Tierra de México, poesía sinaloense

De: Enrique González Rojo

 

II. MIL NOVECIENTOS ONCE

Yo sentí la tragedia, y era un niño.

Un hombre me llevaba de la mano

y mostraba la senda con cariño.

Yo sentí la tragedia, y era un niño,

cuando partí para un lugar lejano.

 

—iPor qué (se dijo el corazón inquieto),

por qué dejamos el tranquilo hogar?

El hombre conservaba su secreto.

El niño nunca supo preguntar.

 

Al Sur, un pueblo vio nacer la aurora;

al Norte, un niño comenzó a vivir,

y en su alma, sutil cuerda sonora,

pulsó su desventura el porvenir.

 

Un presagio no más, vago y discreto,

como la brisa que movió el palmar.

Un hombre que callaba su secreto,

y un niño que no supo preguntar. . .

 

II. TIERRA EMBRIAGADA

Verde barranco la montaña cierra.

En esa hondonada,

un grupo de hombres se hace la guerra.

Sangre en el camino. . .

 

La tierra embriagada

bebe de ese vino.

 

III. EL JARRO

El indio amasó su barro,

y el horno candente

le devuelve la arcilla hecha jarro.

 

El indio presiente

de una raza ancestral el influjo,

y en la línea de cada dibujo

la mano colora,

cabe las grecas de lujo,

las rosas de luz de la aurora.

 

IV. LA MAESTRA RURAL

Un campo de luz apacible

y serena.

Distantes, los hombres

que labran la tierra.

En estrecho círculo

se mira más cerca

el grupo que forman

los alumnos y la maestra.

Un soldado de lides heroicas

vigila la escena.

 

Y todo en un muro

de Diego Rivera.

 

V. ¡TIERRA!

Notas diplomáticas,

rudas o enigmáticas,

mientras la inquieta muchedumbre espera

el advenimiento de una nueva era.

“Indio mexicano,

mano en la mano…»

Dijo Valle Inclán.

 

Y después de la angustia y la guerra

el indio ya labra su tierra

al pie del volcán.

 

VI. POR MI RAZA HABLARA EL ESPIRITU

Un lema de esperanza se labra

en los minutos de la adversidad,

y se escribe la nueva PALABRA

en la vieja UNIVERSIDAD.

 

VII. ORFEONES

Para formar la más dura cadena

es preciso que se unan las manos;

para decir la canción más hermosa

hay que unir mil voces en un solo canto.

 

Trasponen las cumbres

saltan los barrancos,

y en la plaza mayor de este pueblo

ya se unieron niños, jóvenes y ancianos,

los que regresan de la fiesta,

los que terminan su trabajo.

 

Una misma canción ha salido

de miles y miles de labios,

y la plaza mayor de este pueblo

resuena en un solo rumor, como el campo.

 

Para formar la más dura cadena

se unieron las manos;

para decir la canción más hermosa

se juntan las voces en un solo canto.

 

VIII. CANCION EN LA NOCHE SERENA

Eramos tantos, que se oía

como rumor en el colmenar.

(Amigo, acércate y escucha

la fuente que cercana está).

Eramos tantos los que oíamos

otra canción, por nuestro mal.

 

Después quedamos en silencio,

es una espera sin rumor,

y sentimos la angustia que caía

gota a gota en el corazón.

(Hoy, en la noche tibia y clara,

limpia y serena es nuestra voz.)

 

La muerte pasó por nosotros

segando vidas como mies,

y un hombre posó sobre mi pecho

la roja herida de la sien.

(Hoy sentimos las frescas hojas

acariciantes del laurel.)

 

Sólo un grito lanzó sobre el mundo

y se acostó para morir.

(Amigo, la noche es tan bella,

que ya se asoma en el confín

la luna; tendámonos juntos

a dormir, sólo a dormir.)

 

Sobre el cadáver de mi hermano

lloré mis lágrimas sin luz;

un vago gemido nos basta

para llorar la juventud.

(Amigo, es de noche; mañana

verás el cielo pintado de azul. . .)

 

Tomado de: Antología Sinaloense, Higuera, Ernesto, Ediciones Culturales del Gobierno del Estado de Sinaloa, Volumen I, 1958.

 

 

Tierra de México
Paisaje de México, pintura de José María Velasco

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