La herencia de Tuxtepec en Sinaloa

Historia de Sinaloa México

 

LA HERENCIA DE TUXTEPEC

 

Por: Héctor R. Olea

 

A la sombra del árbol de la paz. —Monopolio de la

Minería. —Los bandoleros generosos. —Los latifundios del

porfirismo. —Las tiendas de raya. —Despojos y prisiones de los

indígenas. —Los salarios miserables. —El comercio extranjero y

los contrabandos. —Las diversas clases sociales. —Los prefectos

políticos. —La leva. —El gobierno patriarcal de Cañedo. —El

apoyo del general Díaz. —»Conmigo subió y conmigo bajará del

poder».

A la sombra del árbol de la paz sesteo el caudillaje de Tuxtepec, apenas apagadas las bengalas de la artillería de Tecoac.

En enero de 1876, el general Porfirio Díaz, «El Oaxaco», elevó al gobierno de Sinaloa al general Francisco Cañedo, originario de la Bayona (hoy estado de Nayarit), sus años mozos los dedicó a trabajos de comercio en el puerto de Mazatlán. Aseguran sus biógrafos que la Guerra de Intervención Francesa despertó sus facultades (que no eran muchas) para soldado y se inscribió, con algunos jóvenes mazatlecos, en el entonces batallón Guerrero de la Guardia Nacional.

El general Cañedo nunca presentó batallas memorables, combatían por él los coroneles Doroteo López y Manuel Inzanza, pero su amistad con el general Díaz «El Caudillo» lo subió al poder, forjada ésta cuando fugitivo llegó «El Lépero de Tuxtepec» a Sinaloa, en los últimos días del mes de julio de 1872, escoltado por las guerrillas de Vicente Alemán y Antonio Sánchez y, desde Concordia, dirigió al presidente de la República licenciado Sebastián Lerdo de Tejada, un manifiesto proponiéndole los medios para obtener la pacificación de la República.

En las últimas décadas del siglo XIX, el terrorismo imperó en Sinaloa, desde la primera administración de Cañedo: los asesinatos de Aristeo Heredia, Francisco Vega (a) «El Churro», Gerardo Ocampo, general Feliciano Roque y el fusilamiento del «Vicuri» y Luz Ramírez, «que se atribuyen (escribió Buelna) por voz publica al gobierno».

Además, el sonado asesinato del periodista de oposición José Cayetano Valadés, director de La Tarántula, crimen ordenado por el prefecto político, Francisco M. Andrade al puñalero de oficio Nicolás Zazueta (a) «El Borrego», acaecido en el puerto de Mazatlán la noche del día 27 de enero de 1879.

También la despiadada persecución del general Jesús Ramírez Terrón, «cazado», en Palos Prietos y después la ignominia del federal general Castro, que pretendió ejercer venganzas en el muerto, castrando (hizo honor a su apellido) el cadáver de aquel idealista revolucionario, enemigo del porfirismo y precursor de la Revolución Mexicana.

He aquí, en síntesis, la herencia de Tuxtepec:

En las últimas décadas del siglo XIX, la minería explotada desde la conquista española era la principal industria sinaloense, en el norte los distritos mineros de El Fuerte donde se explotaban las célebres minas de Sivirijoa, San Antonio, los criaderos de oro en estado nativo de Choix y más de cincuenta fundos mineros; en Sinaloa, el famoso mineral de San José de Gracia, con la mina Jesús María propiedad de la Anglo Mexican Mining Company, «se ha encontrado en ella —dice un informe— el oro de chispas, lo cual eleva a un valor fabuloso cada tonelada de metal», La Pirámide, El Rosario, pasan de ciento cincuenta minas todas de oro; en Bacubirito, los ricos placeres de oro y el mineral de La Joya y, en Mocorito, contabase con varios criaderos de oro y plata y minas como Cerro Agudo y la Palmarito Mining and Milling Company.

En la parte central del estado, Culiacán, con el mineral de San Lorenzo y la Quebrada Honda donde se trabajan más de cincuenta minas de plata; en Cosalá, Guadalupe de los Reyes, La Estaca, La Republicana, La Rastra, Nuestra Señora, explotadas por San José de las Bocas Mining Company; en San Ignacio, las fabulosas minas de San Vicente, Candelero y San Luis; en Concordia, la negociación minera de Pánuco (mineral que se constituyó en tiempos del régimen colonial y llamóse el Marquesado de Pánuco), con numerosos fundos mineros en sus tres Cordilleras, la principal Copala, con más de cincuenta y cinco minas.

 

En el sur las antiguas minas de El Tajo, una de las principales negociaciones mineras del país y la más grande del estado, ubicada en la parte occidental de la ciudad del Rosario descubierta a mediados del siglo XVI, mas comenzó la gran bonanza conocida con el nombre de El Bramador, en 1878, estando la mayor parte de las acciones en poder del norteamericano Luis L. Bradbury y las minas de Santa Gertrudis, propiedad de J. W. Winston y esposa, I. H. Polk y Charles Schneider, la mina Guadalupe y la Compañía de Minas Hidalgo y anexas S. A., que explotaban las minas Espíritu Santo, Hidalgo, Libertad y Reventón, situadas en la falda sur del cerro Yauco.

Muchos millones de metal en pasta —informó el gobernador Cañedo— han sido exportados por Mazatlán, y otro tanto se ha producido en el estado, en la época actual (1898), como en cualquiera otra de su historia. Ahora la mayor parte de su explotación se dirige a Europa y el resto se divide entre San Francisco y Nueva York.

Generalmente [afirmó el gobernador] los mineros gozan de salarios considerables $ 1.00 diario (ocho reales). Las dificultades pasadas con los trabajadores con motivo de las influencias religiosas y tradicionales están desapareciendo gradualmente, y donde hay trabajo constante y asegurado puede contarse con ellos, especialmente si como en ciertos casos se les permite descansar los domingos.

La escasez de trabajadores mineros obligó a las compañías extranjeras a pagar ese salario pero debemos considerar que el salario real y máximo que se pagaba era de $ 0.50 (cuatro reales) y $ 0.75 (seis reales) a los mineros especializados.

El personal técnico y directivo, en la industria minera, estaba ocupado por extranjeros y sólo se destinaban a los nacionales las ocupaciones más rudas y peligrosas como barreteros, peones, amalgamadores, quebradores, paileros, horneros y tenateros.

La miseria espantosa de la gente tan heterogénea que habitaba en los minerales, dio origen a los bandoleros generosos, que robaban a los ricos para repartir el botín entre los pobres como Heraclio Bernal, Ignacio Arrasola, Cosme Arambulo, Doroteo Villegas, «El Correitas» y Mancera, tipos que ocuparon la literatura novelesca del ochocientos.

 

En el campo la situación era todavía peor, los peones apenas ganaban un salario de $0.25 (dos reales), por Jornada diaria de doce horas.

Los latifundios del porfirismo eran numerosos.

En el Valle de Culiacán, con bastante daño material a los pueblos de indígenas, las únicas tierras cultivables pertenecían al señor Joaquín Redo, esto es a «la negociación agrícola que con el nombre de Eldorado —dice el Diario Oficial—, establezca en las márgenes del río San Lorenzo» (decreto del 13 de mayo de 1896); pero hasta cuatro anos después, en 1900, se colocó la primera piedra para la construcción de aquel ingenio (Nuevo Eldorado), por el fundador del negocio sector Redo y el gobernador del estado general Cañedo.

En 1904, el general Manuel González, secretario de Estado y del Despacho de Fomento, celebró un contrato con la señora Alejandra Vega de Redo, en representación de la sucesión de Joaquín Redo, para el establecimiento de colonos (?) (en tierras de Eldorado, Sinaloa) y esta negociación llegó a constituir uno de los poderosos latifundios destinados al cultivo de la caña de azucar.

Otro latifundio lo constituyó, el ingenio de la hacienda La Primavera (Navolato) de Jesús y Jorge Almada y, en el mismo valle, en Yebabito, los enormes terrenos que se adjudicó la Sinaloa Land y Cía. y, en Culiacán, el Castillo y el Molino, las tierras costeñas de Manuel Clouthier.

En el fértil valle de Mocorito controlaban la propiedad de la tierra Inzunza Hermanos y Cia., en la hacienda de Tres Hermanos, en unión de Guillermo y Pablo Retes, estos últimos en la hacienda de Pericos.

En el extenso valle de El Fuerte, Stephen Zakany, en La Florida de Ahome desde 1886 explotó extensa zona de terreno; la familia Borboa, en San Miguel y Mochicahui; Francisco Orrantia, en El Fuerte y otros como Teodoro M. Valenzuela, Blas Luque, Teodoro Miranda, Manuel Borboa, Zacarías Ochoa (padre del reyista gene¬ral José María Ochoa), Víctor Quiñones; los colonos de Albert K. Owen, en Topolobampo, con la Sociedad The Credit Foncier of Sinaloa; Benjamín Francis Johnston, en el Águila de Ahome, en 1890, el Sufragio y Mochis que se convirtió después en la poderosa United Sugar y Cía., S. A.

En Sinaloa, el dominio de la tierra quedó usufructuado por un pequeño grupo de terratenientes, que la recibieron como una recompensa, por los servicios, muchas veces supuestos, prestados a la revolución de Tuxtepec.

El régimen del general Manuel González tuvo, a través de su gestión gubernativa, sonados fracasos de trascendencia para el país, entre estos desaciertos, el escritor Rafael García Granados —Historia de México—, cita el de colonización:

[…] fue Carlos Pacheco [escribió] el que mejor oportunidad tuvo, como ministro de Fomento, para dar rienda suelta a su desordenada imaginación, pero para mayor desgracia, también a su codicia y a la del funesto círculo de personas que lo rodeaba, haciendo sin reflexión ni sistema, concesiones de vías de comunicación con fuertes subvenciones de zonas mineras, de colonización, de terrenos declarados baldíos, y de pesca, que muchas veces constituían verdaderos despojos o recargo de contribuciones, en beneficio de los favoritos, sin que los perjudicados pudieran reclamar, debido a que la administración de justicia ya no funcionaba más que a favor de los poderosos.

Alentado por esa política el gobernador de Sinaloa ingeniero Mariano Martínez de Castro, el 16 de agosto de 1880, firmó un contrato con el ministro de Fomento para la construcción, en el es¬tado, de un ferrocarril de Culiacan-Altata, meses después, este funcionario, con su representación oficial, traspasó a M. Adams, gerente de una compañía de Nueva York, la concesión otorgada por el gobierno federal.

Iniciados los trabajos de construcción del ferrocarril se dio ocupación en ellos a 200 trabajadores, «con un salario de $ 0.75 (seis reales) diarios, un jornal —informó el gobernador— que por pri¬mera vez se ha pagado en estos pueblos».

El trazo del ferrocarril originó muchos despojos por la ocupación de terrenos de propiedad particular, sin previa indemnización y el gobierno sólo hizo una declaración escueta: «que esa zona había sido adjudicada por denuncia».

Los indígenas que llegaron a protestar porque habían sido despojados de sus tierras eran tornados de «leva», enrolados en el ejército se les enviaba a Quintana Roo o al estado de Sonora a combatir en la guerra del yaqui.

 

Al triunfo de Tuxtepec, el comercio principal era el de Mazatlán y estaba compuesto por extranjeros y algunos mexicanos influyentes: Echeguren, Kelly, Melchers, Somellera, Banning, Redo, Hernández, Careaga, Peña, Charpentier, Reynaud, Heymann y Quintana y otros más de segundo orden.

Desde que Mazatlán fue abierto al comercio extranjero por decreto de las Cortes Españolas de 9 de noviembre de 1820 se formó una casta de mercaderes de diversas nacionalidades, debido a que la junta gubernativa de México declaró a Mazatlán puerto de altura, en 15 de diciembre de 1821.

El ayuntamiento del puerto tuvo como primera misión que nombrar una comisión para que se encargara de impugnar un folleto, que había sido impreso por el comercio de la ciudad de Guadalajara, Jalisco contra los comerciantes de la villa de Mazatlán, aprobando la clausura del puerto decretada, meses antes, por el arancel de 17 de febrero de 1837, debido a que se acusaba a los referidos extranjeros de constantes contrabandos con perjuicio de la nación.

Después de múltiples gestiones lograron las autoridades que el puerto de Mazatlán fuera rehabilitado por el decreto expedido el día 12 de febrero de 1838.

En el periódico, El Sinaloense, de fecha 5 de noviembre de 1847, se lee:

Lo poco que pudieron gastar en la asonada de 1834 [refiéranse a los políticos y comerciantes de apellido Vega], fue más bien recompensada con la primera expedición que descargaron en la costa de Navito en el mismo año; los pocos gastos que hicieron en la cuestión, con el teniente coronel Brambila [Juan Ignacio] los recompensó inmediatamente con la descarga que hicieron por las costas de Altata, en los primeros días, de una expedición procedente de Valparaíso.

En la historia del puerto de Mazatlán se consigna la efeméride:

1829. La fragata Danubio descargó un valioso contrabando. Sus agentes fiscales quieren que se siga el alije del buque, y pretenden aprehenderlo. Al ejecutarlo son acuchillados y rechazados por la tripulación y gente del país que había sido cohechada.

 

Al mediar el siglo XIX, la intervención de los comerciantes ex¬tranjeros en los asuntos políticos era bastante notoria; en la madrugada del 11 de junio de 1852, el capitán de artillería Pedro Valdés, de guarnición en el puerto de Mazatlán, se sublevó con las tropas a su mando contra el gobierno local presidido por Francisco de la Vega, gobernador constitucional del estado y declaró a Mazatlán segregado de Sinaloa, y erigido en territorio federal.

Dos meses antes había estallado en el puerto un motín «contra la contribución personal» fomentado por los comerciantes y apaciguado por las autoridades.

El movimiento separatista estalló, en los precisos momentos en que una flota de barcos se encontraba lista para alijar sus mercancías, eludiendo así, en estos cuartelazos, el pago de los derechos de importación al erario local y federal.

Algunos comerciantes, sin escrúpulos, amasaron cuantiosas fortunas al amparo de la revolución de Tuxtepec, aunque hubo honrosas excepciones como por ejemplo al alemán Claussen, que contribuyó al progreso material del puerto.

Hubo un comercio famoso, La Torre de Babel, que se fundó por los señores Juan Bautista Hernández, senador Joaquín Redo y Martin y Julián Mendía, en 1866. El socio principal —Julián Mendía— era español, residente en Barcelona donde atendía a todas las transacciones que hacia la casa con Europa.

Los señores Hernández-Mendía —informó el gobernador Francisco Cañedo— son en efecto importadores y banqueros operando sobre todas las principales plazas de la República, Nueva York, San Francisco, Londres, París, Hamburgo, Madrid, Barcelona, Bil¬bao, Santander, Balmaceda, etc., son agentes: de los vapores de la Mala del Pacífico, de la Veloce Navigazione ltaliana a Vapore, de The California Powder Works, de la Union Assurance Society y de The British and Foreing Mariane Insurance Co., y la Compañía Magdeburguesa de Seguros contra Incendio.

La casa de referencia era importadora de acero Sheffield Toledo para las minas, eran especialidades de ella los madapolanes imperiales e ingleses, los linos de Irlanda, las cortinas y muebles de Viena y las sedas, abanicos y esteras japonesas; en fin, este comercio y otros mantenían el monopolio de todo lo concerniente a abarrotes, mercería, agricultura y minería.

 

Por el estilo había otro comercio de norteamericanos que monopolizaban la «madera del país», ébano, cedro, venadillo, etc.; alemanes dedicados a vender maquinaria para la minería y dinamita Hércules; lusitanos alijadores y surtidores de efectos navales; franceses atendiendo la primera fundición de Sinaloa; suizos banqueros y comerciantes belgas, chinos, japoneses, ingleses, dinamarqueses, italianos, noruegos y suecos.

Buques especiales —expresa la publicación oficial del gobernador Cañedo—, generalmente barcos alemanes de fuerte tonelaje, les traen cada ano cargamentos completos de mercancías colectadas de todas partes del mundo.

Por otra parte, los prefectos políticos, en cada región, disponían a su antojo de la vida de los ciudadanos, de la honra de sus mujeres y de los impuestos públicos. El cacicazgo establecido repartía los empleos del estado entre un reducido grupo de favoritos, que alegaban haber prestado servicios tuxtepecanos.

En las poblaciones, principalmente en cabeceras de distrito, la sociedad estaba dividida en clases: primera, segunda, tercera y cuarta y en la plaza pública tenían su círculo, cada una, para dar vuelta en el jardín mientras la banda de música tocaba las piezas en boga. El pueblo era visto con indiferencia, con asco y no se le permitía concurrir a los sitios ocupados por las clases pudientes.

Se había formado una extemporánea y seudo aristocracia, sin pergaminos, ni títulos de nobleza de hombres enriquecidos al amparo del porfirismo y una autocracia, forjada por el nepotismo del general Cañedo, que colocaba —según Buelna— en los puestos públicos a sus «compadres» y parientes por consanguinidad.

Cañedo había establecido en Sinaloa un gobierno patriarcal, afirman sus contemporáneos, que no obstante sus años no perdió nunca su prestancia varonil y buena fama entre el mujerío de su tiempo.

Las reelecciones de Cañedo fueron acumulando para el pueblo la funesta herencia de Tuxtepec: monopolio de la minería por empresas extranjeras; la formación de latifundios del porfirismo; los odios incontenibles del pueblo para los prefectos políticos; la angustiosa y trágica vida de los mineros; la miserable existencia de los siervos del campo; las inhumanas tareas a los trabajadores en las vías férreas; los privilegios económicos a un grupo de «científicos»; la inamovilidad de los servidores públicos; la intervención del comercio extranjero en los asuntos políticos; las alcabalas y los impuestos; la supresión de los derechos humanos y cívicos; el doloroso contraste de una clase alta o aristócrata y otra baja o plebeya; el fomento de una educación religiosa sin sentido popular; la falta de respeto a la vida y moral humanas; la inmoderada explotación que hicieron los Redo de la madera tintórea palo de Brasil, exportándola con sus barcos Diego, Alejandro y María Cristina; las lisonjas de la presa conservadora y, por último, el hambre que padecía el pueblo, amalgama de todas las clases sociales o gleba anónima que vino, con admirables abnegaciones y necesarias crueldades, a reconquistar su libertad.

Ante este desastre, algunos liberales sinaloenses, pidieron al presidente Díaz, al amparo del «manco de Tecoac», general Ma¬nuel González, la renovación de los hombres públicos por medios democráticos y dicen, que en apoyo de Cañedo, el general Díaz soltó la frase:

—»Conmigo subió y conmigo bajará del poder».

No esperaba el viejo dictador, que la muerte piadosa y oportuna derribara de su poderío al anciano gobernador general Francisco Cañedo, poco antes de que estallara el potente movimiento armado, que se debió a una justa reacción contra la organización de un gobierno absolutista, el feroz y obcecado militarismo, la injusticia social, el reeleccionismo político, la carencia de libertades humanas, factores determinantes en un fenómeno sociológico que gestó, con una manifestación unánime de voluntades, la primera fase de la Revolución mexicana.

Los excesos de toda rebelión son explicables: el pueblo había acumulado por años los más enconados odios a los hombres públicos y padecido estoico las crueldades del hambre y la esclavitud, por esta causa se puede afirmar que fue el pueblo el que hizo la revolución y que de ella surgieron después, por la exigencia de las circunstancias, los caudillos, hombres y héroes de su historia.

«Esta historia —como diría James Joyce— es una pesadilla de la que trato de despertar.»

 

 

Tomado del libro; SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañón, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987.

 

 

El árbol de la Paz, Plan de Tuxtepec
El Árbol de la Paz; Plan de Tuxtepec

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