Los caballos que corrieron, corridos sinaloenses

Corridos sinaloenses

LOS CABALLOS QUE CORRIERON

 

Por: Antonio Nakayama

 

El sol de junio caía como plomo sobre el pequeño valle. Los cantiles de «El Picacho» y «El Mueludo», se destacaban rojizos a la cruda claridad de la luz meridiana, y la mole accidentada de la cercana sierrita de los Parra, se recortaba imponente y azul en el diáfano cobalto del cielo sinaloense.

En el amplio «taste» todo era bullicio y algarabía. Los sonidos broncos y bravíos de la tambora, desgranaban las folklóricas y desafiantes melodías de El Palo Verde, La Cuichi y El Coyote o bien la música sentida y popular de los corridos que recuerdan las gestas de Juan Carrasco, Heraclio Bernal y Martin Elenes.

 

Multitud de jinetes típicamente sinaloenses, sombreros de palma, paliacate rojo al cuello y brillante pistola en la cintura hacían piafar a las cabalgaduras, mostrando sus dotes de hombres de a caballo, rayando los pencos en el «taste» y levantando nubes de polvo. Otros, paseaban en grupos platicando a gritos, al modo popular de Sinaloa, y llevando de vez en cuando a la boca la botella de ardiente «periqueño”.

La compacta muchedumbre que se movía por la pista, se componía de hombres con amplios sombreros de palma y la inseparable pistola al cinto; de mujeres emperifolladas como para los días grandes, y de niños que jugaban, corrían y gritaban.

En una mesa, el arco iris embotellado de las «sodas» al tiempo, que disfrazaban bajo su multicolor aspecto la unidad de su sabor.

Un chicuelo pasa cargando un enorme canasto, que muestra entre la albura del mantel el color moreno de unas hogazas, y su voz chillona de muchacho va anunciando: ¡Semitas de trigo!

Risas, pláticas, juramentos, tintinear de espuelas y el rítmico trotar de los caballos.

En la atmósfera se cierne un vaho de polvos y perfumes baratos, de axilas, de vino mezcal, de sudor de cabalgaduras y de hierbas del campo. A veces, el viento traía el apetitoso olor de las fritangas que en las improvisadas fondas se ofrecían a los hambrientos.

Ambiente de luz, de música, de color, el de las carreras de caballos de Sinaloa. San Benito, el pequeño poblado del municipio de Mocorito, se aprestaba a contemplar la carrera más apasionante de los últimos años. El famoso caballo alazán denominado «El Ligero», un modesto media sangre que por su rapidez era el orgullo de San Benito y de los pueblos aledaños, correría quinientos metros contra el «Rosillo», de la Sierra, caballo criollo de Milpa Vieja, que comenzaba a perfilarse como el más veloz de la Sierrita de los Parra.

Las apuestas se cruzaban por todas partes. Los habitantes de El Palmarito, El Reparo, Bacamopa, La Huerta, de los pueblos de la Sierra, y no pocos de Mocorito, se habían dado cita en San Benito, para dilucidar cuál era más bueno: si el alazán de Jesús Valenzuela o el rosillo de Vicente Gurrola; el media sangre de San Benito, o el «Chinampa» de Milpa Vieja.

Filiberto Zamorano por El Rosillo, y Eleuterio López, por El Ligero, habían formalizado la carrera, jugándose mil pesos por cada lado. En el «taste» las apuestas se cruzaban acaloradamente. «¡Cien pesos al Rosillo!», decía un fornido serrano secándose el sudor que le corría por la cara. «¡Van!», le contestaba un atezado morador de San Benito, al mismo tiempo que desanudaba el rojo paliacate donde se escuchaba el argentino sonido de los pesos 0.720, que todavía no habían sido substituidos por los mugrosos billetitos del Banco de México.

Junto a la mesa de una fonda, un partidario del rosillo lanza su grito retador: «¡aquí hay dinero pa’apostar al «rosío»!; ¿quién le entra?». La dueña de la mesa, una bien formada morena, se enfrenta al partidario del caballo de la sierra: «¡Treinta pesos al alazán y los «casamos» luego, luego». – «¿Vas a apostar, Chona?», le preguntan los curiosos que contemplan la escena. «¡Seguro!», contesta la morena agresiva y decidida. «P’a probarles a estos presumidos que la Chona Guzmán no se raja, y q’el «Ligero» puede darle al «Rosío» «las patas», «el ángel» y todo lo que quiera, ¡y le roba!»

—»¡Oy tú!», vocifera un vecino de la Sierrita, dirigiéndose a uno de los que pasan por allí. «¿No que los de Bacamopa tienen muchos tostones? Te apuesto doscientos pesos a q’el «rosío» le gana al «alazán». El interpelado detiene su paso y se planta fachendoso ante el de la Sierrita. «Mira—contesta—, el dinero ya se me acabó, pero te apuesto cuatro vacas paridas y dos bueyes a q’el «Rosío» no le sirve al «Ligero» ni p’al arranque».

Se discuten acaloradamente las posibilidades de los dos caballos. Todo el mundo apuesta: hombres, mujeres, niños. Gregorio»Goyo» Chicoy, el pequeño ladino músico, deja a un lado el pesado bajo de latón, y se trama en una apuesta de varios centenares de pesos con un partidario del rosillo. Gregorio López, cuando ya no tiene dinero propio que apostar en favor de «El Ligero», le saca en préstamo a su mujer toda la plata que lleva. Desafiante y orgullosa, Nieves Núñez, apuesta hasta la camisa y Gorgonio Rojo pasa apostando vacas y bueyes porque todo efectivo está apostado.

Las carreras sinaloenses, fiestas llenas de luz y de color son extremadamente apasionantes, y ésta, es una de las que más han exaltado los ánimos de los moradores de una vasta región. La tambora continúa lanzando sus broncas y agresivas melodías. El sol, a medida que va subiendo, quema más fuerte y el sudor hace brillar las caras de los asistentes.

De repente se oye un griterío: «Ai vienen!» Los dos caballos se dirigen al «taste», donde deberán probar cuál de ellos es mejor. Ni grandes ni chicos, son el tipo común y corriente del equipo sinaloense. Montado por un mocoso de escasos nueve años, el rosillo camina lentamente rumbo a la pista. De la rienda lo va tirando Valentín Cuevas, el pilote. El chico que lo monta, está reconocido como uno de los más temerarios corredores, y se muestra sonriente y sereno. «¡Mucho cuidado!» le gritan los partidarios del caballo. El muchacho, con son de suficiencia les contesta: «Si pierdo esta carrera, ya no vuelvo a correr caballos en mi vida».

Luego, aparece el alazán, quien en su paso nervioso descubre la cruza de sangre que lleva en las venas. Un murmullo de satisfacción corre entre sus admiradores. Su pilote es Ignacio Avilés, quien orgulloso de ser el entrenador del mejor caballo de la región va pendiente de cada paso que da. Van rodeándolo Gregorio López, Vicente Quiñones y Valentín López. Su corredor, que es otro chamaco de la misma edad que el del rosillo, va escuchando lo que le dice su padre Eleuterio López, uno de los promotores de la carrera. «¡Vamos a ganar Diablo Verde!» le dicen los fanáticos del alazán. El muchacho muestra la dentadura al reír jactanciosamente. «¡Váyanme formando el cuadro «p’a» que me jusilen si pierdo esta carrera!»

 

Toda la gente se arremolina por las orillas del «taste» especialmente hacia la parte final del camino, donde los «cabestreros» que son los que decidirán quién es el vencedor en caso de un final apretado, ya han tornado su lugar. Los dos corredores alinean los caballos en el partidero, donde ejecutan los embites de rigor. El «santiaguero», que también se encuentra en su puesto, se dirige a los muchachos para preguntarles si están listos. Estos, se encuentran tensos, como cuerdas de arco, arriba de las bestias.

—»¡Uno!», «¡Dos!», -«¡Tres!», «¡Santiago!»

Y entre un atronador ¡se vinieron!, grito que dando tumbos por el lomerío va a estrellarse en la Sierrita de los Parra, los dos caballos salen disparados como flechas, levantando nubecillas de polvo, devorando la pista entre los alaridos de los espectadores. Pronto, la superioridad del alazán se pone de manifiesto, y el rosillo se va quedando rezagado a pesar de los esfuerzos del jinete que lo quiere obligar a correr más rápido. De repente un grito de sorpresa cunde entre los concurrentes. A una distancia de doscientos metros del partidero, el alazán ha comenzado a abrirse peligrosamente tomando en dirección del lado derecho del «taste», y su corredor no puede controlarlo. Los gritos de sus partidarios se vuelven desesperados, mientras que los admiradores del caballo de la sierra se desgañitan jubilosos. El jinete del rosillo aprovecha la oportunidad para ponerlo a la delantera, mientras que el alazán se sale abiertamente de la pista. Por fin, su corredor logra dominarlo, pero el caballo de Vicente Gurrola lleva ya una gran ventaja. Y aquí se ponen de manifiesto la magnífica clase del alazán y su jinete. Obliga éste al noble animal a enfilar hacia el centro de la pista y lo lanza a toda velocidad, lo hace que materialmente se coma el «taste», recuperando el tiempo perdido, y en un tris está de alcanzar al rosillo a pesar de su ventaja, cuando este cruza la meta final entre la algarabía de sus partidarios.

Comienzan los comentarios, alegres unos y tristes los otros, mientras la gente que no sale de su sorpresa por el final de la carrera, no acierta a desbandarse por el pueblo.

Debajo de un mezquite se encuentran dos muchachos. Uno de ellos inicia el rasgueo de una guitarra, y pronto la voz del otro comienza a desgranar las primicias de su inspiración:

«El diecisiete de junio,

presente lo tengo yo,

el Rosillo de la Sierra

en San Benito corrió… »

La tristeza de los perdedores se va convirtiendo en sorpresa e indignación. Un leve rumor se va esparciendo hasta convertirse en un huracán de protestas: Eleuterio López, uno de los organizadores y padre del corredor del alazán, ha vendido la carrera! Y comienzan las averiguaciones entre los dueños de las bestias, los apostadores y la concurrencia.

El canto de los rapsodas se escucha amortiguado por la distancia:

«..Como a las once y cuarenta

se arrancan del partidero,

como a los doscientos metros

se quedó atrás El Ligero… »

Los quejosos ya han llevado su querella ante la autoridad del pueblo, y comienzan los alegatos de una y otra parte. Los ánimos están caldeados, pero afortunadamente las brillantes y pavorosas pistolas no entrarán en funciones. La autoridad se declara incompetente para dilucidarla cuestión, y oficialmente queda el rosillo como ganador.

Bajo el sol de plomo que incendia el pequeño valle, y la indiferencia de «El Picacho» y «El Mueludo», los caminos se van llenando del rítmico golpetear de los cascos de las cabalgaduras de los que regresan a sus pueblos.

Como un eco, la voz de los improvisados trovadores se escucha en la lejanía:

…El rosillo ya se va ya

se lo llevan p’a la sierra;

anda vete desgraciado,

vete a robar a tu tierra…

 

Después de dos horas de estrujante viaje en automóvil, por un camino de herradura, hemos llegado a San Benito. Su importancia, como la de todos los pueblos que viven de las minas, ha venido a menos. De su vieja iglesia construida por los jesuitas, sólo quedan al descubierto los cimientos. Sus habitantes viven aferrados a la tierra y dedicados a la agricultura. Ahora, sólo le queda la proverbial hermosura de sus mujeres. ¡Dios Santo!, cuanta muchacha bonita hay en este pueblo!

Pero este pequeño burgo abandonado, aparte de la belleza de sus hijas, tiene otro timbre de orgullo: es el escenario de la carrera de caballos más sonada que se haya verificado en Sinaloa en mucho tiempo. A veinticinco años de distancia, apasiona y pone a discutir a los moradores de una vasta región comprendida desde la Sierrita de los Parra hasta los pueblos de Angostura. De los cuatro puntos cardinales de México, aunque con la letra deformada, el viento arrastra la hermosa melodía del alazán y del rosillo, que naciera en este pueblito que se enclava en un minúsculo valle.

De regreso a Mocorito, llegamos a las primeras horas de la noche. Hemos venido cavilando en el hermoso corrido que compusieron sin pensar que con el tiempo lo cantaría todo un pueblo. Y pensamos también en Ángel Jacobo, autor del corrido, a quien la muerte impidió sentir la gloria de que su obra se convirtiera en un corrido nacional, y en Jesús Pérez El Paseado, superviviente de la pareja creadora, que vegeta por esos rumbos.

La voz recia de un rapsoda nocturno y la vibración de unas cuerdas de guitarra nos vuelven a la realidad.

La melodía surge límpida y sonora en la quietud de la noche:

…los caballos que corrieron no eran grandes ni eran chicos el rosillo de los pobres el alazán de los ricos…

 

 

Caballos que Corrieron

I.-

El 17 de junio

presente lo tengo yo

el rocío de la Sierra

en San Benito jugó

II.-

Los caballos que corrieron

no eran grandes ni eran chicos,

el «rosío de los pobres

y el alazán de los ricos.

III.-

Como a las once cuarenta

arrancó del partidero,

y como a las doscientas varas

se quedó atrás el ligero.

IV-

Al que corrió el alazán

le dicen el Diablo Verde,

váyanme formando el cuadro

si esta carrera se pierde.

V-

El corredor del «rosío»,

hombre de mucho valor,

si esta carrera la pierdo

me quito de corredor.

VI.-

Decía la chona Guzmán,

con su «Mesa» por un lado,

a mí lo que más me puede

son cien pesos que he apostado.

VII.-

Decía Goyo Chicoy,

yo estoy impuesto a perder,

pero lo que más me puede es

la plata de mi mujer.

VIII.-

Decía la Nieves Núñez,

como queriendo llorar,

el dinero que se juega

es «pa» perder o ganar.

IX-

Gritaban los mocoritos,

con talegas de dinero,

aquí sobran diez mil pesos

al alazán por ligero.

X.-

Gritaban los bacamopas,

basta de tanta alaraca,

se nos acabó el dinero

nos sobran bueyes y vacas.

XI.-

El «rosío» ya se va,

se lo llevan a la sierra,

anda vete desgraciado

vete a robar a tu tierra.

XII.-

Los caballos que corrieron,

no eran grandes ni eran chicos,

el rosío de los pobres

y el alazán de los ricos.

 

 

Corridos sinaloenses, loa caballos que corrieron
Los caballos que corrieron, dibujo de «Torek»

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