La lucha por la Independencia en Sinaloa

Historia de Sinaloa México

 

LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA 

 

En la Nueva España la organización colonial presentaba profundas diferencias económicas, políticas y sociales, productos de un sistema que reflejaba estructuras ya decadentes. Dentro de la economía, los obstáculos principales eran el latifundio, las propiedades en manos muertas, las contribuciones exageradas y la prohibición de elaborar algunos productos. Por otro lado, entre los sectores más privilegiados de la sociedad novohispana se encontraba el grupo español, deseoso de seguir conservando sus derechos, y que controlaba los puestos claves dentro del ejército, la iglesia y el gobierno.

Los criollos constituían otro grupo social que era relegado de todo control de la política estando a su vez interesado en apropiarse de los altos puestos, tanto gubernamentales como eclesiásticos, y controlar la economía. Finalmente, los indígenas que conformaban la mayoría de la población, se encontraban en una situación de total miseria, desposeídos de toda garantía y victimas de constantes atropellos.

Todo esto fue acrecentando el descontento a lo largo de tres siglos de dominación. Algo tenía que suceder, y fue así como estalló la lucha en contra del poderío español.

Al historiador Antonio Nakayama se le debe uno de los pocos estudios que se han hecho sobre la revolución de Independencia en Sinaloa. En un artículo que escribió para la revista Letras de Sinaloa señala que el escenario de Sinaloa no completó hechos grandiosos de la lucha por la independencia como los que se dieron en Guanajuato con Miguel Hidalgo, o en Cuautla con José María Morelos. En Sinaloa las masas llevaron a cabo movimientos aislados y la mayoría de los habitantes permaneció fiel a los realistas.

Cuando llegó a Sinaloa la noticia del «grito de Dolores» proclamado por Miguel Hidalgo y Costilla, el obispo de Sonora, fray Francisco Rousset, trato de evitar que el «fuego encendido por Hidalgo se propagara en el obispado». Con este objeto envió a los sacerdotes dos cartas circulares y un edicto, y al pueblo le dirigió una carta pastoral donde les indicaba «se preservaran del contagio de la escandalosa sedición que tanto cuerpo ha tornado en esta Nueva España, subvertido el orden y sosiego público». Recomendaba que no se permitiera la entrada a Hidalgo, ese «monstruo de orgullo» en el obispado de Sonora.

El obispo Rousset hacía ver a sus feligreses «cuan perniciosa y detestable es la conducta de todos aquellos que adheridos a las máximas revolucionarias, las extienden pretendiendo que prevalezcan aquellas, haciéndose enemigos de dios, el rey y la patria».

Nakayama agrega que «pese a la propaganda que el clero, los españoles y los criollos hacían contra las ideas de la libertad, los habitantes, especialmente los de la región sur de Sinaloa, comenzaron a sentir el vientecillo de las nuevas ideas, pues la proximidad de la Nueva Galicia, hacía que en esa parte del noroeste se sintiera más el influjo de ellas».

Esto se debía a que algunos viajeros y comerciantes, procedentes de Tepic y Guadalajara, iban a tierras sinaloenses llevando noticias de la lucha por la independencia. Así llegaron a Sinaloa los informes de una expedición insurgente comandada por el teniente coronel José María González Hermosillo, que en Guadalajara, en 1810, había recibido instrucciones de Hidalgo para impulsar la revolución en Sonora y Sinaloa.

González Hermosillo, originario de Los Altos de Jalisco, acompañado del teniente José Antonio López, asesorado por el dominico fray Francisco de la Parra, y con unos cuantos compañeros, partió de Guadalajara, cruzó Nayarit con éxito y entró en el territorio de Sinaloa con unos dos mil hombres que había reclutado en su camino para enfrentarse con los seiscientos soldados y las seis piezas de artillería que tenía el coronel realista Pedro de Villaescusa en el real del Rosario.

Después de dos días de lucha, Villaescusa se rindió a Hermosillo, quien empezó a despachar enviados a los pueblos y a embargar los bienes de los españoles. También remitió a Hidalgo 12 marcos de oro del real del Rosario.

Una vez en libertad, Villaescusa comenzó a reclutar gente y envió urgentes llamadas de auxilio al mariscal Alejo García Conde, que gobernaba la provincia desde Arizpe.

Con sus tropas, González Hermosillo se dirigió al norte, llegó a Mazatlán y después siguió para San Sebastián (ahora Concordia), resultando vencedor en ambas poblaciones. Continúo hata San Ignacio Piaxtia, a donde llegó el 7 de febrero de 1811. Al día siguiente sus tropas sufrieron una terrible derrota a manos de los soldados de Villaescusa y sus refuerzos un ejército de ópatas —grupo indígena de la parte central de Sonora— al mando de García Conde.

El historiador sinaloense Antonio Nakayama observa que la derrota de González Hermosillo no terminó con la lucha libertaria en Sinaloa. Un mes después, en los pueblos indígenas de la región de Badiraguato, comenzó a fraguarse un movimiento de rebelión encabezado por Antonio o Apolonio García, un indio ópata.

De Badiraguato salieron unos trescientos alzados, atravesaron las serranías de esta región y entraron a Bacubirito, dedicándose a saquear los comercios de dos españoles. Después siguieron rumbo al puesto del Agua Caliente, Ocoroni y la Tasajera y llegaron al pueblo de Charay donde entablaron una batalla contra la gente del capitán Juan José Padilla y fueron ahí derrotados. Con esta acción de guerra terminó el primer ciclo de la lucha por la Independencia en Sinaloa.

 

 

Tomado del libro: SINALOA, tierra fértil entre la costa y la sierra, Monografía Estatal, SEP, México, 1982.

 

 

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