Mazatlán, la brillante feria de Olas Altas

Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México; sus fiestas y tradiciones

 

EL MAZATLAN QUE SE FUE, LA BRILLANTE FERIA DE OLAS ALTAS

 

 

Por: Manuel Estrada Rousseau

 

La fecha precisa se me fugó de las alforjas del recuerdo, pero no he de mentir mucho si señalo la del primero de mayo, todavía sin callejeras estridencias de La Internacional: las sociedades mutualistas se atareaban en los preparativos para su participación —acaso baile y cambio de directiva— en las festividades zaragozanas, y nosotros, los escolapios, ¿qué sabíamos de Parsons, el impresor y periodista; de Fielden, el tribuno hilandero; de Schawab, el exaltado panfletista y encuadernador; de Sing, de Neebe, de Fisher y demás protagonistas del drama de Chicago, enfrascados como estaban nuestros mentores en hacernos conocer del pe al pa las proezas guerreras y las «genialidades» administrativas del caudillo tuxtepecano?

Desde el alba, una banda de música se situaba en las cercanías del Palacio Municipal ejecutando sones alegres, en tanto que atronaban el ambiente los cohetes. A eso de las diez horas se presentaba en escena la comisión edilicia encargada de vigilar el reparto; y dada la orden de marcha por el maestro de ceremonias —cargo que solía desempeñar espontáneamente el inolvidable cronista don Adolfo O’Ryan—, la comitiva se ponía en movimiento rumbo a Olas Altas.

Atacaban los filarmónicos, a todo pulmón, la mexicanísima «Zacatecas»; se hacía más intenso el estallido de los cohetes; y los desertores escolares, encantados de la vida, reforzábamos los contingentes del desfile, sirviendo como de escolta de honor a la turbamulta en aquel movido preludio de los festejos. El primer alto se hacía en la vasta explanada de frente al Hospital Militar —sitio actualmente poblado de residencias— para que diera principio la lotificación.

Al impaciente fuego graneado de los peticionarios, respondía gritando fatigoso el «repartidor»: Fulano de Tal! ;Ocho metros! ¡Mengano de Cual! ;Seis metros! Los principales perímetros quedaban reservados para el palenque de gallos y para el volantín a vapor; para aquel primer volantín a vapor con el negro de madera que movía la cabeza, y aferrado al manubrio del flamante orquestrión, nos obsequiaba encantadoras piezas musicales: Los patinadores, La estudiantina, De Madrid a Paris…

Don Antonio Jumilla y don Zeferino Flores, ya en el ocaso de su bien ganada fama de empresarios, reclamaban asimismo regular espacio para sus anacrónicos carruseles. Comisionados de la Tesorería Municipal, atisbados a distancia por el maximilianesco don Francisco Mortero —perpetuo titular de aquella oficina—, tensionaban la cinta métrica e iban marcando en el pavimento las aristas de una original geometría. Tras ellos, un grupo de borrachines en condena correccional, temblorosos y magros, señalaban los trazos con albeante listón de cal o ceniza.

Finalizada la mensura en este sector, la charanga ejecutaba una diana y autoridades y público pasaban a la avenida del malecón para que prosiguiera el reparto, hasta que a los retumbantes plantillazos de una marcha final, se dispersaba la concurrencia. Era ya mediodía. Como en el narrativo soneto de Fausto, el sol, enviando sus rayos a plomo desde el cenit,

 

calcinaba las arenas

y enardecía la sangre de las venas.

 

Por fortuna, la Jornada para el retorno a casa era relativamente pequeña y no existía en Mazatlán el más leve problema de tránsito.

Ponían desde luego manos a la obra los locatarios y como por arte de magia comenzaban a surgir las barracas. Amplias todas. Alineadas. Airosas. Las carpas próceres de los restaurantes y neverías de la elite, lujosamente decoradas; las de las «partidas» y ruletas de poderoso «monte», y las de poca envergadura estructural pero no menos aderezadas y limpias, de la parroquia modesta.

La avenida principal del paseo se convertía en una verdadera galena de pinturas murales, logradas por tan ignorados como hábiles artistas locales, en la encalada manta de las tiendas: la escuadra yanqui destrozando a cañonazos los heroicos navíos de Cervera; combates a la bayoneta entre chinos y japoneses; el volcán de Colima en erupción…. y sobre la acera del edificio del Banco Nacional, frente al famoso casetón de madera de don Juan Zayas, precisamente al flanco siniestro de la desembocadura de la calle Constitución, se levantaba erizado de banderas nacionales el templete oficial, para que la banda de música del batallón que guarnecía la plaza diera en él diariamente sus audiciones.

Como aún no se pugnaba por una sociedad sin clases, la extrema izquierda proletaria tenía su lugar de expansión hacia la parte norte del rompeolas, en lo que hoy es el principio del paseo Claussen. Allí se instalaban, en amplios ramadones, las jugadas de sandías y los estrepitosos mariachis, sobre cuyos entarimados, auténticos charros con sus indispensables parejas de trenzas endrinas y sedeño rebozo zapateaban el jarabe ritual y los bailables rancheros de Sinaloa.

La noche del día 4, con la imprescindible asistencia de don Francisco Cañedo —gobernador y general, hombre devoto de Ve¬nus y un tanto cuanto adorador de Birján— se iniciaba el alarde.

Ofuscante iluminación. Arquerías de milagro. Pompa floral y lienzos tricolores. Y allá, en la falda del cerro de la Nevería, maravilloso desgranamiento de bengalas.

La banda militar y la del estado —venida ex profeso de Culiacán—, competían en ejecución y calidad de programas; y hasta que como final de fiesta ejecutaban los Aires Nacionales y sobre el fondo negro del cerro se apagaban —miríadas de cocuyos en fuga— los últimos chisporroteos del «castillo», emprendían la retirada las familias honestas y desaparecía el enjambre galano de las muchachas «bien». Pero ello no quiere decir que después de esa hora, Olas Altas se convirtiera en un antro satánico, teatro de orgía sin igual. Con los trasnochadores empedernidos llegaban las orquestas particulares que habrían de terminar su breve contrato en el gallo romántico, llevado de balcón en balcón por los distintos rumbos de la ciudad.

Y aunque las carpas todas se llenaban de mujeres alegres y de libertinos que habían bebido más de la cuenta, los fueros de la mo¬ral no sufrían, en honor de la más estricta verdad, superlativo quebranto. Si, a la sazón, en la tenebrosa Cueva del Diablo algún Otelo aborigen, ebrio de vino y de celos blandía el puñal vengador para dejar exánime a la responsable de sus reales o supuestas desdichas; si de vez en cuando la cálida sangre del pueblo estampaba su huella purpúrea en la normal nitidez del festejo; si la tragedia pasional o la reyerta máscula, solían reclamar allí su minuto de atención, semiempañando el ferial esplendor —acaecimientos que no eran consecuencia del jolgorio mismo—, ello sólo contaba para asentar en los anales fastuosos del puerto, el mejor testimonio de su exaltada mexicanidad.

¿Quién estableció, y en qué data, la costumbre de esos festivales sonoros, coloridos, luminosos, admirablemente fincados frente a la majestuosa hermosura del mar? ¿E1 propio general-gobernador, concurrente a sus anuales inauguraciones, o acaso su segundo, el popular don Bernardo, cacique patriarcal que mereció los honores de la recordación bondadosa en las folklóricas armonías del corrido?

Porque ¡cuántas veces, en mis vesperales incursiones por la zona mínima de Olas Altas, en las fiestas de mayo, escuché a cantadores de aguardentosa tesitura lanzar al viento salino, entre alaridos admirativos y vibrantes rasgueos de guitarras, las ingenuamente justicieras Mañanitas de don Bernardo¡

 

Adiós, cerro del Crestón,

reluciente luz del faro;

ya se murió don Bernardo,

se nos acabó el amparo.

 

Adiós plazuela de Hidalgo

con todos sus tabachines,

donde se paseaba Vázquez

rechinando sus botines.

 

Adiós barcas mercantiles,

adiós vapores de guerra,

los restos de don Bernardo

descansan ya bajo tierra.

 

Sin embargo, la evidente solidez del arraigo de estos paseos, in¬duce a pensar que nacieron al calor de la gesta de Puebla, muy an¬tes de que el régimen cañedista señoreara el estado. Así debe ser, en efecto, al menos por lo que hace a su génesis; pues ya por el año 69, para conmemorar la Batalla del 5 de Mayo, se efectuaba una feria popular, típicamente pueblerina, en el terreno en que hoy se asienta el Parque Zaragoza, y que, por aquel entonces, era un polvoso cuadrilátero que tenía por principal destino servir de campo de maniobras a los soldados federales de la guarnición y a los guardias nacionales.

Sea como sea, conviene definir su verdadero carácter; ya que semejándose a las ferias que se acostumbran en todo el país en distintas épocas del año, tenían con respecto a ella notables diferencias de fondo; la principal y primerísima de tales disparidades, radicaba en el pretexto —me escuece llamarle motivo— que las hacía subsistir; pues mientras aquéllas, invariablemente, ostentan marcados perfiles profano religiosos, querían éstas mostrar un cariz eminentemente patriótico. Los retratos de Zaragoza, de Negrete y de Porfirio Díaz —con especialidad el de Zaragoza—, ocupaban en carpas y barracones el lugar preferente.

Para los que formábamos el contingente «menudo» —y no adinerado— de concurrentes, el máximo incentivo de los renombrados paseos lo constituían las loterías de figuras con El Jorobado y don Ferruco, La Catrincita, y El Ranchero, La Calandria y El Dragón, y en las que cuatro diablos rojos de rabo descomunal, destacándose con siniestros relieves en los ángulos del negro tapete, centralizaban en forma negativa nuestras modestas esperanzas de lucro. Las gentes de la presente generación que lean esto de las loterías de figuras, imaginarían un armatoste central atestado de cacharros, loza de mesa y baratijas de toda laya; asimismo pensarán en la especie de mostrador circundante con las consabidas tablitas y los auxiliares granitos de maíz. Pero no; en aquellas loterías se obtenía solamente dinero, al cuatro por uno. Figura que asomaba en las cartas, y pago al canto que hacían los «monteros» con gran algarabía, para la atracción de más y más incautos: «¡Cuatro fierros por este lado! ¡Otros cuatro por el otro lado! ¡Que muchachos tan atinados!»

Sentábanse los dueños del negocio —genuinos representativas del grotesco charrito de a pie, caricatura de nuestro auténtico caballista—, uno frente al otro, ante los costados de la mesa. Boquiabiertos, los ojos desorbitados por la codicia, apretando con ansia febril las monedas de cobre que habrían de servirnos para probar fortuna, los apostadores tomábamos nuestro dispositivo, rodeando el tapete.

El «tallador», imprimiendo gran emotividad a sus funciones cual si se tratara de la exacta ejecución de un rito, comenzaba por revolver con desesperante parsimonia la baraja. Luego, una vez alzada ésta por uno de los presentes y previa la voz de ¡ya está alzada y barajada!, iba volteando lentamente las cartas y anunciando con agudo acento la figura:

 

Don Ferruco en la alameda

de palos me quiso dar!

 

Alza los ojos y mira

las torres de catedral!

 

El chivo es bueno pa botas

y pa’r armas de montar!

 

La cosa era en verdad divertida; mas por desgracia para la mayoría de los «puntos» —entre los que no faltaban individuos en edad no precisamente infantil—, el rojo diablito hacía su aparición a las primeras de cambio, para regocijo de aquel habilidoso par de fulleros.

* * *

Aunque la fecha señalada oficialmente para su terminación era la del 31 de mayo, la feria solía prolongarse hasta el 10 de junio.

Todo Mazatlán cenaba en Olas Altas la noche de la clausura. En la avenida principal del paseo se congregaba lo más granado del elemento mujeril y la serenata era «monstruo», con epílogo sentimental de Las Golondrinas.

La Feria de Olas Altas, de fama nacional, logró el privilegio de no sufrir decadencia y dejó de existir de modo definitivo en los al-bores de la Revolución, cuando había llegado a su mayor esplendor.

 

 

Tomado del libro; SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañón, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987.

 

 

Olas Altas en Mazatlán, México
Playa de Olas Altas en Mazatlán, Sinaloa, México

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