Romanita de la Peña, mujeres ejemplares de Sinaloa

Mujeres ejemplares de Sinaloa

ROMANITA DE LA PEÑA

INCANSABLE DEFENSORA DE LOS MENORES

 

Por: Francisco Ramírez Osuna

Desde principios de siglo XX, viendo las desgracias de los huérfanos que perdieron a sus padres por la peste bubónica, emprendió la tarea de lograr que Mazatlán contara con un orfanatorio, tarea que vio coronada el 18 de diciembre de 1927, cuando se inauguró esta institución, en beneficio de la niñez que no tenía un hogar.

La niñez fue su mayor preocupación. Dio parte de su vida para que los que carecieran de un hogar pudieran tener uno. Mujer de gran temple y firmes convicciones, la señora Romana de la Pena Inzunza, mejor conocida por Romanita de la Pena, se preocupó porque a estos niños no les faltara nada. Romanita nació el 24 de agosto de 1876 en el seno de un matrimonio español radicado en Mazatlán. Sus padres, doña Romana Inzunza y don Antonio de la Peña, conocido en todo México por ser el dueto de las diligencias que cruzaban el occidente y noroeste del territorio, además de gran parte del Mazatlán de entonces; dueño también de la Tienda de Ultramarinos, una de las más grandes de Sinaloa, que surtía al estado y Baja California; y poseedor de varias minas.

Romanita fue la última de los cinco hijos de aquel matrimonio. Manuel; Micaela y Evodio se llamaban sus hermanos.

De sus padres, filántropos, aprendió el amor por el prójimo.

La señora Laura Lamadrid Careaga, hija nieta de dona Romanita de la Pena, nos dice al respecto:

«Romanita de la Peña quedó huérfana de madre desde los 6 anos, por lo que se hizo cargo de la responsabilidad del hogar. Desde esta edad aprendió a querer a los niños, tal era el caso que los hijos de los sirvientes que morían los empezó a recoger, dormían en su recámara en pequeñas camitas. Tenía tres que decía que eran sus hijos».

Des de 1891, cuando apenas tenía 15 años de edad, Romanita empezó a preocuparse de las necesidades de los pobres.

Desde muy joven se integró al Comité de Damás de la ciudad entre las que estaban la señora Angelita Haas Inzunza, María Ferreira de Unger, Agustina Monterde (quien fundaría después el Colegio Independencia), Hortencia y Lucrecia Herlinda Paredes, Carmelita Cleava de Herrasti, Dolores Moreno de Rico y doña Antonia de la Peña de López Doriga, todas de la alta sociedad del Mazatlán de fines del siglo XIX.

Fue este comité el que promovió la construcción del Hospital San Vicente, donde se atendía, sin ningún costo para ellos, a indigentes y personas de escasos recursos. Con los años, este hospital desapareció y se transformó en lo que hoy es el Hogar San Pablo.

En 1900 Romanita dejó la presidencia de la Asociación de San Vicente de Paul, que sostenía el «Hospitalito».

Mientras ella estuvo al frente de este comité de damas, dirigió con acierto los recursos destinados a obras de caridad, aunque la mayor de las obras realizadas y que más satisfacción le dio, fue la construcción del orfanatorio de Mazatlán.

En ese año, doña Romanita de la Peña participó en las fiestas de Carnaval vestida con un traje de Cleopatra, que gustó al público de esta época. Cautivó su originalidad, su porte y su belleza. Dos años antes, en 1898, también participó en las fiestas de Carnaval desfilando en una carreta jalada por un caballo, toda adornada de flores, lo que levantó gran ánimo entre el público carnavalero.

Después de la peste bubónica que asoló a Mazatlán a principios del siglo XX, doña Romanita pudo ver las desgracias que ocasionó a los mazatlecos y conmovida por el desgarrador cuadro de huérfanos vagando por las calles, carentes de un techo y de cariño, empezó su esfuerzo por construirles a los niños sin hogar un orfanatorio.

A raíz de los festejos con motivo del centenario del Natalicio del licenciado Benito Juárez el 21 de Marzo de 1906, fueron comisionadas las damas más distinguidas de Mazatlán para que recaudaran fondos con el objeto de dar mayor realce a las festividades que por todo México se celebraron entonces.

Doña Laura Lamadrid cuenta que cuando ella contaba con 30 años, el general Cañedo la llamó para que organizara una «kermesse monstruo» en la huerta de los Choza. Ella ya había fundado el hospital de San Vicente de Paul y había empezado a ver lo del orfanatorio.

«El general Cañedo le dio mil pesos en oro para que realizara la kermesse a la que asistió toda la sociedad mazatleca de entonces, desde el portentoso extranjero que venía o radicaba aquí para hacer negocios, hasta la vendedora de elotes y tamales».

El general Francisco Cañedo se sorprendió por la organización de la fiesta y porque doña Romanita de la Peña le informó que se tenían depositados en el Banco Nacional la cantidad de $526.67, sobrante de los mil pesos que él le había entregado para la organización de la fiesta. El dispuso que el dinero sobrante se gastara en otra fiesta argumentando que «lo que para confeti se pide, en confeti se gasta».

«Romanita le respondió que con los años la kermesse no se iba a recordar pero un orfanatorio sí quedaría ahí y que sería el mejor homenaje del gobierno y el pueblo de Sinaloa al Benemérito de las Américas», dice el doctor Luis Zúñiga Sánchez, en sus «Fichas para la Historia».

El grupo de damas, entre las que se contaba la señora Romanita de la Peña de Careaga, pensó primero en destinar este dinero a la Navidad del niño pobre del puerto de Mazatlán. Pero al hacer las primeras indagaciones se descubrió la idea de fundar un orfanatorio.

Pero este reto no iba ser fácil. El fondo se inició con 526 pesos con 67 centavos el 2 de agosto. Este día se efectuó la primera junta para la organización de la sociedad, en casa de la señora doña Herminia Duque de Estrada de Aguirre, con la asistencia de las señoras Eloísa Vargas de Genesta, Catarina Rippey viuda de Martínez, Delfina Legrand de Mortero, Emilia Fernández Galán de Philippini, Elisa de la Vega de Rojo, Dolores Moreno de Rico, Inés Rocha de Valadez, Catalina Koerdell de Valdez Floquer, doña Romanita y la señora Virginia Muro.

La señora Romanita de la Peña de Careaga expuso el motivo de la reunión, que no era otro que la construcción del orfanatorio, aprobándose la integración de una Junta de Caridad con el compromiso de todas las presentes de trabajar intensamente para lograr la construcción de un edificio adecuado para atender a la niñez.

Pero la suma de dinero de que se disponía no alcanzaba para este noble fin por lo que durante mucho tiempo estuvieron organizando eventos sociales, rifas, comidas y recogiendo donativos. Doña Romanita trajo operas al Teatro Rubio para recabar fondos. Estas labores fueron interrumpidas por las primeras revueltas revolucionarias.

En 1914, el general Miguel Rodríguez, comandante militar de la Plaza, pedía dinero y todo lo de valor para comprar armas y defenderse del bloque revolucionario.

Estas acciones revolucionarias motivaron que muchas familias ricas prefirieran invertir su dinero en terrenos o irse a otros países, de preferencia a San Francisco, California.

Este general pidió a la Junta de Caridad que le entregaran el dinero con que contaba para comprar comestibles para las familias pobres. La Junta de Caridad se opuso porque el dinero era para la construcción de un orfanatorio, pero en cambio se comprometió a repartir provisiones diariamente, mientras continuara el estado de sitio.

Para 1915 se empezó la construcción de la primera ala del orfanatorio de Mazatlán, sobre un terreno cedido por el señor Germán Evers, encargándose de los planos y dirección de la obra, de manera gratuita, el ingeniero arquitecto Don Baltazar Inzunza.

Debe hacerse notar que los trabajadores sabiendo el fin a que se destinaba el edificio, rebajaron voluntariamente sus salarios.

Doña Romanita de la Peña se casó el 19 de mayo de 1903 con el señor Carlos Careaga, con quien procreo ocho hijos, aunque uno de ellos, Fernando, murió cuando apenas tenía cinco años de edad.

Se hizo cargo además de tres sobrinos, cuyo cuidado y educación fue trabajo suficiente para mantenerla más ocupada que cualquier ama de casa.

Pero su hogar, en un principio de excelente posición, por la enfermedad de su esposo fue presa de la estrechez de medios y al quedar viuda, siguió dirigiendo su hogar y trabajando también en el orfanatorio de Mazatlán.

Doña Romanita era maestra normalista y el 3 de septiembre de 1920 el rector de la Universidad Nacional, José Vasconcelos, le entregó un diploma por prestar gratuitamente sus servicios como profesora honoraria de educación.

Seria hasta el año de 1921 cuando se empezaría a concretar su magna obra. El miércoles 8 de junio de ese año, don Germán Evers puso la primera piedra, con lo que comenzó la construcción del orfanatorio que terminó hasta 1926. En todos estos años doña Romanita de la Peña y las demás damas del Comité trabajarían arduamente para conseguir fondos. Ella personalmente recogía todos los donativos, desde centavos hasta 20 pesos, toda una fortuna en ese tiempo.

Organizaron festivales, kermeses; en la época de Carnaval se instalaba un servicio de restaurante, se hacían colectas, funciones teatrales y de óperas y todo con el objeto de recabar fondos para el orfanatorio. Basta decir que las penas y las dificultades personales nunca la hicieron abandonar ni por un solo día su trabajo en bien de sus amados huérfanos.

La firmeza de su carácter, una de sus más notables cualidades entre las muchas con las que estuvo dotada, le permitieron seguir adelante a pesar de la maledicencia de gentes poco nobles, que criticaban lo tardado de la construcción del orfanatorio (seis años) y por el hecho de que se encontraba en un lugar muy alejado, pocos eran los que podían ver los adelantos de la obra, al grado de que no faltaron quienes rumoraran que solo se iba a construir una casita; desconfiaban del destino de las colectas.

Además de esto, tanto el gobierno como el clero querían expropiarlo, pero dona Romanita y el Comité de Damas se opusieron tenazmente.

Durante la exposición regional de 1925, Romanita puso un puesto en donde vendía comida, y los fondos eran para el orfanatorio. Esta exposición se montó enfrente de donde se construía el orfanatorio y así la gente pudo darse cuenta de que no se trataba de una casita como se rumoraba, sino un edificio de una manzana completa.

Como muestra de respeto, los organizadores le regalaron la primera de una serie de medallas que recibió en vida; ésta estaba hecha de cuero.

Finalmente, después de seis años de sacar fondos para la construcción del orfanatorio, el 18 de diciembre de 1927 se inauguró este edificio que abarca una manzana.

La primera niña huérfana que tuvo escuela y el calor de un hogar con fondos de la institución, fue Avelina Cortés.

Desde este año, hasta su muerte presidió la directiva del orfanatorio de Mazatlán.

Su bisnieta, María Antonieta Bátiz, cuenta que cuando doña Romanita de la Peña sabía que en determinado lugar había una menor o una jovencita que era maltratada o que su madre trabajara en el «campo siete», o si sabía que alguna jovencita salida del orfanatorio estuviera trabajando en el «campo siete», luego de haber sido embaucada por vivales, iba por ellas y las sacaba de sus casas para llevarlas al orfanatorio.

Cuenta Antonieta Bátiz que en ocasiones era perseguida, incluso a punta de pistola, por algunas gentes a las que les molestaban sus obras de caridad, pero la gente la protegía, principalmente el «Chato» Benigno Osuna.

Doña Romanita recibió otros reconocimientos y medallas al mérito: fue condecorada en 1927 por el señor Germán Evers; en 1948 por la Casa Madero, quien le dedicó el programa «Así es mi tierra » a través de la XEQ, cadena Azul, por el Ayuntamiento presidido por el señor Amado S. Guzmán; en 1951 por el magisterio sinaloense y por último, en 1958 por el Club Rotario. Además fue develado un busto suyo y una placa en el interior del Orfanatorio, unos días antes de su muerte.

Doña Romanita de la Peña, después de más de 60 años de ayudar al prójimo, falleció en esta ciudad el 20 de febrero de 1958, a la edad de 81 años.

En los últimos 30 días de su vida su salud se vio seriamente quebrantada y cayó postrada en el lecho del dolor. Y pese a los esfuerzos de la ciencia y de sus médicos de cabecera, Héctor González Guevara y Alfredo Lizárraga, sobrevino el fatal desenlace en su residencia de la calle Constitución numero 3 Poniente, víctima de una deficiencia renal.

En su última morada fue instalada la capilla ardiente y desfilaron centenares de personas que cultivaron amistad con la desaparecida, además de sus niñas del Orfanatorio.

Los gobiernos municipal, estatal y funcionarios federales expresaron sus condolencias a los familiares.

El cortejo fúnebre se recuerda que fue muy largo, partió de Catedral, donde se le ofició una misa de cuerpo presente, al Orfanatorio, donde se le ofició otra misa de cuerpo presente, hasta llegar a su última morada, en el Panteón Numero 3.

A los pocos meses de su muerte, el Ayuntamiento decretó que se cambiaría de nombre la calle «Nicaragua» por el de Romanita de la Peña, además fue develado un busto de ella en la plazuela Machado.

En la capital del estado hay otro busto de esta gran mujer altruista.

En el último año, la bisnieta de doña Romanita, María Antonieta Bátiz, le puso el nombre de «Romanita de la Peña» a la colonia que se encuentra entre la avenida de las Torres y Munich, atrás de la CODEPA, terrenos de su propiedad que están regularizados y que abarcan 30 lotes.

A doña Romanita de la Peña se le conoce como la precursora de la caridad en Mazatlán, una persona que pese a las desgracias personales, supo sacar adelante ese ideal que nació y traía en su ser: construir una casa para aquellos niños que se encontraban desamparados, un hogar que cuidara de ellos hasta que estos pudieran valerse por sí mismos. Ella fue la madre espiritual de cientos de niños mazatlecos, ella fue la madre que amó a los niños y se preocupó porque no les faltara nada. Fue una madre en toda la extensión de la palabra.

 

 

 

Romanita de la Peña, personajes sinaloense
Romanita de la Peña, mujer ejemplar del estado de Sinaloa benefactora de la niñez de Mazatlán

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