Los teatros de Culiacán; historia de Sinaloa

Historia de Sinaloa México

 

LOS TEATROS DE CULIACÁN

 

Por: Héctor R. Olea

 

En viaje reciente y fugaz, por la ciudad de Culiacán, vi que la piqueta demoledora del progreso tiraba los muros del vetusto Teatro Apolo, con la misma resignada melancolía de Chejov, cuando contemplo la tala de cerezos para que pasara el ferrocarril por su solar nativo, este suceso, me movió a glosar las noticias y recuerdos sobre los teatros de Culiacán y demás espectáculos, considerando que es un distintivo de los pueblos cultos, hacer memoria de los recintos magníficos donde se rendía culto a la belleza, a la gracia y al arte.

La vieja villa de San Miguel de Culiacán, guarda en sus padrones todos los nombres más ilustres de sus vecinos pudientes, protectores y amantes de las representaciones teatrales. En su origen, estas esencialmente religiosas, coros, pastorelas, nacimientos y procesiones.

Sobre este tema, con que deleite releo las andanzas del marqués de San Basilio, el pícaro de Culiacán, cuando describe las pastorelas famosas que se hacían en la casa de la familia Urrea. Se acercaban las fiestas de Navidad —he aquí una escena con aquel ambiente— y en el curato, por esos días, todo era bullicio y animación. El cura Gaxiola, para atraerse concurrencia femenina, puso altarcitos de Nochebuena, verdaderas obras maestras de pastoril miniatura. Después del rosario, que recitaba el Padre Ortiz, se servían en el comedor refrescos y pastelillos.

Otro caminante, por nuestras vastas sociedades, dice:

La ciudad de Culiacán —es añoranza de don Francisco Gómez Flores— se encuentra en materia de teatro, a la altura de la coronada villa de Madrid en el siglo de oro de las letras castellanas. En el corral del Príncipe y en el corral de la Cruz (del Perdón) pusiéronse en escena las más notables obras dramáticas de la literatura española y hasta el mismo Rey Felipe IV, que hacía coplas y comedias llevó los frutos de su ingenio al endeble tablado de aquellos teatros elementales y rudimentarios. Las funciones son de tarde. El escenario no tiene bastidores ni bambalinas, con lo dicho queda que las decoraciones están reducidas a la más mínima expresión. Un árbol significa un jardín, una tumba, un cementerio, y cuando se necesita más detalles se suplen con un letrero colocado en un telón blanco: Sevilla. Una calle. Es de noche. Por eso los poetas de este tiempo cambian con tanta facilidad de decoración, ya que sólo cambian de letrero.

Por este tiempo la población no se preocupaba por sus escenarios. Las gentes ingenuas y piadosas, se divertían ante la fastuosidad de aquellos grandes acontecimientos, que el investigador no puede olvidar, como aquella amena crónica sobre una procesión a la virgen del Rosario, al mediar el año de 1851, con el Santísimo bajo palio y los curas encapuchados recorriendo las principales calles de Culiacán.

Otras estampas coloridas de la época eran también los Te Deum, en el atrio de la iglesia se acompañaban con salvas de artillería y el aparato oficial de nuestros austeros y graves gobernantes.

El nacimiento del teatro tuvo ese ambiente pastoril, pagano y religioso. Era orgullo de nuestros bisabuelos hablar de estos teatros antiguos de Culiacán o del patio de la casa de gobierno, tal vez, donde escucharon la voz de algún cantante italiano o vieron alarmados las piernas de Concha Méndez, lucientes por las medias de seda obscuras. Era la época del cancán, baile picaresco que se importó de Francia al mediar el siglo XIX, las coplas picantes y las tonadillas en boga de las zarzuelas que dejó vigentes el Imperio.

Al hacer referencia a los teatros de Culiacán, el cronista escribe:

Shakespeare no fué más feliz que los dramaturgos españoles — disculpa el mismo Gómez Flores—, y aquellas sus admirables tragedias, tan exuberantes y lujosas, que apenas hoy se pueden exornar con la magnificencia que requieren, se estrenaron, en los sobrios patios de los sombríos castillos de los inflazones ingleses.

¡Qué mucho, pues, que Culiacán tenga un teatro que va dejando de ser corral o un corral que ya va siendo teatro? Se llama Ángela Peralta y es nombre impropio. Es casi seguro que en Europa nunca ha habido un teatro que se llame Adelita Patti. Los nombres de mujeres tienen el inconveniente de que deben de pronunciarse íntegros y no así los de hombres, de que sólo se emplea el apellido. Se levanta el telón, después de una obertura de la Orquesta y aparece la decoración de una modesta sala. El numeroso público fija su atención en el procenio y suenan los primeros rimbombantes versos del drama de Cano y Mazas: La Pasionaria. Esta pieza es una virulenta sátira contra los hipócratas y tartufos; contra los que guardan los días de fiesta y desuellan al prójimo contra los que se santiguan después de cada pillada que cometen. Parece que en Madrid es tipo bastante común, supuesto que ha necesitado la flagelación de un autor de tantas polendas como el archicelebrado don Leopoldo Cano y Mazas.

Cano es de los autores que buscan inspiración en los juzgados del crimen. La Pasionaria proviene de una injusticia de la ley en complicidad con la perversidad de unos desalmados. Cano, además, no busca el efecto dramático en la situación misma de los personajes, sino en las disertaciones que les obliga a expetar al público.

Pero no debe de olvidarse que este género de recursos es de mala ley. Otelo en una de las escenas más terribles de la tragedia de Shakespeare, no dice nada, gruñe y es la más terrible de todas: habla • poco y estrangula. Si Cano hubiera escrito la tragedia de seguro que en la escena del gruñido, hace que el moro nos endilgue unas doscientas redondillas contra el vicio y la maldad.

Los dramas de Cano son como los juegos malabares de los japoneses, de mucho aparato y visualidad, pero de muy poca sustancia; o mejor dicho, son como los maniquíes en que las modistas confeccionan los trajes que mientras tienen encima las lujosas telas simulan una apariencia de verdad, pero que despojados de ellas, queda la endeble y ridícula armazón en toda su estrafalaria desnudez.

Los públicos gustan de los dramas de Cano como gustan de las novelas de Ponzón du Terrail, Fernández y González o Pérez Escrich: como gustan de las re vistas de causas ruidosas en los periódicos y del satánico placer de la crónica escandalosa en los corrillos de malidicentes.

Los actores que sacan partido de los efectos melodramáticos o representan con frecuencia a La Pasionaria, y hacen bien, si les proporciona ocasión de lucir sus facultades artísticas.

La ciudad de Culiacán, a causa de su situación geográfica, es po¬co visitada por las compañías dramáticas, pero en su progresista sociedad hay evidentemente gran afición al teatro, como lo prueba la circunstancia que un grupo de personas distinguidas se haya propuesto dar una serie de representaciones, con un fin además filantrópico.

La primera (representación) se verificó la noche del domingo, poniéndose en escena Las Gracias de Gedeón y Levantar Muertos piececillas de figurón que hicieron reír grandemente al auditorio; y si la concurrencia no fué mayor debe atribuirse a que hubo esa noche otras diversiones en la misma ciudad y en algunos de los pueblos comarcanos.

¡Y vaya que para aficionados quedaron a las mil maravillas las nobles damas y generosos caballeros que pisaron con tan noble objeto las tablas del escenario! Los señores doctores (Ramón) Ponce de León, (Ruperto L.) Paliza y Reyes Bruceaga en sus respectivos papeles estuvieron lucidísimos; la señora de Ponce y las señoritas Jesús Armienta y Cleotilde Astorga, graciosas e inspiradas; el Licenciado Domínguez Elizalde, estupendo; Ildefonso Velasco, inimitable y el señor don Luis G. Orozco bastante feliz y atinado.

El éxito coronó sus afanes: fueron sumamente aplaudidos, y es de esperarse que lo sean más la noche de mañana que se repite: Levantar muertos y se dan La Hija Única y Para Mentir las Muje¬res haciendo su debut el joven abogado Manuel Diez Velasco.

La anterior crónica teatral de don Francisco G6mez Flores dio ocasión a una controversia, sustentada en el periódico El Correo de Occidente, porque llamó a las obras de Eusebio Blazco, comedias de figurón sosteniendo la réplica un escritor oculto en el pseudónimo de Arístides. La prensa de la época disertó sobre la mencionada discusión poniéndose como ejemplo el Principio del Fin de Zola y citándose además el testimonio del empresario teatral Arderius de París.

Otras muchas crónicas podrían formar una extensa monografía sobre el teatro en provincia; pero basta para nuestro propósito citar que por el mes de enero de 1889, la compañía lírica de Isidoro Pastor, que actuaba en Mazatlán, dió en la ciudad de Culiacán, algunas funciones bajo la dirección de un señor Alcaraz, con bastante éxito, actuó en el patio de la casa de gobierno y se debió su temporada a gestiones especiales del señor Ingeniero don Mariano Martínez de Castro.

También, en los anales de la ciudad de Culiacán se registra, con sabrosas anécdotas, la existencia del teatro Allende, situado en la calle del Refugio (hoy Hidalgo), en el lugar donde se levanta la casa particular de las estimables profesoras García Penne. Era este un solar baldío, que en el fondo tenía un foro de madera con escenografía de una calle, se acomodaban las sillas para la luneta y a la entrada tenía un graderío de tablones de madera sostenidos por viguetas. Por la parte de afuera, a la calle, una vieja tapia sobre la cual se colocaban las carteleras y en la punta de un asta se izaba un trapo rojo en señal de que iba a haber función.

La entrada, al teatro, se iluminaba con dos cachimbones de tres picos y desde temprano una banda tocaba las piezas musicales en boga. Frente al teatro se colocaban las vendimias: agua de cebada, fruta de homo, pepitorias, melcochas, turrones, semitas, coyotas, empanadas de calabaza, cochitos, puchas, polvorones o cuando menos el ruido de uña como llaman a los cacahuates. A las nueve en punto se metía la música y comenzaba la función. Las piezas seleccionadas eran zarzuelas, juguetes cómicos, pastorelas, maromas, títeres, en fin, toda esa gente pintoresca que corría la legua, por los caminos polvosos de provincia, en sus tardas y entolvadas carretas.

Estas fueron las diversiones antañonas, hasta que llegó el cinematógrafo, en el mes de febrero de 1898, la noticia curiosa dice así:

Ha estado funcionando en el teatro Apolo el cinematógrafo de Lumiere, maravilloso aparato, euyas proyecciones son trasunto fiel de escenas llenas de vida. Hemos visto desfilar ante nosotros muchos pueblos, distintas civilizaciones, tipos diversos; reproducidos con fidelidad asombrosa. EI público ha acudido entusiasta al espectáculo.

Y tres lustros después se popularizó esta luminosa función pública. Tocó a nuestra niñez, en las postrimerías de la revolución constitucionalista, ver algunas vistas de la guerra mundial número uno, en el patio de la casa de moneda (hoy mercado Vizcaíno) y en la explanada del mercado, que estaba en construcción en esa época. Todavía persiste en mi memoria aquella noche cuando fui por primera vez al cinematógrafo. Todos los asistentes íbamos llevando nuestras sillas o bancos para sentarnos a contemplar las imágenes temblorosas y, en ocasiones, tiesas que se exhibían, caminando a brincos

como los gorriones en los prados. Parece ser que se trataba de unos cazadores, en los bosques maravillosos del río Yukón y, al momento que uno de ellos apunto su rifle hacia el público grito una voz:

—;Corran que van a tirar!

Todos corrimos llenos de pavor. Los que llevábamos la delantera, no por cobardía sino por precaución, en vista de que no oímos detonación, nos paramos y regresamos al solar. El tumulto, había sido tremendo, algunos heridos se quejaban y lo más desconsolador para mi, fue, que encontré el banco, que usaba una de mis ancianas tías en la iglesia, completamente roto, hecho pedazos.

Después llegaron las películas en «serie» como La Moneda Rota, El Conde Federico, Las Calaveras del Terror, y nuestros héroes favoritos como Eddie Polo y Elmo Lincon con Beatriz Domínguez, hasta que ya bien corrido el tiempo, se importaron las películas de aventuras amorosas con las románticas Pola Negri y Bárbara Lammar.

En este mismo lugar, donde estuvo el cinematógrafo ambulante a que hago referencia, se levantó un jacalón llamado teatro Lírico, en cuyo escenario vimos: desde el mitin político de las cívicas jornadas vasconcelistas hasta las desnudeces espejeantes de la Galleguito, el Cuadro Hermanos Areu, con Beatriz Noloesca y Adelina Padilla, el Caballero Robert, Chuchu Grana, el Hombre Feliz, con Lucerito Roji, Alfonso Mateos y Tempranito, Eva y Ricardo Beltri.

Y cómo dejar de mencionar el teatro Luna, también en la calle Hidalgo, sobre el cual escribía el periodista don Benigno Valenzuela, en junio 2 de 1910, lo siguiente:

En el Teatro Luna, llamado así, seguramente porque allí los rayos de la luna iluminaban las cabezas de los espectadores, siguen las funciones de cine con entradas colosales. Y después de todas estas diversiones, cada ocho días, hay de las que llaman «bravas» porque los concurrentes se introducen por la fuerza.

Este teatro Luna después se convirtió en el Royal por cuyo palco escénico pasaron los Pichardini, las Hermanas Baby Dolly, y las mexicanísimas noches de Leopoldo Beristaín, el famoso «Cuatezón», con el movido «Charleston» de Aurora Gudiño.

Y por otra parte, al hablar de diversiones, por qué no citarlas corridas de toros, en la plaza improvisada de la Sierra Mojada con las actuaciones de los diestros: Segura, Gallito, Colorín y el popular banderillero Farfán. Y las huestes de coleta con los matadores:

Jerónimo Cruz «Baquero», y Juan Pavón «Algabañito» y los banderilleros: Manuel Cruz «Barquero Chico», Pedro Vera «Sordo de Cádiz», José Rodríguez «Gallito», y «Frasquito». Picadores:

Carlos Gómez «El Chaparrito» y Vicente Pena «El Tremendo».

Los circos también llegaban al solar de La Sierra Mojada, al llano de La Vaquita o al baldío contiguo al Estadio del Colegio Civil Rosales. Entre ellos se contaban: El Treviño, El Ortiz, El Atayde y El Modelo de don Francisco Beas, cuyas funciones terminaban con la pantomima La Acuática o Las Bodas de Santa Lucia.

Las peleas de gallos también tenían sus preferencias en los famosos palenques de la «Lluvia de Oro», situado en la callejón de los Peluqueros (Rubí) o el de la cárcel vieja, contiguo al hotel Palacio por la calle de Rosales.

Todos estos festejos de arte, de emoción, educaron la sensibilidad artística de varias generaciones, en la ciudad de Culiacán. Desgraciadamente al narrarlos, el recuerdo del solar nativo me desvía del camino recto y preciso de la historia para llevarme por los vericuetos emocionales de la reminiscencia anecdótica.

En otra ocasión, si mis amables lectores lo permiten, con gusto anotaré glosas, sobre el vetusto teatro Apolo, que bien merece, por sus luengos años de haber sido refugio de peregrinos del arte, que andaban tierras por el noroccidente, se le recuerde con el mismo merecimiento, que a los recintos magníficos donde se levantaron foros para representar las inmortales tragedias del pensamiento humano.

Ciudad de México, abril de 1950

 

Tomado del libro; SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañón, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987.

 

 

Teatro Apolo, Culiacán
Teatro Apolo, en Culiacán, Sinaloa, México

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