Isabel Tobar y Guzmán, gente de Sinaloa

Gente de Sinaloa

BERNARDO DE BALBUENA:

El Poeta que Canto a la Hermosura de una Mujer de Culiacán:

DOÑA ISABEL TOBAR Y GUZMÁN

 

 

Por: Raúl Cervantes Ahumada

 

Volviendo los ojos al pasado remoto encontramos que, desde hace mucho tiempo, cuando florecía la gran villa de San Miguel de Culiacán, en el mismo sitio donde don Nuño Beltrán de Guzmán la fundara, era ya aquel lugar centro cultural de valía por los hombres que la poblaban: foco de inspiración para los poetas, acogedor y cálido lugar en cuyos amplios portalones pasearon su meditación y sus anhelos, personajes que a las letras hispanas dieron renombre y lustre universales.

Entre los más ilustres vecinos de Culiacán, a fines del siglo XVI, se encuentra el poeta Bernardo de Balbuena. Cuando la poesía americana nace, Bernardo de Balbuena es su primer gran exponente: primero en tiempo y primero en belleza y calidad. En él la poesía española se americaniza utilizando los elementos vírgenes de estas tierras nuestras, para dar al mundo, en floración de belleza, los nuevos frutos de su inspiración fecunda. En su obra, se realiza en el arte la unión de la cultura hispánica, con los nacientes elementos culturales del espíritu americano.

Don Marcelino Menéndez y Pelayo, el gran literato y critico español, en su «Historia de la Poesía Hispano-Americana», dice de Balbuena que «la glorificación de México y la apoteosis de España se confunden en los cantos del poeta, como el amor a sus dos patrias era uno solo en su alma. Por eso —prosigue—, es a un tiempo el verdadero patriarca de la poesía americana, y, a despecho de los necios pedantes de otros tiempos, uno de los más grandes poetas castellanos».

Esto lo dice Menéndez y Pelayo, autoridad indiscutible, después de estudiar el poema de Balbuena, «La Grandeza Mexicana», en el cual el poeta, con inspirado acento, relata la magnificencia de la gran capital del virreinato. «La Grandeza Mexicana» apareció por primera vez en México en 1604; la Academia Española de la Lengua, rindiendo homenaje a la memoria del poeta, «igualmente grata y gloriosa en ambos mundos», la reeditó en 1821, y después, también en el siglo pasado, aparecieron algunas ediciones más.

Así, el nombre de Balbuena rodó con su obra por el mundo, considerado por los críticos como uno de los más altos valores de las letras españolas. Y «La Grandeza Mexicana» se debe a Culiacán. Allí, en la apartada villa de las tierras ardientes de Occidente, surgió el motivo que dio al poeta la inspiración, brotó la causa que es el necesario antecedente del poema.

Tradicionalmente, Culiacán ha sido tierra de mujeres bellas; así la hemos conocido y así la hemos amado. Hay quien diga que, entre todas las ciudades de la tierra, Culiacán se distingue por la singular hermosura de sus mujeres.

En el siglo XVI, cuando Bernardo de Balbuena llegó a la villa de San Miguel de Culiacán, sus ojos se maravillaron ante los lujuriosos crepúsculos, también únicos en el mundo, y ante la belleza sin par de las mujeres de la villa. Pero, sobre todas ellas, descollaba la rara belleza de doña Isabel de Tobar y Guzmán, hija y nieta de nobles españoles, que nació y creció en aquellas cálidas tierras occidentales, adonde, en pos de las fabulosas riquezas de sus minas, llegara su noble padre: don Pedro de Tobar, uno de los primeros pobladores de San Miguel de Navito, adonde llegó acompañando a don Nuño Beltrán de Guzmán en 1531. Después se incorporó a la desventurada expedición de don Francisco Vázquez de Coronado, en busca de las Siete Ciudades de Cibola, el año de 1540, y, posteriormente, siendo alcalde de Culiacán, en 1564, prestó valiosa ayuda a don Francisco de Ibarra en sus conquistas de Sonora y Sinaloa. Fue don Pedro de noble estirpe, emparentado con la Casa del Duque de Lerma.

Era doña Isabel de Tobar y Guzmán, dice Bernardo de Balbuena, «una señora de tan raros portes, singular entendimiento, grados de honestidad y aventajada hermosura que por cualquiera de ellas puede muy bien entrar en número de las famosas mujeres del mundo, y ser con justo título celebrada de los buenos ingenios dél». Por el hecho de haber sido la cuna y haber visto crecer a tan singular mujer, anota también Balbuena, merecía el pueblo de Culiacán «hacer su cuenta aparte con los famosos pueblos de la tierra».

Casó doña Isabel de Tobar con don Luis de los Ríos Proaño, y a temprana edad, en flor de hermosura, la gentil dama quedó viuda. Su hijo único, en tierna juventud, entró en religión y entonces la extraordinaria mujer resolvió también vestir hábito de monja, y venirse a la capital del virreinato para profesar en alguno de los conventos famosos, lejos de la tierra lujuriosa que vio sus dichas y contempló sus grandes dolores.

La resolución de doña Isabel coincidió con el viaje que, en aquellos remotos días adelantándose a ella, hacia desde la villa de San Miguel de Culiacán hasta la capital, Bernardo de Balbuena, su amigo poeta. Y la inteligente dama, que temió la deslumbraran las grandiosidades de la metrópoli, suplicó a su amigo que, al llegar a la gran ciudad, de la cual él había salido hacía doce años, le escribiera una carta describiéndole con minuciosidad las grandezas capitalinas. Y fue así como, noblemente obligado, para complacer a doña Isabel de Tobar, Bernardo de Balbuena escribió «La Grandeza Mexicana».

Doña Isabel llegó a México; su llegada fue un acontecimiento que celebró dignamente la noble capital de la Nueva España, y, alejándose del mundo, entró en religión en el convento de San Lorenzo. Balbuena entregó a la publicidad, en 1604, la carta-poema escrita para ella.

Estos datos cuidó el propio Balbuena de dejarlos escritos y por eso ha sido posible encontrar el rastro que, sobre las cálidas y fecundas tierras de Sinaloa, dejara el gran poeta, gloria de las letras castellanas. El título mismo del poema lo dice: «Carta del Bachiller Bernardo de Balbuena a la señora doña Isabel Tobar de Guzmán». Pocas veces una mujer ha recibido un homenaje más férvido, como el de Balbuena a doña Isabel. Oigamos como inicia su misiva:

 

Oh tú, heroica beldad, saber profundo,

que por milagro puesto a los mortales

en todo fuiste la ultima del mundo.

 

Criada en los desiertos arenales,

sobre que el mar del Sur resaca y quiebra,

nácar lustroso y piedras orientales;

de un tronco ilustre generosa rama,

sujeto digno de que el mundo sea

columna eterna a tu renombre y fama.

 

Oye un rato, señora, a quien desea

aficionarte a la ciudad más rica,

que el mundo goza en cuanto el sol rodea.

 

Y si mi pluma a este furor se aplica

y deja tu alabanza, es que se siente

corta a tal vuelo; a tal grandeza chica.

 

Ahora en las regiones estrelladas

las alas de tu altivo pensamiento,

andan cual siempre suelen remontadas

 

Doquiera que te hallare esta voz nueva,

en cielo, en tierra, en gusto o en disgusto,

a oírla un rato tu valor te mueva.

 

Que si es en todo obedecerte justo,

esto es hacer con propiedad mi oficio,

y conformar el mío con tu gusto.

 

Tal es la grandeza del poema que hace entusiasmarse a don Marcelino Menéndez y Pelayo; tal el poeta, que mereció, en el «Laurel de Apolo», el homenaje del mismísimo Lope de Vega, el Príncipe de los Ingenios, y tal el hondo sentido de la poesía mexicana, que en su primer gran monumento rindió pleitesía a la belleza de la mujer mexicana, en la ilustre dama de Culiacán, cuyo nombre y cuya gloria han acompañado a través de los siglos, la gloria del inmortal poema de Bernardo de Balbuena.

 

 

Tomado de; Presagio, Revista de Sinaloa; número 51, páginas 55-57.

Ilustración: SINALOA, tierra fértil entre la costa y la sierra, Monografía Estatal, SEP, México, 1982.

 

 

Isabel Tobar y Guzmán
Isabel Tobar y Guzmán, inspiración de la «Grandeza Mexicana»

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