Lola Beltrán, gente de Sinaloa

 

Personajes de Sinaloa

 

Lola Beltrán

Una sinaloense señora de la canción en México

Por  Carlos Rojas Hubbard

 

El Presbítero don Diódoro Otero hundió el cuenco sagrado en forma de concha, en la pila bautismal de cantera rosa y sacándolo lleno de agua bendita band la crisma de la recién nacida bautizándola con el nombre de María Lucila, hija de Pedro Beltrán y su esposa María Ruiz de Beltrán.

En el fondo del templo, el áureo retablo de caprichosas modalidades de estilos barroco, grecorromano y Churrigueresco, maravilla de ebanistería, lucia la ejecución exquisita de sus combinaciones platerescas.

Ángeles y querubines; adornos de guirnaldas, ofrendas, festones, conchas, volutas, flores y rocallas, bajan como cascada de orfebrería desde el luneto en que remata el retablo, circundando nichos, tronos, frisos y policromos camafeos; estilizadas pilastras, cornucopias, capiteles, chapetones estriados, ricos relieves de figuras platerescas y festones de encaje. Pedestales ornamentados con notables realizaciones de los artistas del tallado del siglo XVII y marcos de molduras fantásticas de concepción exquisita. Todo, en una realización milagrosa de platerescos motivos mudéjares, follajes y exquisitas sucesiones de frondas.

Esta objetiva cátedra de sensibilidad artística que ofrecía el tres veces centenario Real de Minas de Nuestra Señora del Rosario con sus monumentos coloniales, su prosapia, la poesía de sus bardos, la Inspiración de sus músicos ¿Habrían de influir permanentemente en la vida de aquella niñita y en sus actitudes, para hacer de ella la figura señera, respetada y admirada, del mundo fabuloso del arte nacional?

Porque en ese mismo bautisterio, en que la futura Lola recibiera las aguas lustrales, fueron bautizados también Pablo Villavicencio, «El Payo del Rosario», apóstol del federalismo; el sargento Teófilo Noris, defensor con los Niños Héroes del Castillo de Chapultepec; los poetas Enrique Pérez Arce y Gilberto Owen; los inspirados músicos Severiano Moreno y Braulio Pinada. Manolita Arreola; Pedro y Ángel Infante…

Ahí, bajo el bellísimo arco de medio punto del coro, tocó su violón mil veces Delfino Infante con la Orquesta Borrego y en ese mismo templo, consagrado en 1731 por el Obispo de Durango don Benito Crespo, se juraron amor eterno el propio Delfino y Cuquita Cruz, padres de Pedro el inolvidable.

El Rosario de entonces, tenía más calles subterráneas que en la superficie. Mineral fundado el 3 de agosto de 1655, era señorial y rico. La leyenda de su fundación, originada en la rotura de un rosario que llevaba al cuello el caporal Bonifacio Rojas y que al recogerlo encontró los tejos de plata, era fabulosa y bella.

 

LOLA COMPETIA CON LOS PAJAROS

Sus bocas de mina «El Iguanero», «Zacatecas», «Tiro Real» y «Tiro de San Antonio», engullían diariamente a seiscientos mineros y precisamente frente a este último «Tiro de San Antonio», nació la eximia cantante Lola Beltrán.

Su padre, don Pedro Beltrán, tenía a su cargo la Oficina del Registro Civil y Juzgado Menor. María su esposa, una bella mujer blanca y garbosa compartía la dirección del hogar con la Tía Cristina, dulce, buena y diligente, vigilante constante de su consentida Lucila. A gritos trataba de convencerla para que se bajara de las cumbres de los tamarindos, los ciruelos, los guamúchiles o los tabachines, en donde la pequeña futura Lola la grande competía con los pájaros, cantando en grito pleno y cancionero, mientras ellos se acostumbraban a tenerla por compañera en las alturas.

Y allá cantaban con ella. Y la voz de la pequeña rodaba en el espacio hasta los barrios del Indio, El Criprés, La Palmera, La Hidalgo y La Cazadera, como dulce presagio de un inefable advenimiento; como primario anticipo de una prodigiosa metamorfosis.

Lola Beltrán, se insinuaba ya con corazón de viento; con palpitar de nubes y con garganta de ave.

1949. Canta en todas partes. En la Sociedad Hidalgo. le pide al maestro Miguel Prado que le acompañe «Tu Solo Tú». en un baile que se hizo en El Rosario el autor de «Duerme» y en el que estreno «Ofrenda».

1950. Las alas toman fuerza, mientras se estrecha et ambiente provinciano. Este 10 de Mayo, El Rosario oyó y vió por última vez a Lucila Beltrán Ruiz. Ya no volvería a escucharla sino como Lola Beltrán. Cantó en el festival a las Madres antes de partir a México y lloró tierna, dulcemente, porque dejar al Rosario era dejar su vida, pero había algo que la impelía más allá, mas arriba siempre; a la superación, a la perfección.

En México, llamó a la puerta de X.E.W. ¿No buscaba pues, lo mejor? Y apenas le mostraron ahí una rendija, se coló por ahí como secretaria. Su preparación en esa actividad era excelente. Las Madres Carmelitas fueron sus madrinas y protectoras en el Colegio Colón, allá en Rosario.

Pero aquí esta una carta que nos escribiera el 17 de agosto de 1950, apenas escasos tres meses de haber llegado a la capital. Este es uno de sus párrafos: «Tocante a mi persona te diré: Yo estoy trabajando en estas oficinas de W, en el departamento artístico; no me canso de darle gracias a Dios por tantos milagros que me ha concedido. Ayer trabajé en el Cine Arcadia, lue en la noche. Yo canto los domingos y tengo grabados en R.C.A. Victor «Pobre Corazón» y “Canción Mexicana», luego que salgan al mercado te los mando…. Me saludas por favor a mi tía Cristina y a los muchachos, lo mismo a mi mamacita….»

Y luego de su triunfo contundente y definitivo con «Cuando el Destino», los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente para quien había sido primero «La Rancherita del Rosario», luego «La Perla de Sinaloa» y ahora era ya, firme y gallarda, Lola Beltrán, la reina de la Canción Folklórica.

Un increíble ascenso; un turbulento conquistar de logros que no la pudieron marear pero que tampoco hubo quien los discutiera porque eran lógicos y reales; arrancados con férrea decisión y por lo tanto, merecidos y legítimos.

La gloria y la fama, eran ya esclavos sumisos de Lola Beltrán.

El 9 de mayo de 1974, el pueblo rosarense rindió a Lola el homenaje que le debía. 25,000 almas la esperaron a pie firme durante cinco horas, para regar su paso de flores, aclamarla y tributarle la ovación mas enternecedora y espontánea que se haya tributado a artista alguno.

Un escenario natural, teniendo como fondo el viejo templo y al frente las bocas de minas convertidas en azules lagunas, dió al acto singular majestuosidad y especial atractivo. Ahí desfilaron famosos compositores y cantantes, como don Manuel Esperón, Tomas Méndez Cordero, Enrique Sánchez Alonso «Negrumo», Ferrusquilla y Nina Tolentino, Fernando Gascón y otros muchos elementos artísticos, que quisieron rendir homenaje de compañerismo y amistad a Lola la grande.

Ella, se superó esa noche. Cantó y cantó como nunca, mientras miles de gargantas gritaban su nombre. Los gobiernos del Estado y del Municipio le otorgaron sendos pergaminos y la declararon hija distinguida de Sinaloa. Su barrio, el del Tiro de San Antonio, engalanó las fachadas de sus casas y los niños invadieron todo el día la casa de Lola, para llevarle una flor en sus manitas trigueñas y con sus desnudos piececitos, y recibir a cambio un beso, un cariño, una palmada, una sonrisa de su ídolo, con la emoción de saberla suya, de no haberla perdido nunca, ya que seguía siendo siempre tan entrañablemente sencilla, tan ardientemente leal.

Los rosarenses tienen la convicción de que Lola Beltrán es la prolongación de las glorias del viejo ex Real de Minas.

Que Lola Beltrán les trajo nuevamente los perdidos yacimientos de oro y plata que dieran fama a su tierra.

Que Lola Beltrán, figura impoluta, prístina, vigorosa y altiva, pero dulce y querendona, es una cuenta diamantina en el evocador Rosario de su leyenda y tradición.

 

Tomado de; Presagio, Revista de Sinaloa; número 1, páginas 12-13.

 

 

Lola Beltrán
Lola Beltrán, Lola La Grande

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *