Semana Santa en Bacubirito, Sinaloa, México

 

Tradiciones y celebraciones religiosas de Sinaloa, México

 

SEMANA SANTA EN BACUBIRITO

 

Por: Evaristo Aguirre Sánchez

 

Los preparativos

Los habitantes de Bacubirito en un cien por ciento eran católicos y los días de fiesta se festejaban con la mayor pompa posible y apegados, de acuerdo con lo que la Historia Sagrada, a los acontecimientos que en la era de Jesucristo se registraron en el Gólgota.

Los preparativos para la representación del Calvario, durante los días santos, se hacían con alguna anticipación. Los destinados a servir de fariseos hacían unos turbantes adornados con flores artificiales de muchos colores, espejitos, barbiquejos y un pañuelo colorado que les cubría la espalda; también usaban lanzas de madera pintadas de colores, con una sonaja hecha de lámina de zinc del tamaño de las monedas actuales de a peso, ajustadas con un clavo, las que se colocaban cerca de la punta de la lanza para hacerlas sonar, al golpear el piso con ellas. Todos los personajes que iban a tomar parte en la celebración de Semana Santa ensayaban con tiempo sus papeles.

 

Los personajes

Quienes tomaron parte destacada en los acontecimientos de la Semana Santa de que trata fueron, en sus papeles de Jesús Nazareno, Jesús María Ochoa, a quien nombraban el chino, por tener el pelo encarrujado.

Alférez: Encarnación Campos.

Apóstoles: 12 muchachos de los más pobres del pueblo.

Judas Iscariote: Saúl Laija, muchacho lisiado del brazo derecho, el que sostenía colgado con un pedazo de manta que se pasaba por el cuello.

Fariseos: Isidro e Ignacio Cervantes, Milesio Velázquez, Jesús López, Antonio Sandoval, Valentín y Sixto Araux, Chon Gámez, Anacleto, Gabriel y Cornelio López, José María y Zenón López, Isidro y Jesús Flores, Lucas, Tomás y Faustino Moite, Isauro y Faustino Martínez, Félix, Jacinto, Antonio y Reyes Parra (de Borogüe), Ricardo Quiñones, Mariano Soto (el rana), Sixto Soto, Pedro López, Miguel Arredondo, Ángel López (el güero), Félix Villegas (El quelite), Manuel Celestino y Alejandro Cervantes, Facundo Román, Mauricio Melendres, etcétera.

Anás: Ramón Campos.

Caifás: Plácido Parra.

Poncio Pilatos: Francisco Zañudo

Herodes: Francisco Ochoa

Nicodemos: Ezequiel Figueroa

Samuel Belibeth: Francisco Parra (chino güico)

 

Sayones: Timoteo Soto

El pueblo:

 

Domingo de ramos

Este día ya empezaban las mujeres a salir con sus vestidos negros, de luto riguroso. Muy temprano se celebraba una misa solemne durante la cual se repartían las palmas benditas entre todos los devotos. Terminaba la misa con una procesión que partía del altar mayor: se salía por la puerta principal de la iglesia con la imagen de Jesucristo —que era de un metro sesenta centímetros—, a cuestas y le daban vuelta a la iglesia para volver a entrar por la misma puerta.

En la época a que me refiero ejercía el presbítero cura don Ricardo Monje, hermano del ya mencionado don Melesio, y de Lupita, Ignacio y Graciano. Servían de monaguillos los jóvenes Domingo Pérez, Tirso López y José María Romero.

Ese domingo de ramos de la Semana Santa que describo, entre seis y siete de la tarde empezaron a llegar a la iglesia varias mujeres con el fin de confesarse, hincándose a un lado del confesionario para esperar la Ilegada del señor cura. Llevaban cubierto el rostro con un tapado negro para que no las conociera el sacerdote, y ocurrió que en aquellos momentos el cura había sido llamado con urgencia para suministrar los últimos auxilios espirituales a una moribunda o moribundo, por lo que salió acompañado de los monaguillos Pérez y Romero, dejando a Tirso en la Sacristía. An¬tes de salir recomendó a este último que dijera a las mujeres que luego las atendería. Tirso, en lugar de cumplir con el recado, urdió ponerse una sotana vieja que por allí estaba y viendo que le sentaba como hecha a la medida, sacó de una de las gavetas del ropero una cocota y una estola con las que completó su disfraz; con paso firme y resuelto se dirigió al confesionario y acomodándose en el sillón que el cura usaba en esos casos, dió unos toques con los nudillos en la ventanilla del lado donde estaban las mujeres. Luego que se aproximó una de las señoritas y ya que se hubo santiguado, Tirso le dijo:

-Reza el Yo pecador.

Cuando ésta terminó la oración, con mucho énfasis le ordenó:

-Ahora dí tus pecados.

Empezaba la infeliz a confesarlos, cuando apareció el cura verdadero y tomándolo de una oreja se lo llevó a la Sacristía donde lo hizo que se hincara sobre unos granos de maíz; para aumentarle el castigo le obligó a que rezara cien padrenuestros y cien avemarías sin levantarse.

Estas hazañas de confesar eran para Tirso una diversión que no desaprovechaba cada vez que se presentaba la oportunidad. En otra ocasión y haciendo el mismo papel le tocó confesar a Josefina Velázquez.

-¿Estás de novia?

¿Sí…?

-¿Con quién?

-¿Con Eleuterio?

-¿Como que con Eleuterio?

Al decir esto ella lo reconoció y riéndose salió corriendo.

 

Lunes, martes y miércoles santos

 

Estos días sólo se celebraban misas rezadas en las que se les daba la sagrada comunión a los feligreses. Los fariseos, que hacían un total como de setenta, terminaban su equipo y empezaban a salir.

 

El alférez y encargado de hacer cumplir lo ordenado por la Iglesia, portaba un chicote de cuero crudo con el cual azotaba a los fariseos que desordenaban o que no cumplían con su cometido. Los azotes que les propinaban no eran simulados, sino fuertes y reales que dejaban en la piel de quienes los recibían, marcadas señales.

Estos días, como todos los de la Semana Santa, nadie trabajaba: las cantinas permanecían cerradas y los fariseos no permitían que ninguna persona montara a caballo. Si alguien desobedecía, se encargaban de correr y picar con sus lanzas a las pobres bestias, hasta que las sacaban con todo y jinetes del poblado.

Todo era silencio y recogimiento. La gente se veía contrita, apesadumbrada y sólo iban de su casa a la iglesia. Casi no se oía ni el ladrido de los perros.

 

Jueves santo

El jueves dejaban de funcionar las campanas y en su lugar eran usadas matracas de madera que hacían sonar con unos fierros en forma de oreja que al moverlas hacia un lado y otro, chocaban produciendo un ruido que se alcanzaba a oír a distancia. Después de que los devotos salieron de misa; más o menos a las ocho de la mañana, se sacó en procesión la imagen del Salvador, llevándola de casa en casa por todo el pueblo. Esta peregrinación terminó como a las dos de la tarde. A las cuatro el cura escogió a los apóstoles entre los muchachos más pobres del pueblo. En el camino hacia la iglesia fueron colocadas dos bancas, una frente a la otra y separadas por una alfombra. En cada banca se sentaron seis apóstoles y luego aparecieron los monaguillos provistos de una bandeja, un pichel con agua y una toalla; enseguida el señor cura lavó los pies a cada uno de los discípulos del señor, representados por aquellos muchachos. A cada apóstol que terminaba le adoraba los pies y luego le entregaba una pieza de pan horneado especialmente para dicha ceremonia y además les obsequiaba una peseta de aquellas que circulaban en la época, con el águila por una cara y el sol por la otra, de pura plata y casi del tamaño del peso de nuevo cuño.

Tirso López, que siempre fue uno de los más ocurrentes del pueblo y todo el tiempo se llevaba tramando travesuras, en una ocasión, ya hombre y casado; en que tenían preso al Señor y Tirso había perdido a los albures cuanto llevaba encima, tuvo la ocurrencia de irle a pedir prestado un peso al preso. Ante la sorpresa de los fariseos que lo custodiaban dijo:

—Mira, yo estoy muy pobre, muy atrasado. Perdí todo en el juego y quiero que me prestes un peso. Tu tienes aquí mucho dinero que te han dado de limosna. ¿Qué dices? ¿Me lo prestas?

La imagen como es natural, no contestó ni una sola palabra.

Bueno, no me contestes. El que calla otorga.

Y diciendo esto tomó un peso y luego agregó:

-Si gano, vengo y te pago. Si no, ¿qué vamos a hacer?

Se llevó el peso y esa noche tuvo suerte. Ganó bastante dinero. Se hizo el santo milagro. En la madrugada, antes de irse a descansar fue y le pagó el peso diciéndole a Jesús:

-Muchas gracias, Señor. Vé como soy buen pagador y sé cumplir mi palabra.

Entre las ocho y las nueve, Judas Iscariote se aproximó a la imagen de Jesús, diciéndole a tiempo que le daba un beso:

-Dios te guarde. Maestro.

Al instante los fariseos rodearon la imagen y levantándola en peso se la llevaron a la cárcel, que era un cuarto de madera que levantaban a la entrada de la iglesia, a mano derecha de la puerta mayor. Le daban el nombre de ermita y la tenían expresamente para el caso. El alférez nombró seis fariseos para que montaran guardia a la imagen. Esta guardia era relevada cada media hora.

En los momentos en que era encarcelada la imagen del Nazareno llegó muy apurado a casa de Ignacio Echavarría el fariseo Cornelio López, y le dijo a doña Abelina, que trabajaba de cocinera:

-Madre, dame rápido comida porque tengo que ir a cuidar al reo Jesús de Nazareno.

-Si [le contestó ella] inmediatamente voy a servirte para que te vayas, no sea que se les fugue el preso.

 

 

Viernes santo

Como a las siete de la mañana el sacristán don Ignacio Figueroa avisó que los locales donde deberían instalarse los tribunales que juzgarían a Jesús, ya estaban listos. El primer tribunal era el de Anás y fue instalado en la casa de la señora Leona Esparza (local que ocupaba la escuela oficial y que se encontraba detrás de la iglesia); el segundo de Caifás, en la casa del médico Guillermo Atuel; el tercero, de Poncio Pilato, en la de don Ignacio Echavarría; y el cuarto, de Herodes, en la de don Eleuterio Aguilar. La escena era dirigida por el señor cura, y todos los personajes iban vestidos de acuerdo con su investidura.

Se encontraba una multitud de más de cinco mil personas en la iglesia. (Los días Santos concurrían a Bacubirito gente de los pueblos circunvecinos, principalmente de Mocorito y Sinaloa.)

 

 

Calvario

 

El calvario que se representó es anónimo. Era representado cada año en Semana Santa y se transmitía verbalmente de generación en generación.

Como a las siete y media se procedió a sacar de la cárcel la imagen del Nazareno y en peso los fariseos la llevaron al tribunal de Anás. La multitud los siguió y al llegar se desarrolló el siguiente diálogo:

Anás.-    ¿Eres tú Jesús el Nazareno? (luego olvidándose de su investidura y dando un puñetazo sobre la mesa). Tú, un miserable, un pordiosero parece increíble tanta audacia de un hombre (luego con voz más fuerte).- Jueces, he allí al que se llama Mesías, el que se titula el rey de Judea, el que juzga nuestras acciones, el que se atreve a amenazarnos con la ruina del templo, el que nos llama raza de víboras. ¿Y eres tú el que quiere trastornar el orden de las cosas, el que quiere hacer lo que nadie ha hecho? ¿Con qué autoridad dices todo eso? Responde, habla, hipócrita galileo.

Jesús.-    ¿Porqué me preguntáis a mi? Preguntad a los que han oído lo que yo les hablé y enseñé, que ellos saben bien lo que he dicho.

Anás.-     (A quien la humildad de Cristo irritó de tal modo que levantándose de su sitio y olvidando la compostura que le imponía el cargo que desempeñaba, comenzó a gritar.) Llevadle. Llevadle a casa de Caifás. Allí está reunido todo el tribunal. Allí le esperan todos los testigos que le acusan. Yo no quiero ver ante mi presencia ese miserable.

Un fariseo.-   (Empujando a Jesús).- Vamos falso profeta. Cuidado con tu lengua en presencia del Pontífice, si no quieres que acaricie por segunda vez tu mejilla.

De allí partió toda la caravana a casa de Guillermo Atuel, que era el lugar donde estaba instalado el segundo tribunal. Al llegar al pueblo, los fariseos con Jesús de Nazareno, Caifás lanzó un grito de gozo y dijo:

Caifás.- Acercadme a ese embaucador.- Óyeme falso profeta y respóndeme sin turbarte. Habla como lo hacías en la Sinagoga y en Galilea; detesto a los hipócritas.

Nicodemos.- Caifás, este hombre está acusado, pero no condenado. Manda a tus servidores que le respeten, que le desaten, que le concedan el derecho de defenderse con libertad, de lo contrario la Ley de nuestros mayores se verá este día hollada a los pies de los miserables.

Caifás.- Venid los testigos.

Nicodemos.- Caifás, no des crédito a esos, piensa que Jesús en vez de ser un falso profeta, puede ser un enviado de nuestro Dios, un elegido del Santo de los Santos.

Caifás.- «Nada bueno saldrá de Galilea», han dichos las Escrituras.

Nicodemos.- Sí, pero Jesús ha nacido en Belén y la escritura dice: «Saldrá un profeta de la raza de David y de la ciudad de David».

Caifás.- ¿Eres tú defensor de ese hombre?

Nicodemos.- Soy fariseo y respeto la Ley; si Jesús es culpable medidle con la misma medida que ha sido aplicada a los demás hombres. La Ley debe ser recta como la torre de David, firme como las rocas del Sinaí.

Caifás.- ¿Eres tú su defensor Nicodemos?

Nicodemos.- Ni acuso ni defiendo, sólo quiero que la Ley no se degrade.

Caifás.- (Dirigiéndose a los testigos después de haber dirigido una mirada dura y rencorosa a Nicodemos).-Hablad vosotros, ¿qué sabéis de ese embaucador?

Los testigos.- Nosotros le hemos oído decir: «Destruiré el templo hecho de mano y en tres días edificaré otro no hecho de mano».

Caifás.- ¿Eres tú el Cristo, el hijo de Dios Bendito?

Jesús.- (Con humildad).- Yo soy y veréis al Hijo, el hombre sentado a la diestra del poder de Dios y venir con las nubes del cielo.

Caifás.- (Gritando).- Ha blasfemado. Ha blasfemado. (Levantando los brazos al cielo y haciendo ademanes indignos del honroso cargo que desempeñaba).-¿Para qué necesitamos ya testigos? Ahora habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?

Voces de los ancianos.- Es reo de muerte.- La Cruz, La Cruz, para el blasfemo.

De ahí partió la comitiva, que estaba compuesta de más de mil personas como ya he dicho, llevando al Nazareno a la casa de don Ignacio Echavarría, que era donde se encontraba instalado el tribunal de Poncio Pilatos. Al llegar:

 

El pueblo.- Justicia. Que saiga el Gobernador.- Que se asome Poncio Pilatos.

Pilatos.- (Saliendo).- Pueblo que vienes a interrumpir el dulce sueño de la mañana a tu juez. ¿Qué quieres?

El pueblo.- Justicia.

Voces.- La Cruz para Jesús el Nazareno.

Pilatos.- ¿De qué delito acusáis a ese hombre? Yo os prevengo que no hablen todos a la vez; que tome uno de vosotros la palabra y los demás que guarden silencio.

Beli Beth.- Juez Romano, el pueblo pide justicia y la espera de ti porque tú solo tienes derecho de vida y muerte sobre los súbditos del ilustre Emperador Tiberio. (Apuntando con su índice a Jesús.) Ese hombre es el hijo del carpintero José y de María; todos le conocemos perfectamente, dice sin embargo que es Rey de Judea, hijo de Dios y que no sé yo cuantos otros sacrilegios que no es decoroso recordar. Hace tres años que recorre las tribus embaucando a la gente sencilla. No respeta la Ley de nuestros mayores; cura en sábado las dolencias del prójimo; esto, como ves, merece la muerte y eso espera el pueblo que llena la plaza. He dicho.

Pilatos.- Si Jesús no ha cometido más crímenes que los que acabas de relatar, yo, que represento a Roma, no lo encuentro lo suficiente culpable para castigarlo.

Caifás.- Es un malhechor, un conspirador, un blasfemo, (y acercándose a Pilatos) si no fuera un criminal no te lo hubiéramos traído.

Pilatos.- Si ese hombre pecó contra nuestra ley, juzgadle vosotros. ¿Qué tiene que ver Roma con vuestras cuestiones religiosas? Os tolera vuestros templos; os permite que recéis en vuestra Sinagoga y nada más. Juzgadle, juzgadle vosotros.

Caifás.- Es pena de muerte, bien lo sabe, Pilatos. Os la habéis reservado vosotros como derecho de conquista; nosotros no podemos sentenciar a Jesús y su delito merece la pena de muerte.

De allí se trasladó toda la comitiva a la casa del señor Eleuterio Aguilar, en la cual se encontraba instalado el tribunal de Herodes. Al llegar a dicho lugar:

 

Herodes.- No podéis imaginaros, respetables sacerdotes, lo que os agradezco el que me presentéis a este hombre. Hace tiempo que la fama de sus milagros resuena en mis oídos y deseo ver por mis propios ojos uno de esos prodigios que trae alborotados a los sencillos habitantes de Zabulón. Acércate profeta, y no temas, puesto que los prodigios están en tus manos. Muéstrame tus habilidades; confunde mi poca fe. Vamos, haz un milagro. (En vista de que Jesús no respondió, agregó:) ¿Eres por ventura mudo? ¿Por qué no hablas? ¿Porqué me confundes? Acércate a esa ventana desde donde se ve la cilíndrica torre de David y dile que me salude.

Jesús.- Los prodigios de Dios nunca se ejecutan para entretener la curiosidad del hombre. Se llevan a cabo por razones más poderosas, más útiles.

Herodes.- ¿Olvidas que soy el tetrarca de Galilea, y que tu silencio puede costarte caro? (Lleno de cólera:) ¡miserable! desprecias mis amenazas.

Jesús.- (Sonriendo dulcemente).- Sin duda, ilustre rey, me crees inferior a tu persona y me desprecias.

Herodes.- Hago mal en irritarme contra ti, pero debo advertirte que no solamente me hallo dispuesto a perdonarte y aclamarte por mi señor, sino que prometo adorarte como a Dios, si logras resucitar a tu noble abuelo David. Haz ese milagro y caigo de rodillas a tus pies.

Caifás.- Ilustre tetrarca, este hombre es un embaucador.

Tú le ofreces una corona por un milagro y no lo hace.

Herodes.- ¿Para qué necesita Jesús la corona? ¿No la lleva acaso de espinas sobre su frente? ¿Qué falta le hace el cetro? ¿No lo tendrá de caña entre sus manos? Sólo le falta la túnica blanca de los reyes de teatro. Dadle a Jesús el Nazareno la túnica y llevadle a Pilatos para que coloque sobre sus hombros el manto púrpura de los Emperadores.

 

La comitiva regresó a la casa donde se encontraba instalado el tribunal de Pilatos, gritando desaforadamente:

Pilatos.- Pues, bien acusadle de crímenes que merezcan la Cruz. Estoy dispuesto a oírlos. Hablad, pero todo lo que me habéis dicho no vale ni siquiera la pena de que mis soldados permanezcan con la lanza al hombro un cuarto de hora.

Caifás.- Pilatos, con lo que te hemos dicho, de sobra tienes para sentenciar a Jesús. Recuerda que Tiberio ha declarado reos de muerte en cruz afrentosa a todos los hechiceros y este hombre cura endemoniados y hace otros mil sacrilegios. ¿No falta a lo que tu señor prescribe?

Pilatos.- ¿Eres tú el Rey de los Judíos?

Jesús.- ¿Dices tú eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?

Pilatos.- ¿Soy yo acaso Judío? Tu nación y los pontífices te han puesto en mis manos… ¿Qué has hecho para que deseen tu muerte con tanto empeño?

Jesús.- Mi reino no es de este mundo. No debe, pues, inspirar recelo a tu señor. Si de este mundo fuese, mis ministros pelearían para que no fuese entregado a los judíos. No temas, pues, por ahora mi reino no es aquí.

Pilatos.- ¿Eres tú Rey?

Jesús.- Tú dices que lo soy. Yo para eso nací, mas vengo a reinar en los corazones de los justos y transmitirles la luz divina de la gracia y la verdad. Todo aquel que ama la verdad, escucha mi voz.

Pilatos.- (Dirigiéndose al pueblo y levantando la voz para ser oído de todos).- Ningún delito encuentro en este hombre.

Caifás.- Medita lo que dices. Jesús en Galilea ha ejercido toda clase de sacrilegios.

Pilatos.- ¿Es Galileo Jesús?

Caifás.- Sí, de Nazareth.

Pilatos.- Pues entonces llevadle con Herodes, tetrarca de Galilea, que ahora se haya en su palacio con motivo de las fiestas de pascua. Que le juzgue él, decidle de mi parte. No es decoroso que yo me entrometa en los delitos de sus súbditos.

Voces.- Pilatos, Pilatos. Que saiga el Gobernador. Que sentencie al Galileo. La Cruz para el Nazareno.

Pilatos.- Me habéis presentado a ese hombre como pervertidor del pueblo y ved que preguntándole yo delante de vosotros no hallé en él culpa alguna de aquellas que le acusáis; lo remití a Herodes y tampoco el’ tetrarca lo cree culpable. Si nada se ha probado que merezca la muerte. ¿Por que lo queréis matar? Así le soltare después de haberle azotado. (Luego se sentó a la mesa y escribió esta sentencia en lengua latina:

«Despojad, atad y azotad con varas a Jesús de Nazareth por sedicioso y menospreciador de la Ley de Moisés, acusado por los sacerdotes príncipes de la nación.)» Lictor, ve y entrega las varas.

Voces.- Al Gólgota. Al Gólgota, crucificadle, crucificadle.

Caifás.- Tu deber es respetar nuestra Ley y castigar a los enemigos del César. Jesús se ha llamado hijo de Dios. Merece, pues, la muerte por nuestra Ley. El segundo delito de Jesús es el de rebelión contra Tiberio y merece muerte de cruz. Crucifícale tú, que es a quien compete.

Pilatos.- (Dirigiéndose a Jesús).- Defiéndete, ya que oyes lo que de ti dicen. Judíos, he interrogado por tercera vez a este hombre y mi conciencia me dice que es inocente o al menos no merece la muerte. Entre vosotros existe la costumbre de conceder la libertad a un criminal en estos días, ¿queréis que se suelte a Jesús o a Barrabás?

Voces.- Haz morir a Jesús. Suéltanos a Barrabás.

Pilatos.- (Dirigiéndose nuevamente a Jesús).- ¿Por qué no respondes? ¿No sabes que en mi mano está tu muerte y tu vida?

Jesús.- Ninguna protesta tendrías sobre mí si no te fuera dada de lo alto.

Pilatos.- (Al pueblo).- En vano será que vociferes al pie de mi balcón; Jesús es un justo y no es honroso para un juez firmar la sentencia del inocente. Pido, pues, su libertad.

Caifás.- Pilatos, piensa que olvidas tus deberes, Jesús se ha proclamado Rey de los Judíos usurpando una dignidad que le corresponde a Tiberio, tu dueño y el nuestro por derecho de conquista. Ese hombre que defiendes es enemigo del César; salvando su vida atentas a la gloria del augusto emperador de Roma. ¡Ay de ti si tu conducta de este día llega a los oídos del mundo, del inmortal Tiberio!

Pilatos.- Pues bien, ya que lo queréis, sea. Ved aquí a vuestro rey, a quien queréis matar.

El pueblo.- Nuestro Rey es el César Tiberio. A él sólo rendimos acatamiento. Jesús es un trastornador público, un enemigo de Dios y del Emperador.

Una voz.- Advertid que la sangre del justo cae como plomo ardiente sobre la conciencia del asesino.

Caifás.- Nosotros cargamos con la responsabilidad. Caiga su sangre sobre la generación presente y sobre los hijos de nuestros hijos.

Pilatos.- Tomo al cielo por testigo que soy inocente de la muerte de este justo. La cólera celeste caiga sobre sus verdugos (sentándose en una silla, escribió con mano convulsa la sentencia:) «Yo Poncio Pilatos, Gobernador de toda la provincia de Judea por el solo Imperio Romano, estando en nuestro Tribunal y Sala de Audiencias, oídas las acusaciones criminales de los sacerdotes, escribas y fariseos, la conmoción y clamor del pueblo contra Jesús de Nazareth, concordando todos y diciendo como ha alborotado al pueblo y conmovido a la ciudad enseñando doctrinas nuevas contra la Ley de Moisés, haciéndose autor de una nueva Ley para hacerse Rey y como tal ha tenido el atrevimiento de entrar triunfante con ramos y palmas a la ciudad, y por haber menospreciado la justicia y autoridad del Emperador Tiberio, prohibiendo a los vasallos le pagasen el tributo. Pero lo que causa aún mayor escándalo es como presuntuoso y blasfemo, se ha gloriado y ha dicho muchas y diferentes veces que era hijo de Dios, siendo hombre de baja condición, hijo de un pobre artesano y de una mujer llamada María, fingiendo ser muy santo y siendo muy engañador. Hombre inquieto, conspirador y destructor del bien común, habiendo cometido muchos otros enormes delitos más dignos de ser castigados. Por tanto, habiéndolo considerado muy bien y examinado las verdades de las sobredichas acusaciones, siendo gravísimos delitos, condenado debe ser a que sea conducido por las calles acostumbradas de la Santa Ciudad de Jerusalén, de la manera que llevando él mismo la Cruz acompañado de los ladrones para mayor afrenta, hasta la montana del calvario donde acostumbran ser ajusticiados los hombres facinerosos y allí sea crucificado en su cruz, en la que permanecerá colgado hasta después de su muerte sin que nadie se atreva a quitarlo de ella sin muestra autorizada y licencia. Los ladrones estarán igualmente colgados de sus cruces, uno a la derecha y el otro a la izquierda, presidiendo como rey, para mayor escarnio y afrenta, para que sirva de ejemplo a todos los malhechores, cuya sentencia mandamos publicar al sonido de la trompeta y en alta voz por el pregonero, para que llegue a noticia de todos y nadie pueda alegar ignorancia». (Firmado) Poncio Pilatos.- (Entregó el escrito a los sacerdotes diciendo: Tomad y cúmplase como deseáis).

Terminando el juicio, colocaron en las sienes del Nazareno una corona de espinas y le pusieron un cetro en la mano, regresando con él a la iglesia.

Como a las once y media seguía la procesión de las tres caídas. A la misma imagen del Nazareno colocaron una cruz grande, de madera, sobre los hombros y salieron con él por la puerta mayor de la iglesia. Siguiendo la calle derecho pasaron por la casa de la señora Refugio Ruiz, dieron vuelta a la izquierda por la calle que conduce al barrio del pueblito hasta llegar a la casa de mi abuelo, el señor José Aguirre. Las mujeres, por su parte sacaban en procesión a la Virgen María por el lado de la plaza de armas, para encontrarse con la procesión de Jesús, frente a la casa que ahora es de arcos. Allí una de las mujeres que acompañaban la procesión de la Virgen, con un lienzo blanco limpiaba el rostro al Nazareno. En ese lugar el público adoraba a las dos imágenes y luego seguía la procesión; los hombres con Jesús el Nazareno delante y las mujeres siguiéndolos con la Virgen María; salían frente a la plaza, tomaban hacia la derecha para entrar por la calle de la Bebelama y salir por el callejón donde se encontraba la casa del señor José María Soto. Luego seguía a la derecha dando vuelta por detrás de la iglesia, por la casa cural para volver a entrar por la puerta mayor del templo.

 

A las tres de la tarde, al correr una cortina dejaba verse crucificado y en medio de los ladrones Dimas y Gestas, a nuestro Señor Jesucristo. A esa hora subió el padre al púlpito a predicar Las Siete Palabras. Varias mujeres muy emocionadas, empezaron a llorar. Cuando terminó el padre con el sermón procedieron a desclavar a Jesús colocándolo en un ataúd.

Desde el momento en que era colocado Jesús en el ataúd, Manuel Parra, a quien decían Nimo, con una flauta de carrizo fabricada por él mismo, se puso a la cabecera del Señor empezando a tocar con un sonido monótono, triste, plañidero; un verdadero llanto convertido en música, siguiendo desde ese momento sin parar un instante con su lamento musical hasta el sábado en que se cantó Gloria. (Nimo era una persona que todo el año se ocupaba en no hacer nada que no fuera entrenarse con su flauta y así, cuando la Semana Santa llegaba, Nimo se veía convertido en una persona importante durante el tiempo que tenía a su cargo la música dolorosa con que se lloraba la muerte del Señor. A la mujer de Nimo, que se llamaba Jesús, le decían la Tutis. Esta mujer siempre traía colgada al cuello y hacia atrás, sobre la espalda, una cruz de madera de cedro de gran tamaño y peso. En las casas le regalaban comida y la compartía con su marido.)

A las siete de la noche salieron de la iglesia tanto hombres como mujeres en procesión con la Soledad y pasando el madero por las mismas calles por donde pasó la procesión anterior. Terminada ésta, que fue la última siguieron velando el santo entierro toda la noche sin dejarse de ver ni un instante llena de gente la iglesia, al grado de que era muy difícil transitar por ella debido a la aglomeración, principalmente en la puerta mayor, que era precisamente el lugar donde se encontraba el santo entierro.

 

Sábado de gloria

Amaneció expuesto en el centro de la iglesia, en el crucero de los altares, el santo sepulcro, y Nimo, como se ha dicho, a la cabecera tocando sin descanso con su flauta de carrizo. Las demás imágenes de bulto fueron colocadas en sus lugares. La imagen de San Pedro, que era del tamaño de una persona adulta sentada en una silla con un mazo de llaves en la mano izquierda y apuntando al cielo con el índice de la derecha, fue colocada en un tabernáculo que se encontraba a un lado y al pie de la escalera que sube al púlpito.

A las ocho llamaron a misa con las matracas, la que dió principio media hora después. En el primer evangelio subió el padre al púlpito a predicar y los monaguillos Domingo Pérez y Tirso López, salieron con sendas charolas a juntar la limosna que se acostumbraba pedir a los devotos en misa.

Tirso, que era el encargado de colectar la limosna por el lado donde se situaban los hombres, al pasar por la puerta del costado, toparon sus escudriñadores ojos con un ranchero que llegó muy apurado por habérsele hecho tarde y escondió detrás de la puerta un morral con bastimento. Tirso, que las sabía y las jugaba con quien sabe hacerlo, ni tardo ni perezoso y a un descuido de los circunstantes, hurtó el morral con todo y contenido y presto salió de la iglesia haciendo cómplice de su hazaña a otro monaguillo que lo era José María Romero y en manos del cual depositó lo que tan sospechosamente y no por tan legales caminos acababa de obtener, volviendo con las suyas desocupadas del morral, y como si nada hubiera hecho, con la mayor tranquilidad, siguió recolectando las limosnas hasta llegar al altar mayor.

Cuando terminó el oficio religioso se juntaron los tres monaguillos (Domingo, Tirso y José María), en la sacristía, con el sano propósito de nutrir sus cuerpos con lo que con tan buena fortuna habían escamoteado. Del festín que se dieron (porque es más sabroso el fruto robado que el comprado) les sobraron bastantes tortillas y no encontrando mejor sitio donde dejarlas se las encajaron a San Pedro en el dedo y el morral vacío lo abandonaron a un lado de dicho santo; así que cuando el ranchero buscó su morral, al terminar la misa, fueron los monaguillos y le llamaron:

-Mire, venga para acá.

Y llevándolo adonde estaba San Pedro le dijeron, señalando a la imagen:

-Ese fue el que se robó el morral. Allí lo tiene por un lado, todavía no se acaba las tortillas.

A las diez campanadas anunciaron gloria con un prolongado y sonoro repique de varios minutos; la gente empezó a salir de la iglesia muy contenta para ver quemar a Judas, con el que llegaban en esos momentos Mucio y Severo Soto, a quienes les decían los «cueteros» porque tenían una fábrica de explosivos.

Después de pasear a Judas por todo el pueblo, acompañándolo con la música, procedió Severo, en el atrio de la iglesia, a darle lectura al testamento y cuando hubo terminado colocó a Judas, que estaba hecho de varillas de carrizo con envoltura de papel y explosivos por todos lados; en un poste que con tal fin se había instalado frente a la puerta mayor de la iglesia. Cuando ya estuvo bien insta¬lado en su sitio correspondiente, le pusieron fuego y enseguida la pólvora empezó a arder haciendo dar al pobre Judas más vueltas que una marioneta, para uno y otro lado, hasta que feneció con la explosión de una bola grande que lo dejo hecho añicos.

Algunos comerciantes, durante estos días, sábado y domingo, tenían sus pregoneros anunciando mercancías baratas; a diez centavos la vara de manta marca «Coloso» que era fabricada en Culiacán; la mezclilla de la misma marca a veinticinco centavos, etcétera.

 

 

Tomado del libro; SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañón, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987.

 

Jesuscristo
Jesús de Nazareth

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