Hernando de Tobar, biografías de sinaloenses

Biografías de sinaloenses

 

HERNANDO DE TOBAR

 

Hernando de Tobar, sacerdote jesuita nativo de Culiacán y mártir de los indios tepehuanes.

Hernando de Tobar fue hijo único del matrimonio formado por don Luis de los Ríos Proaño y doña Isabel de Tobar y Guzmán, dama de gran belleza física y espiritual. El hogar de este matrimonio, en el que imperaba la piedad, era de continuo visitado por los jesuitas de la misión de la Villa de San Felipe y Santiago de Sinaloa, a su paso por Culiacán, lo que sin duda influyó de gran manera «para que la vocación por el estado religioso fuera desarrollándose en el niño Hernando».

A la prematura muerte de su marido, doña Isabel tomó por su cuenta la educación del niño «que debe haber nacido alrededor de 1581».

Hernando de Tobar tomó gran cariño a los misioneros que llegaban a su casa, al grado que se convirtió en enfermero del padre Hernando de Santarén, misionero de Durango y Chihuahua, cuando este enfermó y pidió ser atendido en casa de la noble señora.

 

Otro rasgo de piedad se presentó cuando el padre Martín Peláez, de paso hacia la ciudad de México, se alojó en la casa, llevando consigo el cráneo del padre Gonzalo de Tapia. Doña Isabel vació un alhajero para que allí se acomodara el cráneo, pero al observar Hernando que la caja era pequeña, dijo: «Mamá, esta caja es muy chica para tan grande cabeza, guárdala para cuando yo sea mártir». Estas palabras resultaron proféticas.

Decidido a abrazar la carrera religiosa, Hernando se trasladó a la ciudad de México para estudiar en los colegios jesuitas. Tuvo por maestro al padre Pedro Gutiérrez, que lo había sido de San Felipe de Jesús. «Ingresó a la Compañía en 1608 y fue enviado a la misión de Parras donde permaneció 8 años dedicado a la obra misional, trabajando por el desarrollo y bienestar de los pueblos indígenas, levantando templos y evangelizando a las tribus bárbaras de la región».

Sintiéndose sola, doña Isabel y una sobrina a la que había criado se encerraron en un convento de la ciudad de México. Añorando al hijo, doña Isabel pidió al padre provincial de los jesuitas que cambiase a Hernando a dicha ciudad, petición que fue complacida. Sin embargo más tarde Hernando fue enviado a Durango y de esta ciudad se le ordenó ir a Topia «con el objeto de agenciar una obra pía para el colegio de la misión…

«De regreso a la antigua Guadiana para reintegrarse a Parras, le sorprendió la gran rebelión de los tepehuanes, que lo significó con el martirio».

A la influencia de los hechiceros, principalmente, atribuyen los historiadores la rebelión de los tepehuanes, que culminó con el martirio de ocho jesuitas encabezados por Hernando de Tobar. Los otros mártires fueron: Juan del Valle, Bernardo Cisneros y Diego Orozco, sacrificados en Papasquiaro el 18 de noviembre; Luis de Alavez, martirizado en El Zape en la misma fecha; Juan Fonte y Jerónimo Moranta, martirizados en El Zape el día 19 y Hernando de Santarén, martirizado en Tenerapa el 20 de noviembre de 1616.

Según se explica, «el alzamiento estaba fijado para el día 21 de noviembre de 1616, dado que en esa fecha se reunirían con el pueblo de Zape los misioneros y los españoles para la bendición de una imagen de la Virgen María que acababan de recibir de la ciudad de México, y con este motivo las haciendas y poblados quedarían desamparados. Más la codicia y el deseo de vengarse con la muerte de un sacerdote afloraron en el espíritu de los indígenas de Santa Catarina y precipitaron los acontecimientos que dejarían un saldo de 8 misioneros asesinados, gran pérdida de vidas de indígenas y españoles, numerosos pueblos quemados y arrasados y un desquiciamiento social y económico».

Se narra que el padre de Tobar llegó a Santa Catarina al obscurecer del día 15 de noviembre, acompañado de un arriero de nombre Álvaro Crespo, con quien se encontró en el camino. ambos pernoctaron en el poblado, «sin notar las intenciones de los habitantes que al ver las mercancías decidieron atacarlos…»

«Muy temprano, tal vez tras de haber celebrado misa, el padre se dispuso a iniciar la marcha, pero el arriero avistó a los naturales que llegaban en tropel, y le gritó: «¡corramos, padre, éstos vienen a matarnos!». Mas el misionero que se había hecho cargo de que no había medio de escapar se contentó con responderle: «ya no es tiempo de eso, sino de recibir la muerte por el santo nombre del Señor que nos la envía», y enfiló la cabalgadura hacia los indígenas en medio de un diluvio de flechas. Cuando estaban a distancia de poder escucharle quiso hablarles de Dios, pero los rebeldes, sin prestarle oídos, lo rodearon con gran gritería, lo tiraron de la bestia con un macanazo, y le atravesaron el pecho con una lanzada. Al verlo tirado y desangrando se burlaban diciendo: «piensan éstos, que no hay sino enseñar: Padre nuestro que estás en los cielos; y Ave María, etc.; veamos éste que es santo como lo resucita su Dios». Un indio cristiano que logró escapar de la matanza, lo vio tendido y desnudo. y llevó la noticia a Durango. Meses después, cuando los españoles lograron llegar al lugar donde había recibido la muerte, buscaron en vano su cadáver; lo único que encontraron fue un cestito con sus papeles, y pequeños girones de ornamentos».

El padre Hernando de Tobar fue el más distinguido de los misioneros muertos en la rebelión de los tepehuanes, y con el padre Hernando de Santarén integró la pareja más relevante de ellos.

«Narran las anuas y crónicas de las misiones, que a la muerte del padre Hernando de Tobar ocurrieron algunos hechos sobrenaturales. El padre Pedro de Ortigoza, que era persona de gran autoridad en la Compañía de Jesús, y a quien el ilustre culiacanense respetó mucho porque había sido su maestro, tuvo un sueño en el que vio una nubecilla resplandeciente y en ella varias palomas que venían volando del rumbo del poniente y cuyo número no pudo contar. Ortigoza sintió un vivo deseo de que se llegaran a él, como en efecto lo hicieron, posándoseles en los brazos, al mismo tiempo que decían «alabemos al Señor de Todos». Después de un rato, la que iba delante mostró un rostro en el que reconoció al padre Hernando y enseguida emprendieron el vuelo. Al despertar, el padre comprendió que a aquellas palomas eran los 8 misioneros martirizados por los tepehuanes, habiendo confirmado esta visión «in verbo sacerdotis«.

Por su parte, el padre Francisco Arista, superior de la misión de Parras donde tantos años laboro el padre Hernando de Tobar, también tuvo en sueños la visión del mártir, pero como se le presentara con semblante de difunto, Arista se sobresalto, y deseando saber cuál era el estado de su alma le pregunto: «¿Que es esto. Padre Hernando? ¿donde está? «A lo que la visión, mudando el rostro para mostrarlo alegre y resplandeciente, contesto: «En el cielo estoy Padre Francisco de Arista, donde todo lo tengo» y con esto, desapareció.

Esta, es, en muy escuetas líneas, la vida de Hernando de Tovar, culiacanense de prosapia ilustre. Su abuelo fue una de las figuras más distinguidas que hayan vivido a la vera del Humaya y el Tamazula; su madre, mujer de sin par belleza y gran categoría espiritual, inspiro el primero de los grandes poemas de América, y por su parte, el es honra de la Compañía de Jesús y el primer mártir que Culiacán dio a la Iglesia».

 

 

Hernando de Tobar, mártir sinaloense
Hernando de Tobar, mártir sinaloense

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