Inés Arredondo; escritoras sinaloenses

Escritoras sinaloenses

 

INÉS ARREDONDO (1928-1989)

 

Por: Ignacio Trejo Fuentes

Inés Amelia Camelo Arredondo nació en Culiacán, Sinaloa, el 20 de marzo de 1928 y murió en México, D.F., el 2 de noviembre de 1989. Las ediciones originales de sus libros fueron: La serial, ERA, México, 1965; 175 pp. Río subterráneo, Joaquín Mortiz, México, 1979; 157 pp. Los espejos, Joaquín Mortiz, México, 1988; 152 pp.

La obra de Inés Arredondo, integrada por tres libros de cuentos (La señal, 1965; Río subterráneo, 1979; Los espejos, 1989), es una de las más importantes de la literatura mexicana. Lo es por muchas razones, pero habría que destacar, ante todo, que pese a haber sido escritos y publicados en periodos distantes entre sí—lo que implica una evolución del pensamiento y las ideas estéticas de su autora— todos los relatos mantienen vínculos en varios niveles que obligan a mirarlos como una sola entidad: así sea que cada uno de los textos de Arredondo pueda leerse sin dificultad en forma independiente y consiga por sí mismo altos rangos artísticos y dosis enormes de proposiciones ideológicas o existenciales, no es sino en relación con los demás cuando adquiere su verdadera dimensión.

Lo anterior no es contradictorio, implica la concepción que la escritora dio a su trabajo: la cohesión, la interrelación, el sentido unívoco de sus piezas: entre todas forman una sola mirada al mundo, son complementarias, y es así como deben de leerse si se pretende entenderlas.

A medida que uno lee los cuentos de Inés Arredondo se va convenciendo que la autora está empeñada en ofrecernos una visión desolada del mundo, la refracción de experiencias amargas, crudas. Parece que entramos en un páramo tétrico donde no cabe ningún asomo, ni siquiera una pizca de felicidad, donde todo es pesimista. Y lo es, pero es aquí donde debemos afinar nuestra experiencia de lectores para no quedarnos a mitad del camino, ante la llamarada de lo superficial y lo aparente, en la trampa que una inteligencia desmedida pone a la nuestra, y ser capaces, al contrario, de captar y comprender el universo maravilloso y prometedor que Inés Arredondo ha creado con tanta sutileza y perfección.

Sin excepción, los cuentos de Inés Arredondo presentan visos inequívocos de «anormalidad», de trasgresión de los cánones impuestos por la ortodoxia moral, ética, etcétera. Leer a esta escritora conlleva sacudimientos, bofetadas, escupitajos en el rostro de quienes hemos sido aleccionados para mirar la vida por una sola cara. Arredondo quiere precisamente eso: conmocionarnos mediante el enfrentamiento de los lados oscuros de la existencia, esos que nos empeñamos en velar, en opacar, en desaparecer para no tener que mirarnos al fondo de nosotros mismos y estar, así, ante la posibilidad de descubrirnos rasgos que no queríamos ver. La literatura de Inés Arredondo es por eso un ejercicio de descubrimientos permanentes.

Los personajes que habitan la obra de esta autora estén siempre marcados por la desdicha, involucrados en situaciones límite, caóticas; son seres desvalidos y vulnerables por todos los costados, susceptibles de sufrir los mayores sacudimientos vitales, están destinados al fracaso y no parece haber para ellos ningún horizonte promisorio; la fractura es su signo vital, la infelicidad es su destino, trátese de hombres o mujeres, de niños o de ancianos.

La escritora bosqueja esos estados críticos poniendo a los protagonistas en medio de circunstancias que son incapaces no ya de rebasar, sino siquiera de entender, y son tres, entre muchos, los medios por los que se accede a esa noción desesperanzada: el desamor, la locura y la muerte.

Cuántas quebraduras amorosas hay en los cuentos de Inés Arredondo, cuentos lazos afectivos se frustran, se menguan o se van por el caño; qué cúmulo pasmoso de locos desfila por ahí (la mayor parte de los locos ignora que lo son, lo que es mucho más grave que la conciencia del desastre); horroriza la sombra abrumadora de la muerte. Y hay que ver que en la literatura de Arredondo esas facetas del desastre se imbrican, dan una fórmula matemática perfecta: desamor más locura igual a muerte; muerte y locura igual a desamor; muerte y desamor igual a locura. Esto quiere decir que la desaparición terrena es la constatación de que la existencia era en realidad inexistencia, que la vida era una ausencia de vida, un simulacro, de modo que es lo mismo tener un aliento vital que no tenerlo. Vida y muerte se funden en los seres creados por Inés Arredondo, tienen al fin una textura igual, operan de la misma manera.

Advirtamos algo fundamental: los relatos de Inés Arredondo resbalan por la misma vertiente, aunque aparentemente sean historias distintas. Y eso habla, qué otra cosa, de la capacidad de la escritora para insuflar vida a lo muerto, matar lo vivo. Contar un cuento donde nada patree ocurrir o contarlo lleno de truculencias, distingue las narraciones de esta autora. Sin embargo, no hay que perder de vista que Arredondo suele decirnos más de lo que pone en el papel: si no entendemos algún cuento (La señal, Sahara, por ejemplo), no hay que alarmar nos: ocurre sólo que alguien que sabe mucho de la vida nos habla a medios tonos (falta nuestra mitad).

La de Arredondo es una obra que sacude al enfrentarnos cara a cara con el desastre y la amargura. ¿Qué nos quiere decir? Acaso nada. Pero al mirar los seres que ella ha creado debemos hacer comparaciones necesarias: ¿soy así? ¿eso me espera? podría yo ser tal vez de otra manera? Esta es la lección de Arredondo: viendo tanta desolación, tanta penuria; mirando tan de cerca el desamor, la locura y la muerte, aprenderemos a ver nuestras entrañas, a mirarnos de cerca, y a decidir si seguimos así o tomamos una ruta distinta.

Es Inés Arredondo tan insana, tan loca, tan perversa? No: la que es así es la vida.

 

Tomado de: Inés Arredondo Para Jóvenes; CONACULTA/ Gobierno del Estado de Sinaloa, México, D.F., 1990

 

Inés Camelo Arredondo
Inés Arredondo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *