La Independencia, historia de Sinaloa México

Historia de Sinaloa México

 

LA INDEPENDENCIA

 

Por: Antonio Nakayama

El tiempo comprendido de 1780 a 1810 es una de las etapas más obscuras de la historia sinaloense, toda vez que no se encuentra información sobre lo que haya ocurrido durante ella, a no ser los cambios de gobernadores de la Intendencia, o de los prelados que ocuparon el obispado de Sonora. De los primeros, el más notable fue el coronel Alejo García Conde, que tomó posesión en noviembre de 1796, gobernando hasta el año de 1813 en que pasó a gobernador de Nueva Vizcaya, y después fue promovido a la comandancia de las Provincias internas.

En el orden religioso, después de la muerte de Fray Antonio de los Reyes, le sucedieron en el obispado Fray José Granados Gálvez (1788-1794), Fray Damián Martínez de Galinzoga (1794-1795), y Fray Francisco Rousset de Jesús, O.F. M., quien tomó posesión en 1796.

Una calma absoluta reinaba en el noroeste de la Nueva España ya que las inquietudes libertarias que bullían en los hombres de la altiplanicie no habían hecho su entrada en Sinaloa y Sonora, donde por otra parte nadie se interesaba en ellas. Las enormes distancias, las pésimas comunicaciones, y la despoblación de las provincias ponían una barrera para la difusión de las ideas, y cuando sonó la hora de la rebelión contra el gobierno español, los habitantes se enteraron de los hechos por los anatemas que se lanzaron contra los libertadores.

El Br. José Joaquín Calbo en nombre del obispo Rousset que se encontraba enfermo en Imala, fue quien se encargó de fulminar los insurgentes por medio de circulares y una carta pastoral fechada el 13 de noviembre de 1818 para preservar al pueblo del contagio de la escandalosa sedición para que no dejaran entrar en suelo de Sonora y Sinaloa ese monstruo de orgullo faccioso, haciendo ver a sus feligreses cuán perniciosa y detestable era la conducta de todos aquellos que adheridos a las máximas revolucionarias, las ex tendrían pretendiendo que prevalecieran haciéndose enemigos de Dios, el Rey y la Patria.

Sin embargo, pese a la represión, en el sur de la provincia comenzaron a entrar las nuevas de los progresos del movimiento insurgente. Viajeros y comerciantes ambulantes que llegaban a Sinaloa traían también las noticias. En San Ignacio de Piaxtla fueron encarcelados dos viajantes que propalaron la especie de que los edictos de la Inquisición y las excomuniones a Hidalgo y demás caudillos eran cosas de los gachupines. En San Sebastián fue aprehendido otro viajero que había estado con los insurgentes y dijo «que éstos no combatían la fe ni con los criollos, y que lo único que deseaban era quitar la tierra a los malvados gachupines que habían fingido excomuniones contra los jefes de la insurrección», y para contrarrestar esta versión, el juez real de San Ignacio tomó declaración a un tipógrafo que había llegado de Guadalajara, el que bajo juramento protestó la legitimidad de los edictos de excomunión, y mientras que el sur de la provincia era un hervidero de noticias contradictorias, una expedición insurgente al mando del teniente coronel José María González de Hermosillo se dirigía hacia ella.

Cuando el padre Hidalgo llegó a Guadalajara, un insurgente, González de Hermosillo le habló sobre la conveniencia de insurreccionar las provincias de Sinaloa y Sonora —que parece conocía muy bien— ofreciéndose para ir personalmente a emprender la campaña, y el Padre de la Patria no tuvo ningún reparo en comisionarlo, así que acompañado del teniente don José Antonio López y asesorado por el dominico Fray Francisco de la Parra se encaminó rumbo al norte al frente de unos dos mil hombres. La noticia llenó de pavor a las familias de El Rosario, que comenzaron a refugiarse en San Sebastián y en el presidio de San Juan de Mazatlán, pero al saber que el teniente coronel Pedro de Villaescusa se dirigía a defender el Real con dos compañías de soldados presídiales de Mazatlán, regresaron con la confianza de que los insurrectos serían rechazados.

Apoyado en seiscientos soldados y seis piezas de artillería, Villaescusa se hizo fuerte en El Rosario que fue atacado por José María González de Hermosillo el 21 de diciembre a la hora de estar saliendo la gente de misa mayor. El pueblo rosarense se puso de lado de los realistas, y así se dio el caso de que bandas de muchachos combatían a los insurgentes a pedradas auxiliando a Villaescusa quien quedó con sólo cuarenta hombres ya que al acercarse los insurrectos, los «pardos» defeccionaron huyendo del lugar, mientras que por su parte, los insurgentes que tampoco las tenían todas consigo se desbandaron al iniciarse las hostilidades llegando gran número de ellos hasta Acaponeta pregonando la derrota de Hermosillo. La lucha prosiguió hasta otro día y terminó cuando la poca tropa que restaba a Villaescusa se fugó dejando solo a su jefe, quien se rindió ante el comandante de la expedición. Los muertos en esta acción de guerra fueron dos: un soldado realista y el administrador de alcabalas don Diego Pérez, a quien los indios cortaron los órganos genitales los que ataron a un cordel y pasearon por las calles.

González de Hermosillo aceptó la rendición de Villaescusa bajo la condición de que el jefe realista se comprometiera a no tomar las armas ni prestar su influjo contra las operaciones de los insurgentes y sus disposiciones, y así lo dio en libertad, lo que aprovechó el coronel español para salir de El Rosario y siguiendo su ejemplo, muchos vecinos le imitaron. El día 24 entró a la población la totalidad del ejército sin ocasionar daños a los habitantes. Los insurgentes permanecieron allí algún tiempo, aunque sin encontrar buenos alojamientos ya que la fobia de los vecinos llegó al grado de atentar contra la vida de los soldados.

El jefe de la expedición recibió el despacho de coronel el 30 de diciembre, y desde luego comenzó a hacer promociones, a despachar enviados a los pueblos y a embargar los bienes de los españoles, habiendo remitido al caudillo de la Independencia doce marcos de oro del que existía en el Real. Mientras tanto, Villaescusa había ido reclutando gente en su marcha hacia el norte, y enviando urgentes llamadas de auxilio al intendente Alejo García Conde, y en San Ignacio de Piaxtla se hizo fuerte para esperar el nuevo ataque de los insurrectos. Por su parte, González de Hermosillo tenía prisa por llegar a Cosalá; —lugar que Hidalgo le urgía tomar por las gruesas cantidades de reales y mucha plata en pasta, útil y necesaria para la manutención de las tropas y crecidos gastos del ejército, que allí había— después de pasar revista a sus hombres en Cacalotán emprendió el camino hacia el norte con cuatro mil infantes, seiscientos caballos y las seis piezas de artillería que había arrebatado a Villaescusa. Llegó al presidio de Mazatlán donde se le unieron los «pardos» que habían defeccionado en El Rosario, y después torció rumbo a San Sebastián con el objeto de sacar el mayor partido posible entre los españoles residentes en esa población, mientras Villaescusa fortificado en San Ignacio de Piaxtla esperaba los refuerzos del intendente García Conde, quien al frente de 600 hombres, en su mayoría indios ópatas, caminaba a marchas forzadas para auxiliarlo.

El 7 de febrero de 1811 se presentaron los insurgentes frente a San Ignacio, quedando separados del poblado por la corriente del Piaxtla, y en la misma fecha, García Conde llegó al pueblo de Elota distante de San Ignacio unas diez leguas. El Intendente era militar de carrera, y las tropas que traía, fogueadas en numerosas campañas en los presidios de la frontera, mientras los insurgentes eran soldados sin disciplina ni experiencia y su jefe dio muestras de gran incapacidad militar, ya que no supo organizar su plan de campaña ni atinó a tomar providencias para enterarse de la situación de los realistas, llegando su torpeza al grado de que no se dio cuenta que García Conde venía en auxilio de Villaescusa, ni de la hora en que el Intendente entró al poblado en la madrugada del día 8 de febrero.

A las ocho de la mañana de ese día González de Hermosillo se lanzó al ataque de la plaza, la que suponía estaba defendida solamente por Villaescusa, pasando el río con su gente para caer en una emboscada, ya que al llegar a las primeras casas del poblado fue sorprendido por los ópatas de García Conde quienes le infligieron una tremenda derrota obligándolo a retirarse en completa fuga, dejando el campo abandonado con quinientos muertos, heridos, bagajes, parque, archivo y los seis cañones que había conquistado en El Rosario, y el estandarte de la Virgen de Guadalupe que servía de bandera a los expedicionarios fue encontrado en la hacienda de La Labor. El P. Parra fue hecho prisionero, y a los pocos días don José Antonio López se presentó ante García Conde para solicitar el indulto. Así, en esa forma tan lastimosa terminó la expedición enviada por don Miguel Hidalgo para liberar al noroccidente.

Independientemente de la expedición de González Hermosillo, en la región de Badiraguato se fraguó un brote de rebeldía cuyo cabecilla fue un indio ópata llamado Antonio, o Apolonio García. La rebelión estaba planeada para el 6 de marzo de 1811, pero denunciados los conjurados ante el párroco de Badiraguato adelantaron el movimiento. Atravesaron el partido de Badiraguato y entraron al de Sinaloa; pasaron por Bacubirito y el día 13 del mismo mes llegaron a Charay donde encontraron un destacamento de ópatas al mando del capitán Juan José Padilla, entablándose un sangriento tiroteo en el que los realistas despedazaron a los insurrectos que huyeron a los montes dejando cincuenta muertos y unos cuantos prisioneros. Esta rebelión es sumamente interesante porque en ella no hubo blancos que la instigaran, sino indígenas de raza pura asesorados y manejados por otro indígena que por una ironía era miembro de la tribu sonorense más fiel a los españoles: fue la explosión de la protesta del indio ante los agravios seculares recibidos de los blancos durante la Colonia.

La rebelión, como sucede siempre en estos casos, dio motivo para que se ejercieran venganzas y que algunas personas sufrieran detenciones injustas, contándose entre ellas al Pbro. Juan N. Gallo, de la misión de Taraichi, y a los señores Felipe Paz, de Ures, y Antonio Arriola. Un fraile agustino llamado Fray Agustín José Chirlín y Tamariz, misionero de Banámichi, fue llevado preso a Durango por difundir propaganda favorable a la independencia, escapando de ser fusilado gracias a su amistad con García Conde. El gobierno giró disposiciones para que en los pueblos se llevasen a efecto actos de adhesión y respaldo a la monarquía, y en el Real de la Cieneguilla, Sonora, se quemó en efigie al Padre de la Patria don Miguel Hidalgo en una ceremonia a la que quiso darse el carácter de popular.

Después de estos sucesos una pesada calma se extendió sobre el noroeste de la Nueva España, y los últimos rebeldes se refugiaron en la Sierra Madre en los confines de la Nueva Vizcaya y Nueva Galicia. Los patriotas encabezados por Barradas, y los que seguían a Manuel Valdés y Agustín Ortega mantuvieron encendida la antorcha libertaria por algunos años al amparo de las abruptas serranías y las profundas cañadas. Cuando Alejo García Conde pasó a Chihuahua como Comandante de las Provincias Internas, ordenó se exterminara a aquellos grupos rebeldes, los cuales fueron sorprendidos por los oficiales José Viví y Javier Gortari. Los insurgentes solicitaron el indulto al virrey Apodaca, quien estuvo de acuerdo en concedérselo con la condición de que quedasen sujetos a seis años de Servicios Reales, lo cual rehusaron, y en vista de esto se llevó al cabo una campaña fulminante contra los rebeldes, y para 1820 la región quedó completamente pacificada.

 

El año de 1821 se encontraba en El Rosario como comandante militar el teniente coronel Fermín de Tarbés, y como cura párroco Fray Agustín José Chirlín, a quien arriba hemos mencionado, y cuando el militar tuvo conocimiento de que don Agustín de Iturbide se había sublevado en favor de la Independencia, secundó el movimiento de acuerdo con el párroco, quien se encargó de que las autoridades civiles se adhirieran al Plan de Iguala. Tarbés dictó medidas militares y administrativas preparando la defensa del territorio e invitando a las autoridades eclesiásticas y militares de la provincia para que secundaran la rebelión, pero la adhesión al Plan de Iguala, de Alejo García Conde que era Comandante General de las Provincias Internas, allanó el camino a la libertad y el 29 de septiembre de 1821, Fray Bernardo del Espíritu Santo, obispo de Sonora y último reducto de la causa realista, giró instrucciones a todos sus párrocos para que no pusieran obstáculos en los actos de la proclamación y jura de la Independencia.

 

 

La Independencia en Sinaloa
Alegoría de Independencia de México

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