Guadalupe de Los Reyes; historia de los pueblos de Sinaloa México

Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

GUADALUPE DE LOS REYES

 

Por: Eleuterio Ríos Espinoza

 

Supe de su existencia por boca de mi padre. Quizá la fantasía de su mente y el vernos pequeños a sus hijos lo hacían contarnos aquellos relatos mitad ficción, mitad verdad. O era una cosa o eran la otra. A lo mejor fueron pláticas que él escuchó y a fuerza de contarlas acabó creyéndose el personaje principal de esa aventura. Posiblemente así sucedieron las cosas.

—Estábamos en la ciudad de Durango, después de tener un agarre con los federales y entonces mi general Domingo Arrieta, nos mandó llamar a los hermanos Zazueta y a mí y nos dijo: Alejandro, vete con los muchachos a Guadalupe de los Reyes con diez mulas. Allí los espera el coronel «N» a quien le darás esta carta. El les entregará veinte barras de oro. Dentro de ocho días deben estar de regreso. Con su vida me responden que el oro llegue a este cuartel.

Y luego seguía mi padre contándonos cómo recogieron el oro y una noche antes de llegar a Durango fueron asaltados por una pandilla de fascinerosos, compuesta de unos veinte hombres. Veinte contra cuatro. Cuatro rifles contra veinte. Rodeados por ellos, con una carga preciosa. Allí podían morir; y si llegaban sin el oro, también.

Mi padre quedó inmóvil, contemplándolos. Los minutos le parecieron infinitamente largos, largos. Como que en medio del camino se había interpuesto la muerte y con ese sentido del que quiere salvar la vida o la perspicacia del ranchero, le dijo al cabecilla:

—Llevamos este oro para Durango. Si nos lo van a quitar, mátennos a todos, menos a uno; así mi general Arrieta, aparte del oro, sólo perderá una bala, con la que afusile al que le lleve la noticia de que no pudimos cumplir su encargo. Este oro es para ayudar a salvar a México del asesino del Presidente Madero. Mi general lo necesita. De ustedes depende que Durango ayude a la causa.

Y todos embelezados, con los ojos abiertos, escuchábamos el final del relator —No sólo llegaron sanos y salvos a Durango y entregaron el oro. Con ellos iban otros veinte hombres que se sumaron a la lucha contra el pelón Huerta.

Y mi padre, sin vernos la cara, con ese aire que guardan algunas personas para exhibirlo en las grandes ocasiones, remataba: — ¡ Si vieran hijos, qué bonito es Guadalupe de los Reyes! Su mina es la más rica del mundo. ¡Y qué mujeres tan lindas! No se lo digan a su madre, pero allí conocí a la Jesús. Por eso, cuando acabó la bala, me vine de Topia a Sinaloa.

Pero qué bonito, que bonito es Guadalupe de los Reyes. Deveras hijos.

Es posible que mi padre no haya sido el personaje de la anécdota, aunque militara en las tropas de los Arrieta, pero su relato, contado una y mil veces, me dejó en la mente, junto a su recuerdo, el nombre de Guadalupe de los Reyes, pintoresco pueblo de Cosalá.

En 1800 allí vivían hombres extraordinarios. En los campos cercanos, los hombres, al rayar el día, como enjambres de abejas pecoreadoras, pululaban, o por aquellas laderas pintadas de eternos nacimientos, o por aquellos árboles, enclavados en una cordillera de montañas, como miradas al cielo y perfumados de resina, o por aquellos matorrales de flores, tupidos como matas de albahaca, o por aque-llos prados sanos como juventud briosa, ahíta de sol y aire, buscando en sus riachuelos el áureo metal.

Sobre esas montañas de tan prometedora fecundidad, marcha el río y se descuelgan torrentes, como arterias milagrosas, que corren por sitios de singular belleza.

En este cuadro, las protuberancias, ricas en metales ocultos, le gritaron al hombre: «Ven a hacerme riqueza».

Y el hombre asistió a la cita. Un gambusino del rumbo, llamado Luis Gutiérrez, al clavar una estaca descubrió su riqueza. En la gran montana se abría en la roca una grieta, no muy profunda, pero sí bastante para verse por ella que las entrañas de aquel monte eran de distinta naturaleza que el exterior.

En efecto, a unos cuantos metros de la superficie asomaban por aquella fisura unas vetas de piedra, durísimas hasta dar chispas, golpeándolas unas con otras; de color blanco lechoso; de aristas cortantes como cuchillas; con caras tan pulimentadas, que, a trozos, parecían cristales. Aquella clase de piedra era la sílice o pedernal, bien conocido por los hombres de la región porque en trozos más pequeños los habían encontrado en los ríos, cascadas, arroyuelos; aquel extraño pedernal era que, unas veces exteriormente y otras en su interior, aprisionaban ciertos granitos dorados, que en ocasiones llegaban a alcanzar el tamaño de la simiente del maíz y en ocasiones, corrían a lo largo de la piedra, como venas refulgentes en el cuerpo de nácar duro.

Aquellos granos y aquellas venas eran oro. Oro y plata.

Era un 12 de diciembre y por eso se le puso Guadalupe. Y unos días después, el 6 de enero de 1801, se registró la mina. De allí la adición de su nombre: de los Reyes. Y se convirtió en un pueblo más grande que la cabecera municipal a 33 kilómetros de distancia.

La negociación minera se llamó primero Guadalupe de los Reyes, propiedad de don Francisco Iriarte y Conde y a mediados del siglo XIX, de la empresa Echuguren y Cía.; pero ya antes, la familia Iriarte, en 1825, según cuenta el profesor Dávila Valencia, se negó a venderla a una compañía anglo-americana que le ofrecía un millón de pesos por la explotación.

En 1805 se construyó, empotrada en la cantera de la enorme roca de un cerro, la cárcel que sigue siendo considerada la más segura del país y que tuvo como huésped de honor en 1930 al legendario Heraclio Bernal.

Cinco anos después se construye el gran edificio que serviría de oficinas y en donde se almacenaba el oro acuñado.

Don Antonio H. Paredes, primer administrador de la mina construyó en 1822 un hermoso kiosko de corte europeo, que sigue siendo una obra de arte en medio de la montaña.

Los dueños de la mina construyeron para sus trabajadores, un magnífco hospital. Cuenta Héctor Cohen que tanto en Guadalupe de los Reyes, como en los demás minerales del rumbo, como San José de las Bocas, La Ciénega y Dolores corrió de boca en boca una estrofilla que decía: «El señor don Juan de Robles con caridad sin igual, fundó este santo hospital; pero antes hizo a los pobres».

En 1884 se construyó un hermoso edificio escolar, símbolo cultural en plena serranía ese mismo año, el gobernador Mariano M. de Castro, informaba al pueblo de Sinaloa, a través de su Congreso, la instalación del servicio telegráfico desde Mazatlán hasta Álamos, con ramales a Cosalá, Guadalupe de los Reyes y San Ignacio.

Un año después se terminaba su majestuosa iglesia y una de sus campanas, la más chica, tiene 48 kilos de oro puro, 28 kilos 300 gramos de plata y 170 kilos de bronce, pesando en total 247 kilos.

El pueblo contaba con energía eléctrica, sistema de agua potable y otros servicios públicos.

Reducidas sus vetas, un conflicto laboral obligó a cerrar la mina en 1947. De 7 mil quedaron menos de 250 habitantes.

 

Guadalupe de los Reyes ya no cuenta en los proyectos de explotación y regeneración minera. En los folletos oficiales ha dejado de tener importancia en ese campo. Pero sus bellezas naturales, la hermosura de sus vetustas ruinas, sus tesoros exteriores, ya agotados los vientres de sus montañas, pueden entrar en los programas de desarrollo turístico de Sinaloa. Y para su fortuna, también está en Los Altos.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 10, páginas 36-37.

 

 

Guadalupe de Los Reyes Cosalá
Guadalupe de Los Reyes, municipio de Cosalá, Sinaloa, México

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