Salvador Alvarado, personajes ilustres de Sinaloa

Personajes Ilustres de Sinaloa

Salvador Alvarado, ideólogo de la Revolución Mexicana

 

Por  Antonio Nakayama

A la lucha armada que sacudió al país desde 1910, concurrieron muchas personas, por motivos diferentes. Algunas, porque les picó el gusanillo de la aventura y sentían un gran placer en tirar balazos; otras, debido a que tenían cuentas pendientes con la justicia; las de más allá, porque estando agraviadas con determinada gente, vieron la oportunidad para dirimir rencillas, y finalmente, una minoría fue a luchar por convicciones, por un ideal, porque vieron que México necesitaba una reestructuración en sus sistemas político-sociales.

Entre estos últimos se contó Salvador Alvarado, sinaloense nacido en Culiacán el 16 de septiembre de 1880, y del que nada sabemos de sus días de niño. Suponemos que estudió la primaria en su tierra natal. En edad muy joven abandonó Sinaloa, encaminándose a Sonora, y en Guaymas trabajó una temporada como dependiente de farmacia, para después marchar a Potam, estableciéndose con un negocio. No sabemos qué motivos le orillaron a buscar un nuevo ambiente, pues se trasladó a Cananea, donde se dedicó a la compraventa de pasturas y de leña, negocio en el que parece le fue bien, ya que en una ocasión vendió varios carros y mulada a don Ignacio Pesqueira, quien habría de significarse como uno de los más destacados revolucionarios sonorenses.

Alvarado estaba lleno de una gran sed de aprender, y siempre que sus actividades se lo permitían, empleaba el tiempo en devorar libros, especialmente de carácter político, social y económico, habiéndose convertido en un verdadero autodidacto. Piedra de toque en ese afán de cultivarse fue el encuentro con las obras de Samuel Smiles, de las que dijo:

Nunca me cansaré de bendecir al cielo por esta feliz circunstancia. Sinceramente creo que, a la sociedad de aquellos inmejorables amigos, los libros, debo muchas de las horas de felicidad y de satisfacción que el destino me ha deparado; y por una curiosa contradicción, ¡qué de horas amargas no he experimentado, a causa de los principios que me inspiraron esos mismos libros! Qué de contratiempos me ocasionaron en el curso de mi vida militar y política, al querer resolver los problemas que se me presentaban, conforme a sus enseñanzas, y al tener que tratar con personas que tenían los más absurdos y torcidos conceptos de lo que es la Revolución, el Gobierno, el Deber, el Valor del Tiempo, la Exactitud. Cuántos hombres no son mis amigos ni están a mi lado, a causa de la concepción que, sobre la vida y sobre todas estas cuestiones, me hicieron adquirir aquellos libros. — ¡ Con qué avidez devoré sus páginas! ¡Qué mundos ignorados de belleza y de gloria encontré en ellos!… Al emprender con la imaginación largas correrías en compañía de los personajes que viven y palpitan en esos libros; al entrever esos mundos donde se descubren las más altas cualidades del carácter humano, se bendice la vida y se prepara el ánimo para vivirla dignamente.

Al iniciarse la campaña de don Francisco I. Madero, Alvarado se afilió al Club Antirreeleccionista de Cananea, distinguiéndose de tal manera, que se le nombró delegado a la junta que se celebró en San Isidro, Chin., y al estallar la revolución maderista se dio de alta en las fuerzas del Corl. Juan G. Cabral, en las que, con el grado de mayor, tomó parte en varias acciones de guerra. Después, tras el triunfo del modernismo, vino la revuelta de Pascual Orozco, a la cual combatió bajo las órdenes del Corl. Álvaro Obregón hasta el término de la campaña.

La felonía de Victoriano Huerta causo la indignación de Alvarado quien, de nuevo bajo las órdenes de Cabral, se dispuso a combatir al usurpador; mas el desconocimiento de Huerta por el gobierno de don Ignacio Pesqueira, que marcó la iniciación de la lucha, trajo como consecuencia un cambio de rumbo en su vida, ya que al integrar el estado gobernante tres zonas militares en el estado, lo designó jefe de la del centro, otorgándole también las tres estrellas de coronel. Al iniciarse las hostilidades contra el huertismo, Alvarado fue puesto bajo el mando del Gral. Álvaro Obregón, tomando parte en los famosos combates de Santa Rosa y Santa María, en los que tuvo una actuación muy relevante, especialmente en el primero, y cuando el Ejército Constitucionalista emprendió su marcha hacia el sur, se le dio el mando de las fuerzas que quedaron sitiando el puerto de Guaymas, y con esto, el grado de general brigadier.

Las ambiciones del gobernador del estado, José María Maytorena, iniciaron las disensiones entre los jefes revolucionarios, y aquél empezó su tarea de debilitar la autoridad de Alvarado metiendo la cizaña entre los subordinados de éste, así que cuando el Gral. Ramón F. Iturbe, que se hallaba sitiando a Mazatlán, le pidió refuerzos, fue impotente para mandarle la mínima ayuda. La situación culminó cuando Maytorena dio la orden de aprehenderlo, habiendo sido encarcelado en la prisión de Hermosillo, en la que estuvo hasta que la Convención de Aguascalientes intervino para que se le pusiese en libertad, y de esta manera pudo ponerse en marcha hacia el interior del país para continuar luchando bajo la bandera del constitucionalismo. Ascendido a general de brigada, ocupó la jefatura de la guarnición de la ciudad de México, y después pasó a la campaña de Puebla, en la que conjuntamente con el Gral. Francisco Coss, se pudieron recuperar las posiciones perdidas por los constitucionalistas.

La confusa situación que reinaba en la península de Yucatán, obligó al señor Carranza a enviar a Salvador Alvarado como jefe del cuerpo del Ejército del Sureste, para que batiera a los elementos que mandaba el Gral. Benjamín Argumedo. Alvarado desembarcó en Campeche, y tras de una rápida campaña acabó con los enemigos del orden, y el 19 de marzo de 1915 entró a Mérida con los cargos de gobernador y jefe militar, habiendo entregado ambos mandos al entrar nuevamente el país en la vida constitucional.

El periodo presidencial de don Venustiano Carranza estaba por terminar, y con ese motivo surgió la candidatura del Ing. Ignacio Bonillas, que fue vista como un acto de imposición del presidente, y con lo cual no estuvo de acuerdo el Gral. Alvarado, quien para no solidarizarse con la política de don Venustiano solicitó una licencia para separarse del ejército, la que en represalia le fue negada. No conforme con esto, el gobierno ordenó su aprehensión, y al quedar en libertad, marchó a los Estados Unidos, de donde regresó al lanzarse el Plan de Agua Prieta, a cuyo triunfo desempeñó brevemente el cargo de secretario de Hacienda del presidente don Adolfo de la Huerta.

Las diferencias que había entre él y el Gral. Álvaro Obregón, impidieron que colaborara con éste, y en 1923 tomó parte en la revolución delahuertista, habiendo llevado a efecto la defensa de Ocotlán, en la que al final fue derrotado merced a la defección del Gral. Crispiano Anzaldo, lo cual le obligó a marchar a Manzanillo, de donde embarcó rumbo a los Estados Unidos. Allí se encontraba cuando fue llamado por De la Huerta para que comandara la rebelión, y habiendo regresado al país, se internó por el estado de Tabasco, mas desgraciadamente la traición lo cercó y murió asesinado en el rancho de La Hormiga.

La personalidad de Salvador Alvarado es una de las más destacadas que surgieron con la Revolución mexicana, y su actuación como gobernador de Yucatán, tal vez la mejor que gobernante alguno haya tenido en esa entidad. La situación que allí imperaba era oprobiosa, y usando las palabras del mismo Alvarado, en la península todo se regía de acuerdo con la «esencia medular de la reacción en plena actividad —reacción que en Yucatán siempre asumió el carácter de esclavismo y tiranía en sus formas más crueles y las más despiadadas—. . .»; así que desde su llegada, el general sinaloense decidió terminar con ese estado de cosas y poner en práctica su pensamiento de gobernar con un profundo sentido social dando una nueva estructura a la vida del yucateco.

Su arribo llenó de espanto a los señoritos y a todos los miembros de la «casta divina», pues se le había pintado como a un monstruo sediento de sangre, aspecto que luego se desvaneció al comprobarse que su trato era amable, sin dejar de ser enérgico, y ante el asombro de los habitantes, muy luego empezó a poner en práctica sus planes para restablecer el orden y levantar la nueva armazón económica y social.

Una de sus más caras ilusiones fue la instrucción de las masas, y en Yucatán, donde la peonada crecía y vivía en medio de la mayor ignorancia, la realización de ese anhelo fue una de sus medidas más atinadas y certeras. Empezó a llenar de escuelas al estado; en cada hacienda se levantó una; los templos clausurados también se convirtieron en templos del saber, y a dos años de distancia de su llegada celebró un congreso pedagógico, culminando su obra con la apertura de la Escuela Vocacional de Artes y Oficios. Para Alvarado, el problema de México era el de la educación, mas pese a la obra que estaba llevando a efecto, no se sentía contento, y esto lo hizo expresar:

Lo hecho en instrucción pública no ha podido, hasta la fecha, llenar ampliamente los ideales de la Revolución que aquí represento; nos falta mucho por hacer, no obstante que ya hemos avanzado bastante en el campo de las reformas escolares.

Por esto, su pensamiento nunca descansaba, en su afán de difundir la educación. Abrió la Escuela Normal Mixta; suprimió la Escuela de Jurisprudencia, pero creó la de Agricultura y estableció el Ateneo Popular. Al terminar su gestión, Alvarado había abierto más de 1 000 escuelas en la península, mas no las dotó de edificios costosos, sino que se abrieron en locales modestos. Se encontraba en Yucatán no para apantallar, sino para instruir en forma efectiva.

La obra de la instrucción rural tuvo que luchar con inmensas dificultades. El sistema tradicional de los hacendados les hacía resistirse de todas maneras a la implantación de las escuelas para los peones. Su instinto de dominación se rebelaba, acaso sin saber por qué, contra la intervención del maestro, a quien se veía con horror.

Sobre todo esto, hubo de imponerse la luz. Ímproba fue la tarea de convencer, de penetrar, de hacer entender a todos los que a ellos se oponían, que la educación del indio no sólo era en beneficio del indio, sino también en beneficio de aquel para quien trabaja; porque es cien veces mejor el trabajo de un hombre libre, que la fatiga miserable de un esclavo.

Al fin se logró que las escuelas rurales quedaran firmemente instituidas. Educado el indio y viendo educar a sus hijos, con aspiraciones a un porvenir mejor, tenía que sentir estímulo y esperanza. Así se vio que, pronto, los que antes trabajaban como bestias de carga, fueron transformándose en hombres conscientes de su misión y con el afán de adquirir bienestar y prosperidad.

Otra idea que le obsesionaba era la de la fundación de bibliotecas, y empezó a abrirlas por toda la entidad, poniendo en servicio más de 300, para bien del desarrollo de la cultura. Al abrir la de la capital, le dio un reglamento que fue ideado por él, y se cuenta que en cierta ocasión en que la visitó, encontró algunos libros que le interesaron, por lo que dio órdenes a su secretario para que se los llevara, mas habiéndose encontrado con la oposición del director, ya molesto le preguntó cuál era la razón que le impedía sacarlos, a lo que aquél respondió que el reglamento expedido por el propio gobernador lo prohibía, y ante esto, Alvarado depuso su actitud y lo felicitó.

La estructuración de la economía yucateca fue una de las obras que llevó al cabo desde el principio. La Comisión Reguladora del Henequén se tornó, bajo su propulsión, en una institución de gran potencia. Hasta antes de la entrada de Alvarado, un pequeño grupo dominaba al estado en el aspecto económico. Desde luego que ese grupo que lo dominaba todo, estaba integrado por miembros de la «casta divina», y de acuerdo con la expresión de Alvarado:

El que no pertenecía a la casta estaba condenado a ser excluido de todo. No se movía la hoja del árbol sin la voluntad de la casta. Los Creel y Terrazas no eran sino unos pobres aprendices que debieron ir a Yucatán a recibir lecciones.

Toda la organización económica yucateca caía bajo el predominio y el poderío de aquel sector, ya que sus integrantes «… eran los dueños, ellos manejaban todo en su provecho». Cuando el Gral. Alvarado llegó a Yucatán, se pagaba el henequén a $3 y $4 arroba, «papel Veracruz», por lo que, muy a su pesar, tuvo que cumplir con un contrato de 100 mil pacas que la Reguladora había vendido a $5.25 arroba, papel Veracruz, durante el gobierno del Gral. De los Santos; sin embargo, merced a sus esfuerzos, 3 años después el precio subió hasta 19 1/4 de dólar por libra.

El gobierno del Gral. Alvarado puso término a esa situación reorganizando la Reguladora, a la que dio leyes adecuadas, y celebrando contratos de carácter cooperativo con los productores, de acuerdo con las normas que se pusieron en vigor. Así, estos últimos entregaban el henequén al organismo, el que les adelantaba parte del valor y se encargaba de manejarlo y venderlo, pagándolo después en partes, hasta la liquidación final, que se hacía cada año, lo cual hizo que algunos pequeños henequeneros amasaran modestas fortunas. Los afectados por las medidas no tardaron en reaccionar y pusieron el grito en el cielo, iniciando una campaña de desprestigio contra Alvarado y su régimen en los periódicos de los Estados Unidos, y en esa labor tuvieron una mayor participación los monopolistas de la fibra, en su mayoría norteamericanos, los que trataron de abrir juicio al gobernador, esgrimiendo como pretexto que los agricultores de Norteamérica habían sido defraudados en 86 millones de dólares, en una inmoderada ambición de lucro, toda vez que aquéllos eran los que más necesitaban de la fibra para el engavillado de sus productos. Presentaron acusaciones en contra de Salvador Alvarado ante el señor Carranza; trataron de llevar el caso ante la Suprema Corte de la Nación, y lograron que el secretario de Justicia de los Estados Unidos se querellara ante la Corte de esta nación; mas la acusación resulto fallida, ya que el alto cuerpo judicial falló en contra del querellante. Dádivas, cohecho, todos los medios fueron empleados para que el Gral. Alvarado volviera las cosas a su antiguo estado, pero todo se estrelló ante la honradez, la energía y la pasión revolucionaria del ameritado sinaloense, impidiendo que los viejos señores de la economía yucateca y los monopolistas extranjeros volvieran a recobrar las prerrogativas que los habían enriquecido en perjuicio del pueblo.

La situación de los ferrocarriles de Yucatán era sencillamente catastrófica a la llegada del jefe constitucionalista, y como ésa era una de las causas primordiales del entorpecimiento de la economía, Alvarado inició su rehabilitación adquiriendo rieles y furgones, y fundando la Compañía de Fomento del Sureste de México, S.A., que se encargó de manejar la red ferroviaria y de adquirir una flota mercante que pusiera a la entidad en posibilidades de exportar el henequén, que se mantenía almacenado por falta de transporte, y así, con la compra de una flotilla se pudo enviar la fibra a otros países. La compañía tuvo también entre sus tareas la exploración del subsuelo para ver si existían mantos petrolíferos, y levantó en Progreso la Estación Terminal del Petróleo, destinada a recibir el combustible que se necesitaba para los ferrocarriles y las tareas agrícolas.

Humano como pocos y acuciado por sus ideas socialistas, tomó un gran empeño en rehabilitar a la mujer yucateca, que al igual que la del resto del país era esclava del hogar, y en muchos casos bestia de carga o un objeto de placer. Le preocupaba el desenvolvimiento femenino, y sobre todo, la liberación de millares de indias que vivían en un estado de semiesclavitud prestando servicios a cambio de techo y comida. Promovió un Congreso Feminista en el que la voz de la mujer se levantó gallarda, valiente, pidiendo se reformara la Ley Civil. Ya con anterioridad, en el Congreso Pedagógico, Alvarado había dicho:

La mujer en nuestro medio es artículo de lujo y se compra con el matrimonio. Esta triste realidad tiene como origen la falta de una coeducación en la que se administren valor, energía y aptitudes. La mujer es débil porque así la enseñamos, porque es alimentada con falsos pudores y deleznables prejuicios, porque se cree que sólo sirve para el matrimonio cuando no se le enseña ni a organizar su casa. Por eso hemos puesto nuestro empeño en fundar y fomentar las escuelas vocacionales; allí entrarán las artes domésticas como factor determinante, se la enseñara a regirse y gobernarse, se la independizará, se la hará fuerte y vigorosa, capaz y emprendedora; el candor y la pureza no se oponen a ello. Es triste la observación que a diario se hace: mujeres que se casan por tener quien las apoye, o viudas que afines con las lágrimas chorreantes por la muerte del marido tienen que ir al prostíbulo o al asilo porque no saben lo que es la vida y tienen miedo de vivir; lo ignoran todo; y sus temores hacen horizonte. A las maestras de escuela me dirijo; ellas llevan la misión de formar el espíritu de sus educandas guiándolas por un camino más práctico, hacia la región de las emancipadas. Mientras tal no se haga, la mujer será un artículo de lujo que se compra con el matrimonio; hay que enseñarla a vivir, a elegir, a pensar, a gobernarse. La mujer en nuestro país, cualquiera que sea su categoría, es más esclava que el obrero; no puede hacer ni resolver nada. La sociedad, por su parte, es criminal, en las sutilezas de su juicio acerca de la mujer, y debe ser más liberal, más consecuente, más tolerante. Ella tiene el deber de hacerse libre, de entrar en el torneo del progreso dando a reconocer su majestad para hacerse respetar. Si se hace así todas las inteligencias dormidas entrarán en acción y la obra propulsora de la evolución será más intensa, más eficaz. La mujer fuerte es la aspiración del momento. ¡Elevad a la mujer!

Realmente es sorprendente el pensamiento que anidaba en Alvarado. En una etapa en que las feministas británicas empezaban a balbucear sus deseos de igualdad con el hombre, el general pensaba que coeducación era una de las bases para la emancipación del género femenino. Que el sistema vigente era la causa de que la mexicana viviese en un estado de esclavitud; de que no pudiese desenvolverse y de que en caso de viudez tuviera que afrontar inclusive estados vergonzosos para poder subsistir.

Fiel a sus ideas, se lanzó a rescatar al sector femenino más despreciado, al más escarnecido: el de las prostitutas, porque:

también era preciso llevar el aliento de la libertad un poco más abajo, a todas aquellas desdichadas mujeres a quienes el fracaso del amor, la infame capacidad de gentes abyectas, o la crueldad de la miseria o el protervo engaño, habían hecho caer en el angustioso tráfico de su cuerpo, marchito para el bien y desecho de la maternidad.

Los prostíbulos fueron cerrados y las infelices mujeres que en ellos eran explotadas por lenones y «cinturitas», fueron liberadas de su triste servidumbre. El amor — según Alvarado—, «aun en sus formas inferiores y malsanas, no» debía «ser cosa de trafico», y menos debía permitirse que el estado asumiera funciones de «celestina» incluyendo la prostitución como fuente de ingresos, así que aparte de las medidas arriba indicadas, reformó el código sanitario en la parte correspondiente e impidió que la policía tuviera contacto oficial con las hetairas dado que era «un azote diario de esas infelices y una explotadora suya hasta el grado de haber enriquecido» a varios jefes policiacos con las exacciones de que las hacían victimas.

Su fobia contra la explotación de los vicios, los juegos de azar y algunos espectáculos que consideraba como bárbaros, le hizo prohibir la venta de bebidas alcohólicas y suprimir la lotería, las peleas de gallos y las corridas de toros. La primera providencia que tomó para disminuir la embriaguez, haciendo a un lado su buena fe y su deseo de que la peonada no siguiera incurriendo en el vicio, fue un fracaso, ya que pensó que poniendo un gran letrero que decía «taberna» en todas las cantinas, la población se eximiría de entrar en ellas, mas cuando palpó que el intento era una falla, decidió que Yucatán seria un estado completamente seco, y solamente permitió que se vendiera cerveza que no contuviera mas allá de 5% de alcohol.

En lo que respecta a la administración de justicia, en una carta que dirigió al pueblo yucateco bajo el rubro de Hasta ahora la justicia no ha existido, decía entre otras cosas:

En nuestros Tribunales, la inmoralidad es reina y señora; se siente con angustia que es un mito la Justicia, que sólo hay una farsa cínica y brutal, en la que siempre triunfa el hábil, el fuerte, el que goza de influencias y amistades y ligas.

… El criterio de la Revolución es hacer a los Magistrados y Jueces responsables de sus actos. Al efecto, se crearán tribunales orales en donde se administrará justicia rápidamente y sin los engorrosos trámites y demoras que, como ya dije, sólo sirven para que, al fin y al cabo, el pobre y el ignorante sean despellejados por tinterillos y jueces de moralidad turbia y conciencia estática. . .

De las palabras pasó a los hechos y estableció los Tribunales de la Revolución, en los que la administración de la justicia se impartía sin otros expedientes que no fueran los necesarios para acreditar los derechos de las partes, y la resolución que se daba a los casos se ejecutaba en el menor tiempo posible. En los pleitos que allí se ventilaban, se excluyeron en forma rotunda a los abogados y picapleitos, y eran las partes interesadas las que defendían sus derechos. El propio Alvarado manifiesta que en

. . . estos tribunales se resolvieron más de tres mil seiscientos casos y fue tan convincente la justicia así emprendida y administrada que, los mismos obligados a hacer la reparación de los daños, se conformaron y no hubo uno solo que pidiera reconsideración al entrar al periodo constitucional.

Los enemigos del gran revolucionario sinaloense le enderezaron acerbas críticas en el sentido de que la producción henequenera estaba en peligro de desaparecer como resultado «de las disparatadas medidas» dictadas por el gobernador «tanto en materia agraria como en libertad de trabajo», así que al referirse a la entrega de parcelas ejidales, el mandatario dijo que deploraba con todo su corazón «no haber cumplido con» su deber

en ese sentido repartiendo todas las tierras, según.. . lo ordenaba el Decreto de 6 de enero de 1915, expedido por la Primera Jefatura del Ejército Constitucionalista. Causas Ajenas y que no provenían, por cierto, de la oposición de los hacendados, me impidieron cumplir con aquel mandato expreso de la Revolución.

Revolucionario de corazón y hambriento de un deseo de justicia social, Salvador Alvarado culminó su actuación en Yucatán expidiendo la Ley del Trabajo para terminar con la explotación del hombre por el hombre. Los que creyeron que el militar de Sinaloa era un soñador, un utopista, tuvieron que reconocer que realmente legislaba con los pies puestos firmemente en la tierra. Médiz Bolio, en su obra Alvarado es el hombre, expresa:

. . . ¿qué es el Titulo Sexto de la nueva Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, aprobado y votado con entusiasmo por los delegados al Congreso Constituyente de Querétaro? No es más que una síntesis —y así se reconoce por todos los legisladores mexicanos— de la Ley del Trabajo expedida en Mérida el 11 de diciembre de 1915.

Hay hombres que nacen para alcanzar grandes destinos pero que encuentran un escollo en la vida que puede frustrar en parte su actuación, y este fue el caso de Alvarado. Su escollo fue Álvaro Obregón, el criollo de Huatabampo que nunca toleró se interpusiera en su camino una personalidad que tarde o temprano pudiera ensombrecerlo. Lucio Blanco, Alvarado, Rafael Buelna, Carranza y otros más se cruzaron en su vida, y a todos los fue eliminando en una o en otra forma. Su animadversión por Alvarado se inició desde los días en que Sonora desconoció a Victoriano Huerta. El futuro caudillo era inteligente, intuitivo, con pensamiento nutrido en la literatura vargasviliana, mientras que el jefe sinaloense, dueño también de una clara inteligencia, era hombre de muchas lecturas que hacía gala de ideas sociales bastante avanzadas. Obregón poseía una personalidad arrogante, y por su parte, Alvarado tenía la suya, así que aquel, con el conocimiento que tenia de los hombres, no pudo menos que recelar de su subordinado, en quien miró un posible escollo en su camino, y aprovechando la partida del ejército constitucionalista hacia el sur, dejo al sinaloense al frente de las tropas que sitiaban a Guaymas. Después, cuando Alvarado alcanzo la jerarquía de general de división, ya no militó bajo las órdenes de don Álvaro, pero esto no apaciguó la animosidad existente entre ambos, y el hecho de que aquél secundara el Plan de Agua Prieta tampoco pudo lograrlo, ya que si al triunfo del movimiento sirvió como secretario de Hacienda del presidente De la Huerta, cuando el vencedor de Celaya se hizo cargo del Poder Ejecutivo de la Nación, no lo llamó para el desempeño de alguna comisión, ni tampoco el la pidió, y ese distanciamiento nos da la clave de por qué Alvarado tomó el partido de la rebelión delahuertista, en la que perdió la vida.

Martin Luis Guzmán nos ha dado un retrato del Alvarado de 1914, cuando lo conoció en el campamento de Estación Ortiz, del cual dice se había convertido en

. . . un campamento formidable. . . bajo el espíritu administrativo y organizador de que el general Alvarado dio siempre pruebas en cuanto tuvo a su mando directo.

La impresión que tuvo del militar sinaloense fue la siguiente:

. . . No dejaba de hacerme gracia —acostumbrado yo a tratar militares de verdad— el choque constante en que vivían en él su aire de boticario de pueblo y sus enérgicas actitudes marciales. Sin embargo, era evidente que por debajo de aquella figura bullía el hombre dinámico, el hombre de talento, el hombre fecundo en grandes destellos y capaz de grandes cosas, aunque invalidado por cierto desequilibrio entre su escasa continuidad de acción y su torrencial imaginación de hacer. También se conocía a primera vista que Alvarado era megalómano, pero megalómano honrado, es decir, de los que no ocultan la megalomanía ni la disfrazan. . . Hablar mucho de sí mismo era para el ocupación predilecta, que animaba y sostenía indefinidamente y con brillo. Se atrincheraba además —muy peculiarmente—, detrás de sus anteojos, para disparar desde allí sobre el interlocutor andanadas de palabras e ideas que subrayaba con gestos como de estudiante chino semieuropeizado. Su actividad mental me produjo vértigo a los cinco minutos de conocerlo. En cada veinte palabras esbozaba un propósito que, puesto en obra, habría cambiado la faz del mundo. Su espíritu resolvía en apariencia, la insoluble antinomia del genio y su contrario; a un tiempo era vidente e incomprensivo, a la vez sabía llegar de un salto a la intuición de las más profundas verdades y se quedaba en la superficie de los problemas más sencillos. Después, sometido a análisis su proceso de ideación, su genialidad se deshacía en humo, en mera corteza de un pensar audaz, muy afirmativo sobre unas cosas por sobra de ignorancia acerca de otras. En esto, el corte de Alvarado era obra de las mismas tijeras que el de los demás personajes revolucionarios que se investían de genios y hablaban de curar las peores dolencias patrias con una sola plumada de su mano medio analfabeta.

En el carácter de Alvarado había muchos rasgos merecedores de respeto: su ansia vehemente de aprender, su sinceridad, su actitud grave ante la vida. Aquella tarde, iniciada apenas nuestra plática, me agobió a preguntas acerca de los estudios universitarios; quiso saber quién era Antonio Caso. A menudo sonreía al hablar, pero sonreía con las capas inconscientes de su alma, fuera del radio luminoso de las ideas. . . Y es que ni la risa ni la sonrisa entraban en el esquema de sus nociones sino como algo desnudo de objeto, o sin otro objeto que restar utilidad al empleo de las horas. Para él la obra oculta en el empeño revolucionario era de tal magnitud que no consentía el desperdicio de un instante ni de un pensamiento: el detalle más pequeño requería la atención íntegra, la disposición más grave.

En gran parte, el juicio de Guzmán hace justicia al distinguido revolucionario, pero hay algunas frases en las que pecó de ligereza, o bien, por desconocimiento del carácter del hombre, se equivocó, como en el caso en que dice que pertenecía al grupo de «revolucionarios que se investían de genios y hablaban de curar las peores dolencias patrias con una sola plumada de su mano medio analfabeta», ya que Alvarado demostró en Yucatán que sí era capaz de actuar de conformidad con sus ideas, y no sólo de eso, sino de ponerlas en práctica con éxito. Si después el aburguesamiento en que cayeron muchos revolucionarios dio marcha atrás a lo que él había iniciado, suya no fue la culpa. Por lo demás, el pensamiento del jefe sinaloense ya había evolucionado, y su experiencia y conocimientos tenían que haber superado a los que mostraba en 1914.

Su pensamiento en relación con la participación del capital extranjero en la vida económica de México, era que se necesitaba, pero que al mismo tiempo significaba un peligro para nuestra independencia, y así lo expuso en un manifiesto que envió al pueblo yucateco. En él hacía ver el riesgo que corrían nuestra economía y la libertad de acción de la república con aquella intervención. Han pasado muchos años y sus palabras alcanzan hoy una gran vigencia en ese particular, si tomamos en cuenta que todas nuestras industrias y grandes negociaciones están dominadas por capital ajeno al mexicano, impidiéndonos llegar a la total liberación económica. Al terminar sus conceptos sobre la peligrosidad que suponen la influencia y la influencia de los capitales de otros países, el ilustre sinaloense hizo patente la siguiente admonición: «tras del inversionista, viene la bandera», lo cual es una verdad innegable que registra la historia de los países subdesarrollados en los que invierten súbditos de las naciones más poderosas, y que cuando ven que sus intereses peligran recurren a las fuerzas armadas de sus tierras de origen para seguir manteniendo la hegemonía económica y política.

Las muchas lecturas de Alvarado le estructuraron un pensamiento con fondo socialista, aunque en realidad ese socialismo difería del que ahora impera en el mundo. Soñaba con un México nuevo en el que los privilegios de clase desaparecerían para dar lugar a la igualdad de todos los habitantes. La justicia social era su anhelo, y de acuerdo con esto, la convirtió en meta que persiguió durante toda su vida. Pensaba que la Revolución era el medio más eficaz para levantar un México diferente, un México donde el hombre habría de vivir de acuerdo con su calidad humana. Para él, la Revolución era el camino para liberar al país de sus lacras ancestrales, y desde el día en que tomo el rifle, la idea revolucionaria fue su obsesión.

Si otros jefes encontraron en el movimiento armado una coyuntura para su mejoramiento personal o para satisfacer su ansia de poder, Salvador Alvarado sólo vio en la lucha el camino de la salvación del país, la redención de los de abajo, el cimiento de un gran cambio social.

Durante muchos años, inclusive bastantes después de la desaparición del «sonorismo» del panorama nacional, la memoria del distinguido sinaloense permaneció en el olvido, y solamente en Yucatán se le recordaba y se le sigue recordando con gratitud. En Sinaloa, la tarea de hacerle justicia se inició en el tiempo en que gobernó al estado el Gral. de Div. Gabriel Leyva Velázquez. Un acto de justicia a secas, ya que sinaloenses de la talla de Salvador Alvarado no nacen todos los días. Su decisión de lanzarse a la lucha armada le fue inspirada por algo que se había fijado en forma indeleble en su razón y en su espíritu. La historia nacional está en deuda con él, ya que Salvador Alvarado es el ideólogo de la Revolución Mexicana.

 

 

Salvador Alvarado
Gral. Salvador Alvarado (1880-1924)

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