Poema Culiacán, Jesús G. Andrade

Poema sinaloense

De: Jesús G. Andrade

 

 

Culiacán

Emperatriz que guardas los sacros lares míos,

y cuya faz reflejan las linfas de los ríos

que como dos vasallos que tu belleza encanta

se adunan presurosos para besar tu planta.

 

Hada buena que en tiempo de próspera fortuna

meciste con tus manos pentélicas mi cuna

y al agitar tu vara de virtudes, inquieta,

en mí surgir hiciste los sueños del poeta,

y hoy, entre las tinieblas de mi alma desolada

enciendes como estrellas los ojos de mi amada.

 

Yo te he visto en las tardes cual fabulosa reina,

cuando el sol que declina sus cabellos despeina,

perfilar tus encantos en el celeste domo

como en un abanico de esplendor policromo.

 

He mirado tu corte de núbiles doncellas,

de cuerpos voluptuosos y de pupilas bellas,

pupilas fascinantes cuyo fondo atesora

las sombras de la noche y el fuego de la aurora.

 

Distienden en tu alcoba sedeños cortinajes,

tintos en oro y grana los fúlgidos celajes;

tu lámpara es el astro que en el confín desmaya

y tu espejo, las ondas del transparente Humaya.

 

Tal vez en esas horas de ensueños vespertinos,

al reclinar tu cuerpo de contornos divinos,

en tálamos de rosas, contemplas las visiones

que entre volar de águilas y rugir de leones

engalanan tu frente con laureles de gloria

mientras tu nombre clama con su clarín la Historia.

 

Y pasan las legiones de antiguos paladines

guiadas por los Huitzinzones y por los Tecpatzines,

que alzan al sol sus tiendas y esparcen la simiente

de una prócer estirpe, titánica y valiente.

 

Súbito rasga el rayo la túnica del viento,

de una voz sináptica levantase el acento

y surge la terrible divinidad sombría,

símbolo formidable de la raza bravía

que forma el simulacro del dios, y luego avanza

conduciéndolo en éxodo, como Área de la Alianza.

 

Y desfilan los pueblos, y los conquistadores,

los nativos vencidos, los triunfantes señores,

dos razas que fincaron la nación venidera

que a un solo dios adora y una misma bandera.

 

Después la imagen épica del ínclito Rosales,

pasa entre los acordes de cánticos triunfales,

paladín-caballero, noble hijo de Belona,

que al herir vierte el bálsamo y que al vencer perdona.

 

¡Oh, emperatriz augusta que amaron mis mayores!

Un adalid contempla tu sueño entre las flores,

ya se acerca a tu lado con cauteloso afán,

para robarte un beso, don Nuño de Guzmán!

 

 

Jesús G. Andrade
Poeta Jesús G. Andrade

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