La Villa de El Fuerte, Sinaloa, México

Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

 

LA VILLA DE EL FUERTE

 

Por: Antonio Nakayama

Silenciosa y triste, añorando sus pasados días de grandeza, se tiende la Villa del Fuerte en las márgenes del rumoroso y cristalino río que con su savia generosa tiñe con todos los tonos de la escala cromática del verde la feracísima región que se comprende en un valle de milagro.

Sus calles, sus casonas de rosada cantera patinada por los años, su atmósfera, resuman historia. Toda la primorosa Villa es una reliquia viviente de la vida sinaloense. Su origen, su misión en la vida de otros tiempos, nos hablan de los esfuerzos colonizadores, de las luchas en el Sinaloa independiente. El tesón de sus hijos.

 

Francisco de Ibarra, el garrido mozo vizcaíno que consolidara la conquista de estas tierras, funda en el actual emplazamiento de la Villa, el Fuerte de San Juan Bautista de Carapoa, -Carapoa la Vieja- punto perdido en la inmensidad de las tribus belicosas que con su hostilidad lograron destruirlo, obligando a sus pobladores a abandonarlo.

 

Años más tarde un Virrey construye el Fuerte de Montes Claros que ha de servir de base a las nuevas conquistas que acometen los indómitos hidalgos españoles en su marcha hacia el norte, y es baluarte decisivo para la consolidación de lo ya conquistado.

Su parroquia, construida con la prócer cantera, sobria, sencilla, magüer su pobreza actual supo de riquezas, de eclesiásticos de nombradía, de celebración de faustos de gloria. Su antiestética torrecilla nos habla de los esfuerzos y la querella de los hombres que la construyeron: prominente y rico vecino el uno, cura de la parroquia el otro; éste encaprichado en fabricar la torre al igual que la de la iglesia de San Miguel de Culiacán que era todo un monumento de fealdad y de mal gusto; terco el otro en su deseo de hacerla hermosa y sencilla como el templo. Y chocaron los puntos de vista y se hizo pedazos la unión que llevara a cabo la obra. La muerte, que todo lo acaba, terminó con la vida de los hombres que nunca más reconciliaron dejando la iglesia trunca, sin la torre que causara la enemistad. No sospechaban que pasados muchos años otro cura la edificaría con tan poca pizca de buen gusto que, de vivir, se hubieran reconciliado para impedir el atentado que coronase el templo de una torre de tal fealdad

En la quietud de las noches se nos antoja que por las historiadas calles vagan las figuras macilentas y demacradas de Antonio Ruiz, alcalde mayor de Carapoa la Vieja, y sus ocho compañeros que acosados por los aborígenes huyen en derrota a refugiarse en San Felipe de Santiago de Sinaloa; la figura magrada y venerable del P. Andrés Pérez de Ribas, apostólico e incansable padre de la historia del Noroeste; o la corpulenta, cansada y eternamente llena de somnolencia del licenciado don Francisco de Orrantia, abogado de la Real Audiencia y cura propio de la Villa de El Fuerte, que con su gran sombrero de paja y envuelto en su manto se dirige a la parroquia; o tal vez la alborotadora y pintoresca de don Plácido Vega, republicano imperialista, lozadista o las de gobernadores y funcionarios de Sinaloa, que pasearon sus inquietudes gubernativas por la villa cuando era capital del estado.

Pero todo esto pertenece a la sombra del pasado. Hoy la orgullosa villa sólo añora sus pretéritas grandezas, esperando días mejores que sus hijos tesoneramente están labrando.

En Viernes Santo, y por las callejuelas empedradas en que los mozos españoles de brillantes jubones y temibles tizonas espiaban la mirada lánguida de la rica-fembra, que deslumbrante de raso y pedrería pasaba en su litera, caminando ¡-orgullo de la vieja Villa-! bandadas de gráciles mujeres que, cimbrantes y hermosas, se dirigen a su viejo templo a recordar la dolorosa tragedia del Calvario, vestidas con su luto que no alcanza a disimular sus alegrías cascabeleras.

Y pasados los oficios litúrgicos, allá en el portalón que se nos antoja advenedizo por ser muy posterior a la época dorada de la Villa -donde las vocingleras muñecas de ojos negros y carnes morenas- que forman el presente más hermoso en contraste con el pasado de grandeza, se reúne ante las mesas cargadas de la pochísima Coca Cola y de los refrescos de naranja, de naranja más o menos sintética, comentando con sus voces cantarinas y sus risas jocundas lo que puede comentarse en la reducida vida social de su pueblito, no podemos menos que admirar la apacible hermosura de una juncal enlutada que pasea con su garbo y su donaire un apellido de prosapia tan antigua como su pueblo, como su pueblo mismo.

Y en la hora del crepúsculo, que diluye sus oros y sus rosas en el espejo de plata del rumoroso Río del Fuerte, desde el Paseo de Montes Claros donde otrora el marqués de este nombre irguiera el fuerte a cuya vera se alzara la noble Villa, se contempla esta en toda su extensión recostada en el anchuroso valle; la pequeña parroquia con la antiestética aguja de la torre… sus callejuelas empedradas llenas de recuerdos, sus casonas de cantería; el pasado edificio porfiriano donde se asientan las autoridades locales… y, a lo lejos, adivinándose a través de la espesura que lo cubre, el sitio donde estuvo el primer fuerte de Montes Claros. De pronto, e instintivamente, volvemos la mirada a nuestras espaldas esperando encontrar la figura patizamba de Diego Martínez de Hurdaide, el gran capitán conquistador de zuaques y tehuecos, y de yaquis, de mayos, airado por haber turbado su vagar por aquel sitio donde estuvo enclavado su fuerte de Montes Claros, donde resistió las embestidas de una raza que se iba y desde donde se lanzó a la conquista de nuevos territorios… de su fuerte de Montes Claros que diera origen a esta primorosa villa que junto a su pasado de grandeza ostenta el presente de la hermosura de sus mujeres, ¡so! Hecho carne morena que fulge cual blasón preclaro en el escudo de armas de su vida prócer, señorial y tranquila.

Tomado de: Letras de Sinaloa, No. 15, diciembre 1949.

 

Villa de El Fuerte en Sinaloa, México
La Villa de El Fuerte, Sinaloa, México

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