La guerra con los Estados Unidos de América, historia de Sinaloa México

Historia de Sinaloa México

 

LA GUERRA CON LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA

 

Por: Antonio Nakayama

 

 

El barco mercante Maleck-Adel fue apresado por la marina yanqui frente a Mazatlán el 7 de septiembre de 1846, siendo sus captoras las corbetas Warrez y Cyane, que andaban de crucero en el Pacífico. Estas naves llegaron al puerto en los días 30 de septiembre y 1° de octubre, y durante su estancia se registró un incidente al cruzarse disparos de rifle entre los marinos americanos y la tropa mexicana, iniciando con este hecho las acciones de la guerra con los Estados Unidos de América en el estado de Sinaloa 1846-1847, pero sin mayores consecuencias, lo que el coronel Rafael Téllez capitalizó enviando un informe donde adulterando los hechos solicitaba condecoraciones para sus hombres. La marina norteamericana no volvió a presentarse en la bahía hasta el 17 de febrero de 1847 en que fondeó la fragata Portsmouth, y el comandante de ella entregó al comandante Téllez una comunicación del comodoro Stockton jefe de las fuerzas navales norteamericanas en el Pacífico, así como la declaración del bloqueo de la costa occidental de México, lo cual llenó de temor al jefe mexicano, quien escribió al general Anastasio Bustamante pidiéndole tomase las providencias necesarias para la defensa del puerto, pero Bustamante no pudo prestarle ningún auxilio por carecer de elementos para hacerlo. Alarmados también por el bloqueo, los habitantes se sintieron más temerosos al aparecer otros barcos de guerra que anclaron en la Bahía del Puerto Viejo. La Portsmouth se mantuvo vigilando el puerto durante cinco semanas, y esto dio origen a fricciones entre su comandante y el de la marina británica sir Stanley Walker, ya que el gobierno de Inglaterra se negó a reconocer el bloqueo. Las dificultades se agudizaron porque el 9 de marzo se avistó un buque de guerra inglés, y una goleta americana salió a darle caza mas el comandante de la nave británica ordenó le dispararan tres cañonazos, y tras de esto abandonó la zona. Al siguiente día el navío inglés reapareció frente a Mazatlán y ante la firme conducta de los marinos ingleses, el gobierno de los Estados Unidos aceptó la nulidad de los actos del comodoro Stockton y nombró como jefe de la flota del Pacífico al de igual graduación James Biddle, quien canceló la proclama del bloqueo, y así Mazatlán pudo volver a monopolizar el comercio de la costa occidental.

El comodoro W. Brandford Shubrick fue designado jefe de las operaciones navales en el Pacífico en substitución de Biddle, recibiendo órdenes de bloquear a Guaymas y Mazatlán, pero como en el puerto sinaloense había dos playas para el desembarco, mantuvo a la vista a las fragatas Independence y Cyane durante algunos meses, hasta que la primera partió a principios de junio, y la segunda zarpó junto con la Portsmouth a finales del mismo mes. Esta última volvió a Mazatlán el 22 de septiembre, y con ese motivo Téllez tuvo información de que la escuadra norteamericana había recibido la orden de operar sobre el puerto en el mes de octubre, y como ya no iba a ser un simple bloqueo sino una operación en regla escribió al gobernador de Jalisco solicitándole armas y parque para la defensa, pero el mandatario jalisciense le contestó en forma severa echándole en cara su proceder, y manifestándole que a Jalisco no le convenía por ningún motivo reunir sus fuerzas con las de la guarnición de Mazatlán.

El 1° de noviembre se presentó en la bahía el transporte Erie; el día 10 se avistaron las fragatas Independence, Congress y Cyane, fondeando la primera en la bahía de Olas Altas, la Congress en el Puerto Viejo, y la Cyane y el Erie frente al Crestón, y al día siguiente desembarcaron con bandera de parlamento cuatro oficiales que traían una intimación del comodoro Shubrick para que se entregara la plaza en el término de cuatro horas. La tropa había evacuado la población la noche anterior dirigiéndose a Palos Prietos, y de allí al Venadillo, donde Téllez dio un bando considerando traidores a la patria a los habitantes que permanecieran en la ciudad, en la que no quedó más autoridad que el ayuntamiento. Una hora antes de que venciera el plazo dado por el comodoro para que se le entregara la plaza, el alcalde José María Vasavilbazo embarcó en un bote del bergantín ingles Spy dirigiéndose al barco insignia para tratar de que Shubrick ampliara el término, pero como el yanqui se negara el alcalde le solicitó las garantías necesarias ya que la ciudad se encontraba indefensa por la huida de los soldados, petición a la que el jefe norteamericano accedió, y a las doce del día desembarcaron los expedicionarios con cuatro piezas de artillería, izando la bandera de las barras y las estrellas en el edificio del cuartel.

El ayuntamiento hizo pública su protesta ante la ocupación, manifestando que no se sometería voluntariamente «a ningún jefe, persona, ni autoridad, sino a las que» emanaran de la «constitución federal y la de este estado, y mientras tanto», Téllez y su estado mayor se aposentaron en Otates donde tenían todo lo que su vida disipada requería, en contraste con la tropa que se alimentaba con la carne de las reses que tomaban de los potreros, y con una mísera ración de maíz.

El comodoro Shubrick reunió al ayuntamiento para discutir el convenio de ocupación, que fue suscrito por los regidores y los comisionados norteamericanos, y esto fue suficiente para que Téllez calumniara a los miembros de la comuna haciendo que algunos de ellos declararan insubsistentes los términos del convenio, lo cual comunicaron al comandante y al comodoro. Este prohibió al ayuntamiento que se disolviese conminándolo que de hacerlo proclamaría la ley marcial, pero como no logró quebrantar la decisión de don José María Vasavilbazo y de don Pedro Gama, amenazó al cuerpo edilicio de que haría la proposición a Téllez de que si enarbolaba una bandera neutral le desalojaría la plaza dejándola libre al comercio cesando las hostilidades entre ambas fuerzas, y ante la alternativa, los ediles continuaron en sus Puestos prefiriendo las garantías de los invasores a la conducta inmoral del comandante y sus hombres.

El 15 de noviembre Shubrick expidió una proclama en la que expresaba su ardiente deseo de que la bandera de la Unión Americana fuera mirada por los habitantes «con sentimientos amistosos, no con hostilidad», y prometiendo libertad para todas las actividades excepto para la venta de licores a los marinos e infantes de marina de las fuerzas de ocupación, advirtiendo que «cualquiera que formara o intentara formar una insurrección contra la autoridad de los Estados Unidos, sería tratado conforme a las leyes de guerra.»

Examinando esta época aciaga encontramos solamente un hecho de armas que pone de manifiesto que si nuestros soldados hubieran contado con jefes leales y responsables la campaña de los norteamericanos no hubiera sido tan fácil. El 18 de noviembre el coronel Téllez se informó de que los americanos intentarían un desembarco en la boca del río Presidio, por lo que movilizó a sus hombres acuartelándose en Villa Unión, pero los invasores tomaron rumbo a Urías donde se encontraba el capitán del puerto Carlos Horn al frente de un reducido número de infantes y algunos piquetes de caballería. A las dos de la mañana del día 20 se rompió el fuego entre ambos bandos y el combate se sostuvo hasta las ocho en que los norteamericanos se retiraron a El Castillo dejando un oficial muerto y llevándose veintiún heridos. Los nacionales registraron dos muertos y cuatro heridos, entre éstos el subteniente Domingo Soriano, que recibió lesiones de gravedad. En la acción se distinguieron el capitán Horn y los oficiales Manuel Márquez de León, Luis Pérez, José María Valle y el mencionado Soriano. En el parte rendido por Téllez aparece que los invasores eran trescientos armados con dos piezas de artillería y que los mexicanos eran noventa, pero el rendido por los norteamericanos dice que sus hombres eran ciento cincuenta.

La inmoralidad de los hombres de Téllez era repugnante, ya que el bloqueo que ejercían sobre el puerto se evitaba con la clásica «mordida», pero el destino del comandante estaba por cumplirse. En el mes de diciembre empezaron a circular rumores de que se había puesto de acuerdo con el comodoro Shubrick para independizar a Sinaloa y a Sonora, y que con ese motivo había entrado subrepticiamente a Mazatlán para conferenciar con el jefe norteamericano. Al saber lo, don Rafael de la Vega lo hizo del conocimiento rápidamente del general José María Yánez y de la Secretaría de Guerra, y cuando el comandante Téllez lo supo se llenó de miedo y fue a refugiarse en San Sebastián. El gobernador salió de Culiacán al frente de cuatrocientos hombres para batirlo, y el general Yáñez envió doscientos en apoyo del movimiento que contra Téllez había estallado en El Rosario, encabezado por el teniente coronel Francisco del Castillo Negrete, que también se había movilizado sobre San Sebastián. Los comisionados nombrados por Téllez para tratar su rendición se entrevistaron con el gobernador Vega en el pueblo de Zavala, y el 20 de enero de 1848 entraron a San Sebastián las tropas gobiernistas, y el coronel, a quien se había ofrecido un salvoconducto, se fugó de la población acompañado de sus familiares y algunos oficiales, pero aunque fue detenido en Copala el día 22, el comandante militar Carlos Cruz de Echeverría le permitió dirigirse a Guadalajara para que se le sometiera a un proceso militar.

Para el mes de febrero de 1848 el ayuntamiento de Mazatlán ya no existía pues se había disuelto, ni tampoco había otras autoridades civiles. Los norteamericanos nombraron autoridades escogiéndolas entre sus propios hombres ya que los mexicanos no quisieron colaborar con ellos, pero afortunadamente, con la firma de los Tratados de Guadalupe Hidalgo el puerto fue evacuado habiendo sido entregada la plaza al general Manuel de la Canal y del Castillo Negrete el 17 de junio, y así terminó la invasión norteamericana en Sinaloa.

En esta fase de la vida sinaloense hay dos aspectos que es interesante conocer: el comportamiento de los invasores, y la conducta del coronel Téllez. El historiador norteamericano Justin H. Smith, en su obra The War with Mexico, expresa con orgullo que la conducta de sus compatriotas coronó su obra como conquistadores.

En Mazatlán —dice— Shubrick anunció que se esforzaría por beneficiar, y no herir al pueblo. Se garantizaron la libertad religiosa y a personas y propiedades… desaparecieron las molestas alcabalas que pesaban sobre las clases pobres, y fueron reemplazadas por un sabio sistema fiscal… se prohibió la venta de bebidas embriagantes a los hombres en servicio… los americanos alternaban libremente con el pueblo… y su porte fue el de caballeros. Tras de seis semanas de este régimen Shubrick fue invitado formalmente por los comerciantes para que se quedase en Mazatlán.

Si creemos lo que dicen algunos historiadores sinaloenses, entonces tendremos que admitir que los norteamericanos se portaron con cierta decencia en la guerra que tuvo México con Estados Unidos de América, y es vergonzoso confesar que para los habitantes de Mazatlán el régimen de ocupación fue un alivio, impuestos como estaban a sufrir las vejaciones de las clases preponderantes y la conducta escandalosa de las tropas que resguardaban al puerto. Como conquistadores, los yanquis tuvieron en su mano hacer lo que les viniera en gana, pero toda la información que tenemos apunta a que su actuación fue discreta, mas aún así el mexicano los soportaba como vencedores y no los miraba con agrado y menos se prestó a desempeñar puestos en los que habría de ejercer las funciones de maniquí, de allí que los nombramientos para autoridades civiles tuvieran que hacerlos en favor de miembros de su armada. Respecto a la invitación que se hizo al comodoro Shubrick para que se quedara, basta leer de dónde salió para darse cuenta de que allí no hubo mexicanos.

La conducta del coronel Rafael Téllez no pudo ser más escandalosa y antipatriótica. Llegó a Mazatlán de paso por la Alta California al frente de un grueso cuerpo del ejército cuando se iniciaron las hostilidades entre los Estados Unidos y nuestro país, y ya en el puerto se dio cuenta de que la aduana marítima era una gran fuente de ingresos, y como amante de la vida fácil se dispuso a gozarla con los dineros de la nación, pero para justificar su actitud, en convivencia con el coronel Juan Benemeli se pronunció en armas contra el gobierno de Paredes Arrillaga pidiendo el regreso de Santa Anna, y al triunfar el movimiento pudo disfrazar sus intenciones y abrogarse las funciones de comandante militar. Después eliminó al general Mora y Villamil, y con la trágica muerte del general don Teófilo Romero, quedó dueño absoluto de la comandancia militar.

 

Guerra de México y Estados Unidos de América
Las ciudades de nuestro país fueron ocupadas por el ejército de Estados Unidos

 

Con anterioridad a la declaración de guerra con Estados Unidos de América en la historia de Sinaloa, México, circuló en Mazatlán el rumor de que el bergantín Republicano había sido fletado para llevar algunos pliegos al comodoro jefe de las fuerzas navales norteamericanas en el Pacífico, y de que Mr. John Parrot, cónsul de los Estados Unidos conceptuado como uno de los más hábiles agentes de su país, había incursionado por aguas de la bahía para ponerse en contacto con una nave yanqui. Estos rumores causaron la indignación del vecindario ya que el coronel era señalado como responsable, por lo que el ayuntamiento en acuerdo tornado en sesión extraordinaria se dirigió a Téllez exigiéndole cumpliese con una disposición del Ministerio de Guerra en el sentido de que las autoridades militares retirasen a los ciudadanos norteamericanos a veinte millas de los puertos, y de que hiciesen cesar en sus funciones a los cónsules de la misma nacionalidad, pero el comandante contestó con evasivas sin tomar las medidas que se le exigían.

Un historiador norteamericano lo ha descrito como un tipo alegre y despreocupado que gustaba de los festines, que tenía ideas orientales respecto de los serrallos, y conceptos aborígenes acerca del honor. Manifiesta también «que en cuestiones monetarias a Téllez le bastaba meter sus manos vacías en la caja de la aduana, y como guerrero, demostró escasamente poder hacer frente a la crisis.» La primera parte de este último párrafo no necesita comentario, y en cuanto a la segunda, lo único que podemos decir es que el coronel era un soldado sin la más leve idea del honor militar.

En febrero de 1848 se instaló la Segunda Asamblea Legislativa, la que declaró electos como gobernador y vice-gobernador, respectivamente, a los señores José Esquerro y José Rojo y Eseverri. Esquerro, que era un honrado y prominente hombre público, renunció sin tomar posesión, por lo que el congreso llamó al vice-gobernador, pero no encontrándose en la capital asumió la gubernatura en Villa Unión don José María Vasavilbazo, quien dimitió en los primeros días de abril, Rojo y Eseverri se hizo cargo del poder, pero al igual que los anteriores también renunció, por lo que la Asamblea nombró a don Pomposo Verdugo.

Poco después de que don Rafael de la Vega y Rábago dejó la gubernatura, fue declarado Benemérito del Estado como premio a su actuación durante la guerra con los norteamericanos y por su lucha por restablecer el orden constitucional alterado por Téllez, siendo el primer sinaloense que recibió esa distinción, pero pasado poco más de un año falleció en Santa Anita, Cosalá, víctima de un ataque cardiaco. Su deceso ocurrió el 5 de junio de 1849, y con su desaparición empezó a declinar el poderío de la familia De la Vega ya que fue el más capacitado de ella.

Don Rafael nació en Culiacán el 27 de abril de 1799, y tras de haber aprendido las primeras letras fue enviado a Europa donde hizo sus estudios. De regreso en Sinaloa se dedicó a los negocios y a la política, pues fue diputado al primer congreso constituyente del estado y el nervio motor que movió al clan de los Vega para llevarlo a usufructuar el poder político y económico de la Entidad, y a él se debió la apertura de la fábrica de hilados El Coloso, establecida en Culiacán y que perduro hasta 1911. Don Eustaquio Buelna al hacer su juicio sobre este personaje dice que:

[… ] fue el más capaz de los gobernadores quede dicha familia hubo en el estado. Era generoso, de buena índole y muy solícito por el engrandecimiento de Culiacán. En cambio, no había, durante su administración regularidad para el manejo de la hacienda pública: la justicia casi siempre se administraba al antojo de los intereses y empeños de la familia de que era jefe, y la cual aumentó sus riquezas en ese tiempo; las elecciones se hacían en todo el estado en las casas de sus agentes, de donde a menudo salían confeccionadas sin apercibirse el pueblo de la completa suplantación de sus votos; el contrabando estaba a la orden del día: no se pagaban sus sueldos sino a pocos favorecidos; la venalidad de las autoridades y empleados estaba muy generalizada y en los distritos no se promovía ninguna mejora material.

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