Hazaña heroica en Mazatlán

Testimonios de la historia de Sinaloa, México

 

HAZAÑA HEROICA EN MAZATLÁN 26 Y 31 DE MARZO DE 1864

 

Por: Erasto Cortés Juárez

 

Numerosos hechos de conmovedora trascendencia se deben consignar en las páginas de la historia durante la invasión de las tropas francesas en el Estado de Sinaloa a partir de 1864.

Un distinguido grupo de jefes mexicanos supo enfrentarse a los invasores, a pesar de su situación precaria causada por escasez de elementos para equipar debidamente a sus valientes soldados. Mencionémosles como un merecido homenaje, enlistémosles oportunamente, son algunos solamente: Gral. Plácido Vega, Gral. Domingo Rubí, Gral. Antonio Rosales, Gral. Ramón Corona, Corl. Sánchez Román, Corl. Manuel Márquez, Corl. Perfecto Guzmán, Corl. Ascensión Correa, Corl. José Ma. Gutiérrez, Comandante Francisco Tolentino…

El Gobierno legítimo, encarnado en la impasible personalidad de don Benito Juárez, se había establecido en las postrimerías de diciembre de 1863 en la ciudad de Saltillo, a consecuencia del amago constante del conservador e imperialista Tomás Mejía sobre la ciudad de San Luis Potosí donde estaba el asiento de los Poderes; viéndose en la necesidad de abandonar dicha población y llegar dignamente al norte del país.

El ambiente en Sinaloa era incierto, agitado; su apartada situación geográfica le impedía participar más directamente, cooperar más eficazmente con el Sr. Juárez. Lamentables fenómenos de falta de unidad y pobreza imperaban en las aguerridas fuerzas republicanas. Con su nefasta traición, Manuel Lozada había olvidado sus deberes para con su patria; cruel y ofuscado personaje que asolaba implacablemente unas ocasiones a Tepic, otras a Jalisco, o bien a Sinaloa; con ello retrasó desgraciadamente el triunfo de las armas nacionales. Sus servicios fueron aprovechados hábilmente por los franceses que vieron en él a un aliado de fatal importancia.

Pero, a pesar de las adversidades manifiestas, la tremenda como denodada actividad de los soldados, oficiales y jefes, espléndidamente fogueados de todo a todo, defendían vigorosamente el pensamiento progresista de la Constitución de 1857, la estructuración de los ideales de la Reforma y la fuerza humana de Juárez con su incontrovertible energía ejemplar. Ahí se fincaban la libertad e independencia de nuestro territorio. Llega el momento, el Puerto de Mazatlán participa supremamente; sus hombres avezados supieron plasmar una bella página épica que debe recordarse con sensata admiración.

Los últimos días de marzo de 1864, se consideran como el preámbulo de la lucha contra los invasores franceses. Éstos, clasificando como punto estratégico a Mazatlán, paraíso del Pacífico, puerta fácil y efectiva para invadir el extenso como rico estado de Sinaloa; organizaron dos imprevistos ataques desde el mar. Los días 26 y 31 fueron escenario de las maniobras de reconocimiento con la hostilidad armada consiguiente. La corbeta «La Cordelliere» se situó frente al puerto a las ocho de la mañana del 26 de marzo; ancló en la bahía de Puerto Viejo para destacar dos lanchas cañoneras bien equipadas con el objeto de asaltar las fortificaciones mexicanas que estaban emplazadas a orillas de la playa, posición un tanto desolada para una efectiva defensa, pero la premura del tiempo así lo requería y, además, se contaba con un solo cañón para contestar el fuego del enemigo experimentado. Este dato verídico enaltece más la bravura y calidad patriótica de los mazatlecos, pues no se acomplejaron al no tener suficientes armas para su defensa. Desde la corbeta se protegía con fuego nutrido el avance de las lanchas invasoras que, por fortuna, no llegaron a tocar tierra debido a los eficaces tiros de los artilleros mexicanos.

Las detonaciones del combate fueron motivo de que toda la población se embargara de ardor bélico muy justificado, y en tropel agitado se encaminaron a los cuarteles de sus cuerpos nacionales para unirse y empuñar las armas y salir en defensa de ese maravilloso girón de tierra sinaloense.

Nuevamente rompió sus fueros «La Cordelliere» desde las dos de la tarde a las siete de la noche del día 31; habiendo causado solamente ligeras heridas a tres de los trabajadores de las trincheras. Los heridos defensores se llamaban con sus respectivos grados: capitán de ingenieros Miguel Quintana, Vicente Rubio y Sacramento Encinas, artilleros; nombres olvidados por el polvo del tiempo, pero clasificados como auténticos héroes de la provincia. Estaban pendientes de la excelente resistencia del fortín, desafiando los continuos disparos de la corbeta; eran consientes de su alta responsabilidad militar.

Cinco horas duró el intenso fuego del cañón mexicano; causó graves daños en la estructura de la embarcación enemiga esta pequeña gran pieza de artillería. Esta boca de fuego fue atendida por dos pelotones de artilleros, cuyo mando se alternaban el capitán Francisco Gambola y el sub-teniente Rafael Guerrero. Recibió mención heroica por su intachable comportamiento el coronel de ingenieros Gaspar Sánchez Ochoa, director de la obra fortificada y comandante de la misma.

Quedó estatuido, y así lo admiró el pueblo y autoridades sinaloenses, que los disparos del solitario cañón habían sido más certeros, más efectivos; revelaban palpablemente mejores conocimientos sus operadores, que los de la corbeta «La Cordilliere»; posiblemente disponía ésta de expertos artilleros dada la indudable experiencia adquirida a través de numerosas acciones marítimas.

A pesar de lo desventajoso del improvisado fortín en playa descubierta, pudo muy bien el cañón con sus disparos hacer que la corbeta se retirara mar adentro. En el amanecer del 1°. de abril se encontraba reparando apresuradamente sus visibles deterioros, en la parte sur de las islas del Venado. Por lo consiguiente, después ya no intentó otro ataque; la derrota había sido decisiva. LAS ARMAS NACIONALES SE HABÍAN CUBIERTO DE GLORIA. Tal acontecimiento trascendió por toda la República, enfrascada en terrible lucha por la libertad inconmensurable.

Dos minuciosos y merecidos partes firmados por el Gobernador del Estado, Gral. Jesús García Morales y el Secretario don Francisco Ferrel, fueron enviados inmediatamente al señor Presidente de la República y al C. Gral. Ministro de Guerra, todavía radicado en Saltillo. Las noticias fueron acogidas con gran beneplácito por los altos funcionarios, y transmitidas a todo el ejército constitucionalista para que sirviera de magnífico ejemplo.

En el cerro denominado «La Nevería» eminencia bien situada, desde donde presenció la batalla numeroso público; se destacó la actitud de un personaje silencioso que asimismo se dio cuenta del triunfo de los mazatlecos al observar atentamente todo lo ocurrido. Su aspecto físico impresionaba por su dignidad a todas luces; de mediana estatura y un tanto delgada su complexión; tez recia y morena denotaba generosa raza indígena; marcados y brillantes pómulos; ojos oscuros de mirada misteriosa y penetrante, mirada de hombre superior; boca firme y delgada donde se asomaba ligera sonrisa irónica; bigote y perilla de calidad lacia con algunos hilos blancos, pues su edad frisaría en los 46 cumplidos. Traje modesto, de un color que en tiempo lejano fuera verde opaco y visiblemente raído. Con los brazos cruzados sobre el pecho erguido pasó todo el tiempo ese hombre enigmático y sugestionante; la brisa leve del mar agitaba su abundante pelo histórico. ¡Ese hombre era don Ignacio Ramírez, «El Nigromante»!

El Gobierno del Estado organizó una ceremonia poco después de la victoria lograda, con la mira de testimoniar su admiración y premiar en grado heroico la hazaña de aquellos ciudadanos que supieron mantener intacta la integridad sublime del territorio nacional. El propio general García Morales condecoró al contingente de esclarecidos patriotas; habiendo participado el pueblo con su entusiasmo y cariño desbordantes. El acto adquirió singular solemnidad al haber intervenido don Ignacio Ramírez con elocuente arenga; con aquella su palabra vibrante y profunda hizo alusión a los méritos y valor de los defensores y a la significativa trascendencia del aplastante triunfo militar. Aprovechó la ocasión para enaltecer al general Antonio Rosales, héroe epónimo de Sinaloa, y vaticinar la próxima victoria final de las armas liberales en toda la República. El pueblo estaba frenético, conmovido y admirado; al terminar el orador fue objeto de grandiosa ovación.

Si. Era el ilustre «Nigromante», el destacado liberal, el notable pensador, el hombre de impetuosas convicciones. Bien se había encariñado con Sinaloa, ya que su estancia temporal en el Estado la había premeditado para servirle con toda su capacidad de intelectual y político. Desempeñó la Secretaría General de Gobierno por corto tiempo en 1852, durante la administración del general Plácido Vega. Además fue electo diputado, por uno de los distritos de la propia Sinaloa, al Congreso Constituyente de 1857 donde realizó una labor de méritos eminentes.

Sinaloa ha sabido valorar, agradecer sus inestimables servicios. Ha escrito con letras de oro el nombre de tan egregio mexicano en el honorable recinto del Congreso del Estado.

Revista Expresión No. 7, abril de 1959.

 

Tomado del libro: Antología Histórica Sinaloense, Bonilla Zazueta, Marta Lilia (compiladora), Gobierno del Estado de Sinaloa, AHGES, 2008.

 

Mazatlán, Sinaloa, puerto mexicana
Heroico puerto de Mazatlán, Sinaloa, México

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