Sinaloa, su aportación de sangre a la revolución

 

 

Historia de la Revolución Mexicana

 

 

SINALOA, SU APORTACIÓN DE SANGRE A LA REVOLUCIÓN

 

Por: Herberto Sinagawa Montoya

 

Medios broncos unos de mirada oscura, fría y homicida, y otros ingenuos como un vaso de agua y asustadizos como conejos , la leva sacó de la milpa escardada a pleno sol, del rancho de ordeña con el pial al muslo, de la canoa que rastreaba el estero, a cientos, a miles de sinaloenses y los lanzó a la bola, a la Revolución.

Eran, la mayoría, adolescentes en los que el incipiente trazo del bigote les ridiculizaba la cara; la voz era una voz difícil de confiar en ella; si se reía, si se cantaba, si se echaba un madrazo, corría el riesgo de que quedara prendida igual que un hilito de algodón en el aire.

— Déjenme ir nomás por la cobija -dijeron aquellos medio-hombres.

 

Y sí, volvieron, pero arrastrando el llanto de la madre mezclada con los ladridos de los perros.

Oían decir al oscurecer acuclillados en las trancas del corral o en la punta del cerro, que había inventos del diablo como un enorme gusano de fierro que no se detenía ante nada y que echaba lumbre y humo por la boca; de una como carreta pero con los bueyes por dentro; de una cosita así de chiquita que con sólo jalarle un cordón daba luz de día y no necesitaba petróleo.

Pero un temblor les ajaba el cuerpo cuando oían que las mujeres eran de piel blanca y ojos azules, igual que la virgencita aquella que apenas era visible entre las flores de papel de china, y los residuos de cera.

Que eran de seda que con sólo tocarlas podía quebrarlas. Entonces aquellos mozalbetes respiraban más fuerte y la piel se les enchinaba como si, de repente, les volvieron las calenturas.

Al ladino aquél de la leva que decía que no faltarían mujeres ni dinero, y que en la bola todo lo que se agarraba era de uno, le sobraba mucha saliva y así, en una especie de manada, se llevó a los bultos aquellos a los que, ya de salida, se les unieron muchos más, vagos, cuatreros y otros cansados de esperar que lloviera y de que hubiera que comer. Ellos, encogiendo los hombros, dijeron: Da lo mismo morirse de hambre aquí que allá y volviéndose al rancho hicieron una señal de la cruz al tiempo que el polvo del camino se desvanecía y todo quedaba en una suave penumbra sólo resquebrajada por algunos balazos «de despedida».

 

(Compadre: despierte; ya vienen. Ahora sí son ellos).

Fue un torrente de río el que se unió a la bola-mar. Eran sinaloenses de la sierra, del valle y de la costa. Muchachos inteligentes, valerosos; dispuestos a afrontar lo qué hubiera qué afrontar. Otros esperanzados en un golpe de fortuna.

Fue un contingente heterogéneo: mayos desenraizados aguas arriba del río El Fuerte; güeros traídos de las minas de Cosalá y prietos retintos arrancados de las marismas de Escuinapa.

Aportación, generosa sin duda, la de Sinaloa a la Revolución.

Fue así como se alzaron en armas Gabriel Leyva Solano, Salvador Alvarado, Ramón F. Iturbe, Juan Banderas, Juan Carrasco, Ángel Flores, Rafael Buelna, Juan de Dios Bátiz, Felipe Riveros, Benjamín Hill, Francisco Serrano, Gonzalo Escobar, Macario Gaxiola, Antonio Bonifant y tantos más echados al olvido y la ingratitud.

PRESAGIO exalta en este número a los sinaloenses que aportaron su sangre, su inteligencia y su fe a la Revolución.

Y pasa lista de presente a Gabriel Leyva Solano, el que una noche de Baburía denunció los abusos de la dictadura porfirista y se Ianzó a la lucha, seguido por los hermanos Maximiano y Narciso Gámez, en Cabrera de Inzunza, convertido hoy en modesto santuario de la Revolución en Sinaloa. Leyva Solano se enfrentó con fiereza a las fuerzas de la dictadura. Venció al comandante de la policía Jesús López. Herido de un brazo, Leyva Solano pidió ayuda a su amigo Guillermo Peña. Este lo Ilevó hasta Macozari y lo escondió. Peña le dijo:

— Estate quieto. Yo te traeré ayuda.

Y se lo tragó la noche. Pero no se encaminó a la sierra, donde Leyva ya contaba con muchos fieles listos a seguirlo, sino que fue ante el prefecto Barrera y le dijo:

—Tengo en mi poder al peor enemigo del Supremo Gobierno.

El prefecto le golpeó la espalda en forma amistosa y le dijo:

— Usted es un amigo de confianza.

Y ordenó que el escuadrón de rurales recién llegado de Culiacán al mando de Herrera y Cairo, más dos peligrosos matones como Juan Heredia y Leocadio Moreno, verdaderos perros de

presa, fueran tras de Leyva.

Al llegar a la Cañada de Nacozari, Herrera y Cairo rodeó a los sublevados.

Leyva pidió a los hermanos Gámez y los demás que huyeran. Al tratar de burlar el cerco fueron capturados.

Sin oposición de ninguna naturaleza, Herrera y Cairo hizo prisionero a Leyva y lo condujo amarrado codo con codo a Peñuelas. Ahí los 50 rurales dispararon sobre el mártir cuyo último grito, antes de morir, fue:

— ¡Viva Madero!

Salvador Alvarado, al llegar como gobernador y comandante militar a Yucatán, escribió una de las páginas más hermosas. El general Salvador Alvarado dijo: «Me he encontrado con la más cruel de las tiranías y el más abyecto esclavismo. Yo puse las armas de la Revolución al servicio de un ideal, pero veo que aquí, donde no hay otro sueño que la alegría del alcohol ni otra esperanza de Iiberación que la muerte, que le han impuesto los hacendados y los «amos» al indígena yucateco, para seguir explotándolo, hay que realizar una obra rápida.

«No quiero dijo que la Revolución sea un nuevo vértigo de pasiones y de desórden y entren a aprovecharse los ladinos y los logreros que siempre están al acecho de que se revuelvan las aguas para echar sus redes».

Y Alvarado vió que tan urgidos estaban de redención los ricos como los pobres. Llamó a los hacendados. Oyeron sólo lo que les convenía oír. Les dijo que los nuevos tiempos eran para todos, pero que no permitiría que unos cuantos, considerándose asistidos de una especie de derecho divino a vivir del trabajo de los demás, guardaran para ellos una existencia egoísta de acaparamientos y de placeres, de soberbia, y de privilegios de casta.

(Compadrito: ponte estos galones. Ya eres teniente coronel y lo de tus tierritas, no se me olvidan; no se me olvidan).

 

Ángel Flores fue un trabajador. Se elevó por la fuerza de su carácter hasta llegara general de la Revolución.

El general Obregón, al asumir la presidencia de la República, lo designó jefe de la Primera División del Noroeste. Fue esa la época más fructífera de Ángel Flores; construyó el canal «Anto¬nio Rosales» que aún funciona a base de mulas y peones.

Fue el precursor del actual sistema hidráulico. Hizo avanzar la agricultura 50 anos al hacer despertar a un valle agrícola inmensamente rico.

Todavía con viejas amarguras que le dejó su frustrada lucha en favor de José Ferrel, frente al porfirista Diego Redo, enarboló la bandera del constitucionalismo concitándose el odio de fuertes sectores enemigos de la RevoIución.

En 1920 fue electo gobernador de Sinaloa. Hizo una labor muy a su estilo; con gran honradez, con gran dinamismo, con perfecta identificación con las clases más desamparadas.

 

Fue un gobierno, el primer gobierno popular de la Revolución en Sinaloa. Sin terminar de ser gobernador y ante los notables logros de su administración, le fue ofrecida la candidatura a la presidencia de la República.

Tenía como contrincante a Plutarco Elías Calles. Confió a sus amigos: «No dejó de reconocer que ésta es la peor aventura en que me he metido. Aquí me juego la vida».

Proféticas sus palabras. Murió envenenado cuando la maquinaria política del callismo «notó su arrastre popular». Era apoyado por el Sindicato Nacional de Agricultores, porque no en vano fue Ángel Flores un auténtico agricultor en todas las etapas de su vida militar y política.

PRESAGIO repasa la vida de Ramón F. Iturbe, general de la Revolución, hombre puro y vertical, que, al morir, dejó sólo un montón de libros a su viuda.

Rafael Buelna, el mensajero romántico de la Revolución Mexicana, como lo llamara Enrique «Guacho» Félix; Juan Carrasco el hosco y valiente soldado; Juan Banderas, el rebelde; para todos ellos unas palabras que exaltan su obra vitalizada al paso de los años.

Y aquella parvada de «plebes arrancados de sus casas por la leva escribieron ciertamente unas bellas páginas de la Revolución.

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 5, páginas 4-6.

 

La aportación de Sinaloa a la Revolución Mexicana
Felipe Riveros, Venustiano Carranza, Ramón F. Iturbe y una dama que los acompaña; Revolución Mexicana,

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