La restauración de la República, historia de Sinaloa México

Historia de Sinaloa México

 

LA RESTAURACIÓN DE LA REPÚBLICA

 

Por: Antonio Nakayama

 

Sinaloa volvió a la normalidad al terminar la invasión extranjera. Como hemos visto, las actividades de los franceses se constriñeron a la zona sur, y en la norte la tranquilidad renació al ser aplastados los brotes imperialistas y las rebeliones de los indios de los ríos Fuerte y Sinaloa. Quienes menos sufrieron fueron los habitantes de la región comprendida desde el río Piaxtla hasta Mocorito, pues de no haber sido por el estado de guerra se hubiera dicho que continuaban en su vida habitual. Pronto se olvidaron los horrores de la contienda; se siguió juicio a los que colaboraron con los invasores, pero en realidad solamente sufrieron las molestias consiguientes, pues no se les castigó como su conducta lo ameritaba. El gobierno se dispuso a tomar algunas medidas en beneficio del pueblo, como la de amortizar la moneda de cobre que había acuñado durante el tiempo de la guerra, pero es obvio que a pesar de que las rentas públicas florecieron en el primer año, su situación no era bonancible dado que el gobierno federal no liquidaba su adeudo con el estado, dado que todos los impuestos recaudados por éste se habían empleado en la defensa.

La marina de guerra extranjera reinició sus molestas exigencias, y en esta ocasión le tocó actuar a la norteamericana, ya que el comandante de la fragata Swanee tuvo la pretensión de que el general Ramón Corona reconociera como vicecónsul de su país al Dr. Benjamín Carman, quien durante el tiempo que los galos permanecieron en el puerto desempeñó ese cargo, mas como el gobierno de la República no le había otorgado el reconocimiento necesario, Coro­na se negó a la pretensión del marino y su negativa fue respaldada por el gobierno de los Estados Unidos, el que designó representante consular a otra persona.

La próxima partida de las fuerzas que habían hecho la campaña contra los franceses creó una actitud expectante en virtud de que Lozada proclamó la neutralidad del cantón de Tepic mientras durase la lucha entre republicanos e imperialistas, pero a pesar de todo, el contingente partió hacia el interior al mando del general Corona el 20 de diciembre, no sin que cuatro días antes se hubiera reprimido un motín que verificaron en Aguacaliente los soldados pertenecientes a dos de los batallones. En Acaponeta, el general en jefe expidió un decreto agregando el cantón al estado de Sinaloa, lo que como es natural no tuvo ningún efecto dado el dominio que ejercía «El Tigre de Álica», y el día 14 de enero llegaron las tropas sinaloenses a Guadalajara, donde se unieron a las de Jalisco para continuar la campaña contra los imperialistas.

 

Durante el año de 1867 la situación en Sinaloa se mantuvo en calma hasta el mes de septiembre en que el gobierno expidió la convocatoria para elección de gobernador, y vicegobernador. Se registraron cuatro candidaturas: la de Domingo Rubí, que era el gober­nador; la del general Ángel Martínez, jefe de las fuerzas federales; la del licenciado Manuel Monzón, y la del también licenciado Eustaquio Buelna, quien renunció a su cargo de juez de distrito para con­tender, y la efervescencia política subió con la llegada del general Jesús Toledo y los coroneles Jorge García Granados, Adolfo Palacio y Cleofas Salmón, que se adhirieron a la candidatura de Martínez y junto con ellos, el licenciado Ireneo Paz que había sido secretario de gobierno del general Rubí.

Las elecciones se verificaron el 13 de octubre, y en ellas no se registró mayoría absoluta para ninguno de los cuatro candidatos, pese a que los partidarios de Rubí, y del general Martínez, hicieron alarde de fuerza. La legislatura que habría de calificar la elección se reunió en Mazatlán, y uno de sus diputados presentó una proposición para que se eliminara a los generales en virtud de que estaban incapacitados legalmente por hallarse en servicio activo, y al servicio de la federación, y que se escogiera entre Monzón y Buelna para nombrar gobernador, pero al ponérsele a discusión cuatro diputa­dos se pusieron en contra, y al día siguiente los partidarios de los candidatos militares organizaron una escandalosa manifestación en contra de la legislatura.

El día 21 de diciembre el congreso declaró electo al general Rubí, quien sancionó el decreto respectiva tomando posesión como gobernador constitucional, pero el 4 de enero García Granados, Toledo, Palacio, y Paz se levantaron en armas desconociéndolo; nombraron prefecto de Culiacán al último de ellos, y en la noche de esa fecha el gobernador abandonó Mazatlán refugiándose en la región de Concordia para preparar la defensa de su régimen. Los cabecillas de la rebelión sacaron $ 72 000.00 de la Casa de Moneda de Culiacán; se dirigieron al sur del estado, y ya en Villa Unión, Jesús Toledo se puso al frente de las fuerzas sublevadas, y de allí dirigió una comunicación al congreso sugiriéndole una solución para que Rubí entregase el gobierno a Martínez. Los revoltosos marcharon para Elota, y en ese lugar, Toledo, García Granados, y Palacio firmaron el Plan de Elota en el cual justificaron su actitud. El escándalo fue en aumento obligando al gobierno federal a tomar algunas medidas, y para el efecto, el día 19 llegó a Mazatlán el general Ramón Corona para mediar entre las partes beligerantes, enviando comisionados ante Domingo Rubí proponiéndole que renunciara al puesto mientras se verificaban nuevas elecciones, a lo que el veterano soldado se negó. Por su parte, los revoltosos llenaron de denuestos a su antiguo jefe, mientras que la opinión pública lo acusaba de fermentar la rivalidad entre ambos bandos, así que ante la inutilidad de sus esfuerzos, Corona abandonó Mazatlán, pe­ro antes de marchar dio órdenes al general Martínez para que entregara la comandancia militar a Bibiano Dávalos. Ya sin el mando militar, Martínez expidió dos proclamas explicando su conducta, y la de su adversario, y después se sumó al Plan de Elota autonombrándose gobernador del estado. La guardia nacional fue dada de baja, y el coronel Félix Almada desconoció al general Dávalos uniéndose a los sublevados.

Un barco que hacía el recorrido entre San Blas y Guaymas, tuvo que detenerse en Mazatlán, y luego empezó a circular el rumor de que a bordo se encontraba don Plácido Vega, y que llegaba para sumarse a la rebelión, así que al tener noticia Dávalos de esto, envió una lancha armada hasta la nave, y el exgobernador fue aprehendido manteniéndosele preso hasta el 31 de febrero en que fue enviado a Manzanillo. Rubí cerró el puerto, y el 8 de abril, la vanguardia del Ejército de Occidente al mando del general Donato Guerra derrotó completamente a los hombres de Martínez en Villa Unión. Este huyó yendo a refugiarse en San Francisco, California, mien­tras que García Granados, Paz, Toledo, y Palacio, fueron aprehendidos en Tepic y enviados a San Luis Potosí para ser sometidos a proceso. Pocos días después llegó el general Corona con el resto de la cuarta división para fortalecer al gobierno de Domingo Rubí, y con este motivo le tocó actuar en otra de las innúmeras reclamaciones de la marina de guerra extranjera, y que fue una de las postreras que Sinaloa tuvo que soportar. Al pagador del barco de guerra in­glés Chantecler le fue recogida por los agentes aduanales de Mazatlán una cantidad de dinero que llevaba ocultamente a tiempo de embarcarse, dado que esto era un tráfico prohibido por las leyes vigentes, y esto hizo que el comandante de la nao presentara una reclamación ante el general Corona pidiéndole la devolución del dinero, a lo que el militar contesto que hiciera valer sus derechos ante la aduana, o ante la autoridad judicial, o en todo caso, ante el gobierno de la República. Pocos días después, fue al comandante al que se hizo objeto de un registro igual por haber sospechas de que pasaba dinero de contrabando en sus continuos viajes a bordo, por lo que presentó una nueva reclamación pidiendo satisfacciones pa­ra su persona y la marina británica, amenazando con el bloqueo del puerto, de no ser satisfechas, y como no satisficieran sus exigencias, declaró el bloqueo el 20 de junio, añadiendo el amago de que bombardearía la ciudad. Corona respondió a esto en la misma for­ma que a las anteriores reclamaciones, que por lo que de la Chantecler se desprendieron cuatro lanchas armada que se dirigieron a la playa, mas cuando los tripulantes vieron que se habían empleado tres piezas de artillería y doscientos soldados, viraron rumbo a la embarcación en medio de la rechifla del pueblo. El barco inglés se mantuvo a la vista de Mazatlán aparentando un bloqueo que ninguna nave respetó, y por fin desapareció el día 14 de julio.

El general Ramón Corona embarcó para Acapulco el 2 de enero de 1869 dejando bien apuntalado el gobierno de Domingo Rubí, y el 25 de febrero siguiente se fugó de la cárcel de Mazatlán el general Adolfo Palacio que se encontraba prisionero por su participación en la revuelta encabezada por Ángel Martínez. Llegó a Culiacán y con catorce hombres sorprendió a la guardia de la cárcel, y tras de apoderarse del armamento y engrosar sus filas con los presos, impuso un préstamo forzoso de cinco mil pesos, y saco cinco mil más de la Casa de Moneda. Para justificar el levantamiento se pronunció por el desconocimiento del gobierno de Rubí, proclamando el regreso de don Plácido Vega a la gubernatura cuando terminase la guerra, y mientras se efectuaba una nueva elección. Continuó su camino hacia el norte de la entidad cometiendo excesos a su paso, y mientras, el general Eulogio Parra salió de Mazatlán para combatirlo dándole alcance en la Sierra de La Soledad, Chihuahua, donde lo derrotó e hizo prisionero, fusilándolo en unión de varios oficiales.

La asamblea legislativa sancionó la Constitución reformada del estado, y con este motivo se presentó un serio problema con el Poder Ejecutivo. La carta constitutiva fue objeto de bastantes reformas por la legislatura saliente, las cuales se aprobaron por la nueva, y esto dio origen a polémicas y contradicciones, pues al gobierno no le convenía por lo que presentó algunas observaciones a fin de modificarla. Algunos diputados se opusieron a ellas y las desecharon, y la Constitución fue promulgada el 11 de enero de 1870.

Casi al mes de la entrada de este nuevo arto, se iniciaron los desórdenes y tumultos, pues el 8 de febrero una partida de cincuenta hombres tomó la población de El Rosario, y el mismo día, don Plá­cido Vega suscribió en La Concepción un plan de levantamiento adhiriéndose al proclamado por el general Trinidad García de la Cadena en contra del gobierno de Juárez. Algunas partidas de pronunciados se movieron hacia el norte y llegaron hasta las proximidades de Mazatlán, y el general Parra salió a combatirlos, pero no hubo acción de guerra pues se sometieron, y el jefe militar formó con ellos un cuerpo de seguridad pública, que a las órdenes del capitán Blas Ruiz se internó en territorio tepiqueño llegando hasta Acaponeta en persecución de los levantados, y en reciprocidad, una fuerza de auxiliares de Tepic cruzó el río de Las Cartas llegando hasta Escuinapa donde batieron a los que habían entrado a Acapo­neta, y esto dio origen a un cruce de notas entre el gobierno del cantón, y el del estado. Mientras tanto, don Plácido Vega al frente de 500 hombres atacó Escuinapa haciendo huir a la fuerza de seguridad, la cual se dirigió a El Rosario, y por su parte, Vega se dirigió a La Bayona, Tepic.

Lo más notable en esta rebelión fue la expedición despachada por Vega al puerto de Guaymas, que encomendó a Fortino Vizcaíno. Este partió para San Blas con 132 hombres a bordo del vapor Fordward, que enarbolada bandera de El Salvador; llegó al puer­to sonorense el 28 de mayo y tomó de la aduana y de las casas de comercio $ 70 000.00 en dinero y letras de cambio; $ 50 000.00 en efectos, y 5 000 rifles, saliendo de Guaymas el 30 en la noche para ir a desembarcar el botín en la costa de Tepic.

Todo el resto del año, y a medida que fue transcurriendo el de 1871, el estado se vio envuelto en una serie de escaramuzas y peleas contra los levantados y las bandas de forajidos que aprovechaban la situación para hacer de las suyas, pero todo esto no fue obstáculo para que se efectuara la campana electoral con motivo de la renovación de los poderes públicos. Contendieron en esta ocasión por la gubernatura el licenciado Eustaquio Buelna, apoyado por los partidarios del licenciado Benito Juárez, y el general Manuel Márquez de León, por el partido porfirista y en las elecciones, Buelna resultó electo por una gran mayoría de votos. Sin embargo, la limpieza del triunfo del ameritado civil no bastó para aplacar las ambiciones políticas de sus enemigos, pues a poco tiempo de la justa electoral se levantó en armas en Culiacán don Francisco Cañedo pronunciándose contra el resultado de las elecciones. El movimiento se frustró de pronto, pero a poco se le adhirió el general Eulogio Parra que se había retirado del ejército. El nuevo revoltoso inició sus actividades plagiando al diputado electo Pablo Iriarte en San Ignacio; de allí paso a Elota y desde allí exigió a un hermano de Iriarte que era prefecto de Cosalá que entregara el armamento que existía en el distrito, y un rescate de dos mil pesos. La familia envió la suma, pero Pa­rra no liberó a su rehén, pero tampoco le fueron entregadas las armas.

Ante estos sucesos, la diputación permanente acordó que si pa­ra la fecha de la instalación de la nueva legislatura se suscitaban disturbios en Mazatlán, se convocaría para un punto seguro de la entidad. Algunos otros jefes militares se pronunciaron contra la elección de Buelna, complicando la situación. Parra entró a Cosalá de donde sacó $ 7 000.00, pero Cañedo fue aprehendido en Imala, mientras tanto, el primero de ellos expidió una proclama manifestando que se había adherido al Plan de Culiacán para estorbar que los funcionarios electos tomasen posesión de sus puestos, y el 13 de septiembre en Casa Blanca, Cosalá, levantó un acta en la que nombraba gobernador provisional al general Márquez de León mientras se restablecía la paz, desconociendo a los diputados y prefectos emanados de la elección, pero no obstante esto, el 16 se instaló en Mazatlán la nueva legislatura, cuyo primer acto fue conceder una licencia al gobernador Rubí para que se pusiera al frente de las tropas que se encontraban combatiendo los revoltosos, nombrando gobernador interino al licenciado Jesús Ríos, presidente del Tribunal de Justicia.

Parra fue derrotado el 21 de septiembre por las guardias nacionales al mando de don Susano Ortiz en Higueras de Ballaca, y en Capirato depuso las armas tomando rumbo a Culiacán ofreciendo indultarse en esa ciudad, pero desapareció al llegar a Predones. Por otra parte, Cañedo fue aprehendido y condenado a muerte, pe­ro a los pocos días la legislatura le conmutó la pena.

 

Don Eustaquio Buelna tomó posesión del gobierno el 27 de sep­tiembre, pero muy pronto la paz que reinaba fue turbada por nuevas rebeliones. Los rumores de próximas revoluciones hicieron que el congreso del estado concediera al Ejecutivo facultades extraordinarias en materia de guerra y hacienda, y desde luego, el goberna­dor decretó una contribución extraordinaria para hacer frente a cualquier emergencia. La rebelión no se hizo esperar, pues el 17 de noviembre se sublevó la guarnición federal al mando del coronel José Palacio, desconociendo a don Benito Juárez como presidente de la República, y al licenciado Buelna como gobernador, de acuerdo con el movimiento del Plan de la Noria, nombrando gobernador provisional al comerciante Mateo Magaña, quien decretó franquicias de derechos para algunos artículos de comercio.

 

El gobernador Buelna permaneció oculto durante los desórdenes y salió del puerto subrepticiamente embarcándose para dirigirse al norte de la entidad. Llegó a Mocorito y desde este lugar solicitó la ayuda del gobernador de Sonora, general Ignacio Pesqueira. Mientras tanto, Magaña entregó la gubernatura a don José Pala­cio, y por su parte, el gobernador constitucional designó como sustituto a don Blas Ibarra en previsión de que pudiera ocurrir una acefalía.

 

Palacio permaneció poco tiempo en el gobierno, pues por órdenes del general Donato Guerra tuvo que entregarlo al general Ma­nuel Márquez de León, quien había sido nombrado comandante militar de las fuerzas revolucionarias en Sinaloa, Sonora, y Baja Ca­lifornia. Márquez inició la campaña con gran celeridad, avanzó hacia el norte obligando a las fuerzas gobiernistas a evacuar las plazas de Sinaloa y El Fuerte, y de este último lugar regresó al sur dejando esas poblaciones desguarnecidas. El gobernador Buelna estaba a punto de internarse en Sonora, pero ante la llegada de los primeros auxilios enviados por el general Pesqueira volvió al sur para ocupar las poblaciones evacuadas por las tropas de Márquez, que habían ido a reconcentrarse en Culiacán.

 

Donato Guerra llegó a Mazatlán, y siendo uno de los principales corifeos de la revuelta, la recepción que se le hizo fue todo un acontecimiento pues su presencia en el estado en los momentos en que Márquez de León llevaba a efecto una de las más brillantes campañas registradas durante ese movimiento, llenó las esperanzas de los partidarios de Porfirio Díaz. Sin embargo, el hecho de que el llamado gobernador iniciara su gestión imponiendo un préstamo de $ 200 000.00 fue un duchazo para las clases acomodadas y los comerciantes.

Las operaciones militares contra las fuerzas gobiernistas obligaron a Márquez a dejar el poder en manos de don Mariano Romero, a quien nombró vicegobernador, y el 4 de enero de 1872 se puso en marcha hacia Culiacán llevando algunos cuerpos del ejército, mientras que por su parte, el general Ignacio Pesqueira destacó más fuerzas sobre Sinaloa y el 16 de enero salió de Álamos para hacer la campaña. Unidas las tropas sonorense-sinaloenses, marcharon sobre la villa de Sinaloa al mando de don José Pesqueira, atacándola con gran ímpetu el día 21, pero ante la obstinada defensa de los hombres parapetados en la iglesia y en los edificios más altos tuvieron que reiterarse dejando abandonadas cuatro piezas de artillería tomando el camino a Álamos, y ya en El Fuerte, Buelna encargó el Poder Ejecutivo a don Blas Ibarra y partió para Guaymas para procurar recursos que permitieran seguir la lucha contra los rebeldes.

Con el fin de combatir a los revoltosos, el gobierno envió a Sina­loa al coronel Gregorio Saavedra, quien se embarcó en Manzanillo con 500 hombres, pero en vez de desembarcar en Agiabampo para que combinara operaciones con Pesqueira, como se le había ordenado, lo hizo en la playa de Las Cabras, próxima a Chametla, quedando embotellado entre dos zonas ocupadas por rebeldes, Márquez salió de Mazatlán para combatirlo y con unos cuantos tiros Saavedra se rindió junto con su oficialidad entregando dos piezas de artillería. Este fácil triunfo engolosinó a los revoltosos, y esto hizo que los comerciantes de Mazatlán desembarcaran las mercancías que se hallaban almacenadas a bordo de barcos que andaban dando bordadas frente al puerto, pues conocían que los jefes rebeldes tenían necesidad de dinero, y con ello obtuvieron rebajas en los derechos, reconocimiento de créditos, y algunas otras ventajas ilícitas. El gobernador Buelna, que se encontraba en Guaymas tratando de conseguir fondos para la campaña, puso también en práctica los métodos de los jefes rebeldes y se puso en contacto con casas de comercio radicadas en el puerto sinaloense para que desembar­caran sus efectos en Guaymas, prometiéndoles rebajas en los derechos aduanales, y así, de este modo, al mismo tiempo que recababa recursos, reducía las entradas de los jefes rebeldes.

Después de haber rechazado a los soldados gobiernistas en la vi­lla de Sinaloa, las fuerzas marquistas ocuparon El Fuerte, pero al saber que nuevamente se aproximaban los hombres de Buelna y Pesqueira, se retiraron hacia el sur, mas en Mocorito fueron alcanzados habiendo sufrido una fuerte derrota. El 26 de febrero llegaron a Culiacán las fuerzas gobiernistas y tras de un furioso combate tomaron la plaza haciendo prisioneros a los principales jefes.

Al tener conocimiento de los triunfos alcanzados por las tropas leales, el licenciado Buelna regresó a Sinaloa y en El Fuerte se hizo cargo del gobierno para dirigirse a Culiacán acompañando al general Ignacio Pesqueira. Este se quedó en Sinaloa donde recibió un contingente que le fue enviado de Baja California, y mientras tanto el gobernador llegó a Culiacán a la que por decreto declaró capital del estado. Márquez, quien salió de Mazatlán para combatir a Pes­queira, se reforzó con cuatrocientos hombres al mando de Eulogio Parra, y tras de nombrar gobernador .sustituto al coronel Andrés L. Tapia atacó Culiacán el 27 de marzo con una fuerza 1 400 solda­dos. La plaza estaba defendida por el propio general Pesqueira, quien tomó providencias para contener el ataque de los marquistas, el cual fue rechazado. Los rebeldes se posesionaron del panteón y de la fábrica de hilados, y durante los días 28 y 29 se registraron terribles combates. El sitio se prolongó hasta el día 6 de mayo en que Márquez desencadenó una terrible ofensiva que también fracaso, y en la noche de ese día se retiró rumbo a la sierra por haber tenido noticias de que el general Sóstenes Rocha había llegado a Mazatlán con más de dos mil soldados para sofocar la rebelión. Rocha arribó al puerto el día 5 de mayo, y el día siete siguiente de­claró el estado de sitio y nombró gobernador y comandante militar a Domingo Rubí. Al comentar lo anterior y refiriéndose al primero de esos actos, don Eustaquio dice que «por haberse terminado la guerra, ya no tenía objeto», y por lo que respecta a la designación hecha en favor de Rubí, que por medio de esto se invistió «con el poder a un jefe militar que no había tirado un balazo en la pasada lucha, siendo jefe de las armas federales en el Estado…», lo cual dio como resultado, según el mismo Buelna, que sus partidarios se desorientaran y que él callara «por una exigencia de patriotismo».

 

Una de las medidas tomadas por el general Rocha fue obligar a los comerciantes a que suscribieran obligaciones por el total de los impuestos aduanales que habían dejado de pagar durante la etapa de la revuelta, amenazándolos con llevarlos presos a Durango pues había suficientes evidencias para juzgarlos como coparticipes en la rebelión. Por otra parte, escribió al gobernador Buelna para que fuera a Mazatlán, y el mandatario accedió a ello pensando que ya en el puerto se le restablecería en el cargo, pero su sorpresa fue grande al encontrar que se había decretado el estado de sitio, y lo que fue peor, que habiendo sido comisionado Rubí para ir a batir a Márquez en la sierra de Durango, Rocha nombró gobernador y comandante militar al general Prisciliano Flores. Uno de los primeros actos de este señor fue abocarse a la última de las reclamaciones presentadas por la marina de guerra extranjera, cuando el coman­dante de la nave inglesa Scylla entregó la relativa al cobro de los derechos aduanales que había hecho el general Sóstenes Rocha a la casa Kelly y Compañía, que se contaba entre las que pagaron a las autoridades rebeldes por introducción de mercancías. La respuesta del mandatario fue que el gobierno local no tenía ningunas atribuciones para resolver esta clase de asuntos, y que el caso debería discutirse entre el gobierno de la República, y el de su majestad británica.

El gobernador Flores siguió una política un tanto tortuosa: por un lado trataba de formarse un partido con gentes ajenas a los simpatizadores de los bandos contendientes; por otro buscaba la manera de que los partidarios de la revuelta se le acercaran, y luego quiso prolongar el estado de sitio, y como resultado de todo esto, en lugar de que se terminaran las pocas gavillas de pronunciados, volvió a encenderse la guerra civil, y durante los meses de junio y julio se registraron choques armados en toda la entidad, y solamente la noticia del fallecimiento del presidente Juárez, y después, la ley de amnistía decretada por don Sebastián Lerdo de Tejada, pudieron modificar un poco la situación.

Un suceso que conmocionó a los sinaloenses fue la llegada al estado del general Porfirio Díaz, quien venía fugitivo después del fracaso de la rebelión de La Noria. Arribó a El Rosario el día 28 de julio, y de allí se dirigió a Concordia, donde el día 1° de agosto envió un manifiesto al presidente Lerdo indicándole los medios para lograr la pacificación del país; partió para Culiacán donde recibió los agasajos y la ayuda de sus partidarios, y el 26 de agosto salió de esa ciudad rumbo a Chihuahua por la ruta de la Sierra Madre.

El suceso más escandaloso derivado de la revuelta se registró el día 13 de agosto, en que el gobernador, general Prisciliano Flores fue capturado por un grupo armado cuando hacía un paseo en carruaje por el estero del Infiernillo. Las fuerzas federales iniciaron la persecución de los raptores, que se dirigieron hacia El Rosario, pero sus esfuerzos fueron inútiles, y esto hizo que tomara el mando el coronel José María Rangel, quien lo entregó a Domingo Rubí. Flores fue puesto en libertad, y el 21 de agosto reasumió sus funciones no sin que hubiera oposición de parte de Rubí, y desde luego ordenó se encarcelara al presidente del Tribunal de Justicia, licenciado Jesús Río, porque se le atribuía una carta para uno de los jefes de los rebeldes que lo plagiaron, recomendándole lo fusilara, y además se le señalaba como el consejero de Rubí para que no entregara el gobierno, pero las diferencias entre ambos jefes terminaron, y se pusieron de acuerdo para batir a los rebeldes. En esta ocasión se puso de manifiesto la gran torpeza de ambos. Los rebeldes, al mando de Doroteo López y Francisco Cañedo salieron de Culiacán para atacar el puerto de Mazatlán, de donde salió Rubí con 700 hombres rumbo a Concordia llevando órdenes de organizar una brigada destinada a combatir a los rebeldes que ya se acercaban a Elota, pero cometió un grave error, pues tras de batir a las avanzadas rebeldes en La Noria, se retiró a Concordia, y los revolucionarios que estaban en Elota se precipitaron sobre Mazatlán tomando la plaza fácilmente. Flores fue hecho prisionero cuando pretendía huir, y López se dirigió al presidente Lerdo de Tejada manifestándole que el gobierno de la República había cambiado con su ascensión a la presidencia, y que con ese motivo tanto él como sus fuerzas le otorgaban su reconocimiento. Por su parte, el presidente decretó la suspensión del estado de sitio en Sinaloa, y designó go­bernador y comandante militar al general José Cevallos, quien llegó a Mazatlán hasta el 12 de octubre. Mientras tanto, los revolucionarias se dieron a la tarea de buscar al gobernador constitucional, quien fue sacado del consulado norteamericano por órdenes de Doroteo López, «bajo palabra empeñada al mismo Cónsul y seguridades dadas al primero de que no sería molestado y aun permanecería libre en su casa», aunque el mismo Buelna manifiesta que según la voz de la calle esto se hizo «de acuerdo con el cónsul». Las protestas de libertad y seguridad en favor del gobernador resultaron una falsedad, pues fue llevado en calidad de prisionero a un cuartel, donde se le mantuvo incomunicado, y allí se le presionó pa­ra que firmara su renuncia, siendo puesto en libertad el 26 de septiembre en que un comerciante de su amistad presentó fianza para ello.

Con la llegada del general Cevallos la situación empezó a normalizarse. Francisco Cañedo, que vio las cosas un poco difíciles, le envió comisionados para manifestarle que estaba dispuesto a deponer las armas; culpaba a López del ataque al general Flores, y puso como condición que se procediera a elección de autoridades, pero Cevallos le contestó que debería rendirse incondicionalmente, y an­te esto, entregó armas y soldados. Entretanto, Buelna publicó una protesta por la presión que se había ejercido para arrancarle la re­nuncia, la que consideraba inexistente, y poco después partió para la ciudad de México con el objeto de tratar los problemas del estado con el Presidente.

La plaza de Culiacán, que estaba en poder de los revoltosos fue tomada por el general Carbó, y con los descalabros que sufrieron en otros lugares optaron por abandonar su actitud, habiendo terminado la revuelta con la rendición de don Lorenzo Torres, que depuso las armas en Culiacán.

Siguiendo la costumbre de los jefes militares que asumían la gubernatura en época de guerra, el general Cevallos no publicó el decreto que daba por terminado el estado de sitio, obligando a la diputación permanente a dirigirse al Presidente de la República pa­ra que se hiciera tal cosa, y el licenciado Lerdo de Tejada ordenó a Cevallos que la efectuara, toda vez que aquel cuerpo y el Tribunal de Justicia amenazaban con disolverse de no llevarse a efecto, por lo que no habiendo motivo para que el jefe de las armas continuara al frente del gobierno, lo entregó al presidente del Tribunal, licen­ciado Jesús Río. El 4 de diciembre se instaló la legislatura, y el día once siguiente se encargó del poder el licenciado Ángel Urrea, que era el vicegobernador.

La depreciación de la moneda de cobre de a tres centavos, que era llamada «cuartilla», provocó un motín en el puerto de Mazatlán, lo cual vino a romper la tranquilidad que empezaba a reinar en la entidad. El motín tuvo como origen el que las casas comerciales decidieran recibir dicha moneda con un descuento de 50%, lo cual nunca se había visto, puesto que lo máximo que descontaban era un diez. Como es natural, las clases pobres fueron las afectadas, pues esa moneda circulaba principalmente entre ellas, y su capacidad adquisitiva quedó reducida a la mitad. Cerca de un cuarto de millón de pesos en cuartillas quedó fuera de la circulación, pues por desconfianza nadie quería utilizarlas. El gobierno quiso obligar al comercio a recibir la moneda de cobre en su valor total, pero entonces los comerciantes impusieron a los efectos precios en plata, duplicándolos si se trataba de comprarlos con cuartillas. Por otra parte, acapararon esa moneda comprándola con un descuento de 80%, por lo que hicieron el gran negocio. La legislatura tomó otras medidas en el asunto, algunas de ellas absurdas, pero fue impotente para remediar el problema.

El año de 1873 se inició con un nuevo estado de guerra provocado por Manuel Lozada con su Plan Libertador, habiendo movilizado 2 000 hombres sobre Sinaloa, los que derrotaron al comandante Modesto Cristerna entre Rosario y Escuinapa, para después ser derrotados teniendo que retroceder a Tepic habiendo sufrido graves pérdidas, y con esto cesó la amenaza de que los lozadistas causaran mayores daños.

El gobernador Buelna, que había regresado de la ciudad de México, tomó posesión de la gubernatura el 5 de febrero del año arriba dicho, pero no pudo gobernar con tranquilidad debido a los numerosos problemas que le fueron presentados por los enemigos que tenía en la asamblea legislativa, pese a que contaba con la mayoría «porque una parte de los diputados no concurrían a cumplir con su encargo, y la oposición compuesta de diputados residentes en la capital, se hallaba de este modo prepotente».

Un nuevo alboroto se registró el 5 de junio cuando los soldados federales que estaban en Culiacán se amotinaron, pero el orden fue restablecido prontamente. Sin embargo, el licenciado Damián S. Ballesteros, que estaba complicado en el motín, huyó incorporándose a un grupo de alzados que jefaturaban Manuel y Bautista Izunza, el cual entró a Mocorito cometiendo robos y desmanes, y allí los cabecillas proclamaron un plan que estaba encaminado a destituir a Buelna, pero a mediados de julio fueron derrotados cerca de Bacubirito, y en agosto sufrieron la misma suerte en las cercanías de Santiago de los Caballeros, del municipio de Badiraguato.

Viendo que la única manera de estabilizar la situación del gobierno era cambiar la sede de los poderes a otro lugar, dado que en Mazatlán se encontraban a merced de los comerciantes extranjeros y de los jefes militares, el licenciado Buelna decidió establecer la capital en Culiacán, y tomando como pretexto visitar algunos distritos del norte, se dirigió a esa ciudad para ponerse de acuerdo con los diputados electos que habrían de constituir la nueva legislatura, y poco después que el gobernador, llegaron a Culiacán los miembros de la diputación permanente, la cual expidió la convocatoria para que el nuevo congreso se reuniera allí, habiendo quedado instalado solemnemente el 16 de septiembre, y el día 20 siguiente se declaró a Culiacán como capital del estado.

La actuación irregular del tesorero general Tomás Gómez, hizo que el gobierno lo suspendiera en sus funciones por tres meses el día 26 de septiembre, y poco después lo volvió a castigar con la mis­ma pena por la irrespetuosa contestación que dio al oficio en que se le comunicó lo anterior, por lo que el tesorero consignó al go­bernador Buelna ante el congreso local, el cual erigido en Gran Jurado absolvió de los cargos al jefe del Ejecutivo, el cual se entregó a los trabajos para la apertura del Colegio Rosales que fue inaugurado en Culiacán el 1° de marzo de 1874. Con anterioridad, el vicegobernador, licenciado Ángel Urrea, de acuerdo con las instrucciones del señor Buelna, había inaugurado en Mazatlán el Liceo Rosales, lo cual tuvo lugar el 5 de mayo de 1873, y con esto, la juventud tuvo un centro de estudios laicos donde prepararse, ya que para entonces solamente funcionaba el Seminario de Sonora, pues el Colegio Mercantil y de Minería creado por don Plácido Ve­ga, y el Ateneo Hidalgo, fundado por el general Jesús García Mo­rales, desaparecieron al terminar el dominio político del primero de estos personajes. Al fundarse el Colegio Rosales, el Liceo siguió funcionando como una dependencia de aquél durante varios años.

La legislatura local había votado un acuerdo modificando la pe­na correctiva impuesta al tesorero Tomás Gómez, y el gobernador, sintiéndose lastimado en sus atribuciones y en su dignidad, decidió presentar la renuncia de su cargo, y para el efecto solicitó a la diputación permanente que convocara a un periodo extraordinario de sesiones para que la legislatura conociera sobre la renuncia, pero la situación se resolvió favorablemente antes de que se convocara a se­siones, y ya consolidada su situación política, Buelna decidió visitar los distritos del norte de la entidad, y este acto se tradujo en dos grandes ventajas: terminar con las rencillas particulares que existían en los pueblos, y la apertura de numerosas escuelas que fueron costeadas por los vecinos.

Un nuevo problema se presentó al gobernador, ya que fue consignado ante el Congreso de la Unión por el periodista José Cayetano Valadés, a quien había encarcelado por infracciones a la ley de imprenta, pero salió airoso ya que el Gran Jurado Nacional lo absolvió por unanimidad de votos.

Buelna decidió continuar la visita a los distritos, y en esta ocasión se dirigió al sur de la entidad. La obligación de visitar a los gobernados fue letra muerta para los mandatarios sinaloenses, hasta que don Plácido Vega recorrió algunos distritos oficialmente, y don Eustaquio, consciente de sus responsabilidades, siguió su ejemplo.
En esta ocasión llegó a pueblos en los que nunca se había sentido la presencia de un gobernante, como por ejemplo Chametla, que según el decir del mismo Buelna «en más de tres siglos» no había sido «visitado por una autoridad superior, desde Hernán Cortés que arribó a sus playas». Los objetivos del gobernador, como en su visita al norte, fueron la conciliación, y la mayor difusión de la educación elemental.

La agitación política se adueñó del estado con motivo de la renovación de poderes. Como aspirantes a gobernador se presentaron los señores José Rojo y Eseverri, y el licenciado Jesús María Gaxiola, y para vicegobernador, don Antonio H. Paredes y el general Domingo Rubí, pero desgraciadamente no faltaron algunos levantamientos que alteraron la situación, aunque los revoltosos fueron dominados rápidamente por la fuerza pública. El goberna­dor Eustaquio Buelna simpatizaba con la candidatura de Rojo y Eseverri, pe­ro no queriendo que su nombre fuera involucrado dolosamente en la contienda electoral, renunció a su cargo, aceptándosele la renun­cia con fecha 11 de mayo, y en su lugar ocupó la gubernatura el vicegobernador licenciado Ángel Urrea.

La actuación de Buelna como gobernador del estado fue una de las más difíciles que se presentaron en el siglo pasado. Sin más fuerzas que su talento y su prestigio, tuvo que enfrentarse a la casta militar y a la omnipotencia de los comerciantes extranjeros. Fue un duro vía crusis para el distinguido intelectual, pero su tesón y su apego a la legalidad hicieron que su gestión rindiera un balance positivo: la hacienda pública entró en vías de arreglo; dio un gran impulso a la educación, tanto elemental como superior; los ciudadanos gozaron de garantías, y la prensa no tuvo más restricciones que las marcadas por la ley.

Con la renuncia de Buelna, la maquinaria oficial cayó en manos del elemento porfirista que sostenía la candidatura de Gaxiola, que era lerdista. La campaña electoral fue tornándose más agresiva y candente, y en la villa de Sinaloa se registró un choque que dio co­mo resultado una persona muerta y nueve heridas, lo que fue el pretexto para que se obstaculizara y persiguiera a los partidarios del señor Rojo. La maquinaria oficial puso en juego toda clase de artimañas el día de la elección, y en algunas regiones los partidarios de Rojo se abstuvieron de votar como una protesta, pero a pesar de esto, Gaxiola apenas si pudo superar los sufragios emitidos en fa­vor de aquél. El congreso hizo la declaratoria de que era goberna­dor electo, pero no la efectuó en el caso del vicegobernador toda vez que el general Rubí estaba incapacitado para ocupar el cargo.

El 27 de septiembre se hizo cargo del gobierno el licenciado Ignacio Cruz, presidente del Tribunal de Justicia, toda vez que Ga­xiola no se hallaba en Culiacán, y fue hasta el seis de octubre en que el gobernador constitucional tomó posesión, y desde luego tu­vo que hacer frente a varios levantamientos, para lo cual recibió facultades extraordinarias en los ramos de guerra y hacienda.

La muerte de don José Rojo y Eseverri, ocurrida en la villa de Sinaloa el 30 de octubre, llenó de consternación al pueblo del estado pues gozaba de gran prestigio ya que era «persona notable por su prudencia, energía y buen juicio, habiendo tenido por muchos años gran parte en la política del Estado, sin desempeñar empleo alguno». La voz popular atribuyó su deceso a envenenamiento, y a su desaparición fue muy sentida. Había nacido en Culiacán el año de 18(?) de una de las familias más distinguidas del lugar. En 1848 fue electo vicegobernador, y al renunciar sin tomar posesión el go­bernador constitucional don José de Esquerro, fue llamado a ocupar la gubernatura, la que desempeñó corto tiempo, pues también renunció debido a las intrigas de los De la Vega, a quienes no convenía su actuación.

Susano Ortiz se había sublevado en Durango amenazando entrar a Sinaloa, y pronto una partida de alzados que salió de Mazatlán, pretendió reunírsele, pero fue derrotada cerca de Imala. Se registraron nuevos alzamientos, entre ellos el de los indios de Ajoya capitaneados por Feliciano Roque, y el 27 de junio de 1876, Donato Guerra se pronunció en Tepic por el Plan de Tuxtepec internándose en el estado. El día 29 se posesionó de Concordia, pero fue derrotado por el coronel Modesto Cristerna, por lo que se vio obligado a replegarse hacia El Verde. El 11 de julio tuvo lugar en Culiacán el pronunciamiento de Francisco Cañedo, siendo secundado en los distritos del norte. El gobernador Gaxiola fue hecho prisionero, y después se le libertó partiendo hacia Mazatlán donde embarcó con destino a la ciudad de México. La actuación de este señor fue desastrosa, pues parece que sus facultades mentales se encontraban perturbadas.

El general Francisco Arce, comandante militar del estado, declaró a la entidad en estado de sitio el 20 de julio, y se hizo cargo del gobierno. Mientras tanto, Donato Guerra llegó a Culiacán al frente de doscientos infantes y 50 jinetes, y poco después partió de Mazatlán para combatirlo el coronel Modesto Cristerna, a quien se le incorporó el teniente coronel Bernardo Reyes con un cuerpo de caballería. Esto hizo que acompañado de Francisco Cañedo, Guerra dejara Culiacán dirigiéndose hacia el norte. En La Morita se dividieron: el segundo tomó rumbo a Chihuahua por el camino de Badiraguato, y Cañedo hacia los distritos del norte, comprometiéndose a no iniciar la marcha hasta no haber entretenido a los hombres de Cristerna, pero faltó a su palabra y enfiló hacia el norte dejando el paso franco al enemigo. El coronel Cristerna ocupó Culiacán y de allí se dirigió a Badiraguato, habiéndolo ocupado un día después de que Guerra lo había abandonado, pero las fuerzas al mando de Bernardo Reyes alcanzaron al jefe rebelde en Tameapa propinándole una derrota, y después de esto, Cristerna se devolvió al sur sin dar mucha importancia a los levantados de los distritos norteños. Por su parte, Cañedo se refugió en San José de Gracia, y al ver que la causa de la rebelión estaba perdida disolvió a su fuerza manifestando que se reservaba para una oportunidad mejor. El rebelde Andrés Tapia hizo cosa igual, pues todo hacia ver que el movimiento tuxtepecano había fracasado en Sinaloa, idea que se robusteció al saberse que el general Donato Guerra había sido asesinado en las cercanías de Chihuahua, y con los reveses sufridos por otros levantados.

Lo favorable que se mostraba el curso de los acontecimientos para el gobierno, aumentó la ambición del general Arce, quien después de un choque con la diputación permanente, a la que no quiso reconocer autoridad, y en su deseo de centralizar el poder político, ordenó a fuerzas armadas que llevasen a Mazatlán los archivos del congreso y del poder ejecutivo, cambiando de esta suerte la capital a la ciudad porteña sin que la diputación obrara en forma digna an­te ese atentado a su soberanía, y así en esa forma Arce resumió en su persona la totalidad del gobierno. Mientras tanto, los grupos de pronunciados continuaban cosechando reveses, pero el 25 de noviembre se sublevó en Culiacán el teniente coronel Jesús Ramírez Terrón, que era el prefecto y comandante militar. Su bandera fue el Plan de Tuxtepec; el desconocimiento del presidente Lerdo de Tejada, y el reconocimiento de Porfirio Díaz como jefe del poder ejecutivo de la nación, así que inmediatamente se le adhirieron algunos de los cabecillas rebeldes, y en Cosalá lo secundó el prefecto y comandante de las armas coronel Cleofás Salmon.

El día 9 de diciembre, el general Arce expidió una proclama declarando que en la pugna entre Porfirio Díaz y don José María Iglesias, reconocería al que la nación escogiese, pero el día 15 siguiente se pronunció junto con la guarnición de Mazatlán reconociendo co­mo presidente al segundo de ellos. Por su parte, el teniente coronel Ramírez, que había iniciado el avance sobre el puerto, rechazó en la Noria a la fuerza al mando de Bernardo Reyes, pero en lugar de marchar sobre aquella ciudad, continuó la marcha rumbo a El Rosario, y el día 20 reconoció abiertamente como presidente de la República al general Díaz.

El coronel Cristerna salió de El Rosario con un poderoso cuerpo de ejército con el objeto de atacar a Ramírez Terrón, pero antes de que las dos fuerzas se encontraran, ambos jefes llegaron a un acuerdo y firmaron un convenio por el que se comprometieron a esperar el resultado de la lucha política que se desarrollaba en el interior del país; a que Ramírez ocuparía el poblado de Cacalotán, y que las tropas gobiernistas se acantonarían en El Rosario. El 27 de diciembre el jefe rebelde comunicó a Cristerna que salía de Ca­calotán para dirigirse rumbo a Concordia y Tepuxta por la necesidad que había de pasturas, por lo que el jefe gobiernista decidió seguirlo por el camino de Villa Unión manteniéndose vigilante en previsión de cualquier movimiento de su adversario.

El temor que abrigaba el general Arce de perder su posición con el triunfo del partido porfirista, lo hizo romper el convenio, ordenó al coronel Cristerna que atacara a Ramírez, quien al frente de sus tropas continuaba su marcha hacia el norte, habiendo llegado a Co­salá el día 4 de enero de 1877, pero sabiendo que los gobiernistas iban trás él, la desocupó el mismo día, y los gobiernistas la ocuparon al día siguiente, y Cristerna tomó las providencias necesarias para la defensa, pero Ramírez lo sorprendió, pues dejando prevenida a la infantería, en un alarde suicida y con vertiginosidad relampagueante atacó solamente con la caballería entrando hasta el centro de la población. El choque fue tremendo a pesar de haber durado únicamente quince minutos. La furia de la carga de los re­beldes fue tal que dejaron enemigos a la retaguardia, y en el desconcierto del ataque, una parte de la caballería que estaba al mando de Manuel Inzunza creyó que se había abatido el desastre sobre Ramírez y huyó a Culiacán. En el breve lapso que duró el combate hubo más de sesenta muertos, en su mayor parte de los defensores, siendo uno de ellos el propio Cristerna. Ramírez y sus hombres se abrieron paso entre el enemigo regresando a sus posiciones, y las fuerzas del gobierno, desconcertadas por el furioso ataque y la muerte de su jefe, abandonaron la villa y tomaron rumbo a Mazatlán llevándose el cadáver del infortunado valiente militar. En Culiacán, la falsa especie de que los rebeldes habían sido derrotados llenó de pánico a Francisco Cañedo y sus partidarios y decidieron cambiarse al partido de Lerdo de Tejada, pero al llegar la rectificación del informe, desistieron de su actitud y Manuel Inzun­za fue a incorporarse con Ramírez.

Al conocer la noticia del descalabro de Cosalá, el general Arce designó a Domingo Rubí para que se hiciera cargo de la fuerza derrotada, pero fue desconocido por la tropa al presentarse en Elota, quedando con mando el comandante Troncoso, segundo en jefe de Cristerna, que inmediatamente se puso en comunicación con Ramírez, y el pueblo de Piaxtla se adhirió al Plan de Tuxtepec. Troncoso entró a Mazatlán el día 15 de enero, y desde luego procedió a la aprehensión del general Arce quien fue enviado a la ciudad de México, y en ese mismo día, Ramírez Terrón se hizo cargo del gobier­no del estado y de la comandancia militar.

En el mes de marzo volvió la capital a Culiacán, donde con fecha 12 se expidió la convocatoria para la elección de poderes. En un principio Ramírez Terrón pensó presentarse como candidato a gobernador, pero hallándose incapacitado constitucionalmente, apoyó la candidatura de don Andrés L. Tapia, quien llevó como contrario a Francisco Cañedo, y en las elecciones, el triunfo fue pa­ra este último por una gran mayoría de votos.

 

 

Alegoría de la República Mexicana
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