San Juan de Capirato

Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

SAN JUAN DE CAPIRATO

 

Por: Pablo Lizárraga Arámburu

 

No, nada tiene que ver con la canción del Capiro, la cual arraigó tanto entre nosotros en la década de los años treintas con su letra y tonada pegajosas:

«Ese capiro ya se secó

teniendo el agua en el pié,

tal vez sus hojas tenían razón

pero el capiro porqué».

 

Además «Capiri», es voz indígena de Michoacán.

La palabra debe escribirse «Copirato», tal como se hacía en el siglo 16, aunque en los siglos siguientes por corrupción de la misma se escribía ya Capirato. Copirato es de la lengua tahue y significa «en los copechis o lugar de copechis», cuyo equivalente es luciérnaga; pero esta palabra castellana casi nunca la usamos en Sinaloa porque la indígena copechi, oriunda del Piaztla, nunca perdió su popularidad y su uso se extendió a todo el noroeste mexicano.

Capirato es muy mencionado al través de los siglos coloniales por haber adquirido, desde entonces, importancia, la cual fue creciendo hasta culminar con la construcción de su majestuoso templo terminado entre las décadas de los años setentas y ochentas del siglo 18.

Tenemos muy buenos templos de ese siglo como los de Mocorito, Copala, San Sebastián y el reconstruido de El Rosario; hay otros más grandes del siglo pasado como las catedrales de Culiacán y Mazatlán, pero al de Capirato, en majestuosidad no le llegan. Es en verdad imponente, muy impresionantes sus grandes canteras labradas y sus estilos, mezcla del gótico tardío con el barroco, agradablemente combinados en su sencillez. Estando en su interior, uno se siente transportado a otros lugares y épocas.

San Juan de Capirato fue cruce de caminos. Era paraje muy principal en el Camino Real Mexicano que atravesaba al Estado a lo largo; y lo sombrío de su espesa arboleda y el mismo lugar, dando la impresión de estar siempre húmedo, hacían la estancia agradable a los cansados viajeros. Otro camino iba a Badiraguato y poblados serranos y otro más a la hacienda de los Pericos y ranchos de las llanuras costeras.

Pero además del templo hay otras cosas que rivalizan con él y son las imágenes de la iglesia tan cuidadosamente guardadas, porque el templo estuvo en ruinas, cayéndose el último pedazo de techo cuando hace años lo conocí y recibí grande impresión al ver semejante construcción en ranchito tan pequeño y apartado entonces. Ahora el pueblo de Capirato lo salvó con los hábiles servicios de competente albañil quien reparó magistralmente las semiojivas sostenedoras del techo, al cual, aunque lo hizo de concreto, sigue perfectamente la forma abovedada del anterior que tenía para su sostén vigas paralelas tiradas en la dirección longitudinal del templo.

En cuanto a las numerosas imágenes, sigo creyendo que no fueron hechas aquí; no recuerdo haber visto estilos semejantes en el centro del país y sí las vi parecidas en Toledo y en Andalucía; no descarto la posibilidad de ser hechas por algunos de los famosos «imagineros» de Sevilla de donde algún fraile franciscano las trajo o mandó traer porque si, se exhibieran en los museos de allá, no creo que harían mal papel; aclarando desde luego que aquí en Culiacán y en el resto del estado tuvimos formidables artistas en la pintura, escultura coloniales y también literatos, pero son desconocidos entre nosotros por la incultura que nos agobia.

Ahora, estando ya próxima la Semana Santa, me acuerdo de Capirato, del esfuerzo hecho por su noble gente en restaurar ese templo, el edificio más valioso del norte mexicano como ya lo expresé en otra ocasión. Los buenos capiratenses lo han rescatado para la cultura y fe regionales y en agradecimiento y honor a ellos, por conservar nuestras más puras esencias y tradiciones, les escribo este artículo para hablarles un poco de su pasado histórico, del cual hay tanta información como para hacerles un libra complete, así como también para cualquier pueblo de Sinaloa, aprovechando la impecabilidad informativa de los manuscritos coloniales. Buena oportunidad pues de visitar Capirato en Jueves Santo cuando sacan en procesión sus bellísimas imágenes. Ahora veamos algo de su historia:

El padre Tello, documentado en fuentes muy antiguas, hablando del año de 1531, nos dice del conquistador Nuño de Guzmán que bajó a la costa, luego subiendo el río llegó otra vez a Culiacán y subiendo más a explorar:

“Prosiguió su derrota hasta las Vegas y Vizcaíno y de aquí dio en la sierra de Capirato y ganó todas las poblazones que en ella había».

Otras noticias mencionan a Capirato en el mismo siglo 16, pero son muy tristes. El 27 de junio de 1,594 llegaron a Culiacán dos misioneros jesuitas, los padres Hernando de Santarén y Pedro Méndez, quienes se dirigían a la villa de Cinaloa para incorporarse en las misiones recientemente fundadas por el padre Gonzalo de Tapia, y de Culiacán los recién llegados le avisaron de estar ahí y esperaban sus órdenes. El padre Tapia mandó a Culiacán al padre Francisco de Castro a recibirlos y a que los acompañara hasta Cinaloa, Al respecto, el Padre Méndez en una de sus cartas nos dice:

«Llegamos a la Villa de Culiacán el 27 de junio. Fuimos muy bien recibidos de aquel pueblo, que es de mucha y muy buena gente española, y toda la demás muy afecta a la Compañía.

Despachamos luego un mensaje al padre Gonzalo de Tapia, avisando de nuestra llegada y qué órdenes nos enviaba para las cargas de provisión que con la recua traíamos.

En el interim, ejercitamos allí nuestros ministerios: predicó el padre Santarén cinco sermones a los españoles con harto provecho; yo también hice unas platicas a los indios.

Tardóse más de lo que se había pensado así la respuesta de Sinaloa como la recua. Por lo cual hubo día, (dígolo con harto dolor de mi alma) que tuve ensillado el caballo y calzadas mis espuelas para partirme a Sinaloa, quedando el padre Santarén para lo demás. Que no sé qué particular inquietud y estímulo para ello sentía en mi alma…

 

Y quizá hubiera sido acertado, porque corriera la misma dicha que corrió nuestro padre Tapia…

Se refiere a que al padre Tapia lo acababan de matar los indios en Toborapa, Sinaloa. El indio Taha le asestó el primer macanazo abriéndole la cabeza, enseguida el jefe Nacaveba y los demás lo despedazaron. Sobre el lugar del martirio que tuve la suerte en dar con él, ya lo informó en tres artículos don Adrián García Cortés. Los Padres Méndez y Santarén recibieron la noticia cuando acababan de salir de Capirato; al respecto, el historiador padre Jesús Gutiérrez Casillas, nos dice:

«En Culiacán mientras esperaban órdenes concretas se dedicaron los recién venidos a hacer el bien espiritual a los moradores de la tierra. El 12 de julio salieron con el hermano Castro. Al día siguiente llegaron a Capirato. Pasaban por la propiedad rural del capitán Gaspar Osorio, cuando llegó a sus oídos el rumor de lo increíble, de lo único que no les había pasado por las mientes cuando su imaginación forjaba toda clase de peligros inminentes. El Padre Tapia había sido asesinado por los indios. La noticia los dejó rígidos, y se volvieron a Capirato a rezaren silencio en el coro de la iglesia.

La atmósfera semblanteaba alzamiento de armas. Los colonos españoles no permitieron pasar adelante a los viajeros, y los hicieron volver a Culiacán».

El dato es importante; nos dice que ya había iglesia en Capirato en el siglo 16: debe de haber sido muy pequeña y después harían una segunda y al crecer en importancia, entonces decidieron construir el formó templo actual.

San Juan de Capirato, que así lo nombran tos manuscritos coloniales y hablan tanto de sus cerros volcánicos y de los ranchos a su alrededor, fue considerado como tantos otros como «pueblo de indios» y aun cuando en el también vivian blancos, la autoridad que nombraban alcalde, siempre era un indio según se acostumbró en todo el Estado y en los pueblos grandes con blancos e indios, había dos alcaldes, el hispano y el indígena, caso Mocorito, y en aquellos de fundación puramente española como Culiacán, San Sebastián… el alcalde era español. Como muestra citaremos unos fragmentos de papeles viejos fechados en 1,771, referentes a unos deslindes de terrenos rústicos:

 

«En atención de haber citado a los indios del pueblo de Capirato -que está para el poniente respecto a éste de el Platanar-; y estos haber comparecido con su Alcalde Felipe Jacobo, el teniente Nicolás Reátiga, Juan de Dios Reatiga, Clemente y Manuel…»

Nada más los Reátiga eran mestizos o criollos puesto que tenían apellido y los indios no. Más adelante se agrega:

«… y reconocido y deslindados los linderos de el pueblo de Capirato que se pusieron por los mismos naturales en una loma zacatosa y pedregosa que llaman La Mesa de las Cruces, en donde se amontonaron muchas piedras y se puso una cruz por división y lindero de esta tierra de el Platanar (del) pueblo de Capirato quedando conformes una y otra parte…»

Este es un ejemplo más sobre las leyes coloniales en Sinaloa tan tajantes y estrictas en favor de los naturales, pues en tratándose de comunidades indígenas, los límites eran hasta donde los indios reconocieran por suyo tuvieran o no papeles de posesión. El otro terreno en cuestión era de don José de Heras y lo habían medido por primera vez unos 20 años atrás.

El Correo

El Camino Real Mexicano hubo de sufrir algunas modificaciones durante la colonia de acuerdo a las crecientes necesidades. Tanto los de correo como los arrieros, buscaban los caminos más cortos, tenían razón, todo se hacía a lomo de mula.

 

Vemos por este y otros papeles, Capirato pertenecía a Culiacán; ahora está en Mocorito. Se ve también los viejos que son los ranchos. Se pasó pues el camino por la Morita por ser un poco más corto, pero las familias con necesidad de viajar, los 58.7 kilómetros de Culiacán a Capirato, preferían llegar a descansar en Capirato, lugar más cómodo, sombreado y buen arroyo para refrescarse y así seguir su camino al día siguiente.

Claro, los papeles viejos son de primera, muy detallados desde el Real del Rosario hasta Arizpe, Sonora y nada más pongo el tramo a Capirato, y en otros papeles de la misma época sobre el correo, también con lujo de detalles, nos dicen que las 93 leguas de Álamos a Culiacán, el correo habrá de hacer «cinco días con sus noches», descansar un día en Culiacán y cubrir las 89 leguas también en cinco días hasta el Real del Rosario en donde descansará tres días esperando el correo de Guadalajara para luego regresarse. Saca la cuenta amable lector, cada legua castellana equivalía a 4,190 metros. Todo lo tenían previsto y calculado con meticulosidad, la fecha y hora en que debería salir o pasar el del correo, incluso con anticipación el día exacto en que el correo de Guadalajara llegaba al Rosario.

San Juan de Capirato siempre tuvo cura de planta y llegó a tener la categoría de Curato. Son varios los nombres de los padres que tengo y que estuvieron ahí. En 1,838 estaba el padre don Ramón Villegas que el año siguiente solicitó su separación, contestándole el señor obispo de habérsela aprobado y esperarse hasta conseguir nuevo sacerdote, que lo fue hasta pasados varios meses.

En el ano de 1,839 hubo muy buena boda en Capirato; se casaron el joven Hernando Niebla y la señorita Saturnina Cázarez.

San Juan de Capirato tuvo fama en la colonia por la hermosura de sus indias de origen tahue, ya mencioné una, a la india Serafina. Y hermosura siguió en sus mestizas y blancas.

Por último, como dato curioso, en una de las piedras del templo esta la siguiente inscripción:

«San Juan de Capirato, 1ro. de Enero de 1775, Juan Tomás”.

Parece ser el nombre del indio albañil que trabajó en la construcción. Otras piedras tienen grabados símbolos de fe católica. Y en una de las campanas dice: «Marzo de 1895. Margarito Alonso». Posiblemente fue quien la donó.

 

 

 

Tomado de: El Camino de los Libros, Lizárraga Arámburu, Pablo, Colección Dixit 3, H. Ayuntamiento de Culiacán-La Crónica de Culiacán, 1999.

 

San Juan Evangelista
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