Hernando de Villafañe, fundador de Guasave, personajes en Sinaloa

Personajes en Sinaloa

Por: Raúl Cervantes Ahumada

Desde la gran Villa de San Miguel de Culiacán, don Nuño de Guzmán envió al capitán don Pedro Almíndez de Chirinos, hacia el Norte, a explorar y descubrir tierras. Almíndez de Chirinos descubrió las tierras de Sinaloa (Pitahaya Redonda), región de caudalosos ríos «de temple muy caliente, de gente mucho más crecida y blanca que las demás».

Cuando Almíndez de Chirinos descubría las cálidas y fecundas tierras de Sinaloa «sucedió una cosa bien sonada en el mundo», que fue el encuentro con tres sobrevivientes de la expedición que Pánfilo Narváez, había llevado en 1524 a descubrir La Florida. Los supervivientes en esa expedición eran Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado y Andrés Dorantes, habían caminado a pie desde las lejanas tierras de La Florida, atravesando selvas y desiertos, creyendo descubrir en desesperados espejismos ciudades fabulosas y habían llegado, ocho años después, a las tierras de Sinaloa donde su regocijo fue grande al encontrarse con sus compañeros capitaneados por Chirinos.

El descubrimiento de las tierras sinaloenses, se inicia, pues, con un acontecimiento digno de que lo recuerde el mundo.

La verdadera conquista de la tierra la logra el gran capitán Diego Martínez de Hurdaide, vencedor de los yaquis (cuyos heroicos hechos merecen capítulo especial) ayudados por los misioneros jesuitas que en aquellas tierras se adentraron para la conversión de los infieles; y fue tal la importancia de la obra misional, que debe considerarse superior a la del propio Hurdaide. Era el capitán el brazo de la fuerza; pero los misioneros llevaban la fuerza del amor y con tal arma conquistaron más tierras y almas que las que brazo militar podía pacificar y reducir.

Entre los misioneros que conquistaron la tierra figuran nombres de santos y mártires y en su historial, brillantes hazañas dignas de que se les memorice eternamente. Gonzalo de Tapia, notable organizador, santo mártir sacrificado cerca de Ocoroni por el feroz cacique Nacabeba; de Hernando de Santarén, el primero que entró a Guasave y colocó una cruz de madera a la sombra de un gran capule que estaba en el centro de la ranchería, también santo mártir, muerto por los tepehuanes cerca de Topia, y Hernando de Villafañe, ejemplar creador de la misión de los guasaves y quien por su larga labor de organización misional, debe, según dice el padre Alegre, ser considerado como el verdadero fundador de aquellas tierras.

Las tribus que habitaban la cuenca del río Petatlán eran los cubiris, ocoronis, nios, bamoas, ures y tamazulas; pero la tribu belicosa de todas y prácticamente subyugaba a las otras tribus, principalrnente a las costaneras, era la de los guasaves. El territorio de Guasave puede considerarse extendido hasta el mar y las islas cercanas a la costa y en todo el territorio se hablaba el dialecto de origen cahita, de los guasaves.

Era tribu agricultora y cultivaba principalmente el maíz, en las ricas tierras de aluvión donde el pueblo se encontraba y encuentra asentado, a orillas del río Petatlán (río de los petates; seguramente por los carrizos que crecen en las vegas y de los cuales los indígenas fabrican petates»). En la lengua cahita, guasave significa «entre milpas», «entre los cercos» o «en la labor». Lo que indica el carácter agrícola del pueblo.

El gobierno del pueblo estaba encomendado a tres caciques, que eran legisladores, jueces y ejecutores. Resolvían todos los problemas políticos pueblerinos.

Rendían los indios culto a los elementos y tenían también algunos ídolos, herencia tal vez del paso de la tribu azteca por aquellas tierras. Los viejos hechiceros desempeñaban funciones de médicos y sacerdotes.

Su principal arte era la alfarería y en sus utensilios dibujaban grecas artísticas, semejantes a los dibujos aztecas. Eran también buenos cazadores y Pescadores y sabían «tapar» los esteros para pescar al bajar la marea.

Si no ejercían una dominación directa sobre las otras tribus, siempre los guasaves eran considerados como los más fuertes, numerosos y guerreros de todas las tribus comarcanas, con las que estaban aliados. En las pesquerías se unían con los poblados costeros, como Tamazula, y juntos realizaban las faenas de la pesca.

Cuando Hernando de Villafañe supo el martirio de su gran amigo Gonzalo de Tapia, pidió ser trasladado de Patzcuaro, donde cultivaba la misión tarasca, a las tierras de Sinaloa, para seguir las huellas del mártir amigo, y se le encomendó la reducción de los guasaves.

Ya en febrero de 1595, según anotamos, había entrado al pueblo el padre Santaren, plantando una cruz bajo el gran macapule que se encontraba en el centro del poblado, y a la sombra del cual hizo el misionero su cabaña. En mayo de 1595, llegó al poblado Hernando de Villafañe y desde luego se dedicó, en compañía de Santarén, a la catequización de los indios. Su labor no fue fácil, ya que muchas veces los indios, capitaneados por sus caciques Bayco, Montalúa y un tercero que después se bautizó Pablo Velázquez, atacaron en varias ocasiones a los frailes con ánimo de asesinarlos. Pronto fue llamado Santarén a la misión de Topia, y, como indicamos, murió a manos de los tepehuanes, quedando Villafañe sólo entre los belicosos guasaves.

Hernando de Villafañe era originario de León, en Castilla la Vieja, y de rancio abolengo castellano. Sus padres pertenecían a la nobleza y los habían educado desde edad temprana, en forma esmeradamente religiosa. Sus dotes de excepcional inteligencia y singular aptitud para el estudio, se manifestaron desde sus primeros tiempos de estudiante. Su maestro fue el gran maestro filósofo español, padre Luis de la Puente, cuyas obras leía Villafañe todavía muchos años después, cuando el paso tardo de su mula devoraba leguas y leguas de peligrosos caminos, para atender sus labores misionales.

En tal forma se desenvuelve su vida, que según dice el padre Pérez de Ribas en su Historia de los triunfos de Nuestra Santa Compañía (la de Jesús) impresa en Madrid en 1645, «aparece que la Divina Providencia le tenía escogido desde sus tiernos años, para ministro suyo, que cultivase su viña en los campos dilatados de la misión de Sinaloa».

Vino a México estudiante aún y fue enviado a Pátzcuaro para aprender la lengua tarasca, que asimiló con la facilidad con que siempre logró aprender las diversas lenguas indígenas que tuvo necesidad. de estudiar. Por sus grandes méritos, alcanzó el grado de Rector del Colegio de Pátzcuaro y de allí salió para fundar y organizar la misión de los guasaves cuando la muerte de su compañero y amigo el santo mártir Gonzalo de Tapia.

Instalado en la choza que bajo el gran macapule construyera el padre Santarén, Hernando de Villafañe inició su magna tarea de conversión, con singular habilidad y amor. Poco a poco, fue ganándose la confianza de los indios, a quienes trataba amorosamente y siempre brindándoles paz. Su único ayudante era una india convertida al catolicismo, que en alguna ocasión los salvó a él y a Santarén de un ataque de los indios amotinados y de la cuál las crónicas recogen el único dato de que su marido se llamaba Pedro.

Pronto aprendió la lengua de los indios y fue el primero, sigue diciendo Pérez Rivas, «que redujo a reglas y artes la lengua de Guasave, que corría por todas la marinas de Sinaloa, y compuso para el uso de los indios, en la propia lengua, manuales de doctrina cristianas y coplas religiosas».

Como encontrara fuerte resistencia en los caciques del pueblo y en los viejos, se dedicó principalmente a cultivar a los niños, a quienes enseñaba la doctrina cristiana.

En cierta ocasión, habiendo salido el padre a visitar los poblados costeros, los caciques y los viejos resolvieron escarmentar a los niños de la doctrina celebrando ritos profanos; organizaron una borrachera con un licor de pitahaya que fabricaban, y encerraron a los niños, desnudos, en un corral con ánimo de sacrificarlos. Cuando regresó Villafañe el pueblo se encontraba en el más alto grado de excitación y de embriaguez y al oír los gritos de sus niños desnudos y pidiendo socorro, piadosamente indignado rompió las puertas del corral para liberarlos. Furiosos los caciques, amotinaron al pueblo pretendiendo matar a Villafañe, que rodeado de un ejército de niños, de la india amiga y de su marido Pedro, resistió amenazas y embestidas hasta que llegó socorro de la Villa de San Felipe (hoy Sinaloa) y el orden fue restablecido.

Fue la única vez que en supremo esfuerzo para salvar lo que le era más querido, como eran sus niños cristianizados, Villafañe ejecutó un acto de santa y piadosa violencia.

Ya en los tiempos en que el padre Santarén lo acompañaba, los indios se habían rebelado francamente. Yendo Santarén para la Villa de San Felipe acompañado de algunos soldados españoles y unos cuantos indios, notó que un indio viejo se apartaba hacia el monte y habíendole seguido, lo encontró frente a una pequeña pirámide, adorando un ídolo que sobre la misma estaba colocado. El celoso misionero ordenó al indio que destruyera el ídolo y el pequeño templo, y como el indio se negara, temeroso, con ayuda de sus españoles, el padre lo destruyó todo por su propia mano, y regresó al pueblo arrastrando los restos del ídolo destrozado. Los indios decían de que aquello sería causa de que sus dioses les enviarían fuertes castigos y algún viejo profetizó que en la noche un fuerte huracán arrasaría al pueblo. Y «sería sugestión del demonio», dicen los frailes, o que el viejo ladino había observado las condiciones atmosféricas que presagiaban la tormenta, el hecho fue que en la noche un fuerte chubasco se llevó varias casas del pueblo. Viendo en ello el castigo de su dios, los guasaves resolvieron rebelarse y matar a los misioneros dejando solo el pueblo, se alzaron hacia los bosques. Vino a batirlos el capitán Diego Quiroz y en la primera escaramuza, los guasaves se retiraron con sus amigos de Saratajoa. En aquellos lugares se fortificaron y esperaron el ataque de los españoles. Entonces, Hernando de Villafañe, llevando sólo una cruz, se adelantó hacia el campo de los rebeldes y los invitó a volver a su pueblo y a trabajar en paz; y fueron tales y tan convincentes sus razones y el valor de su ejemplo, que los indios depusieron las armas y volvieron al pueblo.

Algún tiempo después volvieron los indios a rebelarse y uniéndose a los Tamazulas, se hicieron fuertes en la isla de Macapule. Vino a batirlos el capitán Martínez de Hurdaide, quien, siguiendo los consejos de Villafañe, hizo la campaña lo menos violenta que fue posible. Se sitió la isla y diariamente se enviaban mensajeros invitando a los indios a venir. Atendiendo los llamados del padre, vinieron los caciques y se concertó la paz. Volvieron a su pueblo y como fueron tratados con leal dignidad, consintieron al fin irse bautizando los adultos, igual que se había hecho con los niños.

Entonces inicia Villafañe su labor constructiva, magna y tesonera que hace se le considere como fundador del pueblo de Guasave por haber sido el iniciador y organizador de la misión.

Enseñó a los indígenas la fabricación del ladrillo y empezó la construcci6n de templos, siendo el primero que en la región construyó iglesias duraderas, ya que las primeras eran humildes chozas con paredes de vara y techos de zacate. Soñó con la construcción de una misión modelo a cuya sombra pudieran vivir trabajadores y felices sus amados indígenas. Durante más de diez años, trabajó afanosamente en la construcción de los edificios y cuando los hubo terminado una gran inundación se llevó los frutos del trabajo del activo religioso.

Cuando visitaba la ruina de sus obras, no se le vio un solo gesto de dolor y los que estaban cerca de él, le oyeron repetir la magnífica sentencia del libro de Job: «como quiso el señor así ha sucedido; bendito sea el nombre del señor».

Y tan pronto como hubo terminado la labor del salvamento, inició otra vez los trabajos de construcción, hasta que vio convertirse en realidad su sueño de la gran misión de Guasave. Mientras construía los edificios de la misión, hacía también que el pueblo se transformara y las humildes chozas primitivas se convirtieran en casas de adobe y ladrillo. Los viejos padres misioneros dice Pérez de Ribas, solía decir: «vamos al partido del padre Villafañe, para que aprendamos lo que debemos hacer a nuestro partido».

Dos mil indios laboriosos, a quien la predicación y el ejemplo del padre Villafañe habían apartado de los vicios y hecho llamar al trabajo, poblaban la misión modelo.

En las ricas riberas del Petatlán, florecían nuevos cultivos en los agostaderos, animales antes desconocidos eran explotados por los indios, y con nuevos métodos de pescar los indígenas extraían las tradicionales riquezas de sus costas. Villafañe no descansaba tratando de mejorar su misión sindical, hacia solicitudes al virrey y a la audiencia, instaba a sus superiores y siempre activo, velaba siempre por el bien de sus indios. Consiguió ganados para que los indios se convirtieran en criadores; llevó las bestias de tiro y de carga, para que ayudaran al indio en sus faenas; construyó arados para mejor cultivar las tierras. Entre los nuevos cultivos que ensenó a los indios, ocuparon principal lugar el trigo y el garbanzo. La bolas verdes del garbanzo palpitaron como esperanza de riquezas nuevas; como profetizando que, siglos después, el garbanzo que llevó Villafañe iba a convertirse en la principal riqueza nacional. Árboles frutales llevados desde muchas leguas por el fraile, ofrecieron a los indios asombrados la dulzura de sus frutos. Un activo comercio con los otros pueblos, daba a Guasave mayor prosperidad.

Vestía el padre majestuosa humildad y sencillez. Nunca conservó una alhaja y su caridad y su amor atraían a los pobres indios que venían desde muchas leguas a recibir de sus manos la ayuda material y de sus labios la enseñanza útil y la palabra divina que levantaban sus almas al camino de la nueva salvación. A los niños indios los sentaba en su mesa y les daba de comer en su mismo plato, con acendrado amor.

La dura experiencia de la inundación lo hizo prevenirse contra los tales eventos, y cuidaba de que todo estuviera siempre convenientemente dispuesto, para que su misión se bastara sola y nunca faltara a sus indios el sustento. En los años malos de los cultivos de Guasave siempre producían; todavía siglos después, era Guasave el granero regional.

Su celo no se limitaba a sus labores en la misión propiamente dicha, sino que era incansable visitando los pueblos de su jurisdicción, siempre llevando a la luz una enseñanza y una amorosa promesa para los suyos que acudían a él. En la conversación de los tamazulas lo ayudó eficazmente el padre Alberto de Clerisis; y también Tamazula vio levantarse su iglesia amplia y de tres naves, transformarse las casas del pueblo, poblarse los campos de ganado y florecer nuevos cultivos en las tierras laborables.

Señaló con su acción los derroteros que debe seguir la educación indígena, para ser eficaz. No olvidando que sus indios tenían las plantas sobre el suelo, primero les ensenaba a cultivar la tierra, a trabajar para aprovechar las riquezas y adquirir comodidad y luego con caridad y amor les inculcaba la nueva fe que iba poco a poco pero firmemente, ganando sus almas. Combatió los procedimientos de militares que cuando tomaban prisioneros a algunos indios alzados ordenaban ejecución en masa, pero cuidando celosamente, antes de ahorcarlos, que los frailes vaciaran sobre sus cabezas las aguas bautismales. En la jurisdicción de Villafañe no se ejecutó nunca a ningún indio, y cuando algunos se alzaban, el padre mismo con sencillez heroica, acudía a sus guaridas en el monte y los convencía amorosamente de sus errores y los hacía volver a su pueblo.

Tan famosa se hizo la organización de la misión modelo de Guasave, que los superiores ordenaron que los misioneros que fueran por aquéllas tierras, pasasen un tiempo en ella para aprender la organización misional y el arte de tratar, enseñar y organizar a los indios.

La fama del buen misionero y de sus éxitos llegó a la capital del virreinato, y fue nombrado visitador y superior de todas las misiones de Sinaloa, y comisario del Santo Oficio en su región y en Culiacán; puestos que desempeñó siempre con la mayor inteligencia y humildad. Nunca abandonó sus estudios, y la fama de su sabiduría corría pareja con su fama de organizador y creador. Fue llamado a México y nombrado rector del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Suprema dignidad que sólo alcanzaban los jesuitas más ilustres. Por su sabiduría y virtudes, fue enviado a Roma como Procurador de la Compañía de Jesús a discutir sus asuntos ante las más altas autoridades de la Iglesia.

Hasta aquel tiempo (principios del siglo XVII) no se había celebrado misa en un barco. Con sutiles argumentos teológicos, se discutía si celebrar misa en alta mar era lícito o no, según los cánones eclesiásticos. Villafañe, en forma brillante, sostuvo en Roma ante altas autoridades, que era lícito y debido celebrar misa a bordo y la historia de la navegación lo recuerda porque, a su regreso, fue el primer sacerdote que celebró misa en un barco, en altamar.

La fama de su sabiduría, de su piedad y su santidad había alcanzado tal grado durante sus treinta años de estancia en su amada misión de Guasave, que personalidades ilustres, como los propios virreyes, querían escuchar su consejo. El capitán Martínez de Hurdaide, gustaba consultarle en momentos difíciles de su vida heroica. Cuando se quería elevar solicitudes que afectaba a la real hacienda de muchas leguas se acudía a Guasave a pedir intervención de Villafañe, porque viendo su firma, los virreyes autorizaban a ciegas las erogaciones que les eran solicitadas.

A su regreso de Roma, crecida la fama de su sabiduría y santidad, las autoridades superiores querían que se quedara en México, para oír sus consejos. Pero el solicitó que se le permitiera volver a su amada misión, entre sus queridos indios, para pasar con ellos sus últimos días, predicarles la última cuaresma de su vida y esperar la muerte entre los muros y bajo los techos que su amor y celo habían levantado, y dándoles todavía calor a las criaturas que el había conquistado para el rebaño de su Dios.

Y se le vio tomar sus libros, montar en su mula, ya casi centenario y recorrer trescientas leguas de malos y peligrosos caminos. para volver a su misión de Guasave. Y nunca, como en la última cuaresma de su vida, el año de 1634, se le vio predicar con mayor entusiasmo, hacer más penitencia, confesar mayor número de indios y dar gracias a Dios porque le permitiera seguir trabajando para su gloria en la misión que con tanto amor había fundado y dirigido.

Mandó hacer en su celda una ventana, cuando apenas podía moverse, para asistir a la celebración de la misa. Y cuando la muerte le sorprendió plácidamente, dos mil indios, que se consideraban sus hijos, lloraron al padrecito amado y llevaron luto en sus almas sencillas por aquel que les había dado trabajo, bienestar, doctrina y amor.

Tal fue Hernando de Villafañe, fundador de la misión y pueblo de Guasave; y este pueblo debe honrar, honrándose a sí mismo, la ilustre memoria de tan egregio educador y santo.

De la obra material de Hernando de Villafañe casi nada queda. Hambres, epidemias y mala organización despoblaron el pueblo, y cuando don Pedro Tamarón y Romeral, obispo de la Nueva Vizcaya, muerto en Bamoa, lo visitó en 1765, tenía sólo 651 personas. En 1777 una nueva inundación destruyó la iglesia de tres naves, construida por Villafañe y destruyó también la iglesia de Tamazula, que el padre Clerisis había construido bajo el patrocinio y dirección del mismo Villafañe.

Quedan los ganados que llevó el gran educador; los mismos cultivos implantados por él siguen dando riqueza a la región; pero de los muros de la vieja y famosa misión modelo, no quedan ni las huellas, que los elementos se encargaron de borrar, como el tiempo ha borrado su recuerdo.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 40, páginas 26-31.

 

 

Hernando de Villafañe
Hernando de Villafañe fundador de Guasave

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