paseo por el infierno, un paseo ora lleno de angustia, ora animoso, a través del caos de un mundo psíquico en tinieblas, emprendido con el propósito de atravesar el infierno, mirar frente a frente al caos, soportar el mal hasta el fin. «Cada época, cada cultura, cada costumbre y tradición, tienen su estilo, tienen sus ternuras y durezas, sus crueldades y bellezas; consideran ciertos sufrimientos como naturales; aceptan ciertos males con paciencia. La vida humana se convierte en verdadero dolor, en verdadero infierno sólo allí donde dos épocas, dos culturas o religiones se entrecruzan. Un hombre de la antigüedad que hubiese tenido que vivir en la Edad Media se habría asfixiado tristemente, lo mismo que un salvaje tendría que asfixiarse en medio de nuestra civilización. Hay momentos en los que toda una generación se encuentra extraviada entre dos épocas, entre dos estilos de vida, de tal suerte, que tienen que perder toda naturalidad, toda norma, toda seguridad e inocencia.»

El libro del General Salvador Alvarado Mi actuación revolucionaria en Yucatán, no es otra cosa que un paseo de su autor por el infierno de la calumnia, de la incomprensión y del odio, atravesando valerosamente el caos de un mundo psíquico en tinieblas, agudizado por la criminal rebelión de Abel Ortiz Argumedo, triste excrecencia del ejército pretoriano, salteador de bancos, violador de cajas fuertes, sin más afán que el dinero, sin más apremio que el robo, sin más incentivo que el asesinato. La bochornosa aventura del jefe ex federal que sustrajo de todas las fuentes productoras de riqueza sus reservas monetarias, en connivencia con extranjeros perniciosos y abominables, como Avelino Montes, no tuvo otra finalidad que impedir la llegada de la revolución constitucionalista a Yucatán, feudo de explotadores, Eldorado sombrío de encomenderos envejecidos en las prácticas esclavistas implantadas por la Colonia.

Se necesitaba una voluntad de hierro como la del General Salvador Alvarado para romper la maraña de prejuicios medievales que anquilosaban las libertades de todo un pueblo de gloriosa tradición. Los millonarios fugitivos, llegados a La Habana en un barco fletado por el gobierno de Cuba, lanzaron la bomba delusoria de cieno: Alvarado está loco, es un esquizofrénico, clamoreaban los doctores universitarios; es un troglodita irascible, repetían los «periodistas» a sueldo… Y el «loco» consumó la transformación de los sistemas sociales y políticos de la península, de una manera tan rápida y radical, que sus mismos deturpadores no acertaban de qué manera clasificar a aquel monstruo, que ponía en libertad a los prisioneros de guerra, salvando a la juventud llevada al sacrificio ciegamente por Ortiz Argumedo; que redimió a los jornaleros sujetos a una servidumbre feudal; que liberó a las sirvientas que trabajaban sin estipendio en las mansiones palaciegas de los henequeneros. Febrilmente trabajó el General Salvador Alvarado, como lo ha expresado con tanto donaire el autor de la biografía que antecede, por la rehabilitación de los indios descendientes de una raza que dio astrónomos, legisladores, guerreros, arquitectos, poetas, músicos, danzantes, como reflejo de una civilización que Spengler consideró igual a las más avanzadas culturas de Europa y de Asia

 

Salvador Alvarado nació en Culiacán, Sinaloa, el 16 de septiembre de 1880, como podrá comprobarse por la reproducción de la copia certificada del acta de la oficina del registro civil, que aparece en esta obra.

Su formación intelectual la debió a su propio esfuerzo. El mismo nos relata en sus páginas más íntimas que un encuentro casual con las obras de Samuel Smiles determinó los rumbos de su vida. El espíritu de aquel adolescente se orienta hacia la conquista plena de la fortaleza de la voluntad. El profesor de optimismo y energía, que ha formado con sus prédicas morales apretadas legiones de pioneros heroicos del trabajo, apuntalaba sus decisiones juveniles con los lingotes acerados de sus normas vivificativas: «un gran carácter que medita acerca de su fin es el guía silencioso de la fuerza humana. El que desee aproximarse a la cumbre de la suprema perfección del deber, ocupara el pri¬mer puesto entre los más ilustres de su raza»; «todo el que haya reflexionado detenidamente acerca de su deber, pondrá inmediatamente en acción sus convicciones; no se inculca el saber por la enseñanza, sino por el ejemplo». En estas fraguas ardientes se fundió el carácter de Salvador Alvarado, que empleó toda su fuerza arrolladora para imponer en Yucatán los principios más avanzados de la Revolución Mexicana y que logró hacer de aquel estado, en el que todavía había comercio de esclavos en 1865, «una bella, deslumbradora y magna Tierra de Promisión».

En el prefacio de La Reconstrucción de México nos habla extensamente el General Savador Alvarado de las causas que lo determinaron a incorporarse a la revolución acaudillada por don Francisco I. Madero.

Su carrera militar se había iniciado en los comienzos de 1911, a las órdenes del coronel Juan G. Cabral, tomando participación en varias acciones de armas. Por sus dotes de mando y organización lo nombran comandante del Cuerpo Auxiliar Federal, cooperando en la campaña que se llevó a cabo en Chihuahua contra Pascual Orozco.

Al producirse los trágicos sucesos que originaron la defección en masa del ejército federal, en febrero de 1913, al ser asesinados el Presidente y el Vicepresidente de la República, Alvarado se adhirió al Plan de Guadalupe, incorporándose a las fuerzas que formaron el pie veterano del ejército del pueblo, rancheros a caballo que blandían sus machetes y sus reatas como supremo argumento de la Revolución.

Ascendió a coronel por su destacada participación en numerosas acciones de armas, Alvarado es designado jefe de las corporaciones que guarnecen las poblaciones del centro del Estado de Sonora. Poco tiempo después es ascendido a General brigadier, poniéndose al frente de las tropas que establecen el cerco al puerto de Guaymas, que es evacuado por el General Joaquín Téllez el 17 de julio de 1914, embarcándose con sus soldados en un transporte de guerra rumbo a Manzanillo.

El rompimiento del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista con don José María Maytorena, al declararse partidario de Francisco Villa, hizo que la policía judicial del Estado aprehendiera al General Salvador Alvarado, por orden del claudicante gobernador de Sonora, en agosto de 1914, siendo recluido en la penitenciaría de Hermosillo hasta el mes de octubre, en que fue puesto en libertad por gestiones de algunos delegados de la Convención Militar de Aguascalientes, marchando a incorporarse a los núcleos principales de soldados voluntarios que seguían las banderas de Carranza.

A fines de diciembre de 1914 las brigadas que integraban la Segunda División de Oriente, comandada por el valiente General Francisco Coss, evacuaba la plaza de Puebla con el deliberado propósito de que sus habitantes conocieran los llamados «calzonudos» del Caudillo del Sur, que en ataques sucesivos habían arrollado a los constitucionalistas de Matamoros Iziucar, Atlixco y Cholula, fusilando a algunos generales que habían caído prisioneros con sus estados mayores.

Pocos días después se llevó a cabo la recuperación, en acciones combina-das de las tropas de Francisco Coss, gobernador y comandante militar del Estado de Puebla, y de Salvador Alvarado, que organizó, en San Marcos, la columna de ataque, de acuerdo con el plan de campaña propuesto por él y aprobado por el Primer Jefe don Venustiano Carranza.

Después de reñidísimos encuentros, la plaza fue ocupada el 5 de enero de 1915 por las tropas constitucionalistas.

Como saldo de la derrota infligida a los surianos quedaron las calles adyacentes a la estación ferroviaria y del paseo de San Francisco sembradas de cadáveres envueltos en los blancos sudarios de sus típicas ropas regionales.

La persecución fue tenaz, evitando las sombras de la noche continuar la explotación del éxito.

Mientras esto pasaba en la Mesa Central, en la península yucateca se preparaba una tortuosa maniobra del gobernador preconstitucional Toribio V. de los Santos, fomentando secretamente la defección del coronel Abel Ortiz Argumedo, como se ha dicho. Fue entonces cuando el Primer Jefe tuvo el acierto de nombrar al General Alvarado para que, al frente del Cuerpo de Ejército del Sureste, dirigiera las operaciones en contra de los sublevados. Desembarcó sus tropas en el puerto de Campeche, iniciando su avance sobre las posiciones de los infidentes, establecidas en Blanca Flor, Pocho y Halachó, haciéndolos retroceder, provocando la desbandada del enemigo, quien se dio prisa en salir de la zona de fuego para poner a salvo sus cuantiosas rapiñas. El General Salvador Alvarado efectuó su entrada triunfal a Mérida el 19 de marzo de 1915.

Ya vimos en las páginas de la encendida biografía de Allan Moe Blein, cuyas iniciales corresponden a las del nombre egregio de Antonio Mediz Bolio, que un batallón de jóvenes estudiantes llevados con engaños a la línea de fuego por Ortiz Argumedo, cayó prisionero, casi todo, de las tropas que constituían la vanguardia del Cuerpo de Ejército del Sureste. El comandante de estas fuerzas fusiló a dos o tres de aquellos infelices envueltos en la detracción innoble de los que se creían omnipotentes por el triunfo. Cuando llegó el General Alvarado al lugar de los hechos, increpó duramente al asesino, poniéndolo a disposición de un consejo de guerra, para que lo juzgara por su extralimitación de funciones y su arbitrariedad.

Contrastando con esta conducta tan reprobable de su subordinado, el Gene¬ral Alvarado otorgó a los vencidos una generosa amnistía, ordenando se les dieran salvoconductos, pasajes en los trenes disponibles y dinero en efectivo para que pudieran trasladarse a sus hogares.

Argumedo y su pandilla de salteadores huyeron al extranjero con su cuantioso botín. De ahí que el General Salvador Alvarado encontrara las aéreas del Erario totalmente vacías. Pero no lo intimidó el desquiciamiento económico. Se entregó con entusiasmo a la tarea de fundir las cosas viejas y apolilladas del colonialismo con el alma nueva de la Revolución, y Yucatán se fue transfigurando a su impulso creador, causando el asombro de propios y extraños la acometividad del reformador y el tacto y el acierto del estadista. Dos años le bastaron para terminar con la injusticia, con la explotación y con la esclavitud.

En este corto lapso fundó la Casa del Obrero Mundial, organiza el primer congreso pedagógico y el «primer congreso feminista, funda la escuela normal de profesores, la escuela normal mixta, la escuela de agricultura, la escuela de voceadores de periódicos, la escuela de artes y oficios, estableciendo la república escolar, con el fin de iniciar a los alumnos en las prácticas democráticas, instruyendo a los alumnos en el ejercicio del voto, para la creación de las mesas directivas dentro de sus respectivos planteles. Estableció escuelas nocturnas para artesanos. Clausuró la antigua escuela de leyes, sustituyéndola por una escuela libre de derecho. Abrió un conservatorio de música y numerosas bibliotecas y museos en las poblaciones más importantes, celebrando contratos con la Casa Bouret para que pusieran al alcance de los lectores las mejores obras de divulgación literaria y científica. Promulgó la Ley del Trabajo, que sirvió después de inspiración y de base a los legisladores de Querétaro. Expidió la ley agraria, que arrebataba a los latifundistas las tierras que no habían sido cultivadas, para entregarlas a los trabajadores del campo. La promulgación de esta ley es hecha por bando solemne que comienza a las siete de la noche y termina casi a las once. El pueblo en masa, desbordante de júbilo, llena las calles de Mérida; las tropas de la guarnición y los cuerpos de policía de la «ciudad blanca», precedidos de las bandas militares y civiles y del grupo de individuos que, a modo de heraldos, pregonan en los lugares más concurridos el texto de la ley, recorren la población a los acordes de las marchas jubilosas y guerreras. Se leen los considerandos, precisos, cortantes, sin empachosas batologías, y al terminarlos, resuenan los aplausos, escuchándose entusiásticos vítores a don Venustiano Carranza, al ejército libertador y al Jefe del Ejecutivo, quien, fiel intérprete de los postulados de la Revolución, sabe darles cuerpo y vigencia en beneficio de los desheredados.

Con la promulgación de la Constitución de Querétaro, que derogaba la de 1857, entró el país en la más completa normalidad. Al terminar el periodo preconstitucional, se convocó a elecciones en el Estado de Yucatán, surgió el nombre de Salvador Alvarado para el mandato constitucional: pero las disposiciones de la Carta Magna, que había entrado en vigor el 5 de febrero 1917, imponían el requisito de que el candidato que se decidiera a tomar participación en la lucha electoral debería ser yucateco por nacimiento, o que, en su defecto, tuviera cinco años de vecindad, cuando menos, circunstancias que no concurrían en el General Salvador Alvarado. Se pensó entonces en la creación de un partido político capaz de aglutinar las tendencias dispersas de los campesinos, de los obreros, de los burócratas, en una ideología cuniculada en las entrañas mismas de la Revolución. Así surgió a la lucha, en el mes de junio de 1917 el Partido Socialista del Sureste, resultando electo presidente del flamante organismo Carlos Castro Morales, quien fue llevado después a la primera magistratura del Estado, quedando al frente del novísimo partido Felipe Carrillo Puerto, quien, siguiendo las pautas de Alvarado, consolidó, cuando llegó al poder, las conquistas logradas por el gran reformador, en la implantación efectiva y pronta de la justicia social, de la justicia económica y de la justicia política.

En los primeros días de 1918 el General Alvarado entregó el gobierno al candidato que había resultado triunfador en los comicios populares, marchando poco después a hacerse cargo de las operaciones militares en los Estados de Tabasco y Chiapas, por disposición del jefe del ejército.

Muchos anos después, por no estar de acuerdo con el resultado de las elecciones presidenciales, un encuentro fortuito en Nueva York con don Adolfo de la Huerta, de quien había sido Secretario de Hacienda durante su corto interinato, después del movimiento de Agua Prieta, originó su nombramiento de jefe supremo de la rebelión sin cabeza, como la llamó un malogrado escritor jalisciense, inmolado con Francisco Serrano, en Huitzilac, en el sureste de la República, olvidando seguramente que ya había hecho la misma designación en favor del General Cándido Aguilar, antes de su salida de Frontera rumbo a los Estados Unidos en busca, según dijo, de elementos de guerra para sostener la protesta armada de sus partidarios por la imposición de la candidatura de don Plutarco Elías Calles.

Al principio contaron con numerosos elementos; pero las continuas defecciones de los que se sumaron a la «huelga militar» creyendo que tendrían el mismo éxito que la que se produjo en 1920 contra el apoyo oficial del ingeniero Bonillas, representante de la tendencia civilista del Presidente Carranza, hicieron comprender al General Salvador Alvarado que el fracaso militar de la asonada estaba próximo. Los soldados del invicto Manco de Santa Ana del Conde habían triunfado de los infidentes en Veracruz, en Puebla, en Michoacán, en Jalisco, provocando la desbandada y la desmoralización.

Alvarado tuvo noticias de que Federico Aparicio, un guerrillero tabasqueño de ascendencia guatemalteca, lo traicionaría, por ciertos rencores viejos que alimentaba por la muerte de un hermano suyo que había sido partidario de Félix Díaz, y en la que había tenido injerencia muy directa el General Alvarado.

Concertada una entrevista para aclarar situaciones, conferenciaron largamente en la oficina de telégrafos de Tepatitán. Fingió Aparicio lealtad y obediencia, jurando responder con su cabeza de la vida del general en jefe.

No muy satisfecho sin duda el General Salvador Alvarado con esta actitud delusoria del astuto aventurero, y tomando sus protestas de lealtad como un avenamiento

tortuoso de sus turbias corrientes interiores, abrumadas por el ajobo negro de sus odios, decidió tomar el rumbo de Palenque, pretendiendo ganar la frontera con Guatemala. Allí estaban las fuerzas de Aparicio, quien después de la llegada del General Alvarado abandonó el lugar, siguiendo derroteros contrarios, aparentemente, a los que se proponía seguir el desilusionado caudillo delahuertista. Después de detraer a sus hombres, Aparicio quedó vigilando al reducido grupo que escoltaba al fracasado restaurador de la limpieza política en las luchas democráticas.

Al día siguiente se había escapado del campamento la persona a quien Alvarado había confiado sus planes de campaña y su derrotero probable.

Se internaron en la selva que circunda las ruinas prodigiosas de la cultura maya con sus tupidas frondas, siguiendo las veredas alfombradas por las hojas caídas. Tras de mucho caminar, hicieron alto en la meseta de una loma verdegueante cubierta de grama florecida. A poca distancia se había detenido el genial utopista de Mi Sueño para tomar algún alimento. Apenas terminado el frugal refrigerio, se oyeron disparos de fusilería y gritos estentóreos de «¡Viva Obregón!» La agresión repentina produjo el desconcierto y la dispersión de los escasos jinetes que formaban la escolta. En el terreno lleno de hoces y pantanos, forcejeaban las bestias que conducían la impedimenta con los remos hundidos en el tremedal. Sobre la tierra húmeda, adornada con los flecos tornasolados de las milpas maduras, yacía el cuerpo de Alvarado inánime, despojado de lo más valioso, por la soldadesca.

Testigos de los trágicos sucesos refieren que después de la comida se suscitó una disputa acalorada entre los guías respecto de cuál sería el mejor camino que debía seguirse. El General Salvador Alvarado terció en la discusión, y se adelantó a reconocer las veredas. Entonces fue cuando algunos soldados de Aparicio salieron de entre las breñas. Alvarado les preguntó alguna cosa relativa a la región sin el menor asomo de duda o desconfianza. El teniente coronel Diego Subiaur surgió de la maleza como una fiera que estuviera en acecho apuntando al pecho del general con un revólver, que disparó a quemarropa varias veces al mismo tiempo que larizaba una injuria violenta al que se desplomaba del caballo pesadamente. . .

El cielo plomizo era rasgado por los relámpagos de una de del trópico, que agitan la sinfonía de sus truenos y decoran los con sus crespones de espanto….

Otro Longinos odioso, otro sayón repugnante había manchado la historia con la sangre de un justo, como en la tarde del Gólgota.

 

Fragmento de la obra: Alvarado es el Hombre, Mediz Bolio, Antonio, Ediciones Culturales del Gobierno del Estado de Sinaloa, Volumen VI, Culiacán Sinaloa, 1961.

 

 

Gral. Salvador Alvarado
Gral. Salvador Alvarado, biografías de sinaloenses

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *